El pintor iraní Iman Maleki (1976-) presenta con un realismo simbólico la posibilidad que el hombre tiene, ya desde niño, de atravesar la superficie de las cosas, concibiendo incluso su corazón moral.

  Las costumbres y su moral 

 Si comenzásemos diciendo que el objeto de la reflexión ética viene designado por las «costumbres» —término que traduce el griego ethos (de ahí «Ética») y el latino mores (de ahí «Moral»)— habríamos apuntado a una cosa muy cierta, pero también muy general y vaga.   

Pues hay muchos aspectos en las «costumbres» del hombre que no interesan a la reflexión ética. ¿Sobre qué objeto se interesa?   

Para responder a esta pregunta vamos a dar un rodeo, propo­niendo, a modo de ejemplo, en primer lugar una observación co­rriente, y después, como aplicación de esa observación, el relato de un caso concreto.   

*   

Frecuencia de calificativos morales    

La observación que proponemos es el hecho de que muy a me­nudo utilizamos calificativos morales en nuestra vida. Hablamos de «bueno» y «malo» para calificar a la gente; nos parece que muchas conductas son justas, otras injustas; que unos proceden con generosidad y otros con egoísmo; en definitiva, que unos son portadores de valores, otros de disvalores.   

¿A qué referimos propiamente estos calificativos? Indu­dablemente a las acciones de los hombres; nunca a las de los ani­males o a las de los fenómenos atmosféricos. Es cierto que hablamos también de «buen» tiempo o «mal» tiempo; pero en estos casos no damos a tales términos una connotación moral, sino simplemente física.   

Además, ¿hacemos aquellas calificaciones morales caprichosa­mente, gratuitamente? No. Calificamos un acto humano de in­justo porque estimamos que ha vulnerado un valor del que di­mana una norma, una ley objetiva a la que todos estamos acos­tumbrados a respetar y a seguir.   

Un valor es aquello que por su perfección o prestancia no nos deja indiferentes y merece ser buscado: atrae una tendencia humana, sea sensitiva, sea espiritual. Todo ser, en su orden, es valioso. El valor es el carácter que una cosa muestra de ser digna de aprecio y, por lo tanto, de satisfacer el fin de una tendencia humana: es una perfección que despierta el deseo del hombre, que lo cautiva, que no lo deja indiferente. Mas no es valor por ser buscado, sino que es valor porque se impone a nuestro deseo, porque nos saca de la indiferencia y atrae nuestra voluntad, sin que ésta lo apure en su esfuerzo de alcanzarlo   

Esta imposición del valor es peculiar: pues, de un lado, no se presenta como una fuerza física o mecánica, sino de otra índole; y, de otro lado, es un «ideal», no porque carezca de realidad —su existencia está en la existencia misma de las cosas y si no hubiera cosas no habría valores—, sino todo lo contrario, porque su rea­lidad no es puntual o fugaz: la difusión de su esencia no es agota­ble por los actos reales concretos que el sujeto ejecuta. De esta realidad inconsumible que se difunde e impone al sujeto se deriva el carácter normativo del valor. El valor saca al sujeto de su indi­ferencia frente al objeto. El valor de la justicia se impone, y de él toma pie la conciencia individual para establecer una norma de conducta. Lo mismo hay que decir del valor vital, del valor estético, del valor cognoscitivo, del valor económico, etc.   

De manera que las calificaciones morales que con tanta fre­cuencia hacemos (bueno-malo, justo-injusto, generoso-egoísta, etc.) tienen al menos estas dos notas:   

1ª  Van dirigidas a las acciones humanas.   

2ª  Remiten a un valor objetivo del que proviene una norma.   

Pero, ¿no queda resecada y sin jugo la vida personal cuando la actividad moral descansa solamente en áridas reglas, en rigorosas «normas»? ¡Cuán innaturales, cuál alejadas de los afanes, quere­res y «fines» propios del hombre parecen estar de ordinario las «normas»! ¿Son de verdad innaturales?   

