Nicolás Poussin (1594-1665), “Matanza de los inocentes”. Con un estilo decididamente clásico, expresa con claridad, lógica y orden, favoreciendo la línea sobre el color, el hecho de la matanza de los inocentes referida en los Evangelios.

1. El amor debe ser libre y sin consecuencias de embarazo

Bien está que la criatura nazca cuando es que­rida previamente por sus progenitores, pero si és­tos no la desean o no la han planificado debe ser considerada como una amenaza al equilibrio amo­roso de la pareja. “Un hijo si yo quiero y cuando quiero”.

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Este argumento responde al enfoque “indivi­dualista” que se hace del ser humano, propio de muchos círculos liberales del área occidental (europea y americana)[1].

El individualismo resume la actitud del tigre: ¿Pues quién ha visto un tigre, en condiciones nor­males, cazar y vivir en manada? Para él, los demás animales, incluidos los otros tigres, son los rivales, la competencia. El individuo es aquí lo primero y radical, lo sustancial, lo que no necesita de otro para existir. Por tanto, las relaciones que se establecen en­tre individuos son siempre postizas, sobreañadi­das, creadas por los propios individuos mediante pacto o acuerdo. Y lo mismo que son creadas pueden también destruirlas. Así, el matrimonio es una pura creación humana, sin normas que obliguen mas allá de lo que los sujetos quieran obligarse.

Lo real es el individuo. Lo fingido es la relación que esta­blece con otro. El individuo es, como su nombre in­dica, in-divisum, cerrado y enquistado en sí mismo, sin poros por los que se comunique con los demás.

No habría entre los individuos una comunidad de esencia que los uniera realmente; y, por tanto, estarían siempre libres de una norma universal que pudiera brotar de esa esencia. Los requerimientos del individuo deben ser cumplidos entonces en franca competencia con los demás: porque el otro querrá dominar tanto o más que yo. El modelo de relación interpersonal se rige así por la dinámica del arbitrio, de la zancadilla al menor descuido. El indi­viduo, como cada tigre, defiende su propio territo­rio[2].

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Hay, pues, dos tesis capitales que el individua­lismo aplica al caso de las relaciones interpersona­les. Primera: que todos los hombres son buenos, li­bres e iguales por naturaleza, teniendo por ello de­recho todos a la felicidad y, en particular, a esa forma de felicidad que se llama amor, buscado li­bremente. Segunda: que, en virtud de la bondad na­tural del hombre, las tendencias amorosas están en nosotros para que las sigamos, sin considerar sus consecuencias o sus repercusiones en el hijo. Es pre­ciso que uno sea sincero con esas tendencias y las deje ir de suyo.

Bastaría remitirse a la experiencia cotidiana para convencerse de que así, de pronto, no todos somos “buenos”. La bondad moral y legal se consigue al menos con cierto esfuerzo y vigilancia sobre nuestra conducta que, en el despliegue de nuestra naturaleza, exige un control racional.

Por otra parte, el individualismo no considera como un valor máximo la vida en sí misma “la vida en cuanto no depende todavía de contenidos o formas de vivir”; y sostiene que el valor de la vida depende en primer lugar de sus contenidos. Confunde así lo que se es con lo que se tiene. De esta suerte, una vida que, como la del feto, aún no tiene contenidos, carece de valores éticos y jurídicos que merezcan ser protegi­dos o tutelados.

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El individualismo, en sus más va­riadas formas, garantiza desde el punto de vista ju­rídico a los ciudadanos la libertad sexual, pero a la vez exime a esos mismos ciudadanos de toda res­ponsabilidad sobre las consecuencias de sus actos (una de ellas es el embarazo de la mujer).

En la posición individualista se afirma que el amor se basta a sí mismo; y sería incluso “inmoral” subordinarlo a algo, por ejemplo, al hijo. El propio instinto sexual sólo se ordenaría al placer indivi­dual y no se subordinaría a otra cosa.

En el acto amoroso, cada uno guardaría su libertad. Cualquier vínculo con un hijo no deseado entorpecería la na­turalidad de la satisfacción y la libertad del indivi­duo. Sobre el individuo no hay nada: menos aún una ley moral que pueda ser invocada. La paterni­dad figura, pues, como un obstáculo para la libertad del amor. El hijo es un estorbo. El derecho de la mu­jer a interrumpir el embarazo es consecuencia necesaria de la libertad sexual.

