Antonio Gisbert (1835-1902): "El fusilamiento de Torrijos en 1831". El cuadro es una proclama en defensa de la libertad frente al autoritarismo. El General Torrijos, militar liberal español y combatiente en la Guerra de Independencia española, fue exiliado, perseguido y traicionado, hasta su fusilamiento. Hábil composición de 1880, caracterizada con innumerables testimonios, que muestra las sensaciones a través de los gestos de los personajes.

Antonio Gisbert (1835-1902): “El fusilamiento de Torrijos en 1831”. El cuadro es una proclama en defensa de la libertad frente al autoritarismo. El General Torrijos, militar liberal español y combatiente en la Guerra de Independencia española, fue exiliado, perseguido y traicionado, hasta su fusilamiento. Hábil composición de 1880, caracterizada con innumerables testimonios, que muestra las sensaciones a través de los gestos de los personajes.

1. El juicio histórico: su presupuesto

El hombre posee el don especial de comunicar sus pensamientos y senti­mientos objetivándolos en el mundo y dotándolos de una forma relativamente sólida y permanente: en lo oral, en lo escrito, en lo monumental. Así constituye también la cultura objetiva: los instrumentos de la técnica y las obras de arte. En la medida en que cada forma petrificada y estática de la cultura encierra el rasgo de un impulso original se llama «testimonio». Un pasado que no ha dejado traza alguna no existe para el historiador.

El testimonio dado por testigos veraces es el presupuesto del juicio histórico.

Los hechos históricos, por ser pretéritos, no son observados di­rectamente por el investigador. La inteligencia humana es esen­cialmente limitada y no puede conocer por sí misma, de modo di­recto e inmediato, muchos objetos, y menos los pasados: lo que fue vivido por el hombre está separado del historiador por una distan­cia temporal. Lo pasado ha de ser conocido, pues, bien en el ves­tigio –huella del pasado que no fue destinada a transmitir su re­cuerdo a la posteridad– o bien en el estricto testimonio, dejado ex­presamente para informar a los tiem­pos posteriores. La intenciónque el vestigio (una joya, un arma, una estatua) tuvo de no trans­mitir al futuro un significado es irrelevante para la historia, por­que todo él testifica tanto como el testimonio escrito en crónicas, ins­cripciones y arcos de triunfo. La historia no se hace sólo con tex­tos; también con monumen­tos y piezas de alfarero, con relieves y desechos, con todo lo que, supliendo el silencio de los textos, pueda testimoniar el pasado real del hombre. La historia versa so­bre la realidad concreta e individual, pero sólo en cuanto es cono­cida por testificación, pues no puede ser percibida en una expe­riencia actual.

Lo testimoniado puede ser no sólo el aspecto íntimo de un indi­viduo, sino especialmente los factores sociales que caracterizan el cuadro en que se hace su vida. La vida privada de un monarca como Felipe II puede ser, en el eje de una investigación histórica, un factor entre otros, como las condiciones sociales, económicas, técnicas en que vivían las gentes, e igualmente las instituciones, públicas y profesionales, el modo de trabajo, la vida familiar, el reparto de car­gas y privilegios[1].

Pero lo que el historiador anda buscando no son simples anales o memorias, jeroglíficos o inscripciones cuneiformes, monedas o estatuas, sino la expresión de la libertad o del espíritu humano en una edad pasada. Es un explorador del reino de la vida humana. A través del material petrificado de los documentos –leyes y estatu­tos, ritos y templos– debe ser detectado el proyecto espiritual, la  forma viva.

Con el fin de llegar a esa comprensión, debe primero determinar la verdad y certeza de los hechos que estudia. Para el historiador, el testimonio es, en unos casos, fuente de auténtica certeza; en otros le proporciona mera probabilidad[2]. Pero no siempre está va­rado en el ámbito de la probabilidad.

