Juan Manuel Blanes (1830-1901): “Los dos caminos". Dibujo naturalista. Distribuye la luz preocupado por aislar los colores puros en medio de ocres. El paisaje es sólo el telón de fondo de una escena inquietante.

Juan Manuel Blanes (1830-1901): “Los dos caminos”. Dibujo naturalista. Distribuye la luz preocupado por aislar los colores puros en medio de ocres. El paisaje es sólo el telón de fondo de una escena inquietante.

Elección desequilibrante entre lo más bueno y lo menos bueno

Un punto problemático acerca de la libertad humana está en saber si  la voluntad puede elegir,  entre varios bienes, el bien menos bueno o el que es igual de bueno[1].

La dificultad surge cuando la voluntad elige siendo consciente de que hay un bien menor que otro, o un bien igual que otro. Pero si no es consciente, ni se percata de ello, sino que procede por ignorancia, está claro que puede elegir el que, velado en su ser, es en sí un bien menor. No obstante, esto sucede accidentalmente, y no por el arbitrio e intención de la voluntad, sino por defecto de la inteligencia que considera mentalmente que es mejor lo que en realidad es un bien menor. Por tanto, la dificultad está en saber si el sujeto que es consciente de que hay un bien menor puede formalmente elegirlo voluntariamente bajo ese motivo menor[2]: o sea, si la voluntad, una vez que le son propuestos dos bienes iguales, no sólo teóricamente y en sí mismos, sino también prácticamente y respaldados por un juicio o dictamen que los considera iguales o incluso uno de ellos menor, puede por sí sola y por el ejercicio de su libertad elegir el bien menor bajo aquel motivo menor, y bajo el dictamen o juicio que lo declara menor, y ello sin que se cambie el juicio y sin que sea propuesto un nuevo motivo, ni provoque una nueva consulta a la inteligencia[3].

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La realidad elegida y el motivo de la elección

Esta dificultad nos lleva a indicar, primeramente, que en la elección, una cosa es la realidad elegida, y otra cosa es el motivo de la elección; y ambos aspectos son propuestos y manifestados por la inteligencia. Ahora bien, supongamos que en lo real hay algo que, habiendo sido elegido realmente y conocido teóricamente en sí, es un bien menor que otro y, sin embargo, por el motivo de la elección –motivo del que se reviste concretamente en la práctica– aparece mejor y más eficaz para motivar. Entonces, el dictamen práctico informa que es mejor concretamente, más conveniente, a pesar de que considerado teóricamente en sí mismo sea juzgado menos conveniente. Por eso muchos hacen y eligen lo que ellos personalmente juzgan teóricamente que es algo pésimo o desatinado. Aún más, alguien puede  incluso elegir la muerte, que, juzgada teóricamente, es cosa menor que la vida; y, sin embargo, bajo la presión vehemente de un dictamen práctico,  elige morir, puesto que con ello quiere en unas circunstancias concretas evadirse de la miseria o del dolor; y es empujado y movido en ese instante a refugiarse en la muerte más que a conservar la vida.

Y finalmente, propuestos dos bienes iguales, la voluntad puede inclinarse libremente a uno antes que a otro solamente porque quiere; y este “porque quiere” se lo propone a sí misma como motivo que irradia en un objeto o en un dictamen que lo destaca “con preferencia a otro”, puesto que en ello quiere experimentar su libertad[4].

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Elección mediata e inmediata

Debemos indicar, además, que si bien no está en el poder de la voluntad mejorar, empeorar o cambiar las cosas, sin embargo, en sus manos está el revestirlas de diversas razones y motivos; ella no hace eso directamente, sino mediante la inteligencia que formula estas consideraciones y propone los motivos. Por lo que elegir con preferencia un bien mayor o un bien menor sucede de dos modos: mediata o inmediatamente.

Inmediatamente, cuando el bien propuesto como bien menor, y bajo el motivo de bien menor, es elegido por la voluntad sin que varíe el dictamen o juicio intelectual, por la sola libertad que acompaña a la misma elección, no por una libertad motivada objetivamente –atenida a razones–, sino incluso sin una razón motivante, puesto que en el ejercicio quiere cumplir la libertad.

