Turner

Joseph Mallord William Turner (1775-1851) “Velocidad”. El pintor de la luz, iniciador del impresionismo. // El texto adjunto es de Juan Valera (1824-1905), “De la doctrina del progreso con relación a la doctrina cristiana”, Estudios críticos sobre literatura, política y costumbres de nuestros días. Tomo I, Madrid, Librerías de A. Durán, 1864, pp. 63-118.

Cristianismo y progresismo

Bien claramente expresé en el artículo a que nos referimos, que deseaba que el señor Castelar demostrase de una manera evidente que el cristianismo, lejos de ser contrario al progreso humano, es causa eficacísima de este progreso, que singularmente efectúan las naciones de Europa iluminadas por la luz de la fe. Al expresarme así, no ponía yo en duda la influencia benéfica del cristianismo, que ha venido a darnos el conocimiento del verdadero Dios, y a proclamar entre todas las gentes y naciones aquella ley que dice: ama a Dios sobre todas las cosas, y a tu prójimo como a ti mismo; ley en que se encierran todas las leyes y preceptos, y donde está por alta manera el germen de todo verdadero bien en este mundo y en el otro. Lo que sí ponía yo en duda era y es que este progreso de ahora esté de acuerdo con esa ley divina; y más aún, que esa ley divina nos haya sido dada con el fin de cumplir este progreso; y por último, mucho más aún, el que esa ley divina, ordenada principalmente a un fin más alto, hubiese sido para los primeros cristianos causa conocida de un progreso desconocido entonces para ellos. De aquí deducía yo que el cristianismo no era progresista, si bien el progreso y los progresistas podían ser cristianos, lo cual necesita y merece una explicación detenida.

Si por progreso hemos de entender vagamente el movimiento de la humanidad, que el mundo marcha, como se dice ahora, no habrá motivo de discusión entre el señor Castelar y yo; el cristianismo será progresista, lo serán el islamismo y el budismo, y todos seremos progresistas; cristianos, judíos, mahometanos e idólatras. ¿Quién ha de negar verdad tan evidente, ni cómo, por muy aficionado que yo fuese a sostener paradojas, había de ponerme a sostener una tan absurda? El mundo marcha, pues, y en este sentido hay un progreso que nadie contradice. Y como nadie contradice tampoco que somos imperfectos; ni nadie, a no ser un malvado, quiere el mal de sus semejantes, todos desean, y no pocos esperan, que, en vez de ir de la imperfección en que estamos a otra más honda, nos levantemos algo hacia la perfección. En este sentido son también progresistas todos los hombres, cualquiera que sea su religión, y cualquiera que sea su política. Calomarde era progresista en este sentido. Es por consiguiente necesario determinar y definir cuáles son las principales clases que hay de progreso, porque si seguimos usando la palabra sin definirla de antemano, se refugiará nuestro discreto antagonista en la significación vaga y general de ella, y creerán los inexpertos que nos vence cuando se retira.

El progreso se puede entender (no digo que sea), de tres modos principales. El que está en armonía y es una consecuencia del cristianismo, y este es el que el Sr. Castelar sigue y defiende, según afirma; el que es contrario al cristianismo y malamente se llama progreso; y el que es ajeno al cristianismo, aunque el cristianismo no le repruebe.

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El progreso, armónico con el cristianismo

