Angel Ganivet (Granada 1865- Riga 1898)

Angel Ganivet (Granada 1865- Riga 1898)

Ganivet y Unamuno

Nietzsche, en una de sus Consideraciones intempestivas, la segunda, que trata De la utilidad e inconvenientes de los estudios históricos para la vida, § 5, afirma que el exceso de estudios históricos engendra la contradicción entre el ser íntimo y el mundo exterior; además perturba las tendencias populares e impide al individuo llegar a su madurez, provoca el escepti­cismo y desencadena el practicismo receloso y egoísta. Lo importante no es la multitud desenfrenada de hechos, sino la unidad que les da sentido. Esta “consideración intempestiva” de Nietzsche marcó a más de una generación, incluida la del ’98, y en especial a Unamuno y Ganivet.

Ambos personajes se conocieron y apreciaron mutuamente. Mantuvieron incluso una correspondencia epistolar sobre el tema que nos ocupa, publicada con el título El porvenir de España.

Tanto Unamuno como Ganivet se acercan al hecho histórico teniendo a sus espaldas los enérgicos esfuerzos historiográficos que, en otras latitudes, habían hecho Niebuhr, Ranke y Hum­boldt, motivados por el romanticismo; y cuentan también con el  enfoque ideal y total que Hegel ofrece de la historia, cuyo vín­culo más original es el Volkgeist, el espíritu del pueblo, a cuyo paso se arremolinan los acontecimientos nacionales en unidades orgánicas e inteligibles. La historiografía finisecular acogió con toda naturalidad ese organicismo en la explicación histórica.

Pero de una manera más próxima, Ganivet es influido por Hipólito Taine; y Unamuno por Spencer.

Hipólito Taine se propuso construir una historia positiva, re­conduciendo el conocimiento histórico al conocimiento propio de la ciencia natural. Su lema era muy simple: “Après la collec­tion des faits, la recherce des causes”. Pero las verdaderas cau­sas del acaecer habían de hallarse también en el mundo sensible, pudiendo reducirse las causas naturales históricas a tres funda­mentos naturales: la raza, el medio y el momento. Los fenó­me­nos quedararían bien explicados cuando se mostrara en ellos la acción de estos tres factores. Con ese mínimo de conceptos po­dría comprenderse la totalidad del acontecer (al igual que con la idea del Volkgeist explicaba Hegel cada eslabón concreto de la historia).

Tanto Unamuno como Ganivet quedaron subyugados por la simplicidad de esta hermenéutica, aparentemente fecunda. Gani­vet, en su Idearium Español (1897)[1], acepta incluso la expresión “espíritu del territorio”, que es un tímido remedo positivista del metafísico Volkgeist hegeliano. Y cuando Unamuno, en su pri­merizo y decisivo libro En torno al casticismo (1895)[2], habla de “tradición” se está refiriendo también a la carga religiosa, esté­tica y filosófica que lleva ese Volkgeist hegeliano, pasado ya por el cedazo positivista del evolucionismo de Spencer. Eso sí, tanto Ganivet como Unamuno reconducen el Volkgeist a una pro­puesta brillante y sugestiva, poniendo más ternura por ade­cuarlo al caso español que advertencia crítica hacia los términos “tradición” o “espíritu territorial” que estaban barajando.

Me centraré ahora en Ganivet.