*   

¿Normas de la naturaleza o normas de la razón?   

 La naturaleza humana tiene sus fines. Si estos se consiguen, el hombre alcanza su perfección o plenitud. ¿Hay que seguir enton­ces a la naturaleza? Sí. Pues no tenemos otra fuente de empuje ni otro foco de orientación. Ahora bien, si la naturaleza humana fuese simplemente biológica o animal, sus fines serían muy con­cretos, no serían universales, no llegaríamos con ellos a una «plenitud». Pero ocurre que en la naturaleza humana hay además un elemento espiritual. ¿A qué instancia debemos seguir, a la biológica o a la espiritual? A las dos, en tanto que están jerarqui­zadas; o sea, en tanto que hay un orden tal que el elemento bio­lógico se subordina al espiritual. La naturaleza, en el hombre, es un orden real de instancias o tendencias dirigidas a un orden de valores. Y el hombre debe reflejar y hacer patente también ese orden en sus acciones.   

Si la naturaleza humana es «racional», «espiritual», entonces el bien de esta naturaleza consiste en realizar su fin universal (pues el espíritu es apertura a todos los seres), no saturable con la mera acumulación de cosas concretas, sino con la posesión de un bien o valor único y absoluto. De aquí se desprende una máxima de ac­ción humana: sigue a la naturaleza; hemos de llegar a ser con esfuerzo lo que tenemos esbozado por naturaleza.   

Pero el fin natural del hombre es definible por la razón, la cual, al conocerlo, lo ve valioso y dicta lo que es bueno o malo para conseguirlo: la razón propone la norma de la ac­ción. De ahí que la máxima de la acción humana (sacada de la naturaleza) pueda formularse también así: obra conforme a la ra­zón o sigue a la razón. Se trata, claro está, de una razón rec­tamente formada. Pero, ¿cuándo queda formada rectamente la ra­zón? Cuando expresa el orden de valores de la realidad, respe­tando la jerarquía de los elementos naturales del hombre y de las cosas; o sea, cuando atiende y sigue la llamada de los valores de la naturaleza del hombre y del mundo, de sus estructuras y de sus fines objetivos.   

•    Son equivalentes, pues, las dos máximas: «obra conforme a la naturaleza» y «obra conforme a la razón». Las dos expresan un sólo orden de va­lores: los que conciernen a los actos humanos.   

*   

El rendimiento objetivo de una ofensa. El todo moral de la persona   

Intentemos reforzar esta conclusión con la descripción de una ofensa.   

Alguien, X, me cae mal; entre otras cosas, porque, teniendo los dos una empresa comercial de parecidas características en el mismo barrio, él me supera en ventas. Su competencia me avasa­lla. Una noche penetro en su tienda sin que nadie me vea, y co­loco en sus anaqueles algunos productos que llevan mi firma co­mercial mal disimulada, porque con toda intención la he borrado dejando sólo una partecita con la que poder dar la pista completa. Al día siguiente, le acecho, espero el momento de más concu­rrencia de clientes en su negocio, lo abordo gritándole que es un ladrón, que me roba mercancía, que me hace competencia desleal, que podría denunciarlo porque muchos productos llevan mi firma comercial mal borrada… Los clientes, de momento, comprueban y asienten. Le digo que así es fácil obtener buenas ganancias. Él se turba, y apenas tiene tiempo de reaccionar. Aunque intenta balbucear algo así como que aquello es un atropello, que tuvo que haber un equívoco, ya de nada le vale: la gente se arremolina, sonríe y comenta. El lance le ha cogido desprevenido. Yo, que tengo aprendida la lección, me vuelvo al público para incitarlo contra él. Muchos me apoyan. Después, con aire digno, doy me­dia vuelta y lo dejo justificándose ante unos clientes que ya no le creen. La noticia corre como la pólvora. Cuando X salga a la ca­lle encontrará miradas maliciosas. Su honra, su honor, su presti­gio comercial sobre todo, estarán por los suelos. Irá a la policía, pero no podrá probar nada. Todo lo contrario: podría hacerse sospechoso de robo. Yo podré ahora hacer mi agosto.   

