La portada que adorna las ediciones "Principj di Scienza Nuova" (1730 y 1744) de Giambattista Vico, muestra un haz de luz cuyos rayos de colores se comparan con las diversas ciencias.

La portada que adorna las ediciones “Principj di Scienza Nuova” (1730 y 1744) de Giambattista Vico, muestra un haz de luz cuyos rayos se comparan con las diversas ciencias.

 Carácter científico de la historia

Para Vico, el hombre tiene perfecto conocimiento de algo cuando construye mentalmente el sistema de sus no­tas y relaciones: hacer una cosa es el criterio más claro de la verdad de esa cosa. El relojero que cons­truye un reloj hace la verdad íntegra de ese reloj. En tal sentido dice Vico que “lo verdadero es lo hecho”: verum ipsum factum. Pero, ¿puede el hombre cono­cer constructivamente todas las cosas? Sólo aquellas cuyos elementos se encuentren en su mente[1]. Aun­que sea restrictivamente, la clave que nos permite descubrir el carácter científico de una disciplina es el principio verumfactum, el cual responde a la capa­cidad de poseer críticamente la verdad del objeto.

Siguiendo este criterio, aparecen tres planos de objetos: uno matemático o geométrico, que es ideal, donde el espíritu humano es plenamente sabedor, pues puede producir creadoramente; otro, físico, el de la naturaleza real, en el que no puede construir plenamente y del que, por lo tanto, no hay ciencia estricta; otro, en fin, cultural, el de las producciones históricas, que son también reales, pero que, por su carácter social y por estar hechas creadoramente por el hombre, no están tan alejadas del conocimiento pleno como las naturalezas físicas.

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 El nivel de la Matemática

El espíritu humano es plenamente configurador y constructivo en las Matemáticas; ello se ve especial­mente en la Geometría, donde la demostración es la proyección genética de la figura; en tal producción el pensamiento es rigurosamente exacto, ya que los elementos de la figura son los mismos elementos del pensamiento. En Matemáticas, las demostraciones son enteramente causas de los efectos que produ­cen[2]. Vico se enfrenta a una opinión común, según la cual la Aritmética y la Geometría no parten de las causas en sus demostraciones; a lo que el napolitano responde:

“Ellas son disciplinas que suministran una prueba a partir de las causas. Y si prueban a partir de éstas, es porque la mente humana contiene los elementos de la verdad y puede, por eso, ordenarlos y compo­nerlos. De estos elementos ordenados y compuestos destaca la verdad que ellas prueban. De modo que vienen a convertir esta demostración en el acto de obrar, es decir, lo verdadero en lo hecho”[3].

Mas lo que la Matemática tiene de exacta y rigu­rosa, lo tiene también de convencional y abstracta[4]. El punto dibujado y la unidad multiplicada son sólo ficciones. Sin embargo, contando con ese ámbito convencional, el hombre parte del punto y de la uni­dad y avanza indefinidamente, aunque dentro de sus propios límites mentales, creando un mundo de for­mas y números[5]. Lo cual significa propiamente que en Matemáticas el hombre procede sólo “a seme­janza” de un creador y no, en términos rigurosos, igual que un creador. En Matemáticas el hombre es a lo sumo artesano, capaz de componer cadenas de elementos. Lo común a todas las ciencias factivas es que proceden mediante una generación mental. Pero de una manera particular, en la Matemática posee la mente el objeto no sólo como término, sino también como resultado, situación que no todas las ciencias comparten.

Por ser resultado, el objeto matemático implica la coincidencia de la verdad con la exactitud. Mas la consistencia del objeto matemático no se reduce a su existencia interna como objeto pensado por la mente, pues hay en él también una dimensión ontológica que el platonismo de Vico requiere y por la que dicho objeto es visto como participación de un ámbito me­tafísico. El exige que todo conocimiento, para ser verdadero, tiene que ser necesariamente objetivo.

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 El nivel de la Física

El nivel propio de las Matemáticas se entiende aún mejor si lo comparamos con el de la Física. La natu­raleza física no puede ser aprehendida por el hombre con un pensamiento exacto, puesto que él no hace las cosas de la naturaleza: y al no hacerlas, tampoco puede conocerlas con adecuación genética –de la verdad y lo hecho–, criterio éste de todo saber. Tampoco puede conocer el hombre su propia natu­raleza, ya que toda realidad es conocida tan sólo por quien la ha hecho.

