El pintor vallisoletano Carmelo Varona García de Mardones representa, en su “Locomotora” el hecho innegable de que existen fuerzas sociales capaces de hacer progresar a una nación. La empresa es una de esas fuerzas.

La función directiva en la empresa

En la «economía libre» es fundamental la persona que lleva la dirección o gestión de la empresa. La acción directiva, preten­diendo el beneficio, implica una función intelectual y una función volitiva.

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Dos aspectos de la función intelectual: previsión y mando

De un lado, es función de previsión: ha de analizar la si­tuación presente (diagnóstico) para prever la situación futura (pronóstico), de acuerdo con expectativas de producción y de mercado. El empresario dictamina lo que con el trabajo y el capi­tal debe hacerse en cada caso particular. Pero ese dictamen no es meramente teórico o descriptivo, sino práctico o prescriptivo, de gobierno.

•   En la previsión se imbrican dos niveles de funciones que, por su cercanía a la acción concreta, podemos llamar el próximo y el inmediato. De manera próxima, el empresario ha de indagar los medios que debe utili­zar y las circunstancias en que tiene que operar. De manera inmediata, empero, ha de juzgar por sí mismo y determinar lo que hay que emplear u omitir en el caso concreto. Mas para poder prever perspicazmente ha de tener algunas cualidades intelectuales, como la experiencia de éxitos y fracasos pasados, el discer­nimiento del carácter bueno o malo de lo presente, la docilidad para dejarse aconsejar por entendidos, la sagacidad para resolver lo urgente e inaplazable, la reflexión pausada para tratar las cosas que requieren tiempo, la consideración circunspecta del entorno para juzgar si es conveniente aplicar sobre él un con­junto de acciones (como introducir demasiado pronto un producto en un mercado insuficientemente prepa­rado por la publicidad) y cautela para estar alertado o evitar los elementos externos que pueden comprometer el éxito de la empresa (por ejemplo, el estado psicoló­gico de los vendedores o representantes)

De otro lado, es función imperativa de mando: ordena que se aplique el programa aconsejado y juzgado sobre la inver­sión, la producción y la distribución de bienes, según las exigen­cias de la demanda.

¿Cual de estas dos actividades intelectuales es la determinante de la esencia del empresario? Las dos funciones son necesarias, pero nadie puede discutir seriamente que alrededor de la «función imperativa» de ordenar se aglutinan propiamente to­dos los elementos constitutivos del acto empresarial.

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La función volitiva de la decisión: aplica lo que la mente ordena

Una característica de la «función directiva» en la empresa es su inalienabilidad: nadie puede decidir por el empresario. En primer lugar, el empresario no es ejecutor de la voluntad de los que han colocado su capital en la empresa. En segundo lugar, la llamada «cogestión» de los obreros en la empresa no puede ser una cogestión con el empresario: la empresa, como sociedad co­herente, sólo puede tener una decisión y, por ende, un mando unitario, con unos objetivos definidos claramente. Cuestión dis­tinta es que, para conseguir una decisión firme, el empresario pondere responsablemente aquello que los implicados le advier­ten. La función autónoma y específica de crear y configurar es el principio formal de la empresa, cuyos factores elementales son el capital y el trabajo. La decisión empresarial, de un lado, es to­mada por el propio empresario sin contar con los demás y, de otro lado, se responsabiliza ante todos los afectados, que son:

•   Los propietarios del capital, que esperan obtener benefi­cios.

•   Los trabajadores, que confían incrementar su renta y mantener su empleo.

•   Los terceros, de difícil determinación, en los que repercu­ten las consecuencias de sus actuaciones.