Es claro que la certeza histórica no es inmediata ni sensible, ni se consigue mediante una deducción metafísica o matemática. Está fundada en una eviden­cia de fe que se apoya en la investigación histórica. El problema del valor de los juicios históricos es, pues, un caso particular de la cuestión del valor del cono­cimiento fun­dado en autoridad o en fe[3]. La «fe» es un asentimiento cierto dado en virtud de un testimonio, y juzga que es verdadero lo transmitido por un tes­tigo. Recae así sobre algo que no es inmediatamente evi­dente. Según Aris­tóteles, también la «ciencia» es un asentimiento, pero movido por la evi­dencia intrínseca de las cosas. En este sen­tido se opone a la fe, la cual se mueve por la autoridad del testigo: su evidencia es extrínseca. Toda la fuerza del testi­monio se halla en la autoridad del testigo.

Para el ámbito de lo oral y de lo escrito, se llama «testimonio» la expresión que alguien transmite como verdadera y cierta; y se dice «testigo» el que mani­fiesta a otro un hecho sensible que él mismo ha conocido o percibido –no sim­plemente conjeturado o sospechado–. La proposición que enuncia lo percibido o conocido es el «testimonio». Y aunque éste no es el hecho histórico, funda ob­jetivamente el conocer histórico. Cabe distinguir el testimonio dogmático –en el que se apoya la teología–, cuyo objeto es una doctrina,  y el testimonio histó­rico, cuyo objeto es un hecho. De este último hablamos aquí. Sólo por medio del testimonio histórico podemos conocer hechos pretéritos. Que el testimonio sea oral o escrito, ocular o de oídas, puede determinar el tipo de certeza que so­bre él se tenga.

El juicio de fe o autoridad –el fundado en un testimonio– es mediato y, por serlo, ha de apechar con la posibilidad de que el testigo se equivoque. Por lo tanto, es preciso que, antes de emitir un juicio, el investigador recoja el mayor número de testigos: debe estar convencido de que éstos han conocido bien el hecho y ha de estar seguro además de que él mismo ha entendido el testimonio dado. El conocimiento de fe, prendido al testimonio, no es mera credulidad ni confianza ciega. Para apoyar su certeza interviene la «crítica» histórica, me­diante una adecuada metodología del testi­monio.

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2. Metodología del testimonio

El conocimiento histórico estricto es indirecto, pues no intuye inmediata­mente el hecho pretérito. Puede estar además afectado de inseguridad, ya que los documentos recogidos unas veces no serán suficientes, otras habrán sufrido interpolaciones, otras serán de se­gunda mano, otras no serán coincidentes. Para lograr el más alto grado de certeza es preciso que el testimonio sea controlable me­diante métodos seguros que se ocupen primero de hallar los vesti­gios y los documentos (heurística); después, ha de examinarlos y entenderlos (crítica). Al saber obtenido por esos métodos se llama erudición. “Se puede decir –afirma Marrou– que la erudición for­mula verdaderas leyes que, en el interior de ciertos límites, y con un grado determinado de aproximación, poseen el valor de leyes experimentales”[4]. Pero con una distinción. Porque la ley experi­mental es el enunciado de una regularidad general inducida a través de la experiencia, el cual expresa el comportamiento cons­tante de un objeto; mientras que las leyes for­muladas por la erudi­ción son reglas que no se refieren al comportamiento del objeto, sino al gobierno del ejercicio indagador[5], teniendo además un sector li­mitado de aplicación.

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Heurística

El arte de hallar o descubrir documentos del pasado se llama «heurística». La noción de documento es bastante flexible: pues documento es toda fuente informativa de la que el historiador sabe sacar algo para mejorar el conoci­miento del pasado humano. Tampoco puede decirse dónde empieza o acaba el documento: “poco a poco, su noción se va ampliando hasta llegar a abarcar textos, monumentos y observaciones de toda clase”[6]. Y cuando no hay docu­mentos escritos, el historiador ha de contar con cualquier signo: “Con paisajes y con tejas. Con formas de campo y malas hierbas. Con eclipses de luna y cabes­tros. Con exámenes periciales de piedras realizados por geólogos y análisis de espadas de metal realizados por químicos. En una palabra, con todo lo que siendo del hombre depende del hombre, sirve al hombre, expresa al hombre, significa la presencia, la actividad, los gustos y las formas de ser del hombre”[7].