*

Espíritu territorial y tradición

Ganivet no se encuentra cómodo con el enfoque puramente positivista de los hechos históricos que margina el espíritu pro­fundo en el que tales hechos se enhebran y cobran sentido: “El criterio excesivamente positivista en que se inspiran hoy los es­tudios históricos, obliga a los historiadores a colocar todos los hechos sobre un mismo plano y a cifrar todo su orgullo en la exactitud y en la imparcialidad. En vez de cuadros históricos, se nos da solamente reducciones de archivo, hábilmente hechas, y se consigue la imparcialidad por el facilísimo sistema de no de­cir nunca lo que esos hechos significan. Sin embargo, lo esencial en la historia es el ligamen de los hechos con el espíritu del país donde han tenido lugar; sólo a este precio se puede escribir una historia verdadera, lógica y útil”[3]. Por ejemplo, yerran los que escriben la Historia de España fi­jando principalmente su atención en la Edad Moderna, “porque la tienen más cerca y la ven colocada en primer término como asunto principal del cua­dro que intentan componer”. Ganivet indica que en la historia “no es posible colocar unos hechos de­lante de los otros como las figuras u objetos en un cuadro; todo está fundido en la perso­nalidad nacional, y en ella debe de aquilatarse la importancia relativa que los sucesos históricos tuvieron”[4].

El espíritu territorial enhebra al decurso temporal de los he­chos históricos, decurso que se convierte en tradición. “Cuanto en España se construya con carácter nacional, debe de estar sustentado sobre los sillares de la tradición. Eso es lo lógico y eso es lo noble”[5].

En España la tradición acoge un contenido general europeo y un contenido peculiar, típicamente español.

Lo común europeo está constituido por la religión cristiana, el arte griego y la ley romana. Lo específico español está dado por el clima y la raza (una tesis que Ganivet toma de Taine, sin citarlo), factores universales y particulares que, combinados, constituyen el espíritu del territorio. En la vida de una nación “todas las funciones se rigen por una fuerza dominante y cén­trica, donde pudiera decirse que está alojado el ideal de cada raza […]. Nuestras ideas, si se atiende a su origen, son las mis­mas que las de los demás pueblos de Europa, los cuales, con mejor o peor derecho, han sido partícipes del caudal hereditario legado por la antigüedad; pero la combinación que nosotros hemos hecho de esas ideas es nuestra propia y exclusiva, y es di­ferente de las que han hecho los demás, por ser diferente nues­tro clima y nuestra raza”[6].

Las formas artificiales de vinculación social, como las que salen de un plebiscito o las que se imponen por la fuerza, han de perecer necesariamente –e incluso harán sufrir al pueblo– si no responden a la tradición, la cual, en lo que tiene de permanente, expresa el espíritu del territorio: “Lo más permanente en un país es el espíritu del territorio [….]. Todo cuanto viene de fuera a un país ha de acomodarse al espíritu del territorio si quiere ejercer una influencia real. Este criterio no es particula­rista: al contrario, es universal, puesto que si existe un medio de conseguir la verdadera fraternidad humana, éste no es el de unir a los hombres debajo de organizaciones artificiosas, sino el de afirmar la personaldiad de cada uno y enlazar las ideas diferen­tes por la concordia y las opuestas por la tolerancia. Todo lo que no sea esto es tiranía”[7].

Teniendo en cuenta la existencia de aquellos factores univer­sales y particulares, Ganivet describe el peculiar “espíritu terri­torial” de la península ibérica, en el que se dan cita al menos cuatro as­pectos fundamentales: 1. El ser mismo peninsular; 2. El sene­quismo; 3. El espíritu arabizante; 4. El individualismo.

*

El ser peninsular ibérico

Siguiendo el naturalismo positivista de Taine, sostiene Ganivet que nuestro ser peninsular se distingue del continental y del insular; y esta diferencia otorga al “espíritu territorial” un carácter especial, el de su indomable reactividad: “La evolución ideal de España se explica sólo cuando se contrastan todos los hechos exteriores de su historia con el espíritu permanente, in­variable, que el territorio crea, infunde, mantiene en nosotros. Como hay continentes, penínsulas e islas, así hay también espíri­tus continentales, peninsulares e insulares. Los territorios tienen un carácter natural que depende del espesor y composición de su masa, y un carácter de relación que surge de las posiciones respectivas: relaciones de atracción, de dependencia o de oposi­ción. Una isla busca su apoyo en el continente, del que es como una accesión, o reacciona contra ese continente si sus fuerzas propias se lo permiten; una península no busca el apoyo, que ya está por la naturaleaza establecido, y reacciona contra su conti­nente con tanta más violencia cuanto más distante se halla del centro continental; un continente es una masa equilibrada, está­tica, constituida en foco de atracción permanente”[8].

