Rubens: “La matanza de los inocentes”.

1. El feto es un simple coágulo
o una masa informe de células

Lo que crece en el vientre de la mujer no es un ser humano, sino un conjunto o grumo de células, un “tejido fetal”, una “masa de protoplasma”, un apéndice de la madre, que puede extirparse a placer. A lo sumo el embrión es un proyecto, una posibilidad, un dibujo remoto de persona.

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En este tópico se niega carácter humano al em­brión, bien por opinar que carece de identidad orgá­nica y genética, bien por creer que todavía no tiene viabilidad.

Por lo que se refiere a la identidad genética del feto, el tópico supone que la eliminación del óvulo fecundado no puede ser condenada como un atentado al valor absoluto de la vida humana, por­que si antes de la fecundación el espermatozoide es una potencialidad de vida, también será una poten­cialidad de vida el cigoto fecundado.

La fecundación del óvulo por el espermatozoide no daría lugar a un ser cualitativamente nuevo res­pecto a lo que las dos células generativas eran ante­riormente por separado.

Esta opinión desconoce el hecho de que al unirse en la femenina trompa de falopio las dos células gene­rativas (espermatozoide masculino y óvulo feme­nino) surge un ser vivo nuevo, determinado con­cretamente, de manera que conserva su indivi­dualidad hasta la muerte. La vida humana comien­za desde el momento de la fecundación, o sea, cuando el espermatozoide fertiliza al óvulo. La bio­logía denomina el fruto de la concepción en las sucesivas fases de su desarrollo como cigoto, em­brión o feto. El cigoto es el óvulo fecundado, o sea, el punto de partida del desarrollo.

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Fecundación y primera división celular

Fecundación y primera división celular

Cualquier que haya leído un buen libro de biología sabe que tanto la célula germinal masculina como la femenina contienen un núcleo compuesto por 23 cromosomas. Al unirse dan lugar a un cigoto “el nuevo ser humano” con 46 cromosomas. Así, pues, las células destinadas a la reproducción de la especie humana tienen la mitad de cromosomas que las células de los demás tejidos orgánicos, justo porque las dos están destinadas a formar un ser nuevo.

Cada cromosoma encierra moléculas de un elemento genético fundamental, el DNA (Acido Desoxirribonucleico), compuesto por genes, cada uno de los cuales tiene su disposición interna, su mensaje de DNA. Quiere esto decir que en los genes (o el DNA) se encierra el programa de la vida hu­mana. La biología molecular ha demostrado ine­quívocamente que el proceso ontogenético de la vida consiste en la manifestación del pro­grama impreso en el DNA[1].

El embrión no es un proyecto de vida, sino una vida. Y no es menos vida a las dos horas de ser con­cebido que a los nueve meses, cuando nace. Los co­nocimientos biológicos confirman que en el óvulo fecundado están ya inscritas todas las características del individuo: sexo, talla, color de los ojos y de los cabellos, forma del rostro y hasta temperamento[2].

Muchos médicos abortistas han acabado reconociendo que el feto es un ser humano desde el momento de su concepción: el feto no es un trozo de carne: es un paciente en manos del médico que le da la muerte.

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Con la nueva vida acontece algo parecido a lo que ocurre en el interior de una cinta magnetofó­nica. El ejemplo es del Profesor Lejeune, fundador de la Genética clínica: “Sobre la cinta de un magnetofón es posible inscribir, por minúsculas modificaciones loca­les magnéticas, una serie de señales que co­rrespondan, por ejemplo, a la ejecución de una sinfonía. Tal cinta, instalada en un aparato en marcha, reproducirá la sinfonía, aunque ni el magnetofón, ni la cinta, contengan instru­mentos o partituras. Algo así ocurre con la vida. La banda de registro es increiblemente tenue, pues está representada por la molécula de DNA, cuya miniaturización confunde al entendimiento… La célula primordial es comparable al magne­tofón cargado con su cinta magnética. Tan pronto como el mecanismo se pone en marcha, la obra humana es vivida estrictamente confor­me a su propio programa… El hecho de que el organismo humano haya de desarrollarse durante sus nueve primeros me­ses en el seno de la madre no modifica en nada esta constatación. El comienzo del ser humano se remonta exactamente a la fecundación y toda la existencia, desde las primeras divisio­nes a la extrema vejez, no es más que la am­pliación del tema primitivo”[3].