El empresario conlleva el «factor de gestión». Parece claro que la capacidad empresarial no está sujeta a la posesión de los bienes. Ni lo formal del empresario consiste en asumir riesgos de propietario. El derecho de ser empresario no deriva de la propiedad. En una fase avanzada de la economía, lo decisivo no es a quién pertenecen los medios de producción, sino quién hace algo positivo con ellos. De ahí que el «empresario» no sea, como el capitalista y el obrero, un agente económico más, sino el que promueve la mejor combinación posible de uno y otro con objeto de obtener beneficios para uno y para otro. La decisión del em­presario no es efecto de irresponsabilidad; arranca de un cálculo y de una previa ponderación de las posibilidades, de los recursos, de los factores y del mercado. El buen empresario es el que logra superar la incertidumbre del futuro, ofreciendo seguridad al capi­tal y al trabajo.

La tarea subsiguiente del empresario sería, pues, la de contro­lar efectivamente el proceso productivo, coordinando los es­fuerzos de los factores de producción (capital y trabajo) con vistas a un objetivo programado por él. El empresario establece por sí mismo los objetivos que puede alcanzar, los medios que debe utilizar y las posibilidades con las que debe contar, con vistas a una maximización del beneficio para el capital, de la renta o salario para el trabajo operativo y directivo; siendo en todo caso responsable tanto de los intereses del capital, como de los intereses de los trabajadores. Es insostenible, por inhumana, la idea de que el empresario sólo debe representar los intereses del capital.

A la persona que asume esa competencia intelectual y volitiva  en la empresa se le debe llamar «empresario» en sentido estricto.

En un sistema de «economía libre» la nota esencial de la acti­vidad del empresario es la de dirigir libremente la producción. Que su decisión sea libre, no significa que haya de ser arbitraria, sino fundada precisamente en las posibilidades de los factores de producción y en las perspectivas del «mercado».

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Este tipo de empresario cuadra también a veces en los llamados «sistemas económicos mixtos», en los cuales los factores de pro­ducción de la empresa son de propiedad estatal, pero la planifi­cación de su economía singular es descentralizada; en este caso, al empresario se le fija un objetivo fundacional, en orden al cual puede planificar su propia actividad. Este tipo de empresa se crea a veces para que cumpla una determinada función; pero se le permite en otros casos que pueda regirse por el principio de ren­tabilidad; en cualquier caso, su gestión está sometida a controles estatales.

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La innovación como exigencia de la función directiva 

Los dos niveles funcionales de la previsión (aconsejarse y juz­gar) se dirigen al pronóstico de lo futuro y de sus consecuen­cias: el empresario ha de «verlas venir» innovando, ha de ser perspicaz, hábil para captar la información que le lleve a encon­trar oportunidades de beneficio, una vez que infiere el «plebiscito del mercado», con sus componentes y fluctuacio­nes, con las motivaciones y conductas de los consumidores, con la posible influencia que sobre ellos haría la publicidad. La exigen­cia de la función directiva no es tanto la «maximización del be­neficio» cuanto la «maximización de oportunidades».

Este quehacer deductivo es escaso o nulo en la «economía con dirección centralizada», pues en ella el mercado no es una mani­festación espontánea de necesidades, sino que las necesidades del grupo son configuradas con criterios políticos previos y la pro­ducción se ordena planificadamente a esas necesidades.

El empresario se determina por el «factor de pronóstico e innovación». Pues alguien puede ser el «administrador» de una empresa, sin ser propiamente «empresario».

a) En un sistema de «economía dirigida o centralizada», el «director» que está al frente de la empresa no es propiamente un «empresario», sino el que «administra» los objetivos y medios que se le han dado: sus decisiones administrativas son puntuales, dentro de una planificación sobreimpuesta. Y es «eficiente» si sabe indicar «cómo se hacen las cosas» con unos recursos que ya tiene.

b) En el sistema de «economía libre o de mercado» no se trata simplemente de aplicar de modo eficiente y fiel unos medios da­dos a unos fines dados también (mera función administrativa de combinación y control), sino de percibir o ver el sistema de fi­nes y medios en su globalidad y en la viveza de sus cambiantes relaciones para sacar el máximo rendimiento o beneficio de una posible aplicación nueva de unos a otros[1]. Además de «eficiente» —cómo hacer las cosas— el empresario ha de ser «eficaz», en­contrar las cosas que hay que hacer y los recursos convenientes para hacerlas. Pues no cuenta propiamente con recursos, sino con oportunidades.