Mediatamente, cuando la voluntad elige un bien menor, pero urgiendo a la inteligencia para que encuentre nuevas razones o motivos y los ponga en su punto de mira. Entonces el objeto –que de otro modo aparecería en sí mismo como un bien menor y menos amable–, puede ser elegido una vez que sea revestido de nuevos motivos. Y así, gracias al motivo, no será un bien menor, sino mayor, aunque realmente sea de por sí un bien menor; lo que equivale a decir que tanto por el ejercicio, como por los motivos, se dirija siempre a un bien mejor[5].

Teniendo en cuenta estas observaciones, la solución a la dificultad mencionada –de por qué se elige un bien menor– pivota en dos puntos. En primer lugar, la voluntad puede elegir y querer lo que en sí mismo es un bien menor propuesto realmente, siempre que al considerarlo específicamente quede revestido de un mejor motivo. Pues así, formal y prácticamente, es un bien mayor, es decir, más conveniente. Y ese motivo consigue que la cosa enfilada se presente como más aparente para ser elegida.

Y, en segundo lugar, la voluntad puede elegir un bien igual o menor después de haber desechado el mejor, al menos mediatamente, esto es, urgiendo a la inteligencia para que nuevamente considere y busque otros motivos. Y así, la voluntad anhelará y elegirá el objeto revestido de un motivo nuevo y más conveniente: la voluntad consigue entonces  que el objeto se haga y vuelva más conveniente y mejor, al menos en apariencia, y de ese modo lo elija antes que a otro. Es lo que expresa Santo Tomás: “Si dos bienes iguales son propuestos bajo una sola perspectiva , nada prohíbe que sobre uno de los dos se considere una condición por la que sobresalga, y la voluntad se incline a él más que a otro”[6]. En este texto, se reduce toda la polémica a la diversa consideración y al motivo propuesto por la inteligencia[7].

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 El problema de la elección de lo menos bueno

En la solución a la dificultad apuntada hay dos opiniones extremas.

La primera opinión extrema afirma que la voluntad puede elegir un bien menor, aunque desde la perspectiva formalmente práctica o motivacional sea propuesto como menor o como igual. Por ejemplo, Medina dice que la voluntad, sin nuevo juicio, puede elegir de entre dos bienes el bien menor, mas para ello ha de haber una nueva orden intelectual, con sus correspondientes motivos, que determine a la voluntad; o sea, que necesita de la ayuda de la inteligencia para determinarse. Defienden también esta opinión Suárez[8] y  Salas[9].

La segunda opinión, en el extremo opuesto, afirma que la voluntad no puede elegir un bien menor o igual, visto desde el lado práctico y del dictamen o motivo, aunque de suyo y teóricamente pueda dirigirse a un bien menor. Así, lo defienden muchos autores: por ejemplo,  Conrado[10], Ferrariense[11], Soncinas[12], Martínez[13], Cayetano[14] y Vázquez[15]. A esta opinión se aproxima Lorca [16].

Poinsot afirma de manera rotunda que, en sentido simple y absoluto, la voluntad puede elegir un bien menor o un bien igual; mas para esto es preciso que concurra un nuevo motivo o juicio, o una propuesta de la inteligencia, de manera que sobresalga más alguna razón o motivo para incitar hacia uno antes que hacia otro. Así pues, propuestos dos bienes, la voluntad tiene la libre facultad de elegir un bien menor o igual;  pero la voluntad sólo puede hacer esto sirviéndose de la motivación que es obra de la inteligencia, incluso urgiéndola para que recapacite de nuevo y proponga razones o motivos, u oculte y suprima otros para que ella pueda elegir lo que de otra manera le parecería un bien menor, si debe actuar mediante la elección y el arbitrio. En cualquier caso, la voluntad es guiada por el consejo y la razón, ya sea el recto y prudente consejo, ya sea el temerario o imprudente.

En realidad, esto es lo que ya enseñaba Santo Tomás[17], para quien el hecho de elegir un bien antes que otro se reduce al diverso motivo que puede prevalecer más e inclinar la voluntad. Ahora bien, un bien no prevalece más que otro, si no es representado por la inteligencia, puesto que una mayor conveniencia que no es representada queda oculta y no motiva: por tanto, se halla respecto a la voluntad como si no existiera; voluntad no puede ser motivada por lo desconocido. Pero si lo desconocido no puede inclinar o motivar la voluntad, lógicamente se requiere, para que ella quede motivada e inclinada, otro bien que sea distinto del que así prevalece y domina la voluntad, y que ese otro bien sea propuesto a la voluntad como más eminente, o más conveniente, inclinándola en tal sentido. Luego aunque el objeto no sea siempre el mejor y el más conveniente, y aunque la inteligencia conozca que este objeto es un bien menor, sin embargo, lo que últimamente motiva a la voluntad para elegir ese bien menor debe serle a ella propuesto por la inteligencia para elegirlo: o porque ella lo quiere libremente, o por algún otro motivo; en efecto, es preciso que el bien, cualquiera que fuera, sea representado para motivarla, pues si el bien no aparece ni es propuesto, en nada afecta a la voluntad[18].