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La biología desconoce, en el caso del embrión humano, un paso de la animalidad a la humanidad. Un embrión es un ser humano desde que se junta el espermatozoide con el óvulo. A partir de ahí existe vida y no cabe decir aquí comienza o aquí no comienza.

La nueva célula resultante posee un dina­mismo biológico extraordinario, y por un rápido proceso de segmentación va incrementando el pa­trimonio celular, a la vez que aparecen mecanismos biológicos de una complejidad y precisión asombro­sas.

A pesar de la forma insignificante del estadio embrional del desarrollo humano, debemos reco­nocer en él una de las grandes épocas de la existen­cia humana, junto a las del niño, del adulto y del anciano. “Un hombre no se hace hombre, sino que es hombre desde el momento de la fecundación”, decía ya el embriólogo Erich Blechsmidt[4].

La vida humana está siempre en despliegue, de manera que sólo externamente pueden distinguirse fases en ella: “fase uterina”, “fase infantil”, “fase juvenil, “fase adulta”, “fase senil”. Pero ninguna de estas fases es un criterio de “humanidad”; todas ellas son humanas.

Queda, pues, claro que el cigoto no es una posi­bilidad de hombre. Posibilidad, es sólo el óvulo no fecundado y el espermatozoide separado, con su media carga cromosómica. Esa posibilidad deja de serlo cuando se produce la fecundación y aparece un ser nuevo e irrepetible.

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Los abortistas procuran que el gran público ignore estas verdades, ofreciendo a cambio la ver­sión de que la vida humana empieza a los tres me­ses, o cuando el feto es viable fuera de la madre. El plazo siempre es variado a conveniencia. En ningún país se han puesto de acuerdo los abortistas sobre este punto, jugando con la ingenuidad e ignorancia de mucha gente.

Porque además esa “supuesta viabilidad” es siempre rela­tiva y se adapta al estado o desarrollo de la ciencia: hace sesenta años se estimaba que un niño era viable a las 30 semanas; hoy la ciencia médica puede hacer que lo sea a las 15 semanas; y sobran indicios para afirmar que lo pueda ser antes.

De ahí que en las distintas Conferencias Internacionales so­bre el aborto, en las que suelen confluir médicos, juristas, biólogos, soció­logos y demógrafos, no se ha podido encontrar ningún punto o momento, entre la concepción y el nacimiento, en que se pudiera decir que esa vida no era humana.

Los cambios que ocurren entre la implantación, el em­brión de seis semanas, el feto de seis meses y la per­sona adulta son simplemente etapas de crecimiento y maduración. Estos datos biológicos confirman que se debe admitir en el ser humano el derecho a la vida desde el primer momento de su concepción.

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2. La mujer es dueña de su cuerpo

La mujer es dueña de su propio cuerpo. Nada le impide disponer de éste y del feto que ha cre­cido en él, algo biológicamente indeterminado, asimilable al organismo materno y, por tanto, eli­minable como un trozo sobrante.

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Parece como si el tener un hijo concerniese ex­clusivamente a la mujer, y no también al padre que ha prestado su colaboración para engendrarlo. Ya se ha visto que el óvulo fecundado o cigoto posee, reunidos en parejas, 23 cromosomas de la madre y 23 del padre. El ser fecundado es ya un “individuo” irrepetible, dotado de una estructura genética única, por lo que no puede ser asimilado al organismo materno, cuyas células corporales tienen una dota­ción genética programada por el DNA de una ma­nera completamente distinta.

Desarrollo del embrión según tamaño y tiempo

Desarrollo del embrión según tamaño y tiempo

La enseñanza de la biología molecular es contundente: cuando el ovocito se pone en contacto con el espermatozoide surge un código gené­tico nuevo. El mensaje de la nueva célula hija es ya distinto al del padre y de la madre. Para la biología molecular es un individuo nuevo. Es ya un ser extraño dentro de otro. Un ser vivo dentro de otro ser vivo, y su carácter ajeno es tal que el organismo de la mujer tiene que po­ner en marcha complicados mecanismos in­munológicos para que el fruto no sea elimi­nado como se rechaza un injerto. En el camino que va desde las células del embrión hasta el niño parido al término de los nueve meses, en esta línea que llamamos “línea germinal”, hay un momento decisivo: el de la fecundación, que marca el comienzo de una vida nueva.