Al ofender, he descalificado las acciones de X, en este caso inexistentes. Y además, a él, en su intimidad y en su exterioridad (relaciones sociales) lo he dejado «hecho polvo», como suele de­cirse: he desequilibrado también sus estructuras psicológicas.   

Pero, ¿y yo? ¿Qué ha sido la ofensa en mí, que la he realizado? La ofensa es: 1º Una acción humana, la mía. 2º Esta acción se ha salido fuera de las normas que dimanan de los valores de la jus­ticia, del honor y del respeto. Pero hay algo más: 3º La acción es mala, pero yo, en mi totalidad personal, me he hecho un mal­vado, un deshonesto, un ser inicuo. No sólo la acción es injusta; la persona misma, en su integridad, se ha hecho injusta al cometer el acto injusto. He aquí una tercera nota que debemos añadir al he­cho moral que es objeto de la reflexión ética.   

Resumiendo. Nuestras calificaciones morales están presididas por tres referencias fundamentales:   

1ª A las acciones mismas que se hacen o se omiten: puede haber una injusticia en las omisiones que hago en mi negocio, por ejemplo, al no advertir al cliente que el producto que vendo al precio de siempre ha rebasado con mucho la fecha de caducidad, declaración a la que estoy obligado por consideración al valor de la salud.   

2ª A las normas o leyes objetivas, dimanadas de los valores que guían las acciones en concreto. Cuando pregono las cualidades de mis productos, por ejemplo, debo atenerme a unos valores, a unas normas de vera­cidad y de honor respetadas por los ciudadanos.   

3ª A la totalidad de la persona, cuyos son los ac­tos puestos u omitidos.   

Pues bien, la reflexión ética versa sobre la relación que las acciones humanas hacen a un valor y, por tanto, a una norma (a una ley, a un deber-ser) por la cual el sujeto, en su integridad, se hace bueno o malo. Estudia las acciones humanas en cuanto sometidas a normas dimanadas de valores «objetivos» o «naturales». ¿Cuáles son las acciones sobre las cuales puede recaer el calificativo moral, acciones referibles a una norma o deber-ser?   

*   

La moralidad del obrar humano  

He dicho que las calificaciones morales están presididas por una referencia a las acciones humanas. Estas son el objeto so­bre el que versa la reflexión ética. Pero debemos caer en la cuenta de que, en el hombre, las acciones se pueden considerar como  «actos humanos» estrictamente dichos. Parece que son los mismo; pero no lo son.   

•    «Actos del hombre» son aquellos que han salido del hombre mismo, como de su sujeto. Se hacen en el hombre sin la libertad del hombre, como caminar, amar, digerir, razonar, etc.. Si yo, con alguno de estos actos perjudico a otro empresario, puedo sentir pesar, pero no remordimiento, ni arrepentimiento. Un ejem­plo. El otro día, mientras ordenaba los enseres de mi negocio, pisé un objeto duro que se desmenuzó bajo el peso de mi cuerpo. Cuando levanté el pie me dí cuenta de que era una joya, una valiosa joya lacada al estilo chino. Dejé los trozos del objeto encima de un mostra­dor. A los pocos minutos penetraba en mi local la dueña de una tienda de bisutería que momentos antes me había estado comprando algunas cosas. Miraba a uno y otro lado, buscando afanosamente. Cuando vió lo que bus­caba —su valiosa joya— echó a llorar desconsolada­mente. Me contó que acababa de recibir en exclusiva de China aquél objeto y tenía la esperanza de que, al expo­nerlo en una inmediata feria de muestras, recebiría nu­merosos pedidos, cosa que relanzaría a su empresa co­mercial. No pude decir nada. No podía arrepentirme, porque el acto de triturar aquella pieza ni había sido premeditado, ni estaba previsto como remota posibili­dad en mi conducta diaria. Sentí «pesar». Pero el pesar no puede borrar nada.   