El fruto de la genera­ción, que anidaría en el vientre femenino, no en el masculino, desequilibraría la balanza de las liberta­des en perjuicio de la mujer. Para restablecer la igualdad con el varón se le tiene que dar a la mujer el derecho al aborto.

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El individualismo ignora que las relaciones in­terpersonales no se identifican con la arbitraria im­posición de los individuos. El verdadero ámbito in­terpersonal es la unión moral de sujetos que reali­zan un fin conocido y querido por ellos; ese fin es precisamente su bien común.

En un ámbito inter­personal auténtico hay unidad de fin (que es cono­cido y querido por los sujetos) y unidad de volunta­des (que realizan el bien común). Las relaciones en­tre personas no están así determinadas puramente por los individuos sino por el bien común y la unión de fin. Sólo en la medida en que el sujeto sale al encuentro del otro, ofreciendo su contribución desinteresada, queda para sí mismo, se dispone a ser más persona[3].

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El bien común por el que se constituye esa co­munidad básica que se llama “matrimonio” es pre­cisamente el marcado por la naturaleza humana y, en función de ella, por la esencia del amor.

El individualismo dice que para que haya ma­trimonio basta que dos seres humanos se pongan de acuerdo sin subordinarse a un bien común; los con­trayentes se comportan como contratantes, como comprador y vendedor de un producto.

Pero el auténtico humanismo exige que las dos personas se subordinen a un bien común, a una idea que se pretende realizar. Decía Saint-Exupery que el amor no consiste tanto en mirarse el uno al otro, como en mirar los dos juntos en una dirección. Por amor realizan dos una misma obra, una idea, un proye­cto de vida, dibujado en la naturaleza misma de los sexos. Ese proyecto de vida no es arbitrario, sino que está fundado en la constitución humana de la que brota el amor.

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Se nace con todas las con­secuencias biológicas y psíquicas.

Nosotros no nos hemos hecho sexualmente complementarios; y por ser ya sexualmente com­plementarios, podemos libremente proyectar una comunidad conyugal de ayuda mutua.

Además noso­tros no nos hemos hecho físicamente aptos para procrear; por eso asumimos el proyecto que la natu­raleza dibuja de fecundidad en el hijo. Los esposos no son dos rivales, ni dos seres que hagan cada uno su negocio; porque los dos hacen juntos un mismo asunto: hay un consorcio de vida, una comunidad de destino en donde lo primario no es el acuerdo de voluntades, sino el fin común por el que se unen libremente.

Una señal de la especificidad racional del hom­bre es que puede prever las consecuencias de sus ac­tos y responder de ellos: su conducta sexual no es una excepción. Traer una nueva vida es justamente uno de los fines “no el menos importante” del amor conyugal.

De hecho, el mayor número de abortos se pro­duce motivado por la afirmación irresponsable de la libertad “por la libertad sin responsabilidades”, o sea, por razones de conveniencias y bienestar.

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Desde el punto de vista estadístico, los motivos más frecuentes aducidos para abortar en Europa son los siguientes:

Desavenencias………………….34    %
Problemas económicos………..27    %
Motivos de salud física…………28    %
Trastornos psíquicos……………..6    %
Rechazo del hijo…………………..5    %
Motivos eugenésicos……………..1,5  %
Indicaciones terapéuticas………..0,5 %

Estos indicadores muestran a las claras que los casos extremos o trágicos son los que menos moti­van para abortar.

Se olvida a menudo que la libertad no se define solamente por la ausencia de constreñimientos, sino también y sobre todo por la capacidad de usar de ella. Por eso, si no se confunde el amor con el ejercicio físico y placentero de la genitalidad infe­cunda, será siempre un sentimiento responsable, compatible incluso con la continencia aceptada.

