El Jerome van Aken, El Bosco (1450?-1516), “Jardín de las delicias”. El pintor muestra el lado tenebroso del ser humano, rodeado de demonios, magos y brujas. Invita a mirar más allá de las imágenes haciaun trasfondo expresado en figuras simbióticas entre hombre y animal, alertando acerca de la quiebra del hombre por una técnica que pretende ser creadora.

Varios autores modernos, como Marcel o Jaspers, han llamado la atención hacia un fenómeno, extremadamente grave, producido en la Edad Moderna y concerniente a una forma de la razón práctica, a saber, aquélla que establece la objetivación tecnológica del mundo.

Como es sabido, la razón práctica referida a lo factible –a las obras que hacemos en el mundo– fue llamada por los medievales arte (tékhne por los griegos), habitud que se diferencia del comportamiento natural; pues natural es lo que surge a partir de lo que ya está ahí, sin colaboración humana alguna, mientras que el arte es la producción intencional de algo por obra del hombre.

Pero el arte era para un antiguo o un medieval imitación de la naturaleza. La proposición de que “el arte imita a la naturaleza” era entendida en un sentido muy preciso. Sólo en las cosas que pueden hacerse por el arte y por la naturaleza, el arte imita a la naturaleza: pues si un sujeto enferma por causa de un elemento frío, la naturaleza lo sana calentándolo; y por tanto, también el médico, si lo ha de curar, lo sanará calentándolo.

Pero en su esfuerzo imitativo el arte tan sólo alcanzaba a realizar objetos de una esfera muy limitada. En sentido absoluto es el arte lo ontológicamente deficiente respecto a la operación de la naturaleza: ésta otorga la forma sustancial, cosa que no puede hacer el arte, porque todas las formas artificiales son accidentales; a lo sumo el arte aplica un agente estricto natural a la materia misma natural, como el fuego al combustible. Lo vinculante e importante era lo que existía ya desde siempre por obra de la naturaleza, lo envidiablemente imitable, lo susceptible de mímesis. La naturaleza era una entidad independiente, a la que el hombre obedece en gran medida, no sólo para obtener los frutos de su subsistencia, sino para lograr el ejemplar de las cosas factibles. Dicho de otro modo, el objeto factible nunca era completamente técnico, pues había mucho comportamiento natural en su seno. Lo cual significa que el arte era imitación cuando es capaz de repristinar en su propia operación los modos de la naturaleza misma.

En cambio, durante la Edad Moderna el quehacer técnico deja de ser imitación de la naturaleza y pretende la originalidad de las obras hechas por el hombre. El objeto factible es tecno-lógico, o sea: su logos, su esencia viene dada por la técnica. La naturaleza misma viene a ser un objeto de explotación. Por objetivación tecnológica no entiende el simple cálculo de aquellos procesos naturales que se realizan sin nuestra intervención, como los movimientos de los astros; más bien, la objetivación tecnológica consiste en producir artificialmente procesos naturales, conociendo previamente las condiciones y las leyes que los obligan a discurrir conforme al fin que el hombre se ha propuesto.

El hombre deja de ser paulatinamente hijo de la naturaleza; y el objeto técnico abandona su antigua impregnación natural.

Véase: La técnica frente a la naturaleza