La familia como origen

Joaquin Torres García (Uruguay, 1874-1449): “En familia”. El pintor expresa el clasicismo y al arraigo en la tradición mediterránea, priorizando la composición cromática más allá del realismo pictórico, bajo los principios de proporción, unidad y estructura.

La paternidad y el hijo que se espera

 

La “idea ejemplar” de padre humano no incluye que él sea creador absoluto del hijo, sino que acepte al hijo como un don[1], pues la existencia que los padres otorgan pertenece a una corriente ontológica de la que ellos mismos participan. El hijo debe ser esperado por el hombre como un fruto «sorprendente», algo que excede a las fuerzas que los esposos mismos han puesto, pues ellos no tienen el poder externo de formar su organismo: sólo desencadenan un proceso cuya finalidad interna se les escapa[2].

De la unión amorosa íntegra los esposos «esperan» el don del hijo. El lenguaje coloquial español es ilustrativo: en muchos pueblos los esposos dicen que «encargan» el niño; saben que encargarlo o pedirlo no es «ha­cerlo» o «confeccionarlo». La naturaleza dispone que el hijo se haga por sí mismo mediante un «arte» interno, una idea ejemplar interiorizada en el óvulo fecundado. El hijo es «distinto» de ellos mismos, es «el otro». Dis­tinto también de la representación o proyección psicológica que a veces anhelantemente se hacen de él. Sólo si los cónyuges aceptan esta alteridad posible abren para el hijo su primer espacio de libertad: le reconocen la primera libertad de todas, la de vivir dentro del ámbito propio, intangible e intransferible en que se desarrollará como persona.

Pero si los cónyuges se proponen el “ideal” de ser plenos creadores de ese sujeto y de su ámbito de libertad, no tendrán inconveniente alguno en acudir a la técnica para que les confeccione una criatura a la medida de sus deseos. La técnica idolatrada se presta a la manipulación del hombre y pierde los verdaderos ámbitos de encuentro personal. Pero un elemento fundamental de la técnica es el crecimiento indefinido, sin cuyo ímpetu no se justificaría siquiera el primer paso del técnico. La biotécnica no tratará, pues, solamente de proporcionar un hijo a unos padres infecundos, sino de ofrecer un «producto» perfecto, el «niño de sus sueños». La biotécnica in­tentará diseñar al niño en sus mínimos detalles, eliminando los embriones que presenten malformaciones o aparezcan inaceptables.

De este “ideal” de artificialización surgen tres efectos: 1º El padre no existe como padre originario.La madre no existe como madre íntegra. 3º El niño es un ser sin padres.

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La paternidad decaída

 

El padre no existe como padre propiamente dicho. Porque ese pa­dre no quiere ya al hijo por sí mismo, por su originalidad natural o espon­tánea, sino meramente por satisfacer un deseo –enorme deseo psicológico, si se quiere–. Y ese padre desea no simplemente un hijo en general, sino el hijo perfecto, según la ocurrente idea de perfección que ronde en cada caso por su cabeza. El biotécnico le brinda la oportunidad de seleccionar los rasgos que respondan a esa “idea”, por ejemplo, el sexo del niño; de igual manera podrá elegir su estatura, el color de sus ojos y la forma de su nariz. El niño saldrá necesariamente a la medida de los deseos del padre, a la altura de sus sueños, al nivel de su finitud. Limitado nivel, porque el padre querrá que el producto responda a su idea, y sea el doble real de su con­cepto ideal. Su «hijo» será «su» deseo, será la repetición de sí mismo, la reproducción de su yo. Será un objeto seleccionado, nunca un sujeto acep­tado. Desde el comienzo será tratado como cosa, no como persona. El padre no respetará la alteridad del hijo, condición indispensable para afir­marse como padre.