Feto en la 11ª Semana

Feto en la 11ª Semana

Cuando se afronta el típico slogan individualista: “tenemos li­bertad de elección”, podríamos comentar que todos estamos a favor de la elección; siempre y cuando la elección sea ética. Si una de las alternativas no es éticamente aceptable, la libertad de elección no se debe sustraer al imperativo moral.Por eso tiene sentido (macabro sentido) la irónica propuesta recogida en un periódico: “Yo es­toy a favor del aborto… Pero no el aborto sólo hasta los nueve meses, sino con más generosidad: hasta la edad en que me molesten las personas. Por ejemplo, habría que abortar a alguien de dieciocho, o varios de cuarenta en adelante y a todas las gentes de más de ochenta”… que me molestan.

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2. Lo engendrado es “humano” si los padres y la comunidad lo aceptan

Lo engendrado es humano solamente por las relaciones que la sociedad mantiene con él. Un ser humano no se hace por el suceso biológico de unirse un espermatozoide a un óvulo, sino por el concurso de los otros, a través de la palabra, el aprendizaje, las relaciones afectivas y, previa­mente, por la aceptación que el otro haga de él. Sólo si los padres desean al hijo puede decirse que el producto biológico se hace humano; quien no pueda aceptar esta responsabilidad debe interrum­pir el embarazo.

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Este tópico acepta que, aun suponiendo que el cigoto fecundado en la mujer se diferenciara sustan­cialmente de otros cigotos animales, la vida humana carecería de un valor intrínseco, indepen­dientemente de lo que hacen los otros para hacerla verdaderamente “humana”.

Seríamos seres hu­manos en tanto en cuanto otros seres humanos nos ayudan a serlo. Sólo entonces el “eso” biológico se convertiría en un “tú”: Y si en la sociedad se consi­derara que un nuevo hijo es un estorbo, entonces la interrupción del embarazo no sería un aborto, sino una dolorosa exigencia social. Así se expresan la mayoría de los “feminismos” actuales[4].

En una revista de gran tirada he podido leer: “En el caso de un hijo no querido, la interrupción del embarazo no es un mal, ya que este acto no constituye la supresión de un niño ya exis­tente”. Y en un dossier posterior se dice que “el carác­ter humano del embrión no se revela sola­mente por la existencia de un proceso biológico, o a partir de un determinado umbral en este proceso: es la humanidad la que humaniza y no sólo la natura­leza, es la llamada a nacer de los padres (y a través de ellos de la colectividad), la que realiza una rela­ción humanizante”.

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Este argumento coincide sospechosamente con el enfoque “colectivista” que se hizo del hombre, propio no sólo del socia­lismo marxista, sino del fascismo nazi.

Para el colectivismo sólo el todo es lo sustancial y fundamental; el individuo es únicamente un ente incompleto, parte de un organismo perfecto. Y así como la mano, parte del cuerpo, no puede existir sin el todo, igualmente el individuo carece de sen­tido existencial fuera de la comunidad. Lo verda­dero es el todo. El hombre sólo tiene derechos en la comunidad, por la comunidad y para la comunidad.

Carlos Marx, en su 6ª Tesis sobre Feuerbach ha­bía dicho que “la esencia humana no es algo abs­tracto que sea interno al individuo singular; porque en realidad es el conjunto de las relaciones socia­les”.

El colectivismo es en realidad una filosofía de la colmena. Y ¿quién ha observado una abeja, o una hormiga, trabajando para sí misma? En sus vuelos, en sus acarreos del néctar, sólo tiene una finalidad: el aprovisionamiento de la colmena. La abeja solita­ria es pura ficción literaria. La abeja, como singu­lar, sólo tiene sentido para el todo. Fuera de este colectivo, para ella sólo hay la extinción inme­diata.

En la filosofía de la colmena, lo primario es el todo, el colectivo, por quien dan su vida y sus inte­reses los individuos. Estos carecen de sustancialidad propia. No existe primero el sujeto y después la re­lación social. Primero es el todo social, la relación sistemática. Después viene como parte recambiable, el individuo. La sociedad colectivista termina uni­formando a los sujetos, o sea, anulándoles la inicia­tiva.