En un mundo de población que cambia, de capital que fluye y refluye, de necesidades y preferencias que surgen y desaparecen, el empresario se constituye en la labor de diagnosticar (interpretar) la realidad y de pronosticar (predecir) el futuro, bien para lograr nuevas combinaciones internas de los factores productivos, bien para obtener nuevos productos, bien, para conseguir nuevas fuentes de materias, bien para allegar nuevas formas de financiación, o bien para encontrar nuevos tipos de mercado. El empresario es un innovador, no un inventor, aunque suele aprovechar la invención.

Es alguien que, para obtener beneficios, aporta ideas y proce­sos no realizados hasta ahora y que rompen el equilibrio exis­tente. De modo que su «beneficio empresarial» se debe menos al factor de riesgo que a la anticipación de resultados introducida en un ámbito económico. La actividad directiva del empresario es pronosticadora e innovadora.

Mas la verdadera novedad no está, por ejemplo, en el nuevo producto o método que introduce, sino en la visión que tiene de las oportunidades, de los ámbitos en que sus nuevos productos se han hechos valiosos para la gente. La presencia o ausencia de exactitud en su pronóstico dará éxito o fracaso a su gestión. Por la índole arriesgada e innovadora de su acción el «empresario» representa las antípodas del «burócrata», que espera de la su­bordinación su seguridad, del estancamiento su justificación para cobrar, de la rutina su mérito para ascender.

Pero la acción de innovar no siempre es transformadora: basta que propicie la ex­plotación de las variaciones que en la misma realidad acontecen. Asimismo, perturba las pautas erróneas anteriores y desmonta las oportunidades perdidas; por lo que su disonancia real es sólo previa a una instauración del equilibrio y de la ordenación más racional del mercado.

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En resumen, el empresario:

•    Encuentra oportunidades.

•    Moviliza recursos para aprovecharlas.

•    Gestiona la organización eficazmente.

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El riesgo como consecuencia de la función directiva 

El momento decisorio del acto empresarial comporta siempre un riesgo en la gestión económica, teniendo en cuenta los ele­mentos competitivos, pues las previsiones económicas pueden fra­casar, bien en la relación entre precios y costes, bien en la canti­dad de producto calculada, o bien en otras relaciones.  

La compensación del riesgo sería en parte el «beneficio empre­sarial».

Algunos dicen que las consecuencias de una deficiente gestión productiva son soportadas en la «economía libre» por el «empresario» —responsable y víctima de sus fracasos—. Esto es incontestable cuando él mismo es el propietario del «capital», o sea, es «capitalista». Ahora bien, ¿son también portadores de riesgo (de que las cosas no resulten económicamente como se ha­bían previsto) todos los miembros que participan en la empresa, como los obreros, los proveedores y los consumidores? No exac­tamente: unos soportan el riesgo, que es la posibilidad de sufrir una pérdida; mas para perder algo, hay antes que tenerlo: son, pues, los propietarios del capital los que verdaderamente soportan el riesgo.

No hay «empresario» sin riesgo ni aventura. En verdad todo existir humano es una aventura, en el sentido de que no viene de­finido por los instintos que moldean una especie animal. Cada uno ha de inventarse su vida en una circunstancia incierta, poniendo en juego el «haber» humano que posee: sus recursos físicos, psi­cológicos y económicos. Empresario es el carpintero, el albañil, el estudiante y el político[2]. Siendo «racional» el hombre —o sea, abierto a todas las cosas y por ninguna ocupado previamente—, la empresarialidad se sigue de la racionalidad. Todo actuar humano en una circunstancia incierta es empresarial o emprendedor. A mayor abundamiento lo es el que con una actividad productiva tipificada procura lograr el máximo beneficio en un mercado limitado.