•    Los «actos humanos», en cambio, son realizados por el hombre con advertencia consciente y libertad (sin ser coaccionado o violentado); tales son: amar, ra­zonar, pero no pisar o digerir. La conducta ahora está dirigida por un juicio de valor. De manera que los ac­tos humanos connotan, de un lado, la voluntad cons­ciente como origen y, de otro lado, el valor al que uno responde libremente. Los actos humanos propiamente dichos son los «internos», los realizados inmediata­mente por la voluntad. Los actos «externos», mandados por la voluntad en otra facultad (los brazos, la lengua, los músculos) para que se realicen externamente, están supeditados a aquéllos.   

Pues bien, sólo los «actos humanos» tienen la cualidad de ser dignos de alabanza o de reprobación; y a esta cualidad se le llama «moralidad» Pero el conocimiento y la libertad son simples presupuestos o requisitos de la moralidad. Sin advertencia cons­ciente y sin libertad no hay, desde luego, moralidad. Pero la mo­ralidad misma consiste en la relación de la acción humana a un valor objetivo, por cuya virtud la acción está so­metida a una regla o norma dictada por nuestra razón atenta a los valores.   

En realidad, la acción libre no está determinada siempre a lo bueno o siempre a lo malo; los clásicos decían que está «indeterminada al bien o al mal moral». Por lo tanto, no es regla de sí misma. Tiene que ser determinada por una regla distinta de la libertad misma. La acción libre se hace moralmente buena o mala por su conformidad o disconformidad con una regla que surge de un valor no producido por la misma libertad.   

Esta última observación es de gran actualidad. El existencia­lismo moderno y los movimientos vitalistas que se inspiran en Nietzsche postulan una moral basada exclusivamente en el ejerci­cio mismo de la libertad, sin valores objetivos, sin normas establecidas por la tradición o por la realidad misma. No hay más norma de acción que el querer mismo del sujeto. Nietzsche vació la moral de valores, de órdenes objetivos obligatorios. A este va­ciamiento llamó «nihilismo», el cual implica también apartar todo rastro de la divinidad en el hombre. Solamente el hombre (que por cierto, según Nietzsche, al no haber sido creado, es ab­solutamente independiente), puede crear y destruir valores. Es la moral del superhombre, el cual está más allá del bien y del mal considerados por los demás mortales.   

•    Frente a este nihilismo no es ocioso recordar que la moralidad (cualidad por la que los actos humanos son dignos de alabanza o reprobación) consiste en la relación de la acción humana a un valor obje­tivo, del que proviene una norma real que la rige.   

*   

Normas, fines y valores   

Hasta el momento hemos dicho que el acto humano es moral porque se regula por normas. Quizás estamos dando la impresión con esto de que la reflexión ética es excesivamente «legalista», atada a normas y reglas que servirían más para asfixiar a los hombres que concurren en la empresa que para hacerlos verdade­ramente libres. Ya lo advertíamos antes.   

Sin embargo, esta impresión hay que desecharla enseguida. Lo que el obrero, el directivo, el proveedor y el vendedor buscan primeramente en todos sus actos, como todos los hombres, no son normas ni reglas, sino la consecución de los fines profundos de su naturaleza. Su voluntad, en concreto, está polarizada (determinada) hacia un fin, aunque sea libre para elegir los me­dios que conducen a ese fin.   

El fin objetivo de la voluntad es a la vez su bien valioso: éste es el principio que profundamente pone en marcha su dinamismo y el término en que ha de desembocar para saciarse. Si no hay un fin real y último que conseguir, tampoco hay dinamismo sub­jetivo que se dispare hacia él. Este fin del hombre, que es su bien, es el valor.   

Que ha de haber un fin último en la acción del obrero o del directivo —y en la de todo hombre— es fácil de comprender. Si el fin por el que, por ejemplo, obra el empresario es sólo un simple medio para un fin superior, entonces el fin-medio saca su eficacia de atracción del fin ulterior; éste, a su vez, de otro ulte­rior.   