Como todas las relaciones están entonces pro­gramadas desde la esfera del todo social, el indivi­duo debe quedar siempre disponible para tareas “más altas” socialmente. El amor y la fecundidad tienen que entrar como un elemento más en la edi­ficación de la sociedad. En cuanto parte integrante de ella, podrá ser hoy obligado a ser antinatalista y abortista (porque el índice de nacimientos sea es­timado como “elevado” por el colectivo dirigente), pero mañana podrá ser urgido a la procreación for­zosa por razones inversas. El amor, dentro del colectivismo, estará siempre comprometido en la lucha “liberadora” de la humanidad, subordinado al todo absoluto, a la vasta objetividad de la socie­dad colectivista.

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También el feminismo contemporáneo tienes rasgos opresivamente socializantes[5].

En verdad el feminismo subraya algo cierto, a saber, que el hombre es un ser que vive en sociedad: su inteligencia, su voluntad y sus sentimientos no podrían desplegarse adecuadamente sin la presencia de los demás hombres. La sociedad no es una sim­ple suma de individuos, sino la suma de esos indi­viduos, más unas relaciones originales que tienen leyes propias. Pero el feminismo no ve que esas relaciones no son el hombre, sino que son del hombre, cuyo ser es más original y profundo que las re­laciones que lo ligan a los demás. El prejuicio del tópico comentado estriba en creer que el hombre sólo es en tanto que aceptado por los demás, llá­mense padres o sociedad en general.

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Aborto por histerotomía. El feto es extraído y se le deja morir entre angustiosos espasmos

Aborto por histerotomía. El feto es extraído y se le deja morir entre angustiosos espasmos

Frente al argumento feminista o colectivista hay que afirmar que la persona po­see anterioridad natural respecto de la sociedad, de tal manera que sus derechos no le vienen del medio social en que vive, sino de su condición sustantiva de ser persona. Si de la sociedad dependiera recono­cer el derecho a la vida a un ser y no reconocerlo a otro, se caería fácilmente en el racismo, en la dis­criminación arbitraria, por razón de edad,  sexo o co­lor. El derecho a la vida es anterior al juicio que la sociedad puede dar sobre él. Por muy reducidas que un anciano tenga sus capacidades, por muy pequeño que el embrión sea, hay un derecho a la vida que la sociedad debe sancionar. Y si el embrión no es ya humano, tampoco lo será más adelante cuando nazca; como no es “humano” el chimpan­cé, por más “derechos” que la sociedad pudiera otorgarle[6]

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3. Lo exige la democracia y el pluralismo ideológico

Democracia significa aceptar las leyes civiles establecidas por mayoría de votos, gus­ten o no a los demás ciudadanos. Además, en una sociedad pluralista no se puede imponer el criterio de una parte a otra, sino que hay que respetar tam­bién a los que son de la opinión de que el aborto no es delito.

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La única democracia aceptable es la que elige a un representante por mayoría de votos. Pero de ningún modo es aceptable que la mayoría pueda de­cidir acerca de lo que está o no conforme con el bien natural del hombre[7]. En tal caso desembocaría­mos una vez más en la tiranía de la mayoría. Ha habido épocas en la historia de leyes injustas y de gobiernos tiránicos, aunque fueran establecidos por las urnas y los votos democráticamente. Asimismo, el suicidio colectivo no deja de ser un suicidio, por más colectivo que sea.

En el caso del aborto, nadie ha pedido su opi­nión al que está por nacer a propósito de si quiere o no nacer, ni se le podría pedir. Lo único que aquí cuenta es la naturaleza del embrión, cuya tendencia fundamental es seguir siendo.

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Por otro lado, se reivindica el pluralismo ético como consecuencia normal del pluralismo ideoló­gico. Pero el pluralismo de opiniones es legítimo en todas aquellas materias que por su naturaleza son opinables. Pero aquí no se trata de una materia opi­nable, sino del hecho cierto, atestiguado por la cien­cia actual, de una vida humana, que no espera para ser real el acuerdo en las opiniones de la mayoría. Quien debe ser respetada es toda persona, no toda opinión, puesto que hay opiniones falsas como la que sostuviera la licitud del aborto.

No se puede invocar la libertad de opinión y la democracia para atentar contra los derechos de los demás, especialmente contra el derecho a la vida de un inocente.