Esto explica que, frente a la actitud de aquellos españoles que se echan indolentemente en brazos de las ideas y de los modos de ser vigentes en Europa, Ganivet reivindique la actuación de lo peculiar español: hispanismo frente europeísmo: “En España sólo hay dos soluciones racionales para el porvenir: someternos en absoluto a las exigencias de la vida europea, o retirarnos en absoluto también y trabajar para que se forme en nuestro suelo una concepción original, capaz de sostener la lucha contra las ideas corrientes, ya que nuestras actuales ideas sirven sólo para hundirnos, a pesar de nuestra inútil resistencia. Yo rechazo todo lo que sea sumisión y tengo fe en la virtud creadora de nuestra tierra”[9].

*

El senequismo

Otro rasgo del espíritu español es el senequismo, una forma de estoicismo optimista que se condensa, a juicio de Ganivet, en esta enseñanza: “No te dejes vencer por nada ex­traño a tu espíritu; piensa, en medio de los accidentes de la vida, que tienes dentro de ti una fuerza madre, algo fuerte e indes­tructible, como un eje diamantino, alrededor del cual giran los hechos mezquinos que forman la trama del diario vivir; y sean cuales fueren los sucesos que sobre ti caigan, sean de los que llamamos prósperos, o de los que llamamos adversos, o de los que parecen envilecernos con su contacto, mantente de tal modo firme y erguido, que al menos se pueda decir siempre de ti que eres un hombre”. Este principio antropológico y moral es tan español que, a juicio de Ganivet, ya estaba inventado antes de que Séneca lo formulara y le diera forma perenne: “El espíritu español, tosco, informe, al desnudo, no cubre su desnudez primitiva con articiosa vestimenta: se cubre con la hoja de parra del senequismo, y este traje sumario queda adherido para siem­pre y se muestra en cuanto se ahonda un poco en la superficie o corteza ideal de nuestra nación”[10].

*

Espíritu arabizante

Un tercer rasgo que configura la tradición española es el espíritu arabizante. Ganivet parte de lo que llama nada menos que una “ley histórica”, formulada de la siguiente manera: “Dondequiera que la raza indoeuropea se pone en contacto con la semítica, surge un nuevo y vigoroso renacimiento ideal“[11]. A continuación aplica esta ley al caso español: “España, invadida y dominada por los bárbaros, da un paso atrás hacia la organiza­ción falsa y artificiosa; con los árabes recobra con creces el te­rreno perdido y adquiere el individualismo más enérgico, el sentimental, que en nuestros místicos encuentra su más pura forma de expresión”[12]. Este principio debe aplicarse, en conse­cuencia, a la configuración de nuestro futuro nacional: “El es­píritu territorial independiente movió a las regiones españolas a buscar auxilio fuera de España, y ese mismo espíritu, indes­tructible, obligará a la nación unida a buscar un apoyo en su continente africano para mantener ante Europa nuestra perso­nalidad y nuestra independencia”[13].

La vigencia en España de este espíritu arabizante se muestra en el peculiar misticismo español unido al fanatismo: “el misti­cismo, que fue la exaltación poética, y el fanatismo, que fue la exaltación de la acción. El misticismo fue como una santifica­ción de la sensualidad africana, y el fanatismo fue una reversión contra nosotros mismos, cuando terminó la Reconquista, de la furia acumulada durante ocho siglos de combate”[14].