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Por lo dicho se comprende que el enunciado de que “la mujer es dueña de su cuerpo” es ambiguo y falso como tesis de al­cance general, ya que nadie se ha dado a sí mismo ni el cuerpo ni ningún componente de su ser. Por lo mismo, el padre y la madre son dueños del acto sexual, que está so­metido a su voluntad, pero no son dueños del fruto de ese acto.

Aunque se pudiera decir jurídicamente que la mujer es dueña de su cuerpo, hay que añadir ense­guida que su cuerpo también es un núcleo de res­ponsabilidades sociales, por ser el lugar en el que ha comenzado una nueva vida. Y es esta vida nueva la que plantea derechos y responsabilidades.

Ocurre aquí algo lejanamente parecido a la posesión jurídica de una tierra, con la cual yo he de responder socialmente de su buen mantenimiento y fructificación. En el caso del no-nacido la responsabilidad de la madre es infinitamente mayor.

La responsabilidad que contraen la mujer y el hombre que han engendrado una nueva vida no conlleva el derecho de condenar a muerte al hijo, sino todo lo contrario.

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El embrión muestra una enérgica individuali­dad en su funcionamiento. De nuevo, los datos biológicos son irrefutables:

Al sexto día, con sólo milímetro y medio de longitud, comienza a estimular, por un mensaje químico, el cuerpo amarillo del ovario materno para suspender el ciclo menstrual. Es una primera afirmación de autonomía; ya quiere ser, obligando incluso a suspender el ciclo de la madre para no ser expulsado.

Al décimo octavo día de vida (cuatro días des­pués de la falta de la regla) empieza a formarse el cerebro.

Al mes de vida, el embrión tiene unos diez mi­límetros de largo (el tamaño de un pequeño mos­quito); y, aun así, su minúsculo corazón late ya des­de hace una semana, cuando tenía 21 días.

A los 45 días después de la falta de la regla mide diecisiete milímetros de largo; pero ya está casi aca­bado, con manos, pies, cabeza, órganos y cerebro, pudiéndose registrar ondulaciones en el electroen­cefalograma. A través de un microscopio no muy potente podrían verse las rayas de la mano y las huellas digitales, las que le acompañarán toda la vi­da y vendrán a figurar en el documento de identi­dad.

A la séptima semana su glándula genital, ape­nas formada, ha evolucionado en el sentido de un testículo o de un ovario.

A los 60 días de la falta funciona ya su sistema nervioso: si se le roza el labio superior con un ca­bello mueve los brazos, el cuerpo y la cabeza en un movimiento de huída[5].

A los 90 días agarra firmemente el bastoncillo que se pone en su mano y comienza a chuparse el dedo esperando su liberación.

En el seno de la madre comienza un desarrollo que culminará sólo muchos años después de nacido.

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El hecho de que el desarrollo del nuevo ser de­penda de condiciones externas, ambientales y ma­ternales no añade nada a su ser sustancial, ni lo de­fine como parte del organismo materno.

Basta acercarse al moderno estudio de la Embriología y la Perinatología con los logros de ciertas tecnologías –como la inmunología, el ultrasonido, el marcador del co­razón del feto–, para comprobar que el feto respira, que duerme con unos ciclos de sueño perfectamente definidos, que es sensible a los sonidos. Se ha comprobado que reacciona de distintas maneras ante diferentes tipos de música, al dolor y a cualesquiera otros estímulos que ustedes y yo podamos percibir. O sea, el feto es uno de nosotros, de nuestra comunidad, que es una vida: una vida que debe ser prote­gida.

Muchos ginecólogos aseguran que las mujeres que están decididamente en pro del aborto, cuando quedan embarazadas y se someten a la prueba del ultrasonido, salen impresionadas.

Por lo demás, es claro que un niño nacido a los nueve meses de gestación tampoco puede vivir “independientemente”  de la madre o de los cuida­dos apropiados. Como tampoco es independiente hasta que llega a la edad madura; a un niño de cinco años, si­guiendo el citado tópico, cabría negarle el derecho a vivir.

