La serpiente se asocia a la actitud de la astucia. En la figura, una antefija policroma con cabeza de Gorgona, procedente de Veyes (s. VI a. de J. C.). Se conserva en el Museo de Villa Giulia en Roma: diversas serpientes adornan y rodean el contorno de la cabeza, enroscadas a modo de cabellos.

1.  El problema de la doblez política

 

El núcleo de este artículo se refiere a la reacción que tuvieron los Maestros de la Escuela Española del Siglo de Oro ante la Razón de Estado de Maquiavelo. Y puedo adelantar ya la conclusión: existe una diferencia entre la Razón de Estado como simulación y la Razón de Estado como disimulo: la simulación, propia del maquiavelismo, es un vicio; el disimulo, propio de la política española, es una virtud.

Esto es todo. Y ahora doy comienzo a mi argumentación con una reflexión previa sobre la actitud de un Gobernante que asume la Razón de Estado.

Realmente los maestros españoles del siglo XVI reaccionaron de una manera muy cauta hacia las novedades po­líticas enseñadas por Maquiavelo, especialmente hacia su concepto de Razón de Estado. Justo Lipsio, Juan de Mariana, Pedro de Rivadeneira, Juan Márquez, Juan de Santa María, Quevedo, Gracián, Saavedra Fajardo y otros muchos, intentaron llenar de contenido ético este concepto. Especialmente escandalosa les parecía la doctrina maquiavélica de que el Gobernante ha de engañar y  mentir si así lo dictan la necesidad y la conveniencia políticas, si así lo exige la Razón de Estado.

Pero ocurre que en la práctica concreta de la política es muy difícil que el Gobernante siga un derrotero adecuado para hacer frente a las exigencias de la realidad sin salirse de los límites acotados por la ética natural, especialmente por la virtud de la prudencia. Brevemente, para estos Maestros del XVI y del XVII el Gobernante ha de ser bueno, pero no infantilmente incauto; aunque su forma de conducta no ha de  sacrificar los valores morales a los prin­cipios maquiavélicos. Los pensadores políticos españoles del barroco se afanan por dar todo el relieve y firmeza posibles a la fina línea que separa al Gobernante bueno, cauto y eficaz del monar­ca autocrático, falsario y tiránico. Me propongo hablar en esta ponencia de esa fina línea que separa la eficacia de la tiranía. En esa fina línea el Gobernante hispánico habría de gobernar con matices de embozo y disimulo.

Ahora bien, precisamente en el punto temporal y estratégico de esa fina línea de la acción prudencial, que se mueve en el campo de lo contingente, surgen las dificultades. Porque Lipsio, Mariana, Rivadeneira, Saavedra, y tantos otros, creen que la actitud pu­ramente evangélica de exponer las dos mejillas al golpe del enemigo puede tener resultados desastrosos en el campo de la políti­ca. La tradición política española siente profundo temor al político santurrón y bienintencionado, el cual, careciendo de la destreza y sagacidad que piden el manejo y trato de los asuntos políticos, echa a perder todo lo que emprende, precisamente por la candidez con que ejerce sus buenas intenciones.

Tras esta breve introducción, paso a exponer la doctrina de algunos Maestros. El primero será la de Justo Lipsio, quien argumenta su teoría del disimulo acudiendo a la metáfora del león convertido en zorro.

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Justo Lipsio: de leones a zorros.

 

Para Lipsio está claro que el Gobernante, al vivir entre zorros, debe también a veces adoptar la actitud del zorro -especialmente si así lo requiere el bienestar público-. En resumen, dice Lipsio, «la prudencia no deja de ser prudencia aunque exista en ella algunas gotas de disimulo o frau­de. Entendiendo siempre que sea poco y a buen fin …y donde no llega el pellejo del león vigoroso, coser y añadir el del zorro astuto». (Iusti Lipsi Politicorum sive Civilis Doctrinae Libri Sex, Quid ad Principatum maxime Spectant), Lugduni, 1592: “Los seis libros de las políticas”, 1604)

