¿Qué es la fidelidad?

Briton Rivière (1840-1920): “Fidelidad”. Sus pinturas destacan por la participación de animales; procura reflejar emociones sociales del hombre a través de la conducta animal, en este caso del perro.  Procura conocer al animal, antes de pintar su imagen.

Briton Rivière (1840-1920): “Fidelidad”. Sus pinturas destacan por la participación de animales; refleja emociones sociales del hombre a través de la conducta animal, en este caso del perro. Procura conocer al animal, antes de pintar su imagen.

¿Puede darse la fidelidad entre los humanos?

La actitud de mantener la fe que una persona debe a otra fue llamada por los latinos fidelĭtas. Cuando alguien cumple las exigencias de la fidelidad y las del honor decimos que es “leal”. ¿Qué significa mantener la fe en alguien, tenerle fidelidad?

La más frecuente objeción contra la fidelidad estriba en afirmar que la “mutabilidad continua” del ser humano hace imposible una voluntad de no cambiar: el hombre, por su finitud, no puede hacer un propósito incondicional, ni es capaz internamente de mantener una actitud firme, de ser leal.  Y aunque tuviera una esencia perdurable, ésta no podría ser otra cosa que la libertad misma. El hombre no tiene una naturaleza fija, pues es libertad, capacidad de cambio: así se expresan todas las doctrinas de inspiración existencialista.

En esta objeción se encierra toda una antropología, una teoría del hombre, de su ser y de sus posibilidades. Viene a decir que es una limitación humana no recuperar la libertad una vez que se ha entregado. Nadie podría proponerse un compromiso definitivo, que acabaría siendo coactivo. Todo hombre tiene derecho a recomenzar. De manera que, por ejemplo, la opción por sólo una mujer sería limitadora, ya que sobreviviría sacrificando las posibilidades excluidas: arrastraría un empobrecimiento, una pérdida de contactos.

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Entre los muchos autores que han hablado de la fidelidad, tengo sobre mi mesa tres que, además de describir bien ese fenómeno antropológico, cuadran entre sí: son G. Marcel, O. F. Bollnow y R. Guardini. Me esforzaré en ordenar los rasgos fundamentales que manifiesta la fidelidad y su ejercicio.

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La fidelidad como expresión de libertad plena

Pero, ¿es así el ser humano: tan leve, tan evanescente, tan materialmente frágil? ¿Acaso no muestra, cuando quiere, actitudes incondicionales, definitivas? Y si estas ocurren de hecho, es que son posibles realmente. Decía el dicho latino: “De actu ad posse valet illatio”, que significa: “se puede concluir que una cosa tiene posibilidad real cuando experimentamos la actualidad de ella, el hecho de su existir”.

Para no equivocarnos: ¿qué quiere decir incondicional y definitivo? Acerquémonos a un auténtico acto de amor. Decir “te quiero” es ya “elegir una persona entre otras”, comprometer la libertad por alguien. Pero es ésa una elección chocante.

Ciertamente a diario la vida nos impone una elección entre términos. Pero no todos los términos son de igual rango. Pues, de un lado, hay términos indiferentes, meras cosas, como cuando nos dan a elegir entre peras o manzanas: nos da lo mismo, y la relación del sujeto ante esos objetos indiferentes no excita las energías profundas del alma, ni compromete. Limitar la libertad a ese acto de elección es sencillamente no saber lo que es la libertad. Y, de otro lado, hay términos no-indiferentes, absolutos, que no son meras cosas, sino personas; en este caso, la elección recae sobre la más alta y digna entidad que solicitamos para nuestra realización: la persona; ella es la que tiene carácter absoluto, espiritual, incondicional. Sólo ante ese término absoluto la libertad es capaz de entrega total. En este punto reside lo más sustantivo de la libertad.

Y eso es lo que le ocurre al amor. Porque también amar es elegir, lo cual compromete la libertad. En primer lugar, toda elección es exclusiva, ya se trate de meras cosas o de personas: escoger una es dejar fuera otra que no se ha elegido. Pero, en segundo lugar, no toda elección exclusiva es definitiva: porque podemos cambiar de idea, u orientarnos en otra dirección. Pues bien, la elección del amor, además de exclusiva, es definitiva: es un compromiso irrevocable de mi libertad. No se elige una cosa, sino una persona. Amar es decir al otro “tú eres el único”, te escojo y, con ello, renuncio para siempre a lo demás. Aunque la palabra “renuncia” no es aquí exacta. Porque cuando se escoge lo mejor, la marginación de lo inferior no es una renuncia, sino una afirmación de la importancia de lo mejor. Escoger lo mejor no es una limitación, sino un ensanchamiento, la creación de un ámbito que sirve para mi realización y para la realización del otro. Dicho de otra manera, el amor o es  exclusivo y definitivo o no es amor (a la persona). Y la actitud de mantener hacia el otro un amor exclusivo y definitivo se llama fidelidad.

