Caspar David Friedrich: "Viajero frente al mar de niebla" (1818).

Caspar David Friedrich (1774 -1840): “Viajero frente al mar de niebla”. Desde el impulso de un sentimiento metafísico inaprensible, las cimas no acaban de reflejar la grandeza del hombre que aparece de espaldas al espectador y oculta su identidad, más íntima y más honda que el abismo al que se enfrenta.

1. Cuando cuento mi vida a alguien refiero que nací en un precioso pueblo que es patrimonio de la humanidad; que allí hice mis primeros estudios; y que luego hice filosofía en la Universidad de Salamanca, después fui marido y padre, más adelante profesor y director de un departamento en la Universidad de Navarra. Para darle interés al relato suelo añadir en cada etapa detalles curiosos o emocionantes. Al contar mi vida tiendo un hilo que hilvana todos los acaecimientos y no los deja perderse en el vacío, y así doy a entender que mi presente no es una aleatoria acumulación de los pasados que me han posibilitado. Pues bien, referir disciplinadamente esa acumulación real[1] es precisamente “narrar”[2].

Pero que yo narre a otro mis cosas abiertamente no significa que el conjunto de lo que me ha sucedido sea todo mi ser personal, o que el otro saque la consecuencia de que ya ha penetrado en el fondo de mi intimidad o incluso de mi identidad profunda[3], por más detalles personales y emocionantes que haya volcado.

De manera diferente pensaba Ortega: “el hombre –decía– es hoy lo que es porque ayer fue otra cosa. ¡Ah! Entonces, para entender lo que hoy es, basta con que nos cuenten lo que ayer fue. Basta con eso, y aparece, transparece lo que hoy estamos haciendo. Y esa razón narrativa es la razón histórica”[4]. Por eso afirma el filósofo madrileño que “nos construimos exactamente, en principio, como el novelista construye sus personajes. Somos novelistas de nosotros mismos”[5].

Estas rotundas afirmaciones de Ortega me confirman que existe, claro está, una identidad histórica[6] o “identidad narrativa”–. Pero entonces ¿no existe también una identidad más profunda o incluso una intimidad reservada? Esta cuestión ha sido soslayada por aquella forma de historicismo[7] que hace del hombre un simple resumen de lo que le ha sucedido. Por cierto, la voz historicismo se ha hecho ambigua, incluso equívoca, por lo que me refiero aquí a la tendencia filosófica que interpreta la realidad humana como un producto de la historia: tal es el caso de Dilthey, Ortega y Sartre, entre otros. Prescindo del concepto que otros autores, como Popper, han dado de “historicismo”[8].

Ahora bien, por un lado, es cierto que el relato expone el hilo conductor de los hechos de nuestra vida, no todos, sino los que tienen una triple significación: social, temporal y libre. Mas, por otro lado, de esta tesis no se puede saltar a la afirmación de que cada uno de nosotros es su propio relato y nada más. El relato expone sólo mi identidad histórica, la cual se expresa en la secuencia de hechos: yo soy natural de Baeza, fui estudiante de bachillerato, doctor en filosofía, director de departamento, etc., con una estela de pormenores chispeantes. Eso soy yo como resumen histórico. Pero mi ser, mi identidad profunda no se dice en un relato: ni yo soy solamente lo que he vivido, ni me resumo en mi curriculum vitae ni en mi dia­rio íntimo, aunque ambos reflejen el recuento de mis trabajos y mis días.

¿Qué ocurriría si la vida de cada hombre fuera lo que él ha sido?[9] Pues que para comprender lo humano habría que contar una historia[10], mediante la razón narrativa. La única realidad que poseería el ser humano sería la serie dialéctica de sus experiencias: su realidad sería historia, y en ella encontraría el hombre la justificación de su existencia. Exponer y clarificar esta tesis es lo propio de la razón histórica o razón narrativa, dice Ortega. Del hombre no cabría una explicación más profunda, sino una explicación dada con los datos que la experiencia histórica ofrece. Dicho de otro modo, lo fundamental y sustantivo sería lo que al hombre le ha pasado.