Sin embargo, Lipsio sospecha que con esta metáfora puede haber ido demasiado le­jos. E indica que el Gobernante puede servirse sólo de un fraude pequeñito. Lipsio cree que ese fraude es «un consejo agudo que se des­vía de la virtud y de las leyes, pero… por el bien del rey y su reino». Dicho esto, divide el fraude o engaño en tres clases: «la ligera, la mediana y la grande». Al engaño ligero pertenecen la desconfianza y el disimulo. En el engaño mediano se hace sentir más la presencia de la malicia, «llegando hasta los confines del vicio». En el engaño grande incluye la perfidia y la injusticia. Y termina: «Aconsejo el engaño ligero; sufro el mediano; pero condeno el grande». Hablando del fraude ligero, advierte que el Gobernante sea desconfiado, es decir, que crea sólo lo que ve con sus propios ojos, pues “los que gobiernan no tienen amigos”. El fingimiento y el disimulo son esenciales para el Gobernante, tanto en sus tratos con amigos como con enemigos: quien no sabe fingir, no sabe gobernar. Es esta una frase que se atribuye al rey de Francia, Luis XI, hacia 1470: Qui nescit dissimulare, nescit regnare. Es la vía del disimulo.

Con respecto al segundo modo de engaño, el mediano, que viene a ser ya “corrupción”- tiene Lipsio grandes dudas, pues significa nada menos que sobornar. Y esta no es ya la vía del disimulo, sino de la simulación de estilo maquiavélico, cuya perversidad la aleja de lo moralmente correcto.

A pesar de todo, se puede apreciar una continua alerta para evitar que el disimulo se convierta en simulación. Lo veremos brevemente en tres autores: Rivadeneira, Mariana y Saavedra Fajardo.

En primer lugar, Pedro de Rivadeneira, quien  lleva su argumentación de la mano de una metáfora, a saber, la de una serpiente con apariencia de paloma.

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2.   Rivadeneira: de paloma a serpiente, y vuelta.

 

Rivadeneira está preocupado, en su Tratado, pordiferenciar entre virtud verdadera y virtud fingida. El sostenedor de la virtud fingida es, claro está, Maquia­velo, quien «muchas veces dice y repite que para engañar mejor y conservar, el Gobernante debe fingir que es temeroso de Dios aunque no lo sea, y templado aunque sea disoluto, y clemente siendo cruel, y tomar la máscara de las otras virtudes cuando le viene a cuento, para disimular sus vicios y ser tenido por lo que no es». Efectivamente Maquiavelo enseña todo esto en El Príncipe, especialmente en el capí­tulo XVIII, pues en él escribe sobre cómo el Príncipe ha de aparentar guardar la fe, pero faltando a la palabra dada; o sea, ejerce más que el disimulo, la simulación. Por lo tanto, ejerce no sólo disimulo sino quebrantamiento de la fe empeñada. La simulación  es mentir abiertamente, e implica en­gañar por razón de Estado. (Tratado de la religión y virtudes que debe tener el príncipe cristiano para gobernar y conservar sus estados, 1595)

Ahora bien, los tratadistas españoles rechazan la simulación incondicionalmente. El disimulo, en cambio, se presta a manipulaciones sutiles bosquejadas a fin de ofrecer al Gobernante cier­ta libertad de acción política. Es apasionante seguir el hilo del disimulo en las obras sobre virtudes políticas en el Siglo de Oro. Todo el Barroco español es una teoría y una práctica del disimulo, tanto en la política como en la estética (en el arte y en la literatura).

Rivadeneira estima que Maquiavelo es inaceptable porque, además de su impiedad notoria (pues enseña que la religión debe ser instrumento de la política) y de aconsejar una conducta contraria a la razón, su política de falseda­des le conduce al desastre total, porque la doblez del Gobernante sólo sirve para minar o socavar la lealtad de sus súbditos, que es su soporte más firme: y es precisamente, concluye Rivadeneira, la hipo­cresía política lo que Maquiavelo considera como el más sólido apoyo de la razón de Estado –“Simulación, y con ella la sospecha, la desconfianza, el engaño, la deslealtad, el perjurio, la injusticia, la impiedad y menosprecio de toda virtud y religión”.

La postura antimaquiavélica de Rivadeneira es indiscutible. Pero aunque rechaza los planteamientos del florentino, le queda la duda de si es posible prescindir totalmente de la “simulación”. ¿Puede el Gobernante permitirse el lujo de ser escrupulosamente hones­to en sus tratos con hombres que no lo son? Consciente de la im­portancia de responder a esta pregunta con soluciones que sean via­bles en la práctica, Rivadeneira se muestra dispuesto a hacer conce­siones. La prudencia enseña a disimular.