•    Es necesario que haya un bien o fin su­premo, último, en el que desemboquen todos los fines particulares. Si no hay fin, no hay deseo en la voluntad. Luego si hay deseo en la volun­tad, entonces tiene que haber un fin. Y los fines particulares se explican por la presencia polari­zante de un fin supremo y último.   

Por lo tanto, los fines que deseamos forman una cadena y una jerarquía; y subordinamos espontáneamente los fines secundarios a un fin último, que es el máximo bien que apetecemos. Por eso los valores forman una cadena jerárquica. Todos los actos de la voluntad libre se insertan en este finalismo, en esta tensión franca hacia la consecución de un bien último y definitivo que sacie ple­namente el querer universal del hombre.   

La determinación de la voluntad humana por el fin último es necesaria, no puede ser eliminada. Todo lo que la voluntad desea, es querido por relación a ese fin. Pero la voluntad humana está hecha precisamente con una naturaleza tal que aspira al bien uni­versal, al bien que la sacie en su sed infinita. Y en todos los bie­nes particulares que desea, como el de los bienes que la empresa tiene y reporta, se cristaliza también parcialmente este deseo uni­versal de un bien absoluto.   

•    El bien último, querido necesariamente por la voluntad, no es objeto de elección libre. Es­tamos determinados a querer nuestro bien y nuestra felicidad; aunque seamos libres acerca de los medios y de los fines particulares que se nos presentan de cara a ese fin último. La fina­lidad profunda de la voluntad (su polarización hacia un fin último) es el principio que ha de regir la actividad moral de los que integran o condicionan la empresa.   

¿Pero qué tiene que ver todo esto con el problema de las nor­mas y de las reglas, anteriormente explicado? Pues tiene que ver de un modo muy estrecho.   

Decimos que las actividades empresariales han de llevar a que el sujeto consiga no sólo el éxito económico de la empresa, sino moralmente el fin último de su vida. La cuestión que inmediata­mente surge es la siguiente: ¿Cómo deben regularse los actos em­presariales para que puedan llevar a que el sujeto consiga moral­mente el fin último? ¿Cuál es la regla, la norma de su vida, cara a ese fin último? He aquí el problema de la regulación, de la nor­matividad.   

Por eso, la norma moral no es un factor de asfixia, sino de li­beración: nos libera de todos aquellos caminos, de todas aquellas direcciones que no apuntan a un fin último, a  valores elevados que sacien de verdad, en profundidad, nuestra sed de un bien ab­soluto.   

•    La incardinación de la norma en el finalismo de la voluntad humana es lo que la hace digna y profunda. Una norma por la norma (como quieren algunas filo­sofías rigoristas) carece de atractivo, de eficacia y de humanidad. Los hombres dirigimos nuestros actos a ciertos fines valiosos y, por eso, seguimos determinadas normas para conseguir el fin.   

He aquí la «ultimidad» del hecho moral: pues en cada acción humana los hombres de la empresa van decidiendo el sentido de su perfección última, de su destino como personas en el mundo. En conclusión:   

•    La reflexión ética enfoca los actos humanos tanto del trabajo operativo y dispositivo como de los agentes del entorno implicados condicio­nativamente en aquellos, en cuanto dirigidos a un fin último, a valores absolutos, para cuya consecución siguen determinadas normas.   

*   

2. Objetos y motivos    

ELos fines concretos de la actividad humana son, de un lado, el del objeto (finis operis), de otro lado, el del sujeto (finis operantis), que pueden no coincidir.   

El «objeto» es aquello a que tiende naturalmente un acto hu­mano; los clásicos ponían un ejemplo ilustrativo: el acto de dar «limosna» tiende de suyo a socorrer al necesitado. El «motivo» es el fin subjetivo que el hombre persigue al obrar: por ejemplo, dar limosna para adquirir fama de altruista.   