Era usual clasificar los documentos en figurativos (monu­mentos) y escritos (inscripciones, anales, piezas diplomáticas, registros, actas, catálogos, etc.). Pero ya entre los monumentos se debían contar no sólo los edificios, palacios, sepulcros, imágenes, templos, monedas y sellos, sino los útiles destinados al aseo per­sonal, al uso doméstico, al comercio o a la guerra. Estos últimos ense­ñan especialmente sobre la manera de vivir, obrar y pensar las gentes del pa­sado. Por ejemplo, el modo de enterrar los hombres a sus muertos puede indicar la convicción que tenían de la otra vida e incluso de la retribución de sus accio­nes en el más allá. Otro ejemplo, éste de L. Febvre: “Una sociedad medieval. No hay ca­tastro, no hay planos sobre parcelamiento. ¿Tenemos que cruzar­nos de brazos? ¿Tenemos que decir «no se sabe»? No. Otros do­cumentos habrá so­bre rentistas, terratenientes, declaraciones. Qui­témoles el polvo, leamos, re­flexionemos, inventemos y acaba­remos procurándonos una especie de balance fragmentario de un territorio dado”[8]. Documento es todo lo que, legado por el pasado, es un indicio que revela el modo de obrar, sentir y pensar del hombre que nos precedió. El documento tiene así dos variables in­dependientes: el pa­sado, representado por los diversos materiales que han llegado a nosotros, y el historiador, con su iniciativa, su habilidad, sus conocimientos y su cultura[9].

De todo ello se desprende que la heurística, en cuanto selec­ciona documen­tos para una cuestión planteada, no es una opera­ción puramente mecánica, sino un arte (tevcnh, ars), donde el ta­lento y las aptitudes del sujeto, junto con unas reglas y unos ins­trumentos de trabajo, conforman paulatinamente al que será un in­vestigador. De ahí que el historiador no sea fruto de una improvi­sación. El aficionado normalmente malgasta tiempo y esfuerzo, porque desconoce la exis­tencia, la naturaleza y la utilización de las distintas fuentes históricas. Cada campo de interés –faraones egip­cios, filosofía griega, feudalismo medieval– de­para una heurística distinta.

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Crítica externa

“Es de importancia –decía Aristóteles– para todo el que quiera alcanzar una certeza en su investigación saber dudar sensatamente a tiempo”[10]. Una vez con­seguido el documento, hay que proceder a su «compostura», buscando el modo de hacerlo seguro y fecundo para la investigación, mediante la «crítica», con un conjunto de normas conforme a las cuales se juzga correctamente sobre el va­lor de los documentos que hablan de los hechos. Lograr esas nor­mas no es asunto fácil. Pues, aparte de que el historiador ha de ejercer bien la lógica natural de su entendimiento, precisa larga experiencia y honda capacidad de contraste: sólo los peritos pue­den confeccionar ese conjunto de reglas.

En primer lugar, hay que someter el documento a una «crítica» externa (algunos la llaman «crítica de erudición») que determine su origen. La crítica externa desbroza y ordena adecuadamente el material que tiene a su alcance.

Debe establecerse primero la integridad del documento, re­constituyéndolo en su estado original completo, si es posible. Es importante el estado en que el documento se encuentra en la ac­tualidad con respecto a su estado primitivo. Pueden darse dos ca­sos. O bien que se tenga el documento original (la inscrip­ción o el texto autógrafo): entonces sólo hay que leerlo o transcribirlo esme­ra­damente y, cuando sea necesario, completarlo. O bien que se tenga sólo una co­pia (reproducción): entonces hay que buscar las posibles dislocaciones ocurridas (confusión de letras, omisión de comas y vocales), sea de modo inconsciente, sea intencionado; hay que comparar las diversas transcripciones del mismo texto, distri­buyéndolas en familias de filiación, según un orden de fidelidad; hay que buscar las interpolaciones (inserción de fragmentos aje­nos) y las mutilacio­nes.