Eso sí: el Gobernante ha de saber bien «hasta dónde ha de llegar, sin que Dios se ofenda, y los términos y límites que ha de tener su recato y artificio para que …no se hagan discípulos de Maquiavelo», ni por la prudencia de ser­piente pierda la simplicidad de paloma.»

Rivadeneira defiende, pues, tres puntos. 1º El Gobernante no puede actuar en contra de la religión, la fe, la ca­ridad o la justicia. En todo lo que se refiere a éstas, su actitud tiene que ser totalmente intransigente. 2º Tampoco le está permitido al Gobernante romper la palabra empeñada, porque ella es como un juramento ante Dios. 3º Aunque todo esto circunscribe la libertad de acción política del Gobernante, sus manos no están totalmente ata­das: así, por ejemplo, no se puede decir que un Gobernante miente cuan­do sólo oculta celosamente sus intenciones y pensamientos, incluso cuan­do su reticencia es tal que da como resultado el que otros se engañen. ¡Allá la candidez de los otros!

Me parece obvio que el enlace entre prudencia y disimulo es universal entre los es­pañoles. «El Gobernante que procede oscuramente en hechos y palabras, de suerte que no se deja conocer adónde se inclina, procede con prudencia». Por tanto, «el fingir y disimular se tiene por propio atributo de los Gobernantes».

Eso sí, se miente cuando la pa­labra hablada se usa deliberadamente para engañar; en cambio, cuando el equívoco se logra a través de acciones y actitudes ambiguas, en­tonces se llama disimulo. En resumidas cuentas, está el arte de la simulación: es el de aquellos que sin causa ni provecho mienten y fin­gen que hay lo que no hay, o que no hay lo que hay; y está también el arte del disimulo: «es el de aquellos que sin engaño ni mentira dan a entender con prudencia una cosa por otra, cuando lo pide la necesidad o utilidad».

Indudablemente Rivadeneira es consciente que se asoma peligrosamente al abis­mo maquiavélico, y se apresura a añadir que no im­porta el grado de disimulo que el Gobernante se vea obligado a adoptar en la práctica; lo decisivo es que jamás ha de dejarse arrastrar por el señuelo maquiavélico. Pide al Gobernante, pues, que use ex­tremada cautela en sus tratos con el disimulo. Y así, del disimulo se debe usar so­lamente cuando lo pide la necesidad, y que sea poca la canti­dad y con sus dosis tasadas, y confeccionada con las leyes de moral y prudencia, porque así aprovechará y tendrá fuer­za y virtud contra los Gobernantes hipócritas. Es esta una solución que se le parece bastante a la de la mentira pequeñita que ya había sugerido Lipsio.

En síntesis el pequeño fraude y engaño ha de estar siempre controlado por la más estricta necesidad y no ser nunca concebido como expe­diente político habitual. Y como el disimulo, en el nivel político, parece ser una parte de la prudencia política, acaba la prudencia misma convertida en el arte del zorro. Punto al que llegó Lipsio.

Y paso ahora a la doctrina de Juan de Mariana, un brillante sintetizador de todo lo dicho hasta ahora.

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 3.  Mariana: la ambigüedad del disimulo por efecto de la opinión pública

 

También el gran jesuita rechaza con energía la doctrina maquiavélicaso­bre la simulación.  (De Rege et regis institutione, Toledo, 1599; Del rey y de la institución real, 1950 (X, Libro Segundo).

Y después de hacer mención de la frase de Luis XI: «El que no sabe fingir no sabe reinar», afirma que «muchos Gobernantes se hicieron la misma cuenta y conservaron el poder que habían recibido más con la destreza que con sus ver­daderas virtudes”. Así, es muy im­portante que los «sentimientos» del Gobernante sean desconocidos de todos; «disimular» es el arte que se ha de usar para alcanzar tal fin. El Gobernante, pues, ha de pretender ignorancia, tanto entre amigos como en­tre extraños. (De Rege, página 516).

Lo mismo enseña Francisco Suárez en su Tractatus de legibus ac Deo legislatore (Coimbra, 1612 páginas 240-247).