“Demostramos las cosas geométricas porque las ha­cemos; si pudiésemos demostrar las físicas, las ha­ríamos. Sólo en Dios son verdaderas las formas de las cosas, ya que sobre ellas es modelada la natura­leza de las cosas mismas”[6].

De ahí que el “pienso, luego soy” cartesiano sea mera conciencia o constatación del existir y no cien­cia del propio ser, ni demostración de la esencia. El hombre conoce la naturaleza en la medida en que se procura por tanteos los elementos de las cosas y con ellos las reconstruye en imagen.

“En virtud de que los elementos de las cosas natu­rales están fuera de nosotros, es imposible probar los hechos físicos por las causas”[7].

Vico ilustra esta situación haciendo una compara­ción geométrica sencilla entre el relieve del volumen y la silueta del plano, o entre la imagen sólida y la imagen plana: la primera representa la verdad que puede ser lograda únicamente por un espíritu abso­luto; sólo la segunda estaría en poder del espíritu contingente[8].

El físico no abarca desde el interior las cosas, porque no hace los objetos físicos, sino que se los encuentra ya hechos: sólo puede pensarlos desde el exterior, componiendo y descomponiendo. Carece, pues, de aquella fuerza operativa creadora que sólo se halla en el espíritu absoluto; éste, cuando conoce, se conduce como un fisiólogo, sabedor de la funcio­nalidad orgánica. El espíritu contingente, en cambio, se comporta en su conocimiento como un anatómico, alejado de la interioridad operativa del organismo[9].

En la interpretación que Vico hace del saber fí­sico, es de capital importancia el papel mediador de la Matemática. Papel que es preciso comprender desde una visión general de todas las disciplinas del orden del saber, comenzando por la metafísica.

La metafísica es para Vico la fuente de toda ver­dad: “de ella deriva a todas las otras ciencias”[10]. Entre el conjunto de las ciencias, hay unas que están más próximas a la verdad que otras: tales son la Ge­ometría, la Aritmética y la Mecánica, en las cuales “demostramos una verdad en la medida en que la ha­cemos; las cosas físicas, en cambio, son en la fa­cultad de Dios”[11]. Las ciencias que están más cerca de la verdad son los eslabones más aptos para bajar a las demás; y así, de la metafísica se desciende a la física únicamente por las matemáticas. El punto geomé­trico es una semejanza de lo metafísico.

Cuando se propone conocer la realidad física, la mente finita ha de mantenerse fiel al criterio de la convertibilidad de lo verdadero con lo hecho; de manera que, por ser finita, tiene que plegarse a la superficie de las cosas, no pudiendo penetrar hasta la sustancia; y por ser mente, tiene que proyectar genéticamente los elementos que naturalmente posee y que están más cerca de la verdad, a saber, los ma­temáticos. De este modo el físico puede seguir di­ciendo que produce los objetos, mas no en su reali­dad propia y profunda, sino en su realidad superfi­cial y aparente, justo por medio del “punto que se puede dibujar y del número que se puede multipli­car”[12], porque en este mundo de formas artificiales el hombre es como Dios: un dios superficial, claro está. El lado positivo de la Física reside en conocer por causas cuando se apoya en las Matemáticas, las cuales son las únicas ciencias humanas “que conocen por causas”[13]; su lado negativo consiste en que sólo conoce cosas abstractas o superficiales.

La creatividad humana perfecta se extiende tanto como el mundo de las abstracciones. Y de las Mate­máticas, ciencias abstractas, debe aprender el filó­sofo la índole de la generación de las cosas[14]. El pleno verum humano es dado por las Matemáticas[15].

De aquí se comprende que lo físico sólo puede ser conocido cuando se matematiza. Vico ofrece una prueba de esto en el hecho de que los cartesianos, cuando buscan las verdades que deben servir de norma a otras, las toman de lo verdadero que es cre­ado por nosotros mismos, o sea, de la Geometría y de la Aritmética, pues “para nosotros los hombres, las cosas que conciernen a la Física serán verdaderas cuando las hayamos creado”[16].

De aquí se desprende que no hay, para Vico, una “ciencia” llamada “Física”. Cuando de la Matemática se pasa al ámbito físico, la primera ciencia que te­nemos es la “Mecánica”, o sea, la Matemática apli­cada a las cosas físicas; ella recibe de la Matemática su estatuto científico: “pues en ellas demostramos una verdad porque la hacemos” [17]. Las Matemáticas otorgan estatuto científico a la Mecánica; pero tam­bién le dan una elevada abstracción ideal y, con ello, su separación de la realidad misma.