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El desarrollo humano del cerebro es un proceso continuo

El desarrollo humano del cerebro es
un proceso continuo

4. El cristianismo comprometido y progresista lo comprende y acepta

Las leyes han prohibido hasta ahora el aborto a causa de una inadmisible intromisión clerical de los cristianos retrógrados en asuntos civiles y po­líticos. Pero el Estado laico no puede permitir que las creencias religiosas de una parte de la colec­tividad sean instituidas como regla general. El Es­tado ha de organizar las libertades y definir los derechos y deberes, sin erigirse en director de conciencias. 

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Cualquiera que por motivos morales, como pueden ser los de un católico, sea contrario a la le­galización del aborto, queda tachado de “intoleran­te”, “oscurantista” y “clerical”, y no deberá intentar que los demás acepten su convicción. A lo sumo debe decir: “Yo nunca lo haré, porque mis convic­ciones morales lo reprueban, pero cada cual debe te­ner libertad para hacerlo”[8].

Este tópico parte de una idea falsa de libertad: la libertad como independencia egoísta, como capaci­dad de obrar con completa iniciativa y sin sufrir ningún impedimento externo en una esfera que termina donde comienza la esfera del otro.

Ahora bien, ser libre no significa poder hacer todo aquello que a uno le viene en gana hasta que no sea impedido por otro. Esta libertad se reduce a negar las intromisiones o limitaciones de los de­más; como si el bien de cada uno tuviera que dejar fuera de sí el de los demás. El bien que todos los in­dividuos buscan debe ser el mismo: la realización de su ser de hombres. El bien común no nace del juego de los egoísmos individuales, no surge del “doy para que me des”, ni de una componenda de “tira y afloja”.

Sólo en comunidad y de manera solidaria puede llevarse a cabo esa realización. Cada uno debe cooperar a que el otro se convierta plenamente en el hombre que ya es potencialmente.

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Por tanto, la libertad no termina donde empieza la del otro; sino que empieza justamente donde empieza la del otro; las dos empiezan a la vez, sin que se confundan las esferas personales. No es que la libertad no exija limitación de injerencias; pero no consiste en esta limitación, sino en reconocer la realidad humana del otro y asumir la responsabili­dad de promoverla[9].

Por eso hay que exigir al Estado que no sólo vi­gile para que se cumplan las reglas económicas, cul­turales, políticas y sociales; pero también y princi­palmente que no fracase la realización del hombre y que intervenga con leyes para orientar constructi­vamente esa realización. Dichas intervenciones tendrán que poner límites muchas veces a la acción individual, a la libertad como independencia egoís­ta que se afirma para matar, precisamente porque debe garantizar la libertad como responsabilidad.

¿Acaso no están los abortistas de acuerdo en aceptar que el Estado debe intervenir en una fábrica o en una empresa cuando el interés más alto de los obreros está en juego? En este caso se le niega al pa­trono la libertad de acción que lleva a la opresión del hombre. ¿Y por qué no negársela también a todo individuo que ponga en peligro la vida de un ino­cente no nacido?

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Por eso todos los Papas, sin excepción, han pro­clamado el derecho a la vida del no nacido y la obli­gación, por parte de los padres y del Estado, de pro­tegerla.

Concilio Vaticano II: “La vida desde su concepción debe ser salva­guardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables”.

Juan Pablo II: “La Santa Sede piensa que se puede hablar tam­bién de los derechos del niño ya desde el mo­mento de ser concebido y, sobre todo, del dere­cho a la vida, pues la experiencia nos demuestra cada día más que ya antes del nacimiento tiene necesidad de protección especial de hecho y de derecho”. “Si aceptásemos el derecho a quitar el don de la vida al hombre aún no nacido, ¿lograremos de­fender después el derecho del hombre a la vida en todas las demás situaciones? ¿Lograremos detener el proceso de destrucción de las con­ciencias humanas?”.

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Los abortistas no se arredran y recurren al expe­diente de que ésta es la voz de la Iglesia oficial, no de la Iglesia comprometida con el sufrimiento y con los pobres, con las libertades y con el progreso: voz de la Iglesia oscurantista, heredada de la Edad Me­dia.