a) Pero en sentido estricto, el empresario no soporta directa­mente su propia planificación deficiente o sus propios errores cuando no es propietario de los medios de producción, ya que puede carecer incluso de patrimonio. Lo es sólo cuando un nego­cio comienza: en este momento no puede haber actividad empre­sarial sin poseer recursos financieros o garantías patrimoniales; el empresario entonces coincide casi siempre con el propietario del capital. Pero de hecho, el empresario no es forzosamente el capi­talista. ¿Sobre quién recae, pues, el riesgo, o sea las consecuencias reales de sus aciertos o errores? De modo principal y directo, so­bre los que arriesgan el capital, expuestos siempre a perder sus inversiones. El capital lo pierde el propietario de los bienes, no el empresario. La renta que genera el riesgo es de una categoría es­pecial que debe acumularse al capitalista.

La acción empresarial es «arriesgada», pues su resultado no puede garantizarse. No sólo corre riesgo de equivocarse teóricamente, sino de perder prácti­camente el capital del propietario. Este se arriesga en una acción empresarial que no proviene de él, pero que de suyo comporta riesgo, por ejemplo, el de sufrir pérdidas y el de quebrar[3].

b) También el trabajador y el empresario se encuentran fluc­tuantes de cara al futuro: ponen su trabajo —operativo y di­rectivo— en un quehacer cuyos resultados son contingentes, alea­torios, inciertos. No el riesgo, sino la incertidumbre —el co­nocimiento parcial de una cosa tan contingente como el futuro— acompaña al trabajo operativo y directivo dentro de la empresa[4]:

• Es incierto el futuro del trabajo operativo, que puede perderse o consolidarse.

• También es incierto el trabajo directivo, el del empre­sario como tal. El empresario no puede garantizar los re­sultados de su acción.

• Primero arriesga su personalidad y su prestigio en el trabajo directivo, con el que puede poner en peligro esferas de relaciones humanas muy alejadas entre sí. Pero este es un aspecto sociológico y psicológico.

• En cambio, desde el punto de vista económico, sólo soporta la incertidumbre de su remuneración o «beneficio de empresario».

Tanto el capital como el trabajo están unidos a la empresa me­diante una estipulación contractual: al capital se le asegura un interés; al trabajo, un salario. Interés y salario pertenecen a la renta contractual. El empresario puede recibir un «interés» si tiene acciones en la empresa. Y debe recibir además un «salario» por su trabajo directivo. Pero ni el interés de su capital, ni el sa­lario de su dirección son el «beneficio empresarial».

•   ¿Qué queda de más cuando esos factores son satisfe­chos? Lo que resta es justo una «renta residual», que es el «beneficio del empresario»: el exceso del precio de los bienes sobre sus costos. En los costos hay que incluir todos los referentes a los factores de produc­ción, a la distribución y comercialización, a los seguros y a las cargas fiscales. Que esta renta excedente sea mayor o menor que la asignada a cada factor de pro­ducción, o incluso nula, dependerá del acierto organi­zativo, de los resultados, dentro de un orden econó­mico racional.

En cualquier caso, la actividad del empresario es intelectual o especulativa, pues pone su inteligencia en encontrar oportunidades de ganancia, para obtener «algo» «a cambio de nada». Su genuina aportación al proceso económico es intelectual (la perspicacia), la cual es tan importante que pone en marcha los factores de producción. Ni el capital ni el trabajo por separado serían tan productivos. El em­presario anticipa la mejor distribución posible de los recursos existentes para explotar una oportunidad. Ve que la satisfacción de una demanda puede proporcionar ingresos superiores a los costos de los factores que se emplean. Y de esa anticipación le viene su «beneficio empresarial».

También es claro que en la «economía centralizada» el fracaso lo soporta el «consumidor», sometido entonces a un forzoso con­sumo condicionado.