Hay una anécdota que ejemplifica bien la para­doja de la petición de aborto que una mujer hace a un ginecólogo. El médico pregunta: “¿Quiere Vd. abortar a su hijo? En verdad lo que me pide es que se lo mate yo. Pero le propongo otro plan: yo le ayu­do a tener a su hijo; y en cuanto nazca, usted lo coge entre sus manos y lo mata apretándole sencilla­mente el cuello”. La mujer responde horrorizada: “No, no, eso no”. El médico acaba con estas pala­bras: “¿Por qué he de matarlo yo y no usted?”.

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3. El embrión no es humano cuando todavía carece de actividad eléctrica cerebral

El comienzo de la existencia humana debe determinarse con el mismo criterio que fija el “fin” o la “muerte” de esa misma existencia, a saber, la ausencia de actividad eléctrica cerebral, expresada en un electroencefalograma plano. Co­mo el embrión, en sus primeros días, no presenta dicha actividad, podrá ser extirpado, sin reparos morales, del vientre de la mujer.

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Este tópico viene a decir que lo que hace “hu­mano” a un viviente es la presencia de activi­dad intelectual. Confunde así las bases de la inteligencia con las bases de la vida. Afirma el tópico algo cierto, a saber, que el cerebro es el sustrato biológico necesario de toda actividad intelectual humana. De ahí pasa a decir que un signo inequívoco por el que se diagnostica el comienzo de la vida humana em­brionaria es el del inicio de una actividad cerebral, detectable mediante encefalograma. Cuando la acti­vidad cerebral falta, se obtiene un electroencefalo­grama plano. Y esto es lo que ocurre con el embrión en sus primeros días. Por tanto “se concluye” que  el electroencefalograma plano es síntoma de la falta de actividad inteligente y, asimismo, de “humanidad” en el feto. De modo que la “ausencia de una actividad cerebral” equivaldría a “ausencia de humanidad”.

Los defensores de este tópico afirman que la ac­tividad cerebral es necesaria para la conducta hu­mana espiritual. Pero recuerdan a continuación que, para diagnosticar la muerte de un ser humano, la ciencia moderna no se contenta con detectar el cese de la actividad cardíaca o la falta de respiración, ya que se han dado casos de “vuelta a la vida” de personas cuya actividad cardíaca se había parali­zado; precisa también diagnosticar la muerte cere­bral, comprobando la ausencia de actividad eléctrica cerebral. Esa comprobación se obtiene cuando el electroencefalograma es “plano”. Y se llega a decir a continuación que el electroencefalograma de un embrión es plano hasta la octava semana del emba­razo, pudiendo ser, hasta ese momento, eliminado.

Hay aquí dos problemas importantes que con­viene destacar por separado: En primer lugar, el problema decisivo de saber si lo que otorga carácter humano al embrión es primariamente el funcio­namiento del cerebro. En segundo lugar, si pueden equipararse las dos situaciones aludidas de “no fun­cionamiento” del cerebro: cerebro “no apare­cido todavía” y cerebro “desaparecido ya”.

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6 Maduración Sistema nervioso2La célula inicial y la célula mielinizada.- En lo concerniente a saber si lo que da carácter humano al embrión es primariamente el funcio­namiento del cerebro, la biología se inclina taxati­vamente por la negativa: el embrión tiene carácter “humano” desde el momento de la fecundación, o sea, cuando el espermatozoide (célula masculina) se une al óvulo (célula femenina); desde este mo­mento comienza el desarrollo celular; su personali­dad física está ya programada actualmente en los genes, de manera que incluso antes de la implantación puede ya determinarse el sexo de la nueva criatura. Sólo a los 43 días comenzará su cerebro a dar señales de actividad eléctrica, una vez que su sistema ner­vioso, ya formado, empieza a funcionar.

El dato bá­sico de toda la Biología moderna es la célula, o sea, la más pequeña cantidad de materia que reúne to­dos los requisitos de un sistema viviente. El hom­bre es un ser pluricelular, cuya individualidad bio­lógica se constituye al fusionarse la célula reproduc­tora masculina con la femenina. Este dato debería repetirse cuantas veces fuere conveniente.

