Intriga, 1911

James Ensor (1860-1949): “Intriga”. Pinta a los falsos, a los mentirosos que ocultan con una máscara la verdad de quiénes son. Muestra figuras grotescas y alegorías fantásticas en coloridas y enigmáticas escenas. Impactan sus formas, sus colores brillantes y el efectismo psicológico de las máscaras. Participó en los movimientos de vanguardia de comienzos del siglo XX e influyó en el expresionismo y en el surrealismo.

Decir lo falso, decir lo verdadero

Se ha escrito, en tono despectivo hacia los políticos, que una mentira muchas veces repetida acaba por ser tenida como una verdad. Pero esta práctica no se debe sólo a los políticos. Lo cierto es que, como decía Kant, existe “una peligrosa inclinación del corazón humano a sofisticar y sutilizar, es decir, a dar tantas vueltas a una situación que al fin parezca que lo más cómodo es también lo objetivamente justificado”.  Y si no nos damos pronto cuenta de esta trampa que nos tiende nuestra propia finitud y fragilidad, rehuiremos pensar hasta el final las cuestiones que se nos plantean, máxime si nos son incómodas, prefiriendo vivir bajo la mala fe y con una relación ambigua hacia nosotros mismos: en eso estriba un efecto negativo de la mendacidad. Según nuestro diccionario, mendacidad (del latín mendacĭtas) es el hábito o la costumbre de mentir. No es, por lo tanto, un acto pasajero, sino una actitud permanente. El hombre mendaz es el que tiene costumbre de mentir; y lo dicho por el mendaz es engañoso, aparente, fingido, falso. Por el contrario, la esencia de la veracidad consiste en el comportamiento claro y decidido del hombre consigo mismo para decir lo que las cosas realmente son.

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La voluntad de engañar

No es mendaz el que meramente dice algo falso alguna vez, sino el que lo hace frecuentemente con la intención y voluntad expresa de engañar. En este sentido la mendacidad se opone a la veracidad.

Cuando alguien va a mi encuentro, veo su exterior, oigo su voz y puedo apretar su mano, pero lo que en él vive me está oculto. El trato de los hombres entre sí es una relación que va de un ocultamiento a otro. El puente que salva ese hueco es la expresión de rostro y gestos, sobre todo la palabra. Por la palabra trata el hombre con el hombre.  De la filosofía griega aprendimos que la manifestación o enunciación que se hace por medio de signos (palabras, gestos) es un acto de la inteligencia que compara la palabra con la cosa significada; y el hacer comparaciones pertenece propiamente a la inteligencia. De ahí que los animales irracionales, aunque manifiesten alguna cosa, no intentan, sin embargo, manifestarla, sino que ellos realizan por instinto natural ciertos actos que resultan, sin pretenderlo, manifestativos. A su vez, el trato entre personas es tanto más seguro y fecundo cuanto más digna de confianza es la palabra, cuanto más veraz es.

Mas, para que esta manifestación o enunciación sea un acto de veracidad, es preciso que sea acto voluntario y dependiente de la intención con que obra la voluntad. Por otra parte, el objeto propio de tal manifestación o enunciación, o es verdadero o es falso. Y, a su vez, son dos las intenciones posibles en la voluntad mendaz: una de ellas, expresar algo falso; la otra, engañar a alguien, lo cual es efecto propio de tal falsedad.

Por lo tanto, para que exista mendacidad se requieren las siguientes condiciones:

– primero, que haya una enunciación de algo falso;

– segundo que exista voluntad de decir lo que es falso;

– tercero, que haya intención de engañar.

Con estas condiciones habría no sólo falsedad material por ser el dicho falso; sino también falsedad formal, porque se dice voluntariamente lo que es falso; y habría falsedad efectiva por la voluntad de engañar.