Pero si Mariana rechaza una de las caras de la moneda, la simulación, se modera bastante ante la otra, el disimulo, propio de los que aconsejan seguir un derrotero más refrenado. Dice, en primer lugar, que son necesarias al Príncipe la equidad y las demás virtudes, sin que pueda faltar a ellas por su antojo ni separarse de lo que exige la justicia; pero añade, en segundo lugar, que puede mentir y usar de fraude, obligado por apremiantes circunstancias que lo envuelvan en grandes peligros y puedan ocasionar graves daños a la república. Mariana parece que va aquí más lejos que Rivadeneira. Por ejemplo, Mariana implícitamente admite que el Gobernante se puede apartar de «la equidad y las demás virtudes» si las circuns­tancias así lo mandan. Y que puede «mentir y usar de fraude» cuando éstas son apremiantes. Dos concesiones claramente pragmáticas que podrían interpretarse como maquiavélicas.

Ahora bien, en un plano teórico, Mariana no vacila en aconsejar al Gobernante que se aparte de la mentira; y que no se fíe únicamente de su propio juicio, sino que tenga a hombres prudentes como consejeros. En circunstancias extremas, por ejemplo, cuando la muchedumbre está amotinada «no debe el Gobernante presentarse directamente a resis­tir … Conviene disimular… Armado el tumulto, nada impedirá que después se castigue a los que princi­palmente lo promovieron … No conviene además querer extirpar de un golpe los vicios; principalmente si han echado ya muy hondas raí­ces».

Mariana matiza muy bien la práctica del disimulo en el Gobernante prudente. El disimulo ha de ser una actitud de flexibilidad lúcida y democrática. «Nunca debe tampoco el Gobernante empeñarse en llevar a cabo empresas que deben repugnar a los ciudadanos, ora se trate de declarar la guerra, ora de imponer tributos, ora de castigar a los delincuentes; conviene casi siempre seguir el parecer de la mu­chedumbre,… Cada provincia tiene su manera de ver las cosas, y ha de acomodarse el Gobernante a las opiniones de unas y de otras, ya que destruirlas no es posible, que de otro modo podría muy bien enajenarse el ánimo de muchos y turbar sin querer la paz del reino».

En estas palabras, Mariana aconseja vivamente que la mente del Gobernante esté abierta prudentemente a tres registros: al de la propia conciencia, al de los consejeros leales y a la muchedumbre, o sea, a la opinión pública. Un registro éste, el de la opinión pública, que en la segunda mitad del siglo XVI fue visto con particular perspicacia por los jesuitas, como Rivadeneira, Suárez y el mismo Mariana. Ellos explicaron el núcleo sistemático de lo acabó llamándose, hasta hoy, opinión pública.

Estas ideas sobre los tres registros morales de la prudencia política (la propia conciencia, el consejero leal y la opinión pública), encierran uno de los planteamientos más sutiles de la razón de Estado que se pue­dan encontrar entre los pensadores políticos del Barroco. Una razón de Estado adaptada al carácter multinacional de la monarquía es­pañola, definida en términos de lo que es posible, y firmemente enraizada en el material básico con que el Gobernante ha de operar -las idiosincrasias de sus súbditos-. Todo ello es la base psicológica so­bre la cual el Gobernante ha de regir los destinos de una monarquía multinacional para evitar el sacrificio de una pluralidad política natural en aras de la unidad artificial. Quizás el  no haber seguido esta pauta fue una de las principales causas de la decadencia española.

Bajo ese trialismo moral de la prudencia, el Gobernante ha de saber disimular, «ya para administrar mejor la república, ya para gran­jearse mejor el cariño de los ciudadanos. Si no procura encubrir sus resoluciones, y si no afecta benignidad hasta para los que obran mal, es indudable que se verá envuelto no pocas veces en serias dificulta­des». Son palabras de Mariana.

Pero Mariana no se detiene ahí. Lo que comienza como una ex­hortación al disimulo prudente, respetable incluso desde el punto de vista ético, pronto se transforma en incitación abierta a una línea de conducta que raya con la simulación. «Para negar lo que no puede concederse y para castigar seve­ramente las faltas cometidas delegue [el Gobernante] siem­pre a otros; si ha de corregirse alguna costumbre del pueblo, si ha de apaciguar algún motín, es más ventajoso para él echar mano de jueces severos a quienes podrá pedir cuenta de su severidad, después de que hayan cumplido con su cargo».