En cambio, aducen el testimonio de quienes se autocalifican como “teólogos avanzados”, “cris­tianos progresistas”, dispuestos a admitir el aborto cuando lo consideran lícito “en conciencia y con toda sinceridad”, como mal menor en un caso determi­nado. Ejemplo de esta última corriente progresista es lo expuesto en un afamado periódico, negando el derecho “indiscriminado” al aborto (nótese que sólo niega el “indiscriminado”, no el “discrimina­do”), y subrayando el principio de libre disponibilidad sin restricciones del propio cuerpo, denunciando la falta de equidad y la hipocresía de nuestra sociedad y del correspondiente aparato judicial frente a las mujeres que abortan.

Otro ejemplo que con frecuencia se puede leer en los diarios: “Estoy contra el aborto libre, pero dejo a salvo la posibilidad de la interrupción del embarazo por razones médicas que afectan a la vida de la ma­dre, o en caso de violación. Pero no soy favora­ble al aborto indisciplinado”. Acepta, pues, el aborto “disciplinado”, pues habría casos en que está justificado. O se añade también: “Bien está que defendamos el derecho a nacer siempre, pero que la sociedad cambie sus estructuras, que no se nazca para la pobreza, para el subdesarrollo, para la deses­peración”. Se subordina el valor absoluto de la vida humana al valor relativo de unas estructuras socia­les y económicas de bienestar.

En estos argumentos se supone que existen ca­sos en los que el nacimiento y la necesidad de criar otro hijo serían una verdadera catástrofe, no sólo para el mínimo de vida de sus padres y her­manos, sino también porque no se podría garantizar al nuevo llegado el mínimo necesario para ser ver­daderamente hombre.

Es el argumento más hipócrita que se conoce: Podrías vivir, pero como quizá te falte cariño, me­dios de vida, etc., te mato[10].

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Como se puede apreciar, estos cristianos progre­sistas repiten tópicos ya examinados: “la mujer es dueña de su cuerpo”, “el amor libre no se supedita al hijo”, “el feto es humano en cuanto es aceptado por los padres”, y añaden algunos que vamos a es­tudiar más adelante: “legalizarlo no es aprobarlo moralmente”, “el control de la población lo re­quiere”, “es exigido por la salud física y psíquica de a madre”, “por las malformaciones genéticas del niño”, “por violación”…

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5. Legalizarlo no es aprobarlo moralmente

Legalizar el aborto no significa darlo por bueno, sino poner ciertas condiciones  jurídicas a un hecho ya existente y evitar las prácticas clan­destinas. La ley civil no ha de estar cargada de in­dicaciones éticas, sino que debe mantenerse en un nivel sociológico y de remedio empírico para una situación.

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El aborto es una realidad, una situación de he­cho protagonizada por miles de mujeres. Luego la ley antiaborto debería modificarse para defender la si­tuación creada.

Para este argumento no importa que en el em­barazo haya un ser humano; sólo basta que de he­cho existen abortos que ponen en peligro a la mujer. No aceptan, pues, la alternativa entre aborto y no aborto, sino entre aborto salvaje o indiscriminado y aborto controlado  o disciplinado[11].

Desde esta óptica, el orden jurídico sólo habría de ocuparse del hombre tal como es en realidad y no de valoraciones del hombre tal como debería de ser. Si alguien estimase que tiene sentido una valora­ción moral sobre el aborto, no tendría que impo­nerla en el plan legislativo, pues eso iría contra la libertad de los demás. ¿Que alguien piensa que el aborto es una traición a la vida? Pues que sea cohe­rente y no lo practique. Pero su convicción no le da­ría derecho a recurrir al código penal y a los tribu­nales para exigir a todos los ciudadanos lo que es una convicción particular; ese recurso sería un atentado a la libertad y a la conciencia ajena.

La ley civil no tendría por qué coincidir con la ley moral. Una ley del aborto no intentaría promo­ver abortos, sino sencillamente regular su práctica sanitaria fiable. La ley ha de  procurar el remedio empírico y sociológico para una situación, sin entrar en indicaciones éticas.

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¿Qué responder a este argumento? Es falso que las leyes estén tan sólo para denotar lo que acontece, como si fueran neutrales ante el bien y el mal de la comunidad civil. Una ley no puede reclamar la cooperación de los ciudadanos cuando lo que pro­clama es la facilitación de una acción que por su na­turaleza es atentatoria contra el ser humano[12].

