Abraham Teniers (1629-1670), “Monos fumadores”. Utiliza colores más metálicos que su padre David. En el Siglo XVII proliferan escenas “humanoides” de monos, que son críticas a costumbres de aquella sociedad burguesa.

Chimpancés con máquinas de escribir

Que el mundo existe, está claro; y también el hombre con él. Pero ¿cómo ha sur­gido? ¿Se debe a un acto inteligente­mente planificado o a un puro azar?

Las teorías que se inclinan por el azar, advierten que se ha de contar con ingentes cantidades de tiempo para que al azar “le dé tiempo” de combinar todos los elementos que darían lugar al Universo. Claro que antes tendrían que existir “los ele­mentos” combinables y que todavía no formarían un mundo. ¿Cómo surgirían esos elementos previos? También por azar, diría la teoría aludida. ¿Y el tiempo, en cuyo curso quedarían tales elementos combi­nados? También por azar. Todo por azar, elementos iniciales, tiempo ne­cesario, mundo y hombre. A princi­pios del siglo XX el astrónomo Ar­thur Eddington propuso, para ilus­trar la teoría del azar, un ejemplo: si cien mil chimpancés se pasaran tecleando al acaso una máquina de escribir durante un tiempo muy amplio, acabarían escribiendo las obras del Museo Británico.

Pero ocurre que en la actualidad, los matemáticos cuen­tan con potentes orde­nadores capaces de abrir y seguir el ámbito de lo probable. Es inte­resante lo que dice el matemático Michael Starbird, un experto en teoría de las probabilida­des. Supongamos que hay mil millo­nes de chimpancés tecleando al azar una vez por segundo una combina­ción de 18 letras durante 13.700 mi­llones de años —desde el inicio del Universo—: ¿Qué probabilidad ha­bría para que en el momento actual surgiera por acaso la primera frase del Quijote “En un lu­gar de la Mancha”? Se­ría una entre mil millo­nes. Algo enormemen­te improbable. ¡Cuánta menos probabilidad habrá para que surja por azar la compleji­dad maravillosa del organismo humano!

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Es improbable la inexistencia de Dios

Es matemática­mente incomprensible una evolución ciega, por azar, suponiendo solamente la combinación de elementos y mutaciones al acaso. Tendríamos que contar con una cantidad cien mil veces mayor del tiempo ya transcurrido para el surgimiento de media página del Quijote, tecleada por mil millones de chimpancés. Pero ese tiempo no ha existido. El matemático Antony Flew, inicialmente ateo, en 2004 acabó diciendo que los resultados obtenidos mediante los complejos análisis de probabilidades en pro­yecciones informáticas hechas con ayuda de computadoras permiten deducir con evidencia que si no hay una inteligencia divina que pone en marcha, o crea, las partes y el todo del Universo, queda absolutamen­te inexplicada la existencia misma del hombre. Su libro se titula There Is a God. En él no se plantea el pro­blema de la inmortalidad. Pero en lo relativo a la existencia misma del mundo por creación, sus datos son elocuentes.