La nueva célula surgida tiene un carácter dinámico impresionante, que desarrolla un minucioso programa, cuyas ins­trucciones están escritas en su DNA con un len­guaje cifrado. La Citología, la Genética y la Biología Molecular han llegado hoy a descubrir el mensaje o código genético. En el momento de la fecundación, pues, es cuando se constituye ese programa que de modo inmediato pasa a ser ejecutado. Programa que, siendo distinto de los programas del padre y de la madre, funcionará de manera original, única y continua hasta la muerte del individuo. En cuanto programa “activo” dicta las órdenes dirigidas a la constitu­ción de los órganos y al funcionamiento del conjunto.

La formación de los órganos, como el corazón, las piernas, el cerebro, es un proceso continuo. Por tanto, el comienzo de la actividad cerebral es un hito más del despliegue humano. A los 43 días de la fecundación se detecta ya una actividad eléctrica ce­rebral subcortical; a los 90 días aparece la actividad eléctrica cortical.

Este desarrollo cortical del cerebro es a su vez muy lento. La Neurofisiología enseña contundentemente que ni siquiera el niño recién nacido posee la plenitud del despliegue cortical. Alrededor del eje de la neurona o célula nerviosa se forma una vaina de color blanquecino llamada “mielina”, cuya función está en facilitar la conducción eléctrica y, con ello, el impulso nervioso de unas neuronas a otras. La mielinización comienza en las áreas subcorticales, las cuales permiten las conductas reflejas o involuntarias; luego se extiende progresivamente hacia las áreas corticales, para posibilitar las conductas voluntarias y complejas. Podría de­cirse que el recién nacido se comporta como un ser “falto de corteza cerebral”, ya que no ha culminado en su sistema nervioso ni la mielinización ni la formación neuronal[6]. Sólo hacia los seis años queda acabado anatómicamente el cerebro.

En conclusión: si el criterio diferenciador de la vida humana fuese la existencia y funcionamiento, más o menos perfectos, del cerebro, entonces ni el recién nacido estaría en situación de ser considerado como pleno ser humano[7].

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Lo potencial y lo acabado.- Por lo dicho se comprende que no pueden equipararse las dos situaciones de “no funciona­miento” del cerebro: la del que no funciona todavía y la del que no funciona ya. Porque la presencia de un electroencefalograma plano en el caso de la muerte de un individuo es síntoma de un proceso irreversible, o sea, de la absoluta y total pérdida de vida humana. En cambio la presencia de un electro­encefalograma plano en el comienzo de la vida embrionaria es síntoma de una plenitud de po­tencialidades, rebosantes de vida. Conviene se­ñalar, además, que la actividad cerebral se mide con un aparato cuya precisión diferencial deberá au­mentar en el futuro por el desarrollo de la tecnolo­gía[8]; es decir, lo que hoy es “plano” puede no serlo dentro de poco.

La vida humana es una tensa espera desde el momento de la fecundación. Una espera que ve colmada en cortos plazos su tensión biológica: pri­mero la multiplicación celular, después la forma­ción del corazón, después la constitución de los huesos, después el desarrollo de los órganos genita­les, después… Un largo después, en cuya distensión el nacimiento es un simple trámite, con poca signi­ficación biológica interna.

Negar al embrión sin actividad cerebral la condición humana es tan falaz como negar la condición humana al adolescente porque todavía no es adulto. Es tras la fertilización cuando un nuevo ser humano comienza a existir; y esto no es una opinión filosófica, sino una simple evidencia experimental biológica.

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4. El feto no tiene inteligencia ni personalidad

El ejercicio de la inteligencia racional es signo inequívoco de un ser con una dignidad que se distingue de los animales; pero esta inteligencia no aparece hasta después del nacimiento. Luego la inteligencia aparece tardíamente en el embrión. Y cuando todavía no hay inteligencia en el feto no se puede decir que nos encontramos ante un ser humano con personalidad a la que atribuir derechos;  por tanto, tampoco podemos decir que el aborto sea un homicidio.

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En verdad tampoco puede decirse que la inteligencia “racional” aparece en el niño una vez acaecido el nacimiento. Los psicólogos explican que las funcio­nes específicas de la inteligencia, como intuir, razo­nar y abstraer, llegan a su plenitud en la adolescen­cia: ni siquiera están acabadas en la infancia.