Al darse el objeto físico como apariencia o fenó­meno, jamás puede el científico resolverlo en sus elementos esenciales, los cuales se le sustraen desde el principio; por lo cual tampoco puede recons­truirlo originariamente. La Física, como conoci­miento del mundo en sí, es extracientífica, aunque no irracional: cae en el ámbito del tanteo referencial.

Ahora bien, de un lado Vico justifica la pretensión que Galileo tenía de establecer un conocimiento rela­cional y estructural de lo real, una comprensión de las leyes de la naturaleza en un ámbito fenomé­nico, distinto del campo metafísico de las esencias y sustancias. Mas, de otro lado, “aunque la Física se contenta con apariencias, las razones de éstas son co­nocidas por la Metafísica”[18]. La verdad y objetividad del campo físico tienen que estar garantizadas; por lo cual, se precisa de un órgano que refiera dichos fe­nómenos a sus orígenes y principios; de ahí la nece­sidad de una consideración filosófica vertida a la esencia y la sustancia. Esta última consideración no puede ser, sin embargo, autónoma: el hombre está prendido en las apariencias, y sólo desde ellas puede hablar acerca del ámbito metafísico, negando la idio­sincrasia de aquéllas y elevándose en un proceso dialéctico y apofático, tan caro al neoplatonismo[19].

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El nivel de la historia como “ciencia”

Vico establece una jerarquía de las ciencias y de las artes apoyada, de un lado, en el platonismo (primacía de la realidad ideal sobre la realidad fác­tica), y, de otro lado en el criterio genético (con­cepción operativa de la verdad). Por el influjo del platonismo afirma que las ciencias y las artes serán tanto más ciertas cuanto más separado esté su objeto de la realidad material. Las ciencias menos ciertas serían la moral y la física, alejadas como están de la Aritmética, que es la más cierta.

“La Mecánica será menos cierta que la Geometría y que la Aritmética, porque estudia el movimiento, pero con el auxilio de las máquinas; la Física es me­nos cierta que la Mecánica, porque la Mecánica completa el movimiento externo de la periferia, la Física, en cambio, el movimiento interior de los centros; es menos cierta la Moral que la Física, por­que la Física estudia los movimientos internos de los cuerpos, que son producidos por la naturaleza, la cual es cierta, y la Moral escruta los movimientos de los ánimos, que son profundamente íntimos y, además, provienen de la esfera del deseo, que es in­determinada y caprichosa”[20].

Si para establecer una escala de las ciencias nos atuviésemos solamente a la tesis platónica, debería­mos afirmar que una ciencia de la historia –la cual ha de ocuparse forzosamente de los aspectos morales y políticos de la humanidad– carecería de certeza. Por eso algunos autores[21] han creído que la Scienza Nuova, en cuanto otorga a las disciplinas morales mayor certeza que a las otras, estaría en contradic­ción con lo expuesto por Vico en algunas obras ante­riores, concretamente en De Antiquissima, de donde ha sido tomado el párrafo anterior. Porque efectivamente, en la Scienza Nuova se afirma taxati­vamente la primacía de la certeza del mundo histó­rico:

“Cuando quien hace las cosas se las cuenta a sí mismo, la historia es la más cierta. Así, esta Ciencia procede igual que la Geometría, la cual mientras construye o medita sobre sus elementos se cons­truye el mundo de las dimensiones; pero con tanta más realidad cuando es mayor la que tienen las ac­ciones humanas en relación con los puntos, líneas, superficies y volúmenes”[22].

Es preciso notar dos importantes aclaraciones que devuelven la armonía al planteamiento de Vico. La primera concierne al criterio genético; la segunda, al sentido cultural y social que en la Scienza Nuova tiene el objeto de la Historia.

Primeramente, en lo concerniente al criterio genético o a la concepción operativa de la verdad, y a propósito de las artes, Vico distingue ya en De Antiquissima, entre artes exactas y artes conjetura­les, según que muestren o no los modos en que se hacen, e internamente dispongan o no de los ele­mentos y prototipos de las cosas sometidas a sus ope­raciones. Entre las primeras se cuentan la pin­tura, la escultura y la arquitectura; entre las segun­das, la oratoria, la medicina y la política[23]. Por su objeto (los productos culturales históricos) la Scienza Nuova tiene que ser asimilada a las artes “exactas”, porque opera sobre prototipos que la mente humana contiene dentro de sí y puede mostrar las guisas o los modos en que se hacen las objetivaciones culturales. El hombre no es arquitecto creador en ningún campo científico; a lo sumo es artesano en el mundo de las ficciones matemáticas y en el de las realidades de la Historia.

