Saber que no se sabe: la estudiosidad

Rembrandt (1606-1669): "Clase de anatomía".

Rembrandt (1606-1669): “Lección de anatomía”. El cuadro presenta aquello de lo que se trataba por entonces en el mundo del conocimiento anatómico, seguido por unos atentos cirujanos.

Saber que no se sabe: ¿un conocer teórico?

A la pitonisa de Delfos se le preguntó una vez: “¿Quién es el hombre más sabio de Grecia?”. Ella respondió lacónicamente: “Sócrates”. A su vez Platón, en la Apología de Sócrates, pone en boca de su genial maestro la siguiente frase:  “Este hombre cree que sabe algo, mientras que no sabe nada. Y yo, que igualmente no sé, tampoco creo saber”.

De ahí pasó a la tradición occidental la importancia del no-saber: “scio me nihil scire”, “scio me nescire” (sólo sé que no sé nada).

Puede hacerse sobre esta frase una consideración teórica; pero también otra práctica. Según la primera, el hombre conoce por conocer, por penetrar en la verdad universal y necesaria de las cosas, sin atender a nada más. Según las segunda, el hombre conoce para obrar, especialmente para obrar bien o moralmente: se trata de un conocer que no está dirigido a las cosas universales, sino a las singulares y contingentes de nuestra existencia, con las que tenemos que hacer una vida buena.

Comenzaré por la teórica. Muchos  autores  han indicado normalmente que Sócrates no quiso decir que no sabía nada de nada, sino que aquello que sabía no lo conocía con certeza cabal. Sócrates pretendía cambiar el enfoque de quienes se aferraban a su propia opinión, sin buscar argumentos más sólidos y convincentes, o sea, sin abrirse a una búsqueda inteligente y progresiva de la verdad de las cosas humanas.

Por tanto, esa frase –saber que no se sabe– indicaría el principio de un buen aprendizaje. Primero, porque empezamos a reconocer que sobre cualquier cosa no lo sabemos todo: siempre hay aspectos que se nos escapan o que, por la movilidad de lo finito, tardan en aparecer y hay que esperar pacientemente que se manifiesten. Si no se es paciente, o si uno es avasallador, suple ese hueco con el autoengaño, con la superioridad del que se cree saberlo todo: ése cataloga las cosas con los clichés de su propio interés. Así se  ahorra el esfuerzo y la sorpresa. Frente a ese actitud dominadora, sólo cabe la frase socrática: “sólo sé que no sé nada”. El que ignora que no sabe acaba engañándose a sí mismo, sin ver sus propias carencias.

Reconocer nuestros límites y enderezar la mente hacia nuevos horizontes es el principio del que quiere aprender, poniendo los errores y los fracasos al servicio de la propia experiencia abierta y llana. La frase socrática le permite ir aprendiendo teóricamente. De él deberíamos decir que ejerce un aspecto de la virtud de la “estudiosidad”. Por eso, el Diccionario de la Lengua dice que  la “inclinación y aplicación al estudio” se llama estudiosidad. 

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La estudiosidad como conocer práctico o moral

Ahora bien, si acudimos a los grandes maestros medievales, quedaremos sorprendidos de que la estudiosidad no es considerada como una mera inclinación o aplicación al estudio; sino como algo previo a ese inclinación o aplicación, pues la regula. En realidad no se refiere a un “estudio teórico” o contemplativo; sino a un estudio práctico, dirigido a la acción, para que el hombre haga una vida buena.

Según esos maestros, la estudiosidad –siguiendo la regla de la buena razón– pone prácticamente orden en el deseo de saber, cuyas ansias son ardientes y orgullosas, pues están solicitadas por el afán de conquistar una felicidad perfecta y eterna. Es cierto que nuestra última felicidad podría concretarse en conocer sin ignorancia lo infinito. Incluso la fuerza misma del alma estimula a conocer y conseguir el bien perfecto. Pero, ¿de qué modo se ha de procurar la ciencia y cuál ha de ser la que nos junta con el objeto de nuestro infinito anhelo? Aquellos maestros llegaron a decir que, una vez desatado nuestro apetito de saber de una manera desordenada,  se convertía en “lujuria del saber”, porque la inteligencia práctica, con las prisas y las ansias, acaba uniéndose con cualquier verdad, cumpliendo con ella su gusto. Y eso no nos hace buenos: pues debiendo, con orden y paciencia, abrazar la verdad última y fundamental, uno acaba abrazándose a la más provisional e insignificante.

Lo dicho es desarrollado ya por Santo Tomás de Aquino (Suma Teológica, II-II, q. 166; y q. 167); y ampliamente expuesto por sus comentaristas latinos. El Aquinate enseña que hay un doble bien en el conocimiento propio de la estudiosidad. Uno en cuanto al acto mismo de conocer, que es un bien para el hombre: en ese caso, el bien pertenece a las virtudes intelectuales, de manera que el hombre conozca la verdad, sí, pero en las cosas singulares.  Y hay otro bien que pertenece al acto de la voluntad, de manera que el hombre posea una voluntad recta para aplicar la inteligencia de un modo o de otro, a un objeto o a otro. Esto es propio de la virtud de la estudiosidad, la cual, por consiguiente, forma parte de las virtudes prácticas morales.