La objeción del tópico confunde la “posesión de inteligencia” con su “ejercicio actual”. Es obvio que el paciente adulto sometido a una anestesia general no piensa, ni razona. ¿Puede decirse que esté sin in­teligencia? No. Entonces, ¿es la simple ausencia de actividad mental un signo de que su vida no es humana? No. ¿Acaso no esperamos que despierte de la anestesia para comunicarnos con él, convenci­dos de que nos entenderá? ¿Por qué iba a ser dife­rente con el feto?

Ciertamente éste no piensa actualmente, pero si “esperamos un poco” veremos cómo también nos entiende, porque el desarrollo orgánico de su cere­bro apunta a la consumación conceptual, intuitiva y discursiva de su inteligencia.

¿Qué fundamento tendría esta “espera”? Preci­samente el sustrato de su inteligencia, el cerebro, el cual es accesible a la observación científica.

El cerebro en formación, según explica la Neurobiología, está en su sitio a los dos meses. Pero serán precisos nueve meses para que sus cerca de cien mil millo­nes de células estén todas constituidas[9]. ¿El cerebro está entonces acabado cuando el niño nace? No. Las innumerables conexiones que enlazan las células con millares de contactos entre cada una de ellas no estarán establecidas todas hasta los seis o siete años. Lo que corresponde a la edad de la razón.

La inteligencia racional, como facultad cognoscitiva del hombre, se despliega en la medida en que el sustrato orgánico o cerebro lo permite. Pero puede permitirlo sólo porque tiene ya “vida humana”; o sea, es un embrión distinto específica­mente del animal: desarrolla una corporalidad pre­cisa y un cerebro complicadísimo que permite que se ejercite una de las funciones psíquicas: el enten­der racional.

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Cuando se ignoraban los datos biológicos con­cernientes a la dotación genética del embrión, algunos autores ligaron la humanización del feto a la aparición de la inteligencia. El estado actual de la ciencia permite concluir que desde el momento de la concepción se trata de un ser humano biológicamente constituido, apto para un sucesivo desarrollo intelectual.

Precisamente por esa “aptitud” paulatina que el feto desarrolla para entender, hace que el aborto sea un acto contra la vida humana: es un ser con potencia intelectual, un poder que se desplegará en el momento oportuno, cosa que no ocurre con el animal.

La ciencia moderna disipa cual­quier probabilidad en contrario: es humano con un plan biológico específico de funcionamiento y maduración y nada le es añadido desde el momento de la fecun­dación hasta la muerte.

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El caso de ciertos códigos de derecho positivo que asignan sólo al sujeto nacido la “personalidad jurídica”, o sea, la ti­tularidad de derechos, no cambia en absoluto la situación.

En primer lugar, porque la atribución de la cua­lidad de “persona jurídica” al feto alumbrable no es unánime en la doctrina jurídica.

En segundo lugar, porque en el plano del dere­cho positivo, la noción de “persona” no es ni ontológica ni moral: sencillamente es esencialmente “legal”; responde a una norma positiva, en el sentido de que la ley fija discrecionalmente y por tanteos el mo­mento en que al sujeto humano le conviene tal cualificación.

Pero eso no quiere decir que el embrión no sea persona humana, o sea, un ser corporal con capaci­dad de entender y querer libremente. Al decir “capacidad” se quiere indicar que no siempre entiende y quiere, como ocurre con un anestesiado, un durmiente, un enajenado momen­táneamente o un no-nacido.

En tal sentido se han dado ya casos de tribunales americanos que, a efectos de herencia, han conside­rado al niño no nacido con los mismos derechos que el nacido.

En resumen, el nacimiento no es el comienzo de una vida humana personal, sino un simple esta­dio de su forma única. Los niños no nacidos son personas con derechos ante la ley, aunque una ley positiva, confeccionada por los hombres, no se los reconociera.

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A propósito de la plasmación del cigoto, hay todavía dos puntos que conviene explicar, suscita­dos por el problema de la formación de niños ge­melos.

En primer lugar, no se puede confundir la “individualidad” con la “imposibilidad de división” o segmentación del cigoto, por ejemplo, en el caso de los gemelos monocigóticos, procedentes de división de un único óvulo fecundado. Tales gemelos poseen el mismo complemento genético o idéntico sexo. La división del huevo que da origen al fenómeno gemelar tiene lugar en las primeras horas después de la fecunda­ción y antes de la anidación. De aquí concluyen al­gunos que esta posibilidad de dar origen a dos indi­viduos idénticos da pie para afirmar que el cigoto carece de individualidad humana y por lo tanto, podría ser eliminado, en casos extremos.