A continuación debe esclarecerse la autenticidad, indicando el autor, la época y el contexto cultural y ambiental. Para ello hay que recurrir no sólo a ci­tas y alusiones externas hechas por otros autores sobre él, sino a los aspectos lingüísticos, ortográficos y es­tilísticos internos del documento (método estilo­métrico). Para ello se recurre tanto a criterios externos como internos. Criterios exter­nos son las citas y alusiones hechas por otros autores contemporá­neos acerca del mismo documento (ejemplos: las Leyes de Platón son citadas varias veces por Aristóteles como obra de su maestro; en cambio, las obras atribuidas en la Edad Media a Dionisio Areopagita como presunto discípulo de San Pablo sólo son cono­cidas y citadas a partir del siglo V). Los  criterios internos provie­nen del contenido del documento; y tales son el tipo de escritura y de vocabula­rio, el estilo y las ideas, las alusiones a hechos y cos­tumbres, etc. (ejemplo: Los nombres divinos de Dionisio Areopa­gita tuvieron que ser escritos a finales del siglo V, pues reproducen textualmente pasajes del Tratado del mal de Proclo y aluden también a la herejía monofisita de siglo V). Pueden ayudar a la crítica externa las ciencias auxiliares de la Historia, como la Ar­queología, la Numismática y la Heráldica, para los monumentos; y la Filología, la Epigrafía (lectura de inscripciones), la Diplomática (lectura de cartas)  y la Paleografía (lectura de manuscritos) para los escritos. Así, la edad de un documento puede determinarse por el modo de escribir, por la forma de un volumen o de un có­dice, por el material con que está hecho (piel, papel, etc.) y por proce­dimientos físicos y químicos (como el del C14).

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Crítica interna

 

Establecido el documento y conocido su origen, ha de haber una «crítica» in­terna que busque su verdadero sentido y valor. Dos cuestiones surgen ense­guida: Una: ¿qué quiso significar el autor en su testimonio? Este es el problema de la interpretación.  Otra: ¿qué adhesión debemos prestarle? Este es el pro­blema de la auto­ridad.

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a) Crítica del sentido: hermenéutica

Hay que comprender, por medio de signos externos, las inten­ciones que los hombres ponían en sus obras: estudiar lo que un autor dijo o quiso decir. Sea un documento escrito. Se debe desci­frar el documento y traducirlo. Para no ver en sus expresiones (antiguas) lo mismo que tenemos en la mente (actual), es nece­saria la interpretación.

Se trata de hacer primero una «crítica literal» o filológica, la cual se basa en el conocimiento de la lengua: pretende determinar el sentido que las palabras y las frases tienen por el uso vigente en la época de que datan, en la región en que fueron escritas y en la cultura en que fueron pensadas (ejemplo: la lengua latina, tanto en léxico como en sintaxis, difiere bastante en los autores medievales res­pecto de los antiguos).

Debe seguir una «crítica literaria» o real para determinar el gé­nero literario del documento, pues la misma cosa tiene un sentido distinto en un panegírico, en un texto satírico, en otro alegórico, etc. Por ejemplo, un adjetivo calificativo aplicado en un panegírico a una persona puede no dar la clave de lo que el autor pensaba so­bre esa persona. Además, tanto el sentido como el valor de los aser­tos pueden diferir en un texto y en otro. Si, por ejemplo, una palabra o una frase recibe varias significaciones, debe elegirse aquella que, siendo más coherente con el texto, responde a las condiciones de tiempo y lugar. La crítica literaria determina tam­bién las citas implícitas que el autor reproduce de otros autores sin aceptarlas como ideas propias. Se propone, pues, al menos tres ta­reas: recu­rrir al contexto y a pasajes paralelos (interpretar las pala­bras en función del conjunto), atender al género literario (metafórico, alegórico, panegírico, etc.) y determinar las citas im­plícitas.