El universo del amor tiene sólo dos polos incondicionados que son personas. Por eso, el ejercicio del amor tiene una suficiencia intrínseca, no impuesta ni por la sociedad ni por un legislador, sino por la esencia misma de las personas implicadas.

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Lo que no es fidelidad

En primer lugar, fidelidad no es la mera disposición natural, temperamental, que una persona tiene hacia otra: algo así como el comportamiento natural de un perro fiel. Muchos nacen con un carácter natural que se amolda al modo de ser de otras personas. Y eso podría ser positivo. Pero muchas veces es negativo, pues degenera en estrechez y terquedad.  La fidelidad no es mero temperamento natural, ni costumbre, ni resistencia atrincherada en hábitos sociales. He oído decir con ironía que la fidelidad de muchos hombres se basa en la pereza y la fidelidad de muchas mujeres en la costumbre: en ambos casos, eso no es fidelidad. La costumbre es la repetición de una conducta involuntaria; la fidelidad procede de una  voluntad que se fija libremente en el otro para el futuro.  No es rígida, ni anula la libertad del otro: su carácter dinámico posibilita el crecimiento de ambos polos del amor.

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Lo que es fidelidad

Primero, la fidelidad no es mera disposición natural, sino la actuación original de un sujeto, que se traduce, por ejemplo, en la firmeza de decisión respecto a otra persona o respecto a una causa elegida. Así hablamos de las fidelidades que ocurren en las épocas “doradas”, donde se dan cita lo caballeresco y el honor. Pero, más allá de épocas históricas, que son rígidas a veces en las relaciones sociales, la fidelidad es siempre fidelidad a la “dignidad” del otro. La fidelidad es el esfuerzo de un alma noble para igualarse a otra tan grande como ella.

Segundo, esa actuación original no es evanescente, pues conlleva una constante actitud o fuerza creativa que supera el tiempo. Porque no es una mera exigencia de la vitalidad humana, sino de la intimidad personal. De ahí los dos aspectos de la fidelidad: uno, prospectivo, a saber, la fijación del hombre para el futuro; otro, retrospectivo, es decir, ligazón  actual por algo que ocurrió en el pasado, la palabra dada. Ser fiel consiste en permanecer firme a pesar de los daños y peligros que pueden presentarse. Fidelidad es siempre “eterna” (fiel hasta la muerte). No es una formalidad social, ni una asiduidad en la repetición de gestos y formulismos sociales. Es cierto que a veces se dice del empleado y del funcionario que son fieles a su oficio. O de los amigos, que son fieles a sus relaciones. Pero sobre todo, se dice de los que se unen por el amor: porque sólo por el amor se vincula el hombre con el futuro, relacionándose con otra persona de manera incondicional e invariable. Incluso en todos los ámbitos sociales vale decir que sólo el que manda con amor es servido con fidelidad.

Tercero, esa actuación original se constituye como una obligación consigo mismo, una responsabilidad firme con la palabra dada. En el fondo, ser fiel a otra persona es también ser fiel a sí mismo, a su propia palabra, para crecer en su mismidad.

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La “totalidad” de la fidelidad: exterior e interior

No cabe una fidelidad “a trozos” o “por partes”. Brota de la unidad de un ser humano y cala en la unidad de otro ser humano.

Así como una proposición falsa no responde a las exigencias de la verdad, tampoco la infidelidad  responde a las exigencias del amor; es un afecto psicológica y ontológicamente defectuoso, imperfecto: no plenifica, ni al que lo da, ni al que lo recibe.

La fidelidad, por exigir totalidad, ha de ser tanto exterior como interior, de la misma manera que en la totalidad de la persona conviven cuerpo y alma. En realidad, el amor compromete cuerpo y alma. Por eso, la unidad del amor ha de ser interna y externa.

En el caso de novios y cónyuges, hay un error de apreciación al respecto, bajo la extendida idea de que se puede salvar la fidelidad interior practicando la infidelidad exterior (un modo de traicionar, por ejemplo, a la esposa). Se equivoca quien dice que su corazón “está intacto”, creyendo que en la aventura erótica sólo se compromete el cuerpo.