Tras explicar brevemente las posturas de Pedro de Rivadeneira y Juan de Mariana, paso por último a la argumentación de Saavedra Fajardo, apoyada esta vez en una metáfora distinta del zorro, de la paloma y de la serpiente. Me refiero a la metáfora del león en duermevela.

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5. Saavedra Fajardo: vigilia y duermevela del león.

 

De todos los tratadistas del Barroco el que mejor incorpora el problema del disimulo a la Razón de Es­tado es Diego Saavedra Fajardo. Su análisis parte de las raíces del disimulo en la psicología del ser hu­mano.

Para Saavedra, el hombre, como los animales, es un complejo de afectos y pasiones. Pero el hombre se diferencia de los animales en que puede controlar sus pasiones con la razón. Por ello el hombre tiene siempre dos alternativas: o dejarse dominar por los afectos, o bien usar de la razón para controlarlos. En el interior del hombre tiene lugar una lucha continua por la supremacía entre las buenas y malas cualidades que lo componen. Y sólo la razón puede establecer un equilibrio entre los contendientes. Aunque la necesidad de estable­cer este equilibrio se manifiesta en la vida y conducta de todos los seres humanos, en ninguno se demuestra mejor que en el Gobernan­te, el hombre que debe procurar «que en sus acciones no se gobierne por sus afectos, sino por la razón, que en su caso es la Razón de Estado”. Es decir, lo que en el individuo o ciudadano normal es razón, en el gobernante es Razón de Es­tado. Saavedra indica que Maquiavelo no percibió esta verdad. (Idea de un príncipe político cristiano, representada en cien empresas, München y Münster, 1640)

Pero Saavedra no sugiere que el Gobernante se despoje totalmente de sus afectos o sentimientos; sólo no debe permitir que influyan en sus decisiones po­líticas. De nuevo, pues, estamos en presencia de la ambigua personali­dad del Gobernante. «Los afectos que son ordinarios en los demás hom­bres no convienen al Gobernante … Cuando actúa como hombre de Estado el Gobernante es más una idea de gobernador que hombre; más de todos que suyo. No ha de obrar por in­clinación, sino por razón de gobierno; no por genio propio, sino por arte. … Los particulares se gobiernan a su modo; los Gobernantes según la conveniencia común. En los particulares es doblez disimular sus pasiones; en los gobernantes es razón de Es­tado».

La posición de Saavedra es interesante, por asombrosa. Aunque el hombre ordinario (Juan u Hora­cio) debe mo­derar sus instintos con la razón, también es cierto que le es necesa­rio conservar cierta espontaneidad. Su naturaleza misma así lo im­pone. Pero en el Gober­nante la fuerza directriz no es su naturaleza como hombre, sino su ser como gober­nante. Es decir, la creación de la so­ciedad conlleva la aparición del organismo político y éste, a su vez, arrebata a la na­turaleza del hombre su papel de guía de la conducta política. Esta no debe ser guiada por la naturaleza, sino por la Razón de Estado.

Paradójicamente, entonces, es “natural” en el Gobernante el disimulo; pero en Juan y en Horacio, ciudadanos comunes, el disimulo va contra la naturaleza.

Saavedra insiste en que el Gobernante debe tener el valor «que es significado en la piel del león, símbolo de la virtud”, pero niega que le sean necesarias «las artes del zorro, viles y frau­dulentas”. Por otra parte, «alguna vez conviene cubrir la fuer­za con la astucia, y la indignidad con la benignidad, disimulando y acomodándose al tiempo y a las personas”. No es preciso que la piel del león quede recubierta con piel de zorro. De lo que se trata es de defender la cabeza, mirando más a su propia defensa, que al daño ajeno.

Estamos, ante el importante tema de la defensa pro­pia, el único justificante del disimulo. El concepto de la defensa propia es, para Saavedra Fajardo, el elemento más cierto en la justificación del disimu­lo como alternativa a la simulación. El Gobernante ha de proveer de remedio contra to­dos los males que puedan amenazar su reino; pero encubriendo ante los demás los propósitos de su propia actuación.