El fundamento de esta conclusión está en que la voluntad, puesta ante cualquier bien, sea menor o igual, solamente puede ser atraída y estimulada por tal bien; luego no puede inclinarse a uno más que a otro, si no es estimulada y atraída por él con preferencia al otro. Pero cualquier estímulo y atracción del objeto debe hacerse mediando el juicio o dictamen de la inteligencia. Luego la voluntad es hasta tal punto libre que puede dirigirse a un bien menor, abandonado el mayor, lo que debe llevarse a cabo mediante una mayor atracción y estímulo de un bien antepuesto razonablemente a otro; porque la voluntad no es seducida y atraída si no existe la atracción y el estímulo objetivos. Pero es preciso que tanto el estímulo como la atracción aparezcan y sean propuestos mediante la inteligencia, pues de otro modo no hay objeto. Ahora bien, si el objeto aparece en la motivación y es propuesto como atrayendo y estimulando más que cualquier otro objeto, por esto mismo, cuando se elige a un objeto “antes que a otro” aparece un objeto más conveniente o mejor y sobresale más que otro en la propuesta que hace la inteligencia. De este modo la voluntad es siempre atraída al bien mejor prácticamente, propuesto por el juicio racional, aunque el objeto no sea el mejor en sentido absoluto y simple, pero lo sea al menos en apariencia.

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La voluntad como motivo de la elección de sí misma

De aquí se sigue que la voluntad no puede apetecer si no versa sobre un objeto; por tanto, si no se da la influencia de tal objeto sobre la facultad; ahora bien, la influencia del objeto apetecible sobre la voluntad es estimulación y atracción, puesto que el objeto motiva como bien, el cual “mueve”[19] al apetito atrayéndolo y estimulándolo. En resumen: si un objeto cualquiera influye y causa atrayendo y estimulando, si además este objeto atrae más que otro, y si la voluntad es atraída y estimulada hacia un objeto antes que a otro, es preciso que también en el objeto exista la atracción y el estímulo más que en otro. No puede entenderse que la voluntad sea excitada y atraída hacia un objeto más que a otro, sin que correlativamente el objeto mismo no atraiga y estimule activamente más que otro. Pues bien, como el acto de apetecer depende necesariamente del objeto y de su influencia –ya que el acto no puede entenderse sin el objeto–, ocurre que si la voluntad está en este objeto antes que en otro, tal objeto debe influir y atraer más que el otro[20].

Es claro que “la voluntad no puede de por sí suplir la influencia del objeto, de modo que ella misma se incline a un objeto con preferencia a otro, si el primer objeto no influye más que el segundo. En verdad la voluntad de por sí sólo tiene la capacidad de tender al objeto bajo la forma de inclinación e impulso, pero no puede suplir con esto el concurso del objeto, puesto que ella solamente es un «apetito no apetecible», y no puede amarse a sí misma, ni ponerse como motivo, a no ser que se ponga y proponga a sí misma como objeto mediante la misma reflexión realizada por la inteligencia. Luego no puede suplir el concurso del objeto, de modo que se pueda decir que ella es llevada y atraída a una cosa con preferencia a otra y que el objeto no atraiga y estimule con algún motivo más que otro objeto”[21].

De aquí se sigue también que el objeto sólo atrae y estimula a la voluntad como conocido a través de la inteligencia. Luego si ese objeto atrae más, y con preferencia a otro, es preciso también que conscientemente sea propuesto y prevalezca más. Porque si el objeto no es conocido, si queda oculto, entonces ni motiva ni estimula. Y si esto es así, esta mayor atracción y estímulo es una conveniencia al menos aparente; luego es un bien mayor o un bien más aparente y eminente en el juicio; y también mejor prácticamente.