No existe alternativa, pues, entre aborto salvaje y aborto controlado. Y la única salida consiste en hacer más eficaz la acción de la ley protectora de la vida del inocente. Hacerla eficaz no equivale a re­currir únicamente al tribunal o a la policía; antes de la función represiva está la preventiva, que es­timula la creación de condiciones encaminadas a que el delito no se produzca. La solución no está en aceptar la situación de hecho, sino en rechazarla porque es inhumana.

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Los abortistas confunden sospechosamente la “realidad” con la “situación de hecho”. Situación de hecho es la opresión de un hombre en un campo de concentración, en una explotación minera anti­humana, en un aborto provocado. Realidad, en cambio, es el ser profundo del hombre, cuyo desa­rrollo hay que favorecer. Y la ley no está para man­tener situaciones de hecho, sino para lograr que el hombre alcance lo que potencialmente es, prote­giéndolo y estimulándolo. La ley está para reconocer la realidad auténtica del hombre, exigiendo que se respete y favorezca. No ha de ratificar “situaciones de hecho”, sino procurar modificarlas cuando no protegen ni favorecen la realidad profunda del hombre[13].

Los abortistas son por eso “conformistas”, dis­puestos a ser manipulados por la fuerza o la vio­lencia del avisado que se  haga con la “situación de hecho” en la mina, en la oficina, en el propio ho­gar. Quien se deja ahogar por la fuerza de las cam­pañas psicológicas, de las amenazas económicas, ha quedado vaciado de sí mismo y de sus más reales posibilidades. Es un manipulado quien confunde el hecho con el derecho[14].

Si el ordenamiento jurídico no sirve para pro­teger la vida humana, ¿para qué sirve? ¿Para qué está el derecho? ¿Para defender eficazmente unos valores humanos, o para servir de tapadera eficaz a su negación?

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Cuando se habla jurídicamente sobre el aborto, se acostumbra a distinguir entre “despenalizarlo” (quitar las penas que el código incluye) y “legalizar­lo” (confeccionar una ley que dé por buena su prác­tica). Pero aunque teóricamente son distintos, en la práctica ambos conceptos se confunden, ya que la acción en cuestión queda realizada, sea sin “penas”, sea sin “leyes”.

No debemos olvidar que “el derecho cumple una función de normalización de conduc­tas”. Si las conductas que el derecho contempla son irracionales, el derecho normaliza la irracionali­dad. Por eso, despenalizar el aborto no es simplemente to­lerarlo, sino normalizarlo, y llegar a convertirlo de modo inevitable en un derecho. La despenalización tiene por tanto un efecto expansivo, pues propicia que se  multiplique de manera ilimitada la realización de abortos. De modo que el mismo derecho positivo lo convierte en una práctica normal: pues si la norma jurídica lo contempla como permitido, el ciudadano lo acaba considerando socialmente normal.

¿Cómo es posible limitar la función del derecho a “fotografiar” la realidad social, en vez de exten­derlo al establecimiento de la justicia?

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Si la función de la ley fuese consagrar las situa­ciones de hecho, tendría que ser así en todos los ca­sos, y no sólo en el del aborto. Situación de hecho es, por ejemplo, la diferencia económica y social en­tre ricos y pobres; situación de hecho es la evasión de capitales, la delincuencia común o el terrorismo, el fraude en la declaración de la renta, el robo, el asesinato y las violaciones. ¿Por qué en estos casos no se propone que se cambien las leyes para legali­zar o despenalizar los delitos? ¿Quién se atrevería a decir que es una hipocresía mantener la ley que per­sigue el fraude fiscal, tan alto en muchos países?

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Pero es que además el aborto no es un hecho “social”, sino un hecho “antisocial”, porque ataca el fundamento mismo de la comunidad, que es la “vida” de sus miembros.