En realidad, la infidelidad es originariamente un error antropológico y ontológico, sostenido en su base por un dualismo (platónico o cartesiano) de alma y cuerpo: por un lado el cuerpo; por otro lado, el alma, sin integración posible. La infidelidad arriesga el sentido unitario del hombre (cuerpo y alma), dejando la sexualidad vacía de todo contenido humano, no pudiendo fluir como entrega, pues no se da algo de la carne sin dejar algo del alma. Una vez que la infidelidad rompe la comunidad existencial u ontológica de alma y cuerpo, rompe también la comunidad de vida y la comunidad de amor. La vida del hogar, la relación interpersonal, se basa entonces en una falacia: se está viviendo en desamor.

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Restañar la totalidad

Ahora bien, porque el ser humano es finito o limitado y no abarca de golpe todos sus objetivos, alguna vez podría restarle puntos a la fidelidad; y ello de dos maneras: o por debilidad, o por mala fe. La debilidad es un error accidental, por el que nadie merece ser castigado de por vida (aunque quizás se le deba exigir expiación). Cuando es por  debilidad, puede restablecerse la totalidad mediante el perdón; pero el perdón se otorga al otro por amor, no por justicia. La misma ley del amor rige la fidelidad. Mas cuando se es infiel por mala fe y uno se entrega a todas las libertades sexuales contando con el perdón del otro –la mala fe es el hábito decidido y continuo de la infidelidad–, entonces se quiebra el amor y toda posibilidad de recomposición. En el fondo la infidelidad es una traición, un modo de abandonar al otro, de no ayudarle cuando lo necesita, siendo así que tiene derecho a ello, por haber confiado en la palabra que se le ha dado.

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La fidelidad es constructiva

En realidad la infidelidad es destructiva: dilapida el patrimonio del amor, que es la  autenticidad. Impide que se miren cara a cara un “yo” y otro “yo”. Se miran entonces un “yo” y una “apariencia de yo”. Queda falseada así la relación interpersonal; y la persona infiel se mueve como un equilibrista en el filo de una doble vida. No me refiero solamente a la infidelidad externa o meramente erótica, sino a la infidelidad de la mente. A la infidelidad mental concurren la imaginación, la memoria y la inteligencia. A veces puede sentirse repugnancia por realizar la infidelidad externa y carnal, pero no la  mental: maquinando aventuras que no se vivirán jamás, pero con las cuales se sueña mucho, dormido o despierto. Esta infidelidad rompe en el hombre la unidad ontológica (cuerpo-alma) y la unidad psicológica (corazón-espíritu); y provoca con ello un alto porcentaje de neurosis, constituidas por la mezcla imposible de fidelidad exterior y de infidelidad interior, además de la conflictualidad psicológica con el otro. Cuando a veces se grita “no me comprendes” es que  ya se ha hecho imposible comprender: pues no se vive un mundo unívoco y claro. Se vive en dos mundos: uno visible para el amado, mas otro invisible. Gritar “no me comprendes” es un síntoma hiriente, cuando uno ha puesto toda su aplicación e ilusión en comprender.

La infidelidad trae consigo el fracaso existencial, pues nadie puede duplicar en dos frentes su existencia única. Y ese fracaso, a su vez, provoca angustia constante, insatisfacción, autodesprecio, falta de paz interior y exterior (en la casa, en el trabajo, entre los amigos).

Por el contrario la fidelidad es constructiva: y aunque es una fuerza que supera el tiempo, no tiene la dureza de la roca, sino que es vivamente creadora, y permite atravesar la existencia sin vacilar, sin desfallecer, construyendo el futuro del amor. Las divergencias personales, las diferencias de carácter, lejos de ser un obstáculo o algo negativo, son estímulos positivos, verdaderas ocasiones para poner en marcha el ingenioso dinamismo de la fidelidad. Las personas crecen y muestran en su discurrir temporal aspectos que antes no afloraban. No es eso motivo para asustarse, sino para recibir de nuevo al otro.

Por otra parte, romper la unidad del amor es romper el hogar, el espacio de amor en que los hijos tienen el derecho de crecer y educarse. El hogar es un ámbito espacial de amor, que presta seguridad y equilibrio personal. El amor al hijo y el amor al cónyuge forman unidad. Quien dice amar al hijo, mientras es infiel al cónyuge, tiene la doble condición de falaz y de expoliador: falaz, porque representa ante los hijos una comedia del amor; expoliador, porque sustrae, quita la paz de su hogar, de los hijos que tarde o temprano asistirán impotentes al drama de la infidelidad.