En cualquier caso, el sentido que el testigo quiso dar tiene que ser sacado de las palabras escritas. Cuando tenemos delante el do­cumento de un testigo, el principal problema no está en saber si es posible confrontarlo con otros o si el testigo ha querido engañar­nos, sino en averiguar si comprendió aquello de que nos habla. Un ejemplo clásico, al respecto, es el de la reconstrucción del perso­naje llamado Sócrates. ¿Cual es el Sócrates histórico, el esbozado por Jenofonte o el expresado por Platón? Hegel dejó apuntado que el Sócrates histórico era el de Jenofonte, porque el de Platón es sólo un nombre que, como seudónimo, sir­vió para exponer toda una filosofía. Jenofonte, en cambio, no habría podido de­formar la doctrina de Sócrates, puesto que no entendía mucho de filosofía, ni desarrolló un pensamiento capaz de sustituirla. “Se tardó mucho en caer en la cuenta –comenta Marrou– que precisamente por la razón apuntada, esto es, por su falta de capacidad para comprender gran cosa de las enseñanzas de Sócrates, Jenofonte no podía habernos dejado nada más que una imagen de su maestro muy empobrecida, superficial, hasta resultar una caricatura”[11].

Lo buscado por el historiador es el aspecto más individual de la vida misma. El hecho histórico, en cuanto pasado, puede consi­derarse como un elemento que emite señales hacia el historiador: habla de sí mismo y de las cosas que le rode­aban. De él se puede considerar, primero, lo explícitamente dicho; más hondo y de más interés es lo subdicho; pero más profundo todavía y de más enjun­dia es el dicente mismo[12]. La historia ha de acceder, por sucesivas aproximaciones a lo dicho, a lo subdicho y al dicente.

Lo dicho es el aspecto externo del documento estudiado. Por ejemplo, en el libro de las Leyes de Platón ha de ser indagada su coherencia externa, de modo que se vea que no hay contradicción en lo dicho. Es el pasado en su coherencia externa.

Pero del hecho pasado hay que ver también su coherencia in­terna, lo que en última instancia quiere decir. ¿Qué quiso decir Platón en las Leyes, si se tiene en cuenta la fecha en que el libro fue escrito y la actitud de sus contemporáneos?

Por último, en el fondo del decir está el dicente, Platón mismo, como hom­bre del siglo IV a.C. Las Leyes han de ser miradas como la manera de sentir, pensar y juzgar Platón mismo. Lo que, desde el punto de vista histórico importa, no es lo que las Leyes dicen en general, sino lo que expresan como dicho por Platón, tanto dentro de la mentalidad y de la sensibilidad de la época y de la so­ciedad en que vivía, como dentro de la evolución del pensamiento plató­nico.

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b) Crítica de autoridad

Es precisa, en fin, una crítica de autoridad o de credibilidad que estudie la competencia y la sinceridad del autor del testimonio. Hay que probar, desde luego, la sinceridad del autor, pero la mera sinceridad no supone corrección. Hay que determinar también la exactitud de lo testimoniado. Porque el testimo­nio puede responder a la verdad del hecho, pero también a la mendacidad del autor. Ni la escasa credulidad del investigador, ni su exagerada confianza ayu­dan mucho en este intento. La crítica tiene dos frentes: se diri­ge tanto al hecho transmitido, como al testigo que transmite el hecho. Se precisa de una crítica que lleve a excluir el error, exami­nado el mismo hecho, tanto en sí mismo, como en sus circunstan­cias concretas. Hay que ver su posibilidad y si es expli­cable por apelación a los hechos vecinos. También hay que examinar la ín­dole del testigo, tanto desde el punto de vista de su información (si pudo conocer el hecho o tenía capacidad para ello) como el de su veracidad (si quiso dar testi­monio de él, excluida la negligencia).