Desarrollo del aparato digestivo durante la fase embrional

Desarrollo del aparato digestivo durante la fase embrional

La ley tiene siempre una función de “ejempla­ridad” social, en el doble sentido de ser primaria­mente maestra y pedagoga de vida recta y secun­dariamente correctora de las desviaciones y corrup­telas, por medio de sanción. Por ejemplo, la acción injusta del patrono contra el obrero ha de ser cas­tigada para que se salve ejemplarmente el valor de la justicia. Mas si el primer derecho del hombre (el derecho a la vida) queda violado, ¿en virtud de qué autoridad podrán ser defendidos los demás dere­chos? ¿En nombre de qué autoridad podrá conde­narse el terrorismo o sostener la abolición de la pena de muerte para un criminal convicto y con­feso? ¿En virtud de qué principio se podrá justificar la eliminación de la drogadicción y del alcoholismo o perseguir al violador? ¿En nombre de qué autori­dad podrá argumentarse contra la eutanasia para los ancianos o enfermos incurables?Una vez que se justifica la eliminación del pri­mer derecho, no se dispone ya de medida para go­bernar la vida social entera.

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¿Cómo habrá de seguirse llamando, en lenguaje jurídico, la muerte de un ser humano inocente he­cha con desproporción de fuerzas, un ser humano que ni sabe por qué le viene la muerte, ni tiene la oportunidad de usar la voz para gritar o quejarse?

Por último, es cierto que la despenalización (y legalización) no convierte en buena la acción que arrebata la vida. Pero aparte de que habría que penarla en su justa medida, las es­tadísticas muestran que en la práctica la despenali­zación del aborto ha traído consigo un aumento muy considerable de tales acciones.

Por ejemplo, en Estados Unidos se pasó de 744.600 abortos en 1973 a 1.540.000 en 1979; y la estadística sigue creciendo en esa proporción; y aumenta también en los demás países que han implantado la ley del aborto, como lo prueban los informes del Consejo de Europa acerca de la evolución demográfica.


[1] Cozzoli, Mauro (Ed.): La soggetività tra individualismo e personalismo, Roma, 1996. – Macpherson, Crawford Brough:  La teoría política del individualismo posesivo, de Hobbes a Locke, Barcelona, 1979. – Marchisio, Roberto: La religione nella società degli individui: forme di individualismo e dinamiche del religioso, Milano, 2010.

[2] Lipovetsky, Gilles: La era del vacio: ensayos sobre el individualismo contemporáneo, Barcelona, 1987.

[3] Sánchez-Migallón, Sergio: El personalismo ético de Dietrich Von Hildebrand , Madrid, 2003. – Chalmeta Olaso, Gabriel: Introduzione al personalismo ético, Roma, 2003.

[4] De Beauvoir, Simone: Le Deuxième Sexe, París, 1949. -Simons, Margaret A.: Beauvoir and the second sex: feminism, race, and the origins of existentialism, Totowa, 1999. -Galster, Ingrid (Ed.): Simone de Beauvoir: Le Deuxième Sexe. Le livre fondateur du féminisme moderne en situation, París, 2004.

[5] Uriarte, Edurne: Contra el feminismo, Madrid, 2008.

[6]  Torre, José María de: Being is person: personalism and human transcendence in socio-economic and political philosophy, Manila, 2005.  -Melchiorre, Virgilio: Corpo e persona, Genova, 1995. -Melendo, Tomás: Las dimensiones de la persona, Madrid, 1999.

[7] Gamwell, Franklin I.: Politics as a Christian vocation:  faith and democracy today, Cambridge , 2005.

[8] Kenneth L. Grasso (Ed.): Catholicism, liberalism, and communitarianism: the catholic intellectual tradition and the moral foundations of democracy, Lanham, 1995.

[9] Izquierdo, César / Soler, Carlos (Eds): Cristianos y democracia, Pamplona, 2005.

[10] Valsecchi, A.: “La teología morale e i problemi dell’aborto”, del libro: Aborto questione aperta, Torino, 1973, p. 27.

[11] Blanco Rodríguez, Benigno: La ley del aborto: significado y control de su aplicación, Valencia, 1988.

[12] Germán Zurriaráin, Roberto (Ed.) La desprotección del no nacido en el siglo XXI, Madrid, 2012.

[13] Haro, Fernando de: Vive, vive siempre: conversaciones sobre la vida y la ley de plazos del aborto, Madrid , 2009.

[14] Savagnone, Giuseppe: Eclisse della persona, Parlermo, 1977,  pp. 38-43.

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