En verdad es imposible que, cuando la voluntad elige un bien menor libremente y quiere tender a él, la inteligencia no conozca qué es lo que motiva a la voluntad y la determina concretamente al menos con un motivo temerario e imprudente, pero que es conveniente para ella en ese momento y la inclina de hecho. En efecto, no puede ocultársele a la inteligencia lo que hace la voluntad; y la determinación de la voluntad a un objeto con preferencia a otro no puede no depender del objeto que la determina de modo especificativo y objetivo. Y así, cuando la voluntad se determina aquí y ahora a elegir un bien menor, es necesario que vea esa determinación y pueda dar cuenta de por qué elige así, y al menos, elige así porque lo ha deseado con su libertad, hasta el punto de ser éste el motivo. Efectivamente esto puede presentarse como razón o justificación; y todo lo que puede presentarse como razón se encuentra adherido al objeto o al motivo objetivo. “Luego es necesario que, cuando la voluntad elige un bien menor abandonando el mejor, la razón por la que elige, sea la que sea, aparezca más y sobresalga más en el conocimiento y en el juicio, puesto que determina más; y al determinar y al motivar puede ser presentada como razón justificativa por la inteligencia cognoscente; luego se encuentra en el orden del objeto conocido. Es evidente que determina más, puesto que motiva de hecho, no moviendo el otro objeto; luego, de hecho motiva más que éste”[22].

Podría objetarse que la voluntad no necesita un determinante mayor en el objeto, sino que bastaría con que le fuera propuesto un bien al que dirigirse si quiere; y, así, por su libertad sería determinada a un bien menor y propuesto como menor, no por el objeto, sino por ella misma, aunque no aparezca una conveniencia mayor, sino sólo porque la propia voluntad quiere.

En verdad, es erróneo afirmar que no hay un determinante mayor en el objeto: pues sólo existiría lo que la voluntad quiere. Es cierto que el objeto no tiene de suyo un determinante mayor por sí mismo, porque es un bien menor y necesita así ser ayudado por un motivo extrínseco, y este motivo está en que la voluntad quiere. Pero es falso que este querer de la voluntad no se encuentre respaldado en el motivo, sino sólo en la voluntad que quiere y actúa. Y el error está en que, como la voluntad elige el objeto porque quiere, y como este “porque” puede expresar tanto la causa eficiente o emisora, como la causa objetiva o estimulante, algunos autores piensan equivocadamente que no se requiere que exista lo motivador y estimulante, sino bastaría que estuviera como eficiente y emisora, sin necesidad de un nuevo motivo. En cambio, Poinsot subraya que “se requieren las dos cosas: que la voluntad esté como causa eficiente –porque en general todo lo que se elige y se hace voluntariamente proviene de la voluntad a modo de emisor–, y porque en especial lo que aquí y ahora toma la voluntad como motivo de elección es su suma libertad, esto es, porque así quiere[23].

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La voluntad elige «porque quiere»

Cuando decimos que la voluntad elige un bien menor porque quiere, si este «porque quiere» sólo explicita la causa agente o emisora, señala únicamente la causa general, la que interviene también cuando elige un bien mayor; pues, como ahí obra voluntariamente, evidentemente ejecuta y emite porque ella quiere. Pero, al contrario, cuando elige el bien menor y lo elige porque quiere, ese «porque quiere» está de manera especial en el motivo –que se presenta como razón de una elección hecha–. Todo ello es conocido y advertido por la inteligencia, la cual, al no encontrar en el bien menor qué es lo que motiva suficientemente por el contenido del objeto, propone a la voluntad que elija libremente utilizando ese «porque quiere»; y así se goza de sí misma sirviéndose de su poder. Luego el «porque quiere» concurre “como motivo por parte del objeto, y se presenta como motivo racional; y todo ello es advertido por la inteligencia y  es propuesto por ésta a la voluntad. Luego se inclina al objeto menos bueno no solamente «porque quiere» como emitente y de manera efectiva, sino también porque aparece nítidamente así en el motivo y en el objeto, moviendo de hecho más a este objeto que a otro”[24].