De modo que en el caso de violación de una mujer, sería difícil no aceptar que el derecho absolutamente cierto de la madre no deba prevale­cer sobre el derecho más dudoso del embrión. Y por eso, algunos dudan que el concebido, con anterioridad a la anidación, pueda ser conside­rado un ser humano en sentido pleno.

De nuevo hay que volver a los profesionales de la Biología, los cuales dis­crepan de esa explicación. La primera división celu­lar, originante del fenómeno gemelar, sigue a la fer­tilización en el intervalo de 24 horas, en la gene­ralidad de los casos. De ahí que el intervalo entre la fertilización y la segunda divi­sión celular es tan breve que queda incluido en el margen de tiempo que se toma para señalar el mo­mento probable de la fertilización. En el caso del desarrollo gemelar humano tendremos que decir: a partir de la fecundación existe un ser vivo que hemos de considerar como una persona humana; y desde el momento de la división gemelar existe un nuevo ser vivo que es otra persona humana, formada por células que se han separado del orga­nismo inicial[10].

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Para hablar de “ser humano” algunos exigen un sis­tema nervioso suficientemente desarrollado (senti­dos, órganos, cerebro). De modo que antes de esedesarrollo podría eliminarse el con­cebido.

Pero adviértase que cuando se habla de “suficientemente de­sarrollado” se deja sin límite claro y absoluto la vida humana: sencillamente porque la “suficiencia del desarrollo” se alcanza en el curso de un largo período extrauterino. El “límite” siempre sería convencional y, a la postre, arbitrario. Ni siquiera la emergencia rudimentaria de las estructuras orgánicas es un umbral cualita­tivo que pueda determinar la diferencia entre vida humana y no humana. El momento de la fecunda­ción es el único criterio válido del comienzo de la vida humana.

En realidad, el hijo no nacido es “alguien”, al que se dice “tú” y que dirá, en su momento, “yo”. El hombre es siempre una realidad “vi­viente” que se va haciendo y realizando.

Creo que es una hipocresía establecer diferencias se­gún el lugar del camino en que se encuentra el ni­ño, prescindir del padre, o de considerar que la ma­dre tiene derecho a disponer del niño.

La aceptación social del aborto es lo más grave que ha acontecido en nuestra sociedad, una sociedad que parece acercarse a su final.

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5. Una cosa es el “aborto” y otra la “interrupción voluntaria del embarazo” (IVE), hecha incluso con anticonceptivos

Con la llamada “ley del aborto” sólo se indica una ley de “interrupcion” del embarazo. Muchas personas serían contrarias a un aborto avanzado, pero sin embargo son partidarias de la interrup­ción voluntaria del embarazo en sus comienzos.

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Como el término “aborto” suscita lógicamente la idea de “muerte”, se utiliza para mantener un tono más aséptico la expresión “interrupción vo­luntaria del embarazo” que se oculta además fre­cuentemente bajo sus siglas: I.V.E.

Conviene estar en guardia ante las formas “sentimentales” y “humanísticas” que, con eufemismos, buscan disfrazar lo que sólo tiene un nombre. Pues hablar de interrupción del embarazo es tan hipócrita como llamar interrup­ción de la respiración a la horca o al garrote vil.

No es infrecuente leer páginas que ocultan con un eufemis­mo la realidad de un acto que arranca la vida. Vienen a decir: una cosa es la prác­tica del aborto para desembarazar a una persona de la carga de un hijo y otra cosa es la intervención médica perfectamente controlada cuando se ven condiciones graves que afecten a la salud física o mental de la madre; y tal vez también en el caso de violación.

Por otro lado, el tópico supone que la falta de regla en la mujer por causa de embarazo puede considerarse como algo “anormal” que ha de ata­jarse en cualquier momento; por ejemplo, impi­diendo enseguida la anidación del óvulo fecunda­do, mediante los llamados “anticonceptivos ora­les”, muchos de los cuales tienen efectos abortivos sobre el óvulo fecundado, efectos que son suavi­zados con las expresiones “control de la ovulación”, “re­poso ovárico”, “regulador del ciclo”, etc.