Y si eso soy yo, necesariamente tengo una necesidad imperiosa, psicológica y moral, de contar, de narrar mi vida, porque el silencio narrativo sería mi muerte real. Yo tengo identidad real mientras cuento o narro mi vida. Incluso mis fallos profundos de memoria me harían un mal favor, pues acabarían con una vida que ya sería inenarrable. Lo que nos permitiría existir sería la necesidad de que otros quieran escucharme y entenderme. Hasta el punto de que mi relato invoca el relato de otro. Yo sería un ser humano en la medida en que fuera invocado o requerido por los demás. Antes no.

 

2. En ese enfoque quedaría negada cualquier verdad que trascendiera la historia del hombre. Este historicismo no es un escepticismo absoluto; afirma que cada proceso histórico tiene una individualización comprensiva y cada época se explica en una unidad de sentido, proporcionado por sus antecedentes y circunstancias. Y eso sería todo.

En descargo de esta situación puedo decir que ese historicismo ha surgido como una higiénica reacción frente al racionalismo de la razón pura. Pero de ese enfrentamiento no ha salido impoluto: ha traído consigo resabios del kantismo, especialmente los que ponen en duda la verdad en sí de las cosas.

Por lo que no me cabe duda de que, a su vez, la superación del historicismo ha de encontrarse dentro de una teoría que ponga en marcha una inteligencia enraizada en la vida y en lo real, no en un intelecto puro que saque de sus entrañas el universo. Estoy convencido de que esa inteligencia sensibilizada podría alcanzar el ser objetivo y real a través de los datos concretos aportados por los sentidos.

La dificultad de nuestro conocimiento no estribaría en que las cosas sean incognoscibles y mudas, sino en la limitación misma de nuestra inteligencia. Las cosas en sí mismas pueden ser luz y cognoscibles[11], aun cuando escapen a nuestro primer esfuerzo por conocerlas.



[1] La historia como realidad está formada por las variaciones del ser humano ligadas a su libertad. Por su abierta constitución real el hombre se mueve o se desarrolla en las formas más diversas, dentro de una conexión propia que lo vincula con su generación y con el pasado total de la humanidad. Tal es la real conexión histórica. Y digo que tengo historia real porque en mí persiste un pasado, vengo de un pasado, tengo un pasado que influye en mi actualidad presente, la cual es en cierto modo un resumen de mi vida anterior. Cfr. José Ortega y Gasset, Guillermo Dilthey y la idea de la vida, Obras, VI, 198.

[2] El relato que toma como objeto las cosas hechas en el tiempo es un análisis inteligible de los hechos históricos; y esto implica que el relato presupone el objeto sobre el que versa. El relato histórico se ocupa de la realidad humana en el tiempo; aspira al análisis de una estructura o relación que permite comprender un suceso y justificarlo en función de otro temporalmente distinto. Cfr. José Ortega y Gasset, La “Filosofía de la historia” de Hegel y la historiología, Obras, IV, 531.

[3] Juan Cruz Cruz, El éxtasis de la intimidad, Eunsa, Pamplona, 1999 (capítulos II y III).

[4] José Ortega y Gasset, Obras, XII, p. 237.

[5] José Ortega y Gasset, Obras, V, p. 137.

[6] Paul Ricoeur, Temps et récit, t. III: Le temps raconté, París, Seuil, 1985. pp. 355 ss.; “La première aporie de la temporalité: Identité narrative”.

[7] Para las distintas formas de historicismo contemporáneo remito a la voz “Historismus” del Historisches Wörterbuch der Philosophie, edit. por J. Ritter  y K. Gründer, Schwabe, Basilea, 1971 ss.

[8] Karl R. Popper, La miseria del historicismo, Alianza, Madrid, 2002. Según Popper, el objetivo principal del historicismo es la predicción histórica mediante ritmos o leyes que se darían en el seno de la historia; es lo que habrían enseñado Hegel, Marx y Spengler, entre otros.

[9] “¿Qué somos nosotros, qué es nuestro carácter, sino la condensación de la historia que hemos vivido desde nuestro nacimiento?”. H. Bergson, L’évolution créatrice, Alcan, París, 1930, p. 5.

[10] J. Ortega y Gasset, Historia como sistema, p. 61.

[11] “Ex hoc quod aliquid habet de entitate, secundum hoc natum est aequari intellectui”. Thomas de Aquino, De Veritate, I, a 1, ad 5.