Porque en el testigo hay una cualidad que determina el asenti­miento del oyente, a saber, la autoridad, cuyos elementos integran­tes son su información (sabe lo que dice) y su veracidad (dice lo que sabe)[13]. El asentimiento dado al testimonio se llama fe, por cuya virtud decimos que se cree en el testimonio. El valor de un documento o una fuente depende de la credibilidad que merezca su autor: de su información y su veracidad. Una cosa es lo creído y otra el motivo (la autoridad) por lo que se cree.

El influjo de los testimonios en la vida corriente del hombre es muy amplio. Incluso por testimonio –por la autoridad de los testi­gos– sabemos con certeza que los seres que amamos y designamos como padre y madre son efectivamente tales.

Es testigo inmediato u «ocular» el que transmite algo visto por él mismo; es mediato o «de oídas» el que transmite lo visto por otro. En ambos casos, el asentimiento que el historiador presta al testimonio se confina a lo propuesto, a su evidencia puramente ex­trínseca.

La verdad del conocer histórico depende, pues, de la autoridad del testimo­nio. Y si alguien repasara los motivos que determinan nuestra fe histórica, ten­dría que exponer también los errores a ve­ces cometidos por un falso testimonio o por la precipitación e im­prudencia en el momento de aceptar lo propuesto. Y esto se haría precisamente para expulsar los factores que impiden lograr del tes­timonio una verdadera certeza.

Es claro que si el testimonio es de un hecho actual y si consta la existencia real y la veracidad del testigo, ese testimonio es fuente de certeza. Pero éste no es el caso del conocimiento histórico, el cual se refiere a un hecho pretérito. ¿Qué valor tiene el testimonio de un hecho pasado, testimonio que, al transmi­tirse, va a fundar una tradición de la verdad?

La aceptación del hecho como cierto reviste grados de dificul­tad, según que éste sea o bien contemporáneo a los testigos, o bien remoto pero conservado en una tradición oral, o bien pasado pero conservado en documentos escritos.

Si el hecho es contemporáneo a los testigos, el testimonio histó­rico será fuente de conocimiento cierto cuando se sepa que ellos podían conocer sin difi­cultad y con discernimiento un hecho obvio o patente, y que eran  veraces –basta tener constancia de que el mentir no les reportaba ninguna utilidad, pues nadie es mendaz gratuitamente–.

Si son muchos los testigos independientes –que no dependan de un mismo testigo– y además no se contradicen entre sí en lo sus­tancial, hay que aceptar su testimonio como fuente de conoci­miento cierto. Esta fuente sólo puede estar garantizada por la ver­dad misma del hecho; pues si de otro modo fuera, no se explicaría la convergencia de todos ellos en la afirmación de ese hecho. No es posible que haya un error generalizado o común cuando se trata de un hecho sensible y externo. Tampoco es posible que todos mientan sobre el mismo asunto, sin haberse puesto previamente de acuerdo para hacerlo: la hipótesis del mentiroso común repugna en cualquier caso. La  convergencia de testigos tiene, pues, su razón de ser en la verdad misma del hecho.

Cuando los testigos independientes son pocos, su testimonio sobre un hecho puede ser fuente de certeza, siempre dentro de ciertas condiciones. Si el hecho es remoto y se conserva en una tradición oral, será también fuente de conoci­miento cierto cuando es posible probar por distintos conductos la información y la vera­cidad de los testigos precedentes.