En el caso del padre infértil, la biotécnica echa mano de un donante anónimo de esperma. El cónyuge masculino, aunque sea conforme, ha de sentirse «desplazado», «fuera de juego» en este tipo de generación: su mu­jer va a quedar embarazada de otro hombre. Pero el «derecho» que él tiene a la exclusividad del cuerpo de la mujer y, por tanto, a que su mujer no quede embarazada de otro, es un derecho que le trasciende como hombre o como marido y no depende de su arbitrio exigirlo o no exigirlo, modificar­lo o ampliarlo. Dentro del matrimonio, ese derecho traduce las exigencias objetivas y reales de su función de esposo y de padre[3]. El esposo que renuncia voluntariamente al derecho exclusivo e inalienable sobre el cuer­po de su mujer renuncia también a la estructura interna del matrimonio. Y la mujer a su vez lesiona objetivamente la conyugalidad misma, comete una injusticia hacia el marido, pues se liga a un desconocido donante que la fecunda.

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La maternidad desvanecida

 

La misma maternidad queda radicalmente alterada. La “idea” de maternidad es un todo integral con tres notas que traducen otros tantos elementos fundamentales: el biológico, porque la mujer da la vida; el afec­tivo, porque gesta al hijo en su seno; y el social, porque reconoce al hijo como suyo en la comunidad. La mentalidad moderna ha hecho añicos esta totalidad, separando la maternidad genética (la que da los ovocitos), de la uterina (la que porta el óvulo fecundado) y de la social (la que acepta ante la ley al niño). La madre legítima podría ser sólo uterina y social, sin ser genética. O también podría ser sólo genética y social, sin ser uterina, etc. Cada país subrayará a discreción en sus leyes el aspecto que más le cuadre en cada tiempo para determinar la maternidad.

El “ideal” o “ejemplar” de maternidad queda desarticulado desde el momento en que la decisión de dar la vida a un niño está disociada de la intención de gestarlo y educarlo.

En el caso de las surrogate mothers, la madre portadora no querrá el hijo por sí mismo, sino por un fin distinto, por su utilidad, aunque el fin utilitario propuesto se presente con visos de generosidad –principalmente se traduce en una estimación económica–[4]: en cualquier caso el sujeto, el embrión, es instrumentalizado o reducido a objeto, la persona a cosa; se engendra una vida humana con intención de abandonarla o transferirla. La madre misma anula su dimensión psicológica y se reduce a uno de sus órganos, a simple útero, a cosa instrumentalizada. Ha perdido la dignidad del cuerpo femenino, el cual debe ser el soporte idóneo del intercambio psicológico y afectivo entre madre e hijo que acontece a lo largo de la ges­tación.

Además, quienes desean un niño y han confiado –y pagado– a la ma­dre portadora, exigen también un «producto perfecto»; de modo que si se detectara en el curso del embarazo alguna malformación en el feto, co­braría la madre y se eliminaría al hijo. La madre manipulada no puede dar a luz un hijo imperfecto; se lleva su remuneración y se desembaraza del niño inoportuno. ¿Cabe una mayor cosificación del hombre?

De igual modo, el homosexual –hombre o mujer– que rechaza el con­tacto con el otro sexo o que niega la diferencia con él pide un hijo que sea el espejo de su propio yo. La fecundación in vitro se oferta a una demanda social indiscriminada: una pareja de lesbianas que quieren realizarse en la relación de parentalidad, el individuo solitario que desea un heredero, y muchos casos más, en los cuales ni siquiera se trata ya de superar la este­rilidad, sino de satisfacer un deseo individual que excluye toda relación con el otro sexo. La mujer que es voluntariamente celibataria y, no obs­tante, pretende la maternidad, sólo busca la satisfacción de su deseo narci­sístico[5]: ¿Con qué razones podrá encubrirle algún día al hijo la traumática realidad de su incapacidad de encuentro? ¿Cómo podrá explicarle que no lo ha querido por sí mismo, sino por colmar su vacío personal, su fragili­dad profunda? ¿Qué argumentación esgrimirá para decirle que le ha priva­do deliberadamente de un padre, sin cuya relación jamás quedará armonio­samente construida la personalidad del hijo?

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La filiación negada

 

Por último, el hijo «técnicamente manipulado» es un niño sin pa­dres, porque aun suponiendo que el esperma y el ovocito fuesen inicial­mente proporcionados al biotécnico por los cónyuges –caso de la fecun­dación artificial homóloga– el hijo no podría ser recibido ya como un don, sino como objeto de una manipulación técnica que previamente ha des­truido el nexo interno entre unión sexual y generación. Pues en la unión conyugal se integran todos los elementos de la personalidad: las funciones orgánicas, las psíquicas y las espirituales. El acto sexual es a la vez corpo­ral y espiritual. Es en la «unidad» del acto humano de generación donde deben ser colocadas sus condiciones biológicas. La integridad moral le viene a tal acto de su unidad, la cual se pierde cuando se desarticula ese todo y se disgregan sus distintos aspectos, por ejemplo, excluyendo la in­tención procreadora o la misma relación conyugal. Existe un lazo inextri­cable entre «unión» y «procreación».