Esta conclusión es de sentido común. Pues cuando la voluntad elige un bien menor o igual, abandonando al otro, lo hace porque quiere, de modo que la voluntad misma se convierte en motivo racional o causa. Si, pues, la voluntad se antepone como motivo racional o causa, entonces, cuando el hombre es preguntado ¿por qué eliges así?, responderá: porque quiero; luego en esa elección la voluntad aplica un motivo racional más fuerte en el objeto, esto es, porque le aplica su gratuita complacencia. Por consiguiente, la voluntad es movida por un mayor motivo o una mayor complacencia en este objeto menor, a saber, por el beneplácito y la gracia que la voluntad aplica a este objeto más que a otro; y, así, su gracia y su beneplácito debuta como motivo que inclina la balanza a esta parte más que otra.

Pero si el motivo de su beneplácito no fuese conocido, ni fuera propuesto a la voluntad, ésta no sería movida por él, puesto que el motivo, si no es conocido, no opera ni influye en la voluntad. Así en cuanto a la especificación no puede determinarse por sí sola, a no ser que esté presente un principio extrínseco determinante, a saber: el objeto, del cual depende toda la especificación. Cuando es elegido un objeto menor, y no el mayor, la voluntad no sólo determina por ella misma, sino también es representado un motivo o una conveniencia que motiva desde el objeto menor y no desde el mayor. Luego como  aquel objeto  obra antes en la motivación, “se dice que desempeña las veces de un bien mayor, esto es, de un motivo mayor y más operante, o que mueve más que otro”.



[1]     J. Poinsot: disput. VI, a. 3, n. 15.

[2]     J. Poinsot: disput. VI, a. 2, n. 1.

[3]     J. Poinsot: disput. VI, a. 2, n. 5.

[4]     J. Poinsot: disput. VI, a. 2, n. 2.

[5]     J. Poinsot: disput. VI, a. 2, n. 3.

[6]     STh I-II, q. 13, a. 4 ad 3.

[7]     J. Poinsot: disput. VI, a. 2, n. 4.

[8]     Francisco Suárez, Disputationes Metaphysicae, disp. 19, sect. 6, n. 13.

[9]     Juan de Salas, Disputationes in primam-secundae D. Thomae, Barcelona, 1607-1609, 2 vols, tratado VI, disp. 1, sect. 17, q. 6.

[10]    Conradus Koellin, Expositio in STh I-II Divi Thomae (1589), q. 13, a. 6.

[11]    Francisco Sylvestre de Ferrara, In Summam Diui Thomae Aquinatis contra gentiles (1579), cap. 162.

[12]    Paulus Soncinas, Quaestiones metaphysicales (1576), In IX, q. 15.

[13]    Gregorio Martínez, Commentaria Super Primam Secundae (1617), In q. 13. A. 6 dub. 2.

[14]    Thomas de Vío Caietanus, Commentaria in I-II Divi Thomae, In I-II, q. 13,  a. 6.

[15]    Gabriel Vázquez, Commentaria in I-II Divi Thomae, disp. 43, cap. 2.

[16]    Pedro de Lorca, Commentaria et disputationes in vniuersam Primam secundae Sancti Thomae (1609), disput. 18.

[17]    STh I-II, q13, a6.

[18]    Aristóteles, Ethic., III cap. 2.

[19]    Este movimiento fue llamado “metafórico”,  o sea, en sentido traslaticio. Aquí la palabra “motus”, “movimiento” se usa para significar o denotar algo distinto de lo que con él se expresa cuando se emplea en su acepción primitiva o más propia. Así, la “motivación” es un movimiento metafórico.

[20]    J. Poinsot: disput. VI, a2, nn. 10-11.

[21]    “Nec potest voluntas de suo supplere hanc influentiam objecti, ita quod ipsa feratur in unum prae alio objecto non magis influente prae alio, quia voluntas de se solum habet tendere in objectum tendentia quadam inclinationis et impulsus, concursum vero objecti de suo supplere non potest, quia ipsa solum est appetitus non appetibile, nec potest se ipsam amare, aut se pro motivo ponere, nisi se ipsam ponat, et proponat pro objecto per reflexionem. Non ergo supplere potest concursum objecti, ut dicatur ipsa ferri et trahi in unum prae alio, et quod objectum non trahat et alliciat aliquo motivo saltem extrinseco prae alio”. J. Poinsot: disput. VI, a. 2, n. 12.

[22]    J. Poinsot: disput. VI, a. 2.

[23]    J. Poinsot: disput. VI, a. 2, n. 15.

[24]    J. Poinsot: disput. VI, a. 2, n. 16.