Saltó también esta cuestión a los libros castellanos. De estos, sólo mencionaré uno, el de Juan Eusebio Nierenberg, Las obras y los días (Madrid, 1628).

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Moderar el apetito de saber

Pues bien, el primer oficio práctico de la estudiosidad es “moderar la inquietud del apetito”, de suerte que se acostumbre a no querer alcanzar mucho de golpe, sino lo que en cada momento ayuda en el ejercicio de una vida buena. “No se ha de pretender saber todo, sino no ignorar demasiado” (Nierenberg, p. 86,1). En realidad saberlo todo de las cosas singulares y contingentes es imposible para el hombre.  Lo que la inteligencia humana puede llegar a saber es que no se sabe nada. Si de otro modo fuera, la curiosidad acabará entonteciendo al hombre, haciéndole dar largos rodeos.  De ahí que Sócrates, aun teniendo buenos conocimientos de las ciencias y de las artes, fuera calificado como el más sabio, justo porque llegó a sentar la conclusión de que no se sabe nada. Quien quiera fatigarse por saberlo todo, acabará reconociendo que nada sabe.

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Conocerse a sí mismo

Pero la estudiosidad ha de moderar también la “aplicación y conato de conocer más”. Es preciso atenerse no sólo al fin del saber práctico, sino también a su modo y a sus circunstancias de lugar y tiempo. Desviado de su fin y sazón es inútil. El saber práctico sólo es preciosa joya del alma cuando su modo y uso se atienen a lo real y no se hacen inútiles. “De cosas inútiles sólo será útil ciencia el ignorarlas” (Nierenberg, p. 86,2). Es hermosa la sabiduría práctica que rehúsa saber lo que no es menester; de modo que quien se conoce a sí mismo, poco más ha menester saber en el orden práctico o moral.

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Saber lo que importa: ni curiosidad ni negligencia

Cuando el saber práctico –saber para obrar, no sólo para entender teóricamente– va acompañado de una utilidad, normalmente se entibia. El saber, que es cosa gustosa, puede acabar trocando las obligaciones en gustos. Lo que importa es que él mismo sea de modo que importe: “muchos desean saber lo que de sí dicen, no para enmendarse, sino para vengarse”. Como he dicho, la estudiosidad no es, en sentido práctico, una virtud intelectual, sino  moral. Y el campo que con más tropiezos ha de evitar está principalmente en los “secretos ajenos”; pues no ha de querer entender las vidas de otros, en tanto que ese conocimiento sólo sirva para murmurarlos. Esa curiosidad nos es inútil y dañosa.

Hoy se ha olvidado que la curiosidad es el deseo que uno tiene de saber o averiguar lo que no le concierne: un vicio que lleva a alguien a inquirir lo que no debiera importarle. Es lo contrario de la estudiosidad. Por eso, el dechado de estudiosidad en la antigüedad fue Sócrates, un hombre extremado tanto en no querer saber lo que no importaba, como solícito de saber lo que podía aprovechar. Sócrates era un filósofo moral, un práctico de la vida buena, de la excelencia moral. Y aconsejaba a sus discípulos que no se ocuparan tanto de astrología y geometría cuanto del modo de regir y llevar una vida buena. Toda disciplina moral que desembocara en mera curiosidad, era vana.

Esa orientación práctica de la estudiosidad exigía también superar la negligencia, el descuido en saber cada uno las cosas de su oficio y deber. Si del decir al hacer va tanto trecho,  ¿cómo podrá cumplir con sus deberes quien no desea conocerlos? Muchas veces ha sido impedida esta virtud por la vergüenza, “echando a la lengua grillos para que no pregunte lo que importa” (Nierenberg, p. 87,1). El que renuncia a preguntar deja de saber:  “Y a la verdad, ignorante desahuciado es quien no pregunta” (Ib.)

En definitiva, la regla de la estudiosidad es saber todo lo que es menester para obrar bien cada uno conforme a su estado y profesión, y no inquietarse por saber más que lo que le han de exigir sus obras y modo de ejercer una vida buena.

Finalmente el conocimiento de cada uno se ha de medir con la acción. Por tanto, en este mismo cuidado de saber lo que importa, se puede pecar contra la estudiosidad, si se detiene más en saber que en obrar.

El primer cuidado de la estudiosidad es conocer para obrar bien. El segundo es ocuparse para no obrar mal.

1 Comment

  1. Lcdo. en Filosofía [pura: Sevilla etc.], ejerzo, enamorado como no podía ser menos de la ley natural (bien entendida), por decirlo de alguna manera; y pienso que no somos muchos en la misma situación ¡Cuánto nefasto fideísmo nos ahorraríamos y cómo se ampliaría el terreno común de entendimiento con muchos -o todos- si fuéramos más! -y menos los “drogadictos” a la verbositas consecuencia de la pereza.. Saludos.

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