El primer modo de progreso no falta quien sostenga que se cumplió y terminó mucho tiempo hace. Anunció el Señor y anunciaron sus discípulos que la santa palabra del Evangelio se extendería por toda la tierra, y se extendió en efecto, ya que por donde quiera ha sido predicada. «Así, dice el P. Fr. Luis, se acabó de henchir la tierra del conocimiento de Cristo. Mas después, añade, creció la prosperidad, y con ella la ambición, y la envidia, y las delicias, y el avaricia, raíz de todos los pecados, y creciendo los vicios, se fue disminuyendo la fe, porque este es el principal azote con que Dios los castiga, como él mismo lo amenaza en el Apocalipsis, avisando a sus Iglesias que se enmienden y hagan penitencia, so pena que vendrá contra ellas y les quitará el candelero de su lugar. Este candelero es la lumbre de la fe». Por donde se puede conjeturar que la Iglesia se acrecentó y floreció en otros tiempos; mas que por desgracia no se acrecienta ni florece como antes en los tristes que alcanzamos; en los cuales es punto incontrovertible que en vez de acrecentarse ha venido a estrecharse considerablemente en justo castigo de los pecados de los hombres. Porque apareció primero la secta de Mahoma, la cual dio por tierra con la cristiandad, que estaba floreciente en muchas provincias y regiones de África y de Asia; y luego ocurrió el cisma, y dividió a la Iglesia griega de la latina, y Lutero y los de su parcialidad predicaron después la llamada reforma, y lograron separar del gremio de la Iglesia a varias de las más nobles e inteligentes naciones del mundo; vino, por último, la moderna filosofía, que empieza en Descartes y termina en los neohegelianos, y vinieron con ella la incredulidad, la indiferencia en materias de religión y el egoteísmo y el antiteísmo, que son las más perversas doctrinas que ha habido nunca, las cuales cundieron entre los hombres como la cizaña y como toda mala simiente: por manera que muchos en el día no son cristianos sino en el nombre y la apariencia. Y aunque todo puede esperarse de la infinita bondad de Dios, todavía no hay razón fundada para creer, sobre todo si continúan las gentes en el camino que llevan ahora, que vaya la cristiandad acrecentándose.

La doctrina de Cristo ha sido predicada y es conocida en toda la tierra, y  con esto quedan cumplidas las profecías. Si los hombres no la siguen, es porque Dios no les quita la libertad, ni los fuerza a seguirla, aunque los induce y mueve a ello con inefable y maravillosa dulzura; pero esta es cuestión altísima de la gracia y del libre albedrío en que nosotros, legos y profanos, no nos atrevemos a entrar. Baste saber que muchos conocen a Cristo, y no se vuelven a él; antes reniegan de su nombre y de su doctrina; y como siguen otras enteramente contrarias, no buscan el bien verdadero, sino un bien aparente y engañoso, y poniendo la mira y propósito en un fin limitado y mezquino, olvidan y menosprecian el único fin digno del hombre, el cual no sólo fue criado a imagen, sino también a semejanza de Dios.

Yo no he negado, ni Dios permita que niegue nunca, su providencia paternal y santísima; pero sin negarla, puedo afirmar la existencia y permanencia del mal sobre la tierra. Sabido es asimismo que, en el sentido más cristiano, más filosófico y más comprensivo a la vez, el mal no existe sino con relación al bien absoluto; porque todas las cosas, con relación a sus condiciones y naturaleza limitada, son perfectas, y no puede caber en ellas mayor perfección de la que tienen. Todas salieron de las manos mismas de Dios, que no puede hacer nada malo, y todas fueron creadas por su voluntad, que no se complace sino en lo perfecto y acabado, según su género y especie. Por lo cual, las criaturas todas están ordenadas con un orden sapientísimo, y van encaminadas a un fin no menos grande y excelente, del cual sólo columbramos lo bastante para adorar a Dios y darle gracias, y no para sustituirle y suplantarle en su providencia, cuyo complemento y justificación entenderemos en la otra vida, y no en la presente que vivimos. Y así se puede decir, sin temeridad, que es difícil, cuando no imposible, que todos los hombres se hagan unos santos y vengan a realizar en el mundo la doctrina de Cristo, y a reproducir el dechado maravilloso que en sí propio les dio Cristo, para que de él sacasen las muestras de todas las virtudes de que es capaz la naturaleza humana, ayudada de la gracia. Antes bien, se puede sostener, y yo sostengo, que distamos mucho de encaminarnos en el día a esa perfección, y que tal vez nos apartamos de ella volviendo la espalda a