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La fidelidad es el “arte de amar” (ars amandi)

Para que la fidelidad sea auténtica y constructiva es necesario, de un lado, no entregar el corazón a otra persona distinta; y, de otro lado, se requiere que la entrega sea imaginativa, artística. Porque hay dos tipos de fidelidad: la esclerotizada y la dinámica.

La esclerotizada también podría llamarse momificada, anquilosada, atrofiada, raquítica. En ella, por ejemplo, el marido o la mujer dejan dormir su corazón y, consiguientemente, están ya muy próximos a la infidelidad. Para que el esposo llene las necesidades afectivas de la esposa, es preciso que sus manifestaciones de cariño no sean meramente circunstanciales (v. gr., en el solo momento de la unión); ni estereotipadas, con frases manidas, tales como “sí cariño”, “no cariño”; ni distraídas (“¿qué decías, cielo?”), ni obligadas, expresadas como una concesión, como un acto formal de deber. Paulatinamente la esposa se sentirá ignorada, rechazada, inútil. Sin haber llenado su necesidad de ternura, la mujer intentará redescubrirse a sí misma como ser útil y foco de atención: se hallará entonces disponible, candidata a la infidelidad, a otra mirada que tome en serio su corazón.

La fidelidad dinámica, en cambio, es imaginativa, viva, diligente, enérgica. Ser fiel al amado significa, por supuesto, no traicionarlo (¡qué menos!), pero eso es insuficiente: además ha de llenar todo el corazón, ha de procurar amar al otro cada vez más, desplegando un “arte de amar”, un enamoramiento sostenido, que sea capaz de renovar el amor primero y vele por el amor logrado: para que no se apague el amor y pueda renacer a cada instante lo que nació una vez. Un arte simple, que hace brotar la ternura de manera espontanea, sin estereotipos: en la palabra, en el gesto, en la mirada. Una ternura que, en el curso del tiempo, aparece de modo gratuito, imprevisto, por sorpresa, cuando menos se lo espera. Este arte de enamorar, en el caso de los cónyuges, es una prolongación de aquel primer enamoramiento que fue directo e ingenuo y que ahora se mantiene como un arte delicado, en el que consiste también la fidelidad.

Al mantener la fidelidad fructifica en el tiempo la semilla de la eternidad, quedando protegido el amor y, con él, también el hogar, la familia.

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Acorde final: fidelidad y mismidad

La identidad personal toma su cariz psicológico en la forma de la mismidad, de un yo que crece con actitudes fundamentales.

Y así, cuando el hombre es fiel, y mantiene sus promesas, va llenando su personalidad, crece interiormente, corrobora su mismidad. Pero con la infidelidad, el hombre rompe o reblandece su mismidad. La infidelidad no es algo “pegado” a la mismidad, sino el “achicamiento” o la “supresión” de esa mismidad, pérdida de sustancia personal. Esto significa que no hay “fidelidad para lo malo”, para vaciar el anhelo natural del hombre hacia lo bueno.

En resumen, podemos indicar ya cuatro notas esenciales de la fidelidad, apuntadas por Bollnow, por Guardini y por Marcel:

  1. La fidelidad es siempre una vinculación del hombre para el futuro, de forma que la obligación contraída en el pasado se mantiene a lo largo del tiempo,  aunque cambien las circunstancias.
  2. La fidelidad es siempre una relación con otra persona concreta e incide en el más íntimo núcleo del ser humano. Sólo se puede ser fiel cuando se entra en esa relación con toda la intimidad.
  3.  La fidelidad es siempre incondicional e invariable. Por esencia es “fidelidad eterna” y no hay otra especie de fidelidad: penetra en la vida futura como un propósito incondicional. La fidelidad puede expresarse además en un juramento especial, en un voto o en una promesa libremente hecha, de modo expreso o de modo tácito.
  4. La fidelidad no se da por partes, no se puede ser más o menos fiel: o se es fiel del todo o no se es fiel. La fidelidad sólo puede ser mantenida o quebrantada; no existe término medio y de ahí procede la gravedad de la infidelidad.

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Bibliografía:

Gabriel Marcel, Journal Métaphysique (6-11-1928), París 1968.

Romano Guardini, Tugenden (cap. 7), Würzburg, 1963

Otto Friedrich  Bollnow, Wesen und Wandel del Tugenden (cap. 11), Frankfurt, 1958.

1 Comment

  1. Maravilloso. Describe estupendamente lo positivo y lo negativo…

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