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Empresario directo e indirecto

La organización real del trabajo está condicionada —como se vio en el artículo dedicado a la empresa como institución social— por agentes internos y externos a la empresa. El «empresario di­recto» es una persona o una institución con la que el trabajo esti­pula un contrato laboral. El «empresario indirecto» es un com­plejo de factores que influyen en el modo de plasmarse el con­trato laboral, y por cuya virtud se produce una relación salarial y profesional justa o injusta[5]. Observemos que un contrato colec­tivo vinculante figura como expresión de las personas e institu­ciones que han intervenido en él; también unos principios de obligado cumplimiento en el comportamiento social, económico y laboral son manifestación de una serie de personas e instituciones implicadas en su determinación. Todas estas personas e institucio­nes que influyen en la empresa constituyen —en el acto de esta­blecer unas pautas, unas normas o un contrato— un agente pode­roso que hace sentir su efecto en el modo de organizar el trabajo de cara a producir un beneficio: son los «empresarios indirec­tos».

Comprometidos en el trabajo de la empresa están no sólo los empresarios directos, aquellos sobre los que directamente recae la responsabilidad del trabajo directivo, sino también los empresa­rios indirectos que con sus pautas, principios o determinaciones vinculantes modifican básicamente aspectos de las relaciones la­borales y condicionan el comportamiento del empresario directo con el trabajador. El Estado que propicia una política laboral, los Sindicatos que establecen pautas para defender los intereses de los trabajadores, las Organizaciones Empresariales que interrelacio­nan tipos de bienes económicos,  las Asociaciones de Consumidores que deciden la clase de productos más convenientes para la salud o para el ahorro, etc., todos ellos son, en diversa medida, empresarios indirectos y, como tales, han de asumir sus responsabilidades de cara a la empresa.

En este entramado de relaciones es fácil perder de vista al hombre, a la persona trabajadora, en aras del beneficio máximo; y entonces se tiende a fijar condiciones laborales por debajo de las exigencias objetivas del hombre, haciendo que los derechos del hombre se supediten a los sistemas económicos y a sus estruc­turas reflejadas en la empresa.

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Conclusión: definición de “empresario” en sentido estricto

Con todo lo dicho, y teniendo presente que en la «función di­rectiva» se enhebran todos esos factores, podemos adelantar una definición, siquiera descriptiva, del empresario como portador de valores y sujeto de consideración ética:

•  El empresario es la persona que, con ánimo de beneficio máximo y espíritu de innovación y riesgo, interpreta la realidad social para en­con­trar oportunidades económicas, dirige res­pon­sablemente el proceso de producción, con­tro­lando sus factores (capital y trabajo), po­niendo su consideración última en la promo­ción del hombre a través del trabajo.

Es fácil comprender que la figura de una persona creativa, arriesgada, perspicaz y responsable no pueda encajar en un ám­bito social que, obsesionado por la seguridad y el igualitarismo, vea en el Estado el único garante de la justicia social. Quiere esto decir, a sensu contrario, que el principal protagonista de un sis­tema de economía libre o de mercado es, desde luego, el empre­sario[6].

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Los aspectos de la empresa enfocados en este tema llevan a concluir en la necesidad de una consideración ética sobre la ac­ción empresarial interna y externa, en atención a las actividades de todos aquellos que —desde los trabajadores hasta los clientes y proveedores, pasando por la regulación del Estado— comparecen de modo directo o indirecto en la empresa realizando o incorpo­rando valores.


[1] Israel M. Kirzner, Competencia y función empresarial,Unión Edi­torial, Madrid, 1975, pp. 44-46.

[2] Pedro Schwartz, Empresa y libertad, Madrid, 1982, p.108.

[3] Israel M. Kirzner, Competencia y función empresarial, Unión Edi­torial, Ma­­drid, 1975, p. 93.

[4] Frank H. Knight, Riesgo, incertidumbre y beneficio, Aguilar, Ma­drid, 1947, p.250.

[5] Esta distinción entre «empresario directo» y «empresario indirec­to» fue introducida por Juan Pablo II en la Encíclica Laborens exer­cens, § 17.

[6] Ludwig von Mises, La acción humana, Unión Editorial, Madrid, 19804, p. 385.