*

El individualismo español

Un factor importante del espíritu territorial que se re­mansa como tradición es el peculiar individualismo español, que da lugar en política al foralismo puntual. “En la Edad Media nuestras regiones querían reyes propios, no para estar mejor gobernadas, sino para destruir el poder real; las ciudades que­rían fueros que las eximieran de la autoridad de esos reyes ya achicados, y todas las clases sociales querían fueros y privilegios a montones; entonces estuvo nuestra patria a dos pasos de reali­zar su ideal jurídico: que todos los españoles llevasen en el bolsillo una carta foral con un solo artículo, redactado en estos términos breves, claros y contundentes: «Este español está au­torizado para hacer lo que le dé la gana»”[15].

Contando con este individualismo tan peculiar, hace cábalas Ganivet acerca de lo que podría ser el mejor ejército español, es decir, de quienes serían sus mejores componentes o soldados.  Comenta Ganivet: “Si fuese posible, pues, destruir nuestro es­píritu territorial y confiar nuestros intereses a un ejército nu­meroso y disciplinado, nuestra independencia, hoy indiscutible, estaría constantemente amenazada”[16]. Y es que el soldado penin­sular “se encoge y se aflige y como que se ahoga cuando se ve anulado en una gran masa de tropas, porque adivina que no va a obrar allí humanamente, sino como un aparato mecánico”[17].

Interpretando la solución de Ganivet diré, con términos más actuales, que el mejor ejército español estaría formado por objetores de conciencia.

Este individualismo guerrero no debe confundirse con el es­píritu de agresión que a veces se atribuye al carácter español, como si fuera parte de su espíritu territorial. “El espíritu de agresión que generalmente se nos atribuye –dice Ganivet–, es sólo una metamorfosis del espíritu territorial: ha podido adqui­rir el carácter de un rasgo constitutivo de nuestra raza por lo largo de su duración; pero no ha llegado a imponérsenos, y ha de tener su fin cuando se extingan los últimos ecos de la política que le dio origen”[18].

Contando con estos factores de la tradición española –el ser peninsular, el senequismo, el espíritu arabizante y el individua­lismo–, Ganivet otea el horizonte histórico e intuye que lo más propiamente español no ha surgido todavía y debe gestarse sin pedir préstamos espirituales. “Hemos tenido, después de perío­dos sin unidad de carácter, un período hispanorromano, otro hispanovisigótico y otro hispanoárabe; el que sigue será un pe­ríodo hispanoeuropeo e hispanocolonial, los primeros de consti­tución y el último de expansión. Pero no hemos tenido un pe­ríodo español puro, en el cual nuestro espíritu, constituido ya, diese sus frutos en su propio territorio: y por no haberlo tenido, la lógica de la historia exige que lo tengamos y que nos esfor­cemos por ser nosotros los iniciadores. Importante es la acción de una raza por medio de la fuerza, pero es más importante su acción ideal, y ésta alcanza sólo su apogeo cuando se abandona la acción exterior y se concentra dentro del teritorio la vitalidad nacional”[19].

Pero tras el aliento de esta afirmación no encontramos en Ganivet una pro­puesta precisa de finalidad histórica, tema que tocaré en otro momento.

 



[1]    Obras de Ganivet que se citan:

IE,  Idearium Español (Granada, 1897), citado por la edición de Espasa Calpe, Buenos Aires, Argentina, 1949.

PE,  El porvenir de España (en colaboración con Unamuno, Madrid, 1912), citado por dicha edición de Espasa Calpe, Buenos Aires,  Argentina, 1949.

[3]       IE, 74.

[4]      IE, 74-75.

[5]      IE, 28.

[6]      IE, 63.

[7]      PE, 149-150.

[8]      IE, 31-32.

[9]      PE, 156-157.

[10]    IE, 10.

[11]    IE, 141.

[12]    IE, 142.

[13]    PE, 162.

[14]    IE, 18.

[15]    IE, 54.

[16]    IE, 49.

[17]    IE, 50.

[18]    IE, 40.

[19]    IE, 74-75.