Precisamente en tal sentido interpreta la famosa sentencia de Luis XI: “Qui nescit dissimulare, nescit regnare”; en ella se incluye toda la ciencia de reinar”. Y esto también es lo que aconsejaba Lipsio. Mas para Saavedra el símbolo del Gobernante no es el zorro, sino el león semidormido. De modo que «solamente pueden ser lícitos el disimulo y la astucia cuando … no engañan … y entonces no los juzgo por vicios, sino por prudencia, o por virtudes hijas de ella, convenientes y necesarias en el que gobierna”.

El disimulo posee dos caras. La una mira hacia adentro, a lo que tenemos en la mente; la otra hacia afuera, a la persona que tratamos de despistar -o, más propiamente, a la persona que se engaña a sí mis­ma-. Lo que determina si el disimulo se ha de permitir es la primera cara. En otras palabras, lo que importa es la intención verdadera del di­simulador.

Pero sólo cuando el Gobernante está ante la situación de necesidad, «la prudencia ha de valerse de la astucia para ocultar las cosas según las cir­cunstancias del tiempo, del lugar y de las personas, conservando una consonancia entre el corazón y la lengua, entre el entendimiento y las palabras. Se permite el disimulo, pues, cuando el fin per­seguido no es directamente engañar, sino encubrir una intención distinta de la aparente, aun cuando se sepa que alguien se ha de engañar.

Brevemente, hay disimulo astuto cuando el león duerme con los ojos entreabiertos, porque la intención no es engañar, sino “disimu­lar” su desamparo. Y si aquel que trató de sorprenderlo se engaña creyéndolo dormido, el engaño no lo causa el león sino él mismo. El propósito de Saavedra está claro a través de todo su discurso: demostrar que el disimulo es el acto de un hombre que, viviendo en un mundo donde la malicia y la mendacidad son comunes, actúa en defensa propia. Y esto es precisamente lo que di­ferencia al león semidormido del zorro. Según lo entienden los españoles, los instrumentos que usa el Gobernante maquiavélico en la política son ofensivos y no defensivos. Sólo los instrumentos defensivos son los permitidos en la vida política.

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4. Conclusión: la difícil virtud política

 

En fin, para terminar, concateno las principales ideas expuestas.

Primero, no vale sin más la sencillez y la buena intención para gobernar; porque el quehacer político se engaña y se daña a sí mismo sin pruden­cia ni sagacidad para resistir las trampas y engaños de los ambiciosos». La prudencia-sagacidad de la serpiente, por un lado, y la inocencia de la paloma, por otro, crean un importante instrumento que librará al rey del peligro de tener que engañar o ser engañado. Mejor todavía es la actitud del león en duermevela.

Segundo, por ese motivo «es grande prudencia disimular en algunas ocasiones, por graves que sean, y no hacer en seguida lo que conviene, sino castigar un acto grave cuando se puede hacer con menos ruido: porque algunas veces, por atajar el fuego, se revuelven los leños y se encienden más».

Tercero, el disimulo no es exactamente la mentira, el engaño y el quebrantamiento de la palabra dada. Es necesario establecer una armonía entre las palabras y las intenciones, entre lo que se dice y lo que se siente. Pero de manera que el gobernante «puede callar, encubrir, no darse por enterado de las cosas, y disimular con astucia lo que entendiere de ellas, todo el tiempo que le pareciese necesario el secreto para la bue­na resolución de lo que se trata. Pero no podrá fingir, engañar, si­mular o dar a entender con el hecho, lo que no tiene allá en su corazón».

Cuarto, este tipo de con­ducta, aunque prudente, está permitida solamente en cuestiones de tipo secular, pues en lo que se refiere a la fe, «aun cuando la vida misma esté en juego», se exige una fidelidad absoluta a la verdad.

Quinto, el gobernante moralmente recto, que maneja las realidades políticas nada fáciles, se ve expuesto a un dilema moral. «Mucho importa al Gobernante que no conozcan sus afec­tos. Disimular es el mayor arte de que debe usar; de modo que ni de verdad ni de mentira se dé por entendido con extraños ni propios». Es necesario que al Gobernante no se le lean sus intenciones en el rostro. Entre los españoles, el disimulo se vislumbra como un medio de aumentar el carácter enigmático que es propiedad fundamental de la política. Se asocia lo hermético de la política con el disimulo. «El Gobernante debe ocultar los fines, si quiere que sean eficaces los medios». O sea, que el Gobernante debe siempre actuar en secreto. A la maquiavélica simulación se le opone el barroco disimulo, que en definitiva sigue también la utilidad del Estado, una Razón de Estado.