El testimonio oral sobre un hecho pretérito se transmite a través de una serie continua de testigos que fundan una tradición. Para que esta tradición sea fuente de certeza debe versar sobre un hecho sobresaliente y susceptible de ser cono­cido por varios testigos en el tiempo en que se produjo: debe tener, por eso, una base muy amplia, con diversas clases de testigos, no interrumpida o interpo­lada posteriormente con elementos que sean laterales a la línea fundamental o que sean legendarios. Una tradición originada en un tiempo muy posterior a los he­chos sólo puede ser fuente de una certeza probable. Para evitar la debilidad de esta certeza, hay que recurrir a los testimonios indirectos o impropios, como son las monedas, los sepulcros, los monumentos o las instituciones.

Si el hecho remoto está consignado en documentos escritos, existe una difi­cultad adicional, debida no sólo a que el testigo no puede ser interrogado abier­tamente –pues esto ocurre también en el caso del testimonio oral de un autor ya fallecido–, sino a que pueden suscitarse cuestiones preliminares sobre el escrito, a saber: las concernientes a su autenticidad (si es realmente del autor a quien se atribuye), a su integridad (si el texto no ha sufrido altera­ciones) y a su interpre­tación (si se entiende su verdadero sentido). Para solventar estos problemas in­terviene la «crítica» externa e interna, en el sentido arriba apuntado.

Sólo después de este control metódico (que sólo pretende en­contrar un mo­tivo válido de certeza) debe emitirse el «juicio de au­toridad». El testimonio histórico de un remoto hecho pasado, con­servado por escrito es, pues, una fuente de conocimiento cierto si consta tanto la autenticidad, la integridad y el sentido genuino del testimonio, como la autoridad del escritor.

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3. Fe y testimonio

Alguien podría estimar que la fe histórica se produce por influjo de la volun­tad libre, pues como el objeto de esa fe carece de evi­dencia intrínseca ha de in­tervenir la voluntad para suscitar la adhe­sión.

Pero esta apreciación sería exagerada. Cierto es que la interven­ción de la voluntad es más amplia de lo que a veces se piensa; pero, en el caso de los tes­timonios históricos, puede ser tanta la fuerza de los motivos, que no haya lugar a una duda y no sea pre­cisa la voluntad para adherirnos. Y así, sin intervención alguna de la libertad, puede creerse que existe la ciudad de Constantinopla o que existió Alejandro Magno.

Hay una fe intelectual o científica y una fe moral o de pura auto­ridad. Y como se supone que no hay una evidencia inmediata de atestiguación, ambas requieren alguna «crítica» previa que garan­tice la fuerza o título de la autoridad.

La adhesión del investigador puede recaer bien sobre lo dicho (el testimo­nio), bien sobre el dicente (el testigo). En ambos casos debe actuar la crítica, pero con distinto signo determinante.

La fe científica usa la crítica como un motivo fundamental o formal que in­fluye de modo inmediato y único en el asentimiento. Por tanto, aunque puede repercutir en ella la libertad –en el caso de que surjan dudas imprudentes–, no incluye la adhesión al testigo. Tal es, en la mayoría de las ocasiones, la fe del historiador; y tal es también la fe vulgar que nace de la lectura de periódicos o de co­rrespondencia, de la asistencia a coloquios, etc.

En la fe moral o de pura autoridad, la crítica previa actúa sólo de manera in­directa, para poner en claro la autoridad del testigo. Pero, hecho esto, ella opera directamente y se adhiere, bajo el in­flujo de la voluntad, al testigo mismo, de­terminando así el asenti­miento. En este caso, sólo la autoridad –y no la crítica previa– con­forma y especifica la firmeza del asentimiento; respecto de éste, la crítica previa es un motivo externo: sólo la autoridad es su motivo interno o formal.

Pues bien, la certeza histórica no es, en la mayoría de las veces, el asentimiento dado en virtud de la mera estimación del testigo como persona, sino en virtud de la autoridad de las fuentes, razo­nablemente verificada (fe intelectual)[14]. Los he­chos históricos pueden conocerse en sentido realista. Y aunque no se conozcan to­dos los factores y todas las implicaciones, pueden conocerse algu­nas causas, si bien es cierto que, como dice Ricoeur, la historia es tributaria, en diversos grados, de una concepción vulgar de la cau­salidad[15].