En segundo lugar, el objeto de la Historia no es el hombre individual, sino el hombre que, afectado por su constitución social, produce objetivaciones de tipo cultural. Estas creaciones en las que se objetiva no deben ser estudiadas naturalísticamente en sus raíces meramente individuales ligadas al temperamento y al carácter de cada cual; hay que referirlas a la índole social del hombre. O sea, el objeto de la Historia son las temporales objetivaciones humanas en cuanto de­terminadas socialmente; y por eso fustiga Vico a quienes consideran el hacer del hombre sólo “en el orden natural”, sin atender a su propiedad de “ser sociable”. Lo que a Vico le interesa es “la naturaleza sociable”, que es “la verdadera naturaleza civil del hombre”[24].  El mundo de los espíritus humanos es el civil o socio-cultural. La intención capital de Vico es conocer “a Dios providente en las cosas morales pú­blicas, o sea, en las costumbres civiles”[25].

De no entender así la intención de Vico, la Histo­ria o la Historiología propia de la Scienza Nuova se­ría una ciencia contradictoria e imposible, como ar­gumenta Semerari[26]: 1º Si, según el criterio de ade­cuación genética, los hombres conocen la Historia porque la hacen, podemos preguntar por quién están hechos los hombres mismos. Como están creados por Dios, sólo El podría tener ciencia del hombre; mas el hombre, al no conocerse a sí mismo, tampoco po­dría conocer sus posibilidades operativas ni lo que de ellas resulta, la historia real. 2º Además, la natura­leza entra siempre en el hecho histórico, de un modo o de otro. Pero si la naturaleza entera, incluida la del hombre, es obra de Dios, al hombre le está vedado entender el hecho histórico, por no conocer la natu­raleza, ingrediente indispensable de lo histórico.

En esta crítica a Vico late una confusión entre el individuo natural y el cultural. Ya a propósito de la noción clásica de ciencia, que es de lo universal y necesario, se ha repetido que no puede darse saber científico de lo individual, porque el individuo, co­mo tal, es inefable. Por lo tanto –se prosigue en forma de objeción– la Historia no sería ciencia, por­que trata precisamente de lo singular concreto.

Pero el caso es que el singular concreto estudiado por Vico no es un ser natural, sino cultural, produ­cido por la libre acción humana, tenga éste carácter puntual (como la batalla de las Termópilas) o carác­ter global (como la República romana). Por eso el objeto propio de la Scienza Nuova es la naturaleza común de las naciones, vista a través de sus objetiva­ciones culturales.

¿Responde entonces la Historia a las exigencias científicas del verumfactum? Una disciplina es científica cuando cumple los dos requisitos siguien­tes: 1º Que conste de principios universales y nece­sarios o, dicho negativamente, que no sean par­ticulares y contingentes. 2º Que su objeto sea cons­truido mediante elementos que la mente tenga a su disposición, o sea, que responda al criterio de ade­cuación genética. La Historia cumple en efecto estos requisitos. Porque: 1º Tiene como principio univer­sal y necesario la mente humana, cuyas modificacio­nes y manifestaciones investiga el historiador, a sa­ber, los hechos humanos culturales que son expre­sión de valoraciones y sentimientos, de conceptos y juicios, de derecho y costumbres. 2º La Historia puede construir su objeto mediante esos elementos que la mente tiene en su poder.

No se trata de que el investigador haga la historia real o la existencia fáctica del objeto histórico, de manera que al hacer la verdad produzca el objeto en su existencia concreta, sino de que la piense; lo que él hace no es la historia como realidad, sino la histo­ria como ciencia. Una cosa es la causalidad ontoló­gica de la historia real y otra el reflejo mental y ló­gico de esa causalidad que el historiador construye. El proceso ontológico de constitución existencial no es el mismo que el proceso lógico de constitución científica. La génesis existencial y la génesis cientí­fica de la Historia son distintas; aunque aquélla se ofrezca como permanente fundamento ontológico de ésta. Podemos hacer mediatamente la Historia como ciencia porque hacemos inmediatamente la “historia” como realidad. La génesis que el historiador lleva a cabo es ideal y refleja; la facticidad de la historia es, en cambio, real y directa. Cuando la mente del histo­riador se pone a reflexionar encuentra analíti­camente en su mente, en su misma individualidad cultural, los elementos con los que sintéticamente va a construir el relato histórico, conociéndolo así de una manera necesaria y universal en sus causas y en sus elementos.