Según esto, si uno enuncia algo falso creyendo que lo que dice es verdad, habrá en ello falsedad material, no formal, porque no se tenía intención de decir nada falso. Falta ahí, por tanto, el aspecto formal perfecto del concepto de mendacidad, porque lo no intencionado es meramente accidental y, en consecuencia, no puede constituir algo esencial. Pero quien dice una falsedad con voluntad de decirla, aunque resulte que lo que dice es verdad, su acto es esencialmente falso, y sólo casualmente resulta verdad. Y esto es lo que especifica a la mendacidad. Por tanto, el que uno diga algo verdadero intentando decir algo falso es más opuesto a la veracidad que el decir algo falso intentando decir la verdad.

Además, el deseo o voluntad de engañar es un elemento integral de la mendacidad; pero no es eso lo decisivo.  Lo primero que la mendacidad provoca no es propiamente un daño al prójimo, sino un desorden objetivo: ya que siendo las palabras signos naturales de las ideas, es un desorden antinatural significar con palabras lo que no se piensa (Aristóteles, Ética, libro IV).

En fin, cuando se dice que la mentira es la falsa significación de las palabras, esto debe aplicarse a todo signo, pues incluso quien se vale de gestos para intentar expresar con ellos algo falso, miente.

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La mendacidad como disolvente social

El desorden propio de la mendacidad disuelve el normal orden social, o sea, las relaciones entre los hombres. Por ejemplo, cuando un Estado se convierte en un sistema autoritario, y el dominio político se  mueve bajo el espíritu de la mendacidad fomentada desde arriba, se debilita entre los ciudadanos la conciencia moral y se afloja la consistencia humana.

Pero la mendacidad no se presenta sólo en un sistema político, sino en todo ámbito en que conviven los hombres bajo el dominio de la “opinión pública”: por apatía el sujeto se acomoda a las promesas que le vienen de fuera.

Incluso toda concepción científica o artística dominante exige que el individuo se adapte a sus valoraciones. Con lo que surge también una cuestión de conciencia: hasta qué punto puede adaptarse el hombre a esas exigencias y en qué tiene que enfrentarse a ellas.  Lo cierto es que cuando el sujeto no puede responder con responsabilidad, acaba frecuentemente amoldándose a lo que se le indica desde arriba; y ese es el primer paso para que en una sociedad se obre con espíritu de mendacidad.

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Formas de mentalidad mendaz

Bollnow ha indicado dos formas frecuentes de adaptación humana a la mendacidad (Wesen und Wandel der Tugenden, Frankfurt, 1958, cap. X):

Primera, “existe allí donde el individuo  de modo consciente dice o hace cosas que tiene por falsas; existe también en el individuo que, tal vez por mentalidad calculadora, jamás ha dicho expresamente una mentira, pero sabe evitar los choques con ambigüedades y astuto silencio y por eso, como significativamente suele decirse, no cae“.

Segunda, “el hombre puede tratar de sustraerse a la necesidad de combatir la injusticia, intentando justificarla ante sí mismo. Y así suele argumentarse: que tal vez no sea tan malo; que tal vez exista en ello algo bueno; que la doctrina no debe entenderse tan al pie de la letra; que uno puede entenderla de modo un poco distinto para su uso privado; que es necesario un mínimo de colaboración para evitar mayores males y otras razones parecidas. Es muy difícil sustraerse a esos conflictos en las situaciones respectivas”. Y es fácil adaptarse de manera oportunista a las exigencias de quien detenta el poder.

Lo cierto es que todos nosotros estamos solicitados por esta seducción de mendacidad y también entregados a sus efectos: debilitamiento de la conciencia moral hasta no quedar nada seguro. Aunque sobre este fondo mendaz y destructivo se destaca la exigencia de la veracidad sin concesiones: sólo en ella puede el hombre alcanzar su propio ser.

La veracidad caracteriza la conducta humana desde el punto de vista de la mismidad, de una subjetividad consciente de sí misma, que ha de elegir entre adaptación o autoafirmación y, por tanto, entre mendacidad y veracidad.