De hecho los anticonceptivos y las sustancias abortivas no solo se usan cuando se tiene conocimiento de la posibilidad de es­tar embarazada, sino como métodos preventivos frente al embarazo, de manera que, probablemente, son millones los niños que fueron abortados sin que la mujer llegara siquiera a tener conciencia de que engendró un hijo.

Esos “anticonceptivos orales” actúan primero sobre el hipotálamo, por cuyo mecanismo bloquean la ovulación; después sobre las trompas femeninas: bien con estrógenos que, al aumentar la movilidad, hacen que el óvulo fecundado llegue al útero antes de estar preparado para la anidación; bien con gestá­genos que, al disminuir la movilidad, hacen que el óvulo llegue tarde al útero, cuando ya ha muerto por falta de nutrición.

Asimismo el anticonceptivo actúa sobre la mucosa del útero, impidiendo que el endometrio quede dispuesto para recibir y anidar el óvulo fecundado. Se silencia además el hecho de que tales contraceptivos arrastran efectos secunda­rios en la mujer, como trombosis, hipertensión, es­clerosis vascular, diabetes, cáncer y trastornos psi­cológicos.

En definitiva debe quedar claro que la interrup­ción del embarazo, bien sea por contraceptivos ora­les, en su primera fase, bien sea por métodos mecá­nicos o quirúrgicos más violentos, en fases avanza­das de gestación, es siempre un aborto; o sea, un atentado contra una vida humana inocente.



[1] En el 2003 se completó con éxito el Proyecto Genoma Humano con el 99% del genoma secuenciado con una precisión del 99,99%. En los cinco últimos años se han ocupado insistentemente del DNA varias revistas científicas, como la británica Nature y las estadounidenses Genome Research y Genome Biology. Véase: Watson, JD, Baker TA, Bell SP, Gann A, Levine M, Losick R.: Molecular Biology of the Gene, San Francisco, 6ª ed. 2008. -Pierce, B.A.: Genética: Un enfoque conceptual. Madrid, 2ª ed. 2005.

[2]  Acerca del primer desarrollo del ser humano, véase: Larsen, W.J.: Embriología Humana, Madrid. 3ª Edición, 2003. -Núñez de Castro, Ignacio: De la dignidad del embrión. Reflexiones en torno a la vida humana naciente, Madrid, 2008. -López Moratalla, Natalia – Iraburu Elizalde, María J: Los quince primeros días de una vida humana. Pamplona, 2004.

[3] Lejeune, Jerôme: “Cuándo comenzamos a vivir”, Nuestro tiempo, 1974, nº 238, pp. 6-7.

[4] Blechsmidt, E.: Vom Ei zum Embryo, Stuttgart, 1968, p. 72.

[5]  Lejeune, Jérôme: ¿Qué es el embrión humano?, Madrid, 1993, pp. 15-24.

[6] Sperber, Geoffrey H.: Craniofacial development, London , 2001. – Sperber, Geoffrey H.: “Transitions in Craniofacial Biology: A Tribute to Bernard G. Sarnat”, Journal of Craniofacial Surgery, January 2012, Volume 23, Issue 1, p. 124-125.

[7] Moore, Keith L.: Embriología clínica: el desarrollo del ser humano, Madrid, 2004. – Rohen, Johannes W.: Embriología funcional: una perspectiva desde la biología del desarrollo, Madrid , 2008.

[8] Barret K., Barman S., Boitano S., Brooks H.: Actividad eléctrica del cerebro, estados de sueño-vigilia y ritmos circadianos; en Ganong: Fisiología médica. 23ª Ed. 2010, p. 229-240. – Niedermeyer E. and da Silva F.L.:  Electroencephalography: Basic Principles, Clinical Applications, and Related Fields, Lippincot, 2004.

 

[9] Meyers, Robert:  Neurobiology: from molecular basis to disease. Wein­heim, 2008. – Kandel, E., Schwartz J., Jessel T.:  Principles of Neural Science,  New York, 4ª ed., 2000.

[10]  Jiménez Vargas, J. – López García, G.: Aborto y contraceptivos, Eunsa, 1980, pp. 30,  91-98, 116-125.

 

 

 

 

 

 

 

 

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