 



[1]    M. Bouvier-Ajam, Essai de méthodologie historique, 31.

[2]    Conviene distinguir entre «certeza» y «verdad». La «verdad» es un ca­rácter ori­ginario o primitivo del juicio, que es afirmación o asentimiento (la conformidad de la mente con la realidad). La «certeza» indica un carácter secundario o derivado (el estado firme de la mente respecto de la verdad): es una modalidad del asentimiento, la fuerza de éste.

Pero hay diversos grados de firmeza en el asentimiento. Dejando aparte la duda o suspensión del juicio –donde la mente flota entre el sí y el no, bien porque no percibe ninguna razón para afirmar o negar, bien porque hay razones iguales para ello y sólo percibe la posibilidad (simple incontradic­ción) de que el juicio sea verdadero–, aparece el primer escalón de la opi­nión, que es ya un juicio, pero no dado todavía firmemente, pues encierra el temor de equivocarse: se trata de un juicio en que se percibe la probabili­dad (frecuencia de casos favorables sobre los posibles) de que sea verda­dero, aunque es emitido con la reserva de que el juicio contrario sea verdad. Por fin está la certeza, que es una determinación intelectual firme: es el estado de la mente que afirma sin temor de equivocarse. Pero hay certezas «erróneas»: aunque la mente afirme sin temor de equivocarse, puede errar. Sólo hay auténtica certeza cuando se tiene conciencia de hallarse en la «verdad», y esto se produce cuando se presenta la «evidencia». La verdad es una propiedad del juicio (por referencia a lo real); la certeza es un estado de la mente (respecto de la verdad de un juicio); la evidencia es una propie­dad del objeto (respecto de la mente): es la claridad con que el objeto se manifiesta a la mente y exige el asentimiento.

[3]    La evidencia puede ser intrínseca (manifestación del objeto mismo, sea intuitiva, sea razonada) o extrínseca (manifestación de la credibilidad, la cual no se impone necesariamente, pues el objeto no es visible en sí mismo). Esta última es la evidencia del testimonio, el cual se apoya en la veracidad de los testigos, veracidad que puede ser evidente.

[4]    I. Marrou, “Qu’est-ce que l’histoire?”,  26.

[5]    Georges Cottier, “Conoscenza storica e scientifità”, en  V. Possenti (ed.), Epistemologia e scienze umane, 113.

[6]    I. Marrou, El conocimiento histórico, 59.

[7]    L. Febvre, Combates por la historia, 232.

[8]    L. Febvre, Combates por la historia, 233.

[9]    I. Marrou, El conocimiento histórico, 60.

[10]   Aristóteles, Metafísica, 2, 3.

[11]   I. Marrou, El conocimiento histórico, 100.

[12]   Estas tres dimensiones han sido descritas por Ortega y Gasset en varias de sus obras. Cfr. Juan Cruz Cruz, “Ortega ante el lenguaje”, Anuario Filo­sófico, 8, 1975, 71-118.

[13]   Con manifiesta exageración habla Edward H. Carr del «fetichismo del documento», el cual no ofrecería otra cosa “que lo que opinaba de él su au­tor, lo que opinaba que había acontencido, lo que en su opinión tenía que ocurrir u ocurría, o acaso tan sólo lo que quería que los demás creyesen que él pensaba, o incluso lo que el mismo creyó pensar”. ¿Qué es la historia?, 21-22. No le cabe a Carr en la cabeza que alguien pudiera decir simple­mente lo que vio o vivió. Carr desconfía de las posibilidades de la natura­leza humana. Su postura escéptica debe ser refutada no tanto por el histo­riador, cuanto por el filósofo.

[14]   Paulo Geny, Critica, 295-306.

[15]    Paul Ricoeur, Histoire et vérité, 29.