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El trato humano y el ocultamiento

La  verdad de la palabra fortalece todo tipo de relación, y especialmente la que encierra una auténtica vida de amor, de amistad, de matrimonio y familia, de comunidad laboral. Estos modos de comunidad duran, crecen y se hacen fecundos cuando son presididos por la veracidad; si no, decaen. Porque toda mentira destruye la comunidad.

Pero el individuo no sólo trata con los demás, sino también consigo mismo. En su intimidad se enfrenta con su propio ser, examinándose, juzgándose, decidiendo sobre él mismo. En la unidad del “yo humano” ocurre una especie de desdoblamiento que forma  el transcurso de la vida interior. Pero uno puede no ser veraz ante sí mismo; o sea, puede engañarse a sí mismo.

Pero ¿y si no soy veraz ante mí mismo? ¿Y si me engaño a mí mismo, fingiendo que que “siempre tengo razón”, creyendo que siempre tienen la culpa los demás, y paso de largo constantemente ante mi propia negligencia? Entonces impongo mi voluntad, conformándome con el fatal engaño de mi propia presunción, de mi estrechez de corazón.  Si quiero tratar rectamente conmigo mismo -y, en consecuencia, con los demás-, he de ser consciente de mi propia realidad, sin fingirme nada, siendo primeramente veraz para mí mismo.

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Violencia y verdad

Es claro que el hombre se halla rodeado de suspicacias, envidias, celos, odios. Es evidente que la diversidad de caracteres produce complicaciones. En el encuentro con los demás, sólo la verdad otorga al hombre firmeza y solidez: y así se forma la honradez, la lealtad, la confianza.

Pero si mi “otro” no es ya un individuo concreto, sino el “Estado”, es seguro que estoy ante un  gran poder que puede configurar la vida entera. Y cuando los fundamentos del Estado no son la justicia y la libertad, se convierte en poder violento, creciendo también la mentira en la misma medida. Entonces se desvaloriza la verdad ocupando su lugar el éxito y la utilidad. Mediante la verdad el  hombre se confirma en su justicia, en su dignidad y en su  libertad. Si el Estado consigue desvalorizar la verdad, entonces el individuo queda perdido. Afirma certeramente Bollnow: “Sólo cuando la persona dice así es, y esa expresión tiene importancia pública, porque la verdad es estimada, entonces también hay aquí una protección contra la voluntad de poder que actúa en todo Estado. La expresión más horrible de la violencia es que se le destroce al hombre su conciencia de verdad, de modo que ya no esté en condiciones de decir: Esto es cierto, eso no. Quienes lo hacen –en la práctica política, en la vida jurídica y donde sea– deberían darse bien cuenta de lo que hacen: quitar al hombre su condición de hombre”.

Sólo cuando la autoridad pública me garantiza que puedo decir “lo que es, es”, puedo afirmarme en lo que es justo; y lo que se me ha confiado, lo defiendo. De manera que sólo entonces puedo hacer pie en sí mismo, tener firmeza de carácter, conseguir una personalidad fuerte.

La auténtica mismidad, la interioridad de la existencia personal ocurre por la voluntad de verdad. En la verdad del pensamiento, de la palabra, de los gestos se consolida la auténtica mismidad, el centro interior.

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Una última observación. En toda la tradición antigua y medieval se enseñó que la verdad no residía en la percepción de los sentidos, sino en el juicio mental. Porque el juicio intelectual dice lo que la realidad es.

Y por eso la teología enseña también que en el “Juicio” –como el Juicio final–  cesará la posibilidad de mentir, porque la verdad penetrará entonces en todo espíritu, atravesando con su luz toda palabra,  reinando en el espacio y en el tiempo. Entonces quedarán desveladas patentemente las mentiras como lo que son, por más que fueran útiles, por más que fueran hábiles y gustosas; desveladas como apariencia, como nada.