En el caso de que el esposo sea infértil, la mujer recurre a un donante anónimo de esperma; el niño que de aquí surge no tiene ningún lazo de origen, ningún lazo moral o jurídico de procreación conyugal.

Con mucha más razón carece de vinculación paterna el niño surgido de la fecundación artificial heteróloga y gestado por una madre portadora. En los centros de conservación del esperma se sigue la regla del anonimato y del secreto, y ni siquiera los esposos que solicitan un hijo mediante fe­cundación artificial son informados sobre el donante real.

El varón donante ignorará si sus espermatozoides han engendrado un niño; la criatura nacida no sabrá cual es su verdadero padre. En la misma situación se encuentra la mujer donante de ovocitos. Los esfuerzos jurídi­cos que en algunos países se hacen para que el niño pueda saber de su verdadero padre biológico acaban estrellándose en el anonimato de la téc­nica.

Pero el proceso biotécnico no acaba aquí. Porque esperma y ovocitos suelen ser sometidos a nueva manipulación genética para evitar los rasgos inaceptables que traerían de su origen real. El hijo manipulado sería un ser re-producido, vaciado de relaciones con sus antepasados concretos.

En todos estos casos no sólo ha quedado la procreación disociada del acto que debiera haber expresado el amor conyugal, sino que un «tercero», el biotécnico, se ha metido por medio, con una intervención doblemente determinante[6]: de un lado, poniendo en la existencia a nuevos seres hu­manos (actividad que sólo debe inscribirse de suyo en la relación conyu­gal); de otro lado, ejerciendo un control sobre las cualidades de los em­briones engendrados. Los donantes de gametos no intervienen para nada.

En esta perspectiva, el “ideal” de la paternidad ha claudicado de su realidad, dejando paso a otro fenómeno en apariencia más importante, el de frater­nidad.



[1].     D. Tettamanzi, Bambini fabbricati, Casale Monferrato, Piemme, 1985, p. 50.

[2].     “La vida –expresa acertadamente Claude Bruaire– comienza desde que es concebida. Dos cosas son ciertas: de un lado, no tiene sentido determinar desde el exterior el momento en el cual comenzaría la presencia de alguien y antes del cual ese alguien no estaría ahí –sería preciso deter­minarlo desde el interior, pero esto no lo podemos hacer–; de otro lado, la experiencia íntima de ca­da uno es la de una tarea (tâche) ciega que hay en el fondo de nosotros mismos: provenimos oscu­ramente de un origen no señalable en un tiempo hecho para medir las cosas. Por consiguiente, es preciso que la verdad del comienzo sea buscada por esta investigación nuestra de un origen, que no es un origen biológico, porque nuestro ser personal no es natural. No es necesario, pues, intentar buscar en el tiempo de las cosas, en el tiempo de la naturaleza, el momento en que comienza el instante E a partir del cual se podría decir «hay alguien» y antes del cual se podría decir «no hay nadie»“. Interrogado por E. Hirsch, en M.-L. Briard e.a., Des motifs d´espérer? La procréation artificielle, Cerf, Paris, 1986. pp. 74-75.

[3].     J.-L. Brugès, “La F.I.V.E.T.E. au risque de l’éthique chrétienne”, Révue Thomiste 87, 1987, p. 604.

[4].     Ph. Parker, “Surrogate Mother’s Motivations: Initial Findings”, American Journal of Psychiatry, 1983, pp. 140-1.

[5].     A favor de este deseo se ha pronunciado René Frydman (el «padre» de la primera niña-probeta francesa), en su libro L’irrésistible désir de naissance, Paris, PUF, 1986. No se refiere, claro está, al deseo que el feto tiene de nacer, sino al deseo que un adulto siente de tener un hijo.

[6].     J.-L. Brugès, op.cit., p. 593.

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