De esta manera, la Historia como ciencia es supe­rior tanto a la Física como a la Matemática.

Superior a la Física por dos motivos. En primer lugar, porque posee en totalidad las estructuras que, como elementos de la mente, van a integrar su ob­jeto, cosa que la Física no comparte, dado que ésta solamente está en posesión parcial de sus elementos. En segundo lugar, porque la naturaleza del mundo civil es de algún modo interna a la mente humana, por cuanto surge de ésta, mientras que la naturaleza del mundo físico es externa a aquélla, siendo su existencia efectiva sospechosa y dubitable, pues a la mente se le escapa su origen. Como se puede com­prender, el “mundo civil” se diferencia del “mundo natural” en que aquél “ha sido hecho ciertamente por los hombres”[27], aunque con la intervención de Dios; mientras que el “mundo natural” está hecho y gobernado sólo por Dios. De suerte que para enten­der el “mundo civil” no hay más remedio que tomar en consideración la estructura de la mente humana que lo posibilita.

Es también la Historia superior a la Matemática, porque no se mueve, como ésta, en el ámbito ideal y abstracto, sino en el de lo real, quedando así referida ontológicamente a un plano previo y superior al de la Matemática[28].

En virtud de que la mente posee los elementos y principios fundamentales que enhebran el curso his­tórico, puede la Historia, como ciencia, conocer di­cho curso. En este caso el historiador hace la Histo­ria en el acto de conocerla, aproximándose así al ni­vel apodíctico del matemático y alejándose del nivel problemático del físico. Con éste coincide sólo por referirse a lo existente concreto; pero difiere de él por tener lo existente no postulatoriamente, sino fáctica y presencialmente. Un intento similar al de Vico ha sido hecho por Ortega y Gasset cuando contrapone la razón físico-matemática (atada a los fenómenos y perdida en el juego de las hipótesis) a la razón histórica, la cual nos abre a la realidad y a la vida.

En síntesis, el discurso de Vico es el siguiente: la mente humana tiene una estructura precisa que fun­ciona en el tiempo mediante facultades cognoscitivas y volitivas permanentes; luego si observamos el des­pliegue de las facultades podremos comprender la estructura y la articulación de la historia. Sólo desde el punto de vista de las facultades que integran la mente humana (como sentidos, imaginación, inte­lecto) puede entenderse plenamente el aserto vi­quiano de que “el mundo histórico ha sido hecho se­guramente por los hombres; y por consiguiente se debe encontrar su esencia en las modificaciones de nuestro espíritu”[29].

Tal aseveración debe tomarse insertada en su contexto. Tomada ilimitada o absolutamente, como lo hace el historicismo contemporáneo, la tesis de que “los hombres hacen la historia” implicaría que ellos pueden (y deben) también modificar ilimitada­mente el mundo histórico: no habría una regla obje­tiva que en el pasado, en el presente y en el futuro diera perfil estructural estable al acontecer histórico. Pero el objeto histórico no contiene primordialmente al hombre y por tanto, a la mente o espíritu, como sustancia individual física o metafísica, sino como producto y creación de su propia acción: el hombre como ser o sustancia sólo es conocido por Dios pro­piamente y es “adivinado” por la Metafísica.

Sólo cuando quedan analizados estos elementos epistemológicos (intelectuales y reflexivos) de la teoría viquiana, podría proseguirse el análisis de los demás aspectos de su historiología.



[1]     AS 262.

[2]     1R 316.

[3]     AS 267.

[4]     AS 253.

[5]     AS 253.

[6]     SR 184.

[7]     AS 267.

[8]     AS 249.

[9]     AS 251.

[10]    AS 270.

[11]    AS 293.

[12]    AS 253.

[13]    AS 267.

[14]    2R 335.

[15]    1R 314.

[16]    AS 304.

[17]    AS 293.

[18]    1R 320.

[19]    AS 271.

[20]    AS 254-255.

[21]    Fausto Nicolini, Opere di Vico, Ricciardi, Milano, 1953, nota 1 de la pág. 255.

[22]    SN § 349.

[23]    AS 262.

[24]    SN § 2.

[25]    SN § 5.

[26]    G. Semerari, “Intorno all’anticartesianesimo di Vico”, en Omaggio a Vico (193-231), p. 222.

[27]    SN § 331.

[28]    SN § 349.

[29]    SN § 331.