Sexto, no es fácil mantener al disimulo dentro de los límites permitidos. Hay un punto en el que no se divisan bien los límites que separan al Gobernante justo que tuerce un poco la verdad en aras del bien co­mún, del embustero redomado que en realidad no es más que un ti­rano depurado. Así, los maestros del Siglo de Oro advierten desasosegados que debe ser vigilada no sólo la mentalidad del que usa del disimulo, sino la duración misma del disimulo; porque si el disimulo se alarga tanto que el resultado final es el engaño, entonces el Gobernante sería reo de una falta grave.

Sin embargo, no parece totalmente convincente, desde el punto de vista moral, la tesis de Saavedra de que, por un lado, el disimulo puede admitirse como un ins­trumento necesario e imperativo a reyes y embajadores; pero, por otro lado, en la vida priva­da, ni a Juan ni a Horacio, les es lícito el disimulo. Ahora bien, ¿es posible que Juan y Horacio puedan actuar siempre sin pizca de vida pública?, ¿No existe un mínimo de vida pública en sujetos que coinciden en actitud de mando y obediencia dentro de organizaciones elementales, como una constructora o una universidad? ¿No existe una mínima vida pública entre un profesor y su decano? Entonces, ¿no sería todo individuo concreto competente para ejercer el disimulo?

Me atrevo, en fin, a decir que a través de la barahúnda de libros sobre educación de Príncipes, quedó forjada en nuestro Diccionario español la diferencia entre simulación y disimulo. «Es la simulación fingir aquello que no es como si fuese, y es el disimulo callar y encubrir aquello que es como si no fuese”: son las expresiones de Nieremberg (Obras y días. Manual de señores y príncipes, 1641), asumidas por Rivadeneira y Saavedra Fajardo). El disimulo consiste en jugar al despiste.Y puede ser «útil, necesario y provechoso». «La simulación, en cambio, es impía y peligrosa”.

El Diccionario de la  Lengua, dice que “simular” es fingir o  imitar lo que no es. Por eso, en derecho se dice que la  “simulación” es la alteración aparente de la causa, la índole o el objeto verdadero de un acto o contrato. De ahí que se llame  “simulacro” a la imagen hecha a semejanza de alguien o algo; es  una ficción, o una imitación, o una falsificación; hay, por ejemplo, “simulacro de reconciliación”, “simulacro de vida doméstica”, “simulacro de juicio”.

Mas el “disimulo” es, para el Diccionario de la Lengua, un modo de ocultar lo que se  siente o se planea, para que los demás no se den cuenta; y así por ejemplo decimos: “levántate con disimulo y salimos por  la puerta de atrás”. Disimular es también encubrir un pensamiento, un sentimiento, una intención, etc.; y en  tal sentido “disimulamos un fatal enfado”. Disimular es asimismo tolerar con afectación una incomodidad o un disgusto: como  disimular un dolor de muelas; entonces nos comportamos “como si” no pasara nada. Podemos también disimular una cicatriz en la cara con una crema, o la mancha de la pared con un cuadro. Podemos disimular en la calle que hemos visto a una persona que nos  reconocería: “Disimula, que aún no nos ha visto”.

Al final ocurre que no solamente en el Gobernante público sino también en el individuo privado o particular [Juan u Horacio] el disimulo es como un escudo defensivo de su yo íntimo. Nieremberg advertía, de modo general, que “el disimulo permitido es, algunas veces necesario; la simulación y fingimiento nunca es lícito”. Por tanto,  dentro de unos límites morales, el disimulo puede muy bien ser prudente, lícito, e incluso necesario para el individuo particular.

Y termino.  Si la Razón de Estado de Maquiavelo era la simulación, la del gobernante español fue el disimulo. A mi modo de ver, los maestros del Barroco unen la prudencia y el disimulo con un lazo frágil, y quizás se conforman con un hombre público que no puede ser absolutamente bueno. De modo que  aquel que se sintiera llamado al ejercicio de la bondad absoluta habría de apartarse de todo puesto de mando, no sólo político-profano, sino institucional-religioso, debiendo recluirse en la vida contemplativa. Porque mandar, lo que se dice mandar, implica también disimular, una actitud demasiado refinada para una conciencia exquisitamente recta.