Un caso real ilustrará esta distinción. La empresa americana Johnson & Johnson —dedicada a productos de higiene personal, como el champú—, detectó en 1982 que una de sus elaboraciones, el «Extra Strength Tylenol», provocaba efectos nocivos para la salud e incluso la muerte. Inmediatamente la dirección, aparte de desembolsar cien millones de dólares para afrontar los daños ocasionados, ordenó retirar del mercado treinta y un millones de botes, sometió a prueba miles de ellos, cuyos resultados, contro­lados federalmente, eran ofrecidos a la opinión pública. Por úl­timo, dispuso que se reemplazaran gratuitamente todas las bote­llas que los preocupados clientes devolvían. Asimismo, remodeló parte del proceso de producción, introduciendo nuevos sistemas de empaquetado. Estas medidas ayudaron a elevar el grado de credibilidad del consumidor hacia la empresa «J&J», la cual vio crecer rápidamente sus beneficios.   

Ahora bien, ¿qué valoración ética tiene el conjunto de tales medidas? Unos periódicos resaltaron el fin objetivo, lo justo, de la operación, a pesar del alto precio que supuso. Otros insi­nuaron que «J&J» se había movido por fines subjetivos egoístas, por motivos crematísticos, de manera que la operación moral habría sido un simple lavado de cara para atraer de nuevo la atención del consumidor.   

Pues bien, ¿qué es lo que hace «éticamente buena» una acción: el fin objetivo, el objeto, o el fin subjetivo, los motivos del agente? Adelantemos la respuesta: primariamente y de modo esencial se hace éticamente buena por el objeto valioso; secunda­riamente por los motivos.   

El acto humano recibe del objeto su moralidad primera; pero recibe del motivo (fin subjetivo) su moralidad última. Aquella funda su esencia moral; ésta, su importancia moral. Aquí lo esencial no siempre es más importante que lo accidental.   

El objeto es «bueno» cuando concuerda con la «norma de la moralidad» surgida de un valor, como el beneficiar a un necesitado; y es «malo» cuando no concuerda con ella, como el robar. Así, la moralidad del acto de robar reside de modo esencial y primario en el objeto (quitar lo ajeno), el cual se destaca de modo invaria­ble por encima de cualquier motivo o fin subjetivo.   

El motivo, el fin que el agente se propone (por ejemplo, en­tregarse a la concupiscencia), encierra un elemento voluntario, que suele tener más «importancia moral» que la acción misma. Por eso decía Aristóteles que “el que roba para cometer adulterio es más adúltero que ladrón”; pues utiliza el robo como medio para cometer adulterio. La voluntariedad, el deseo explícito en el motivo, hace que el adulterio sea moralmente más importante. Pero el sujeto también es ladrón, claro está. La motivación, pues, no es el fin que el acto incluye en sí mismo (apoderarse de lo ajeno), sino el fin extrínseco que se le sobreañade. También el motivo que impulsa a obrar debe concordar por sí mismo con la recta razón, conseguida en relación con el valor.   

En cualquier caso, el motivo «refuerza» la moralidad del acto, el cual mejora o empeora éticamente por el carácter bueno o malo del motivo. De aquí se desprenden tres leyes importantes: Primera: un buen motivo no hace moralmente bueno a un acto esencialmente malo. Segunda: un mal motivo altera en mayor o menor medida la acción esencialmente buena: por ejemplo, un beneficio público puede otorgarse exclusivamente para dañar a un tercero o simplemente para adquirir fama; es claro que en el primer caso se lesiona gravemente la pureza moral del acto. Tercera: para que un acto no malo sea moralmente bueno ha de hacerse por un fin honesto; y así el bien deleitable, que tiene ra­zón de medio, debe orientarse al fin honesto; y lo mismo le ocu­rre al fin útil. 

Descansar en un mero medio como si fuera un fin en sí es un desorden moral. Por ejemplo, la sociedad del bienestar, por el bie­nestar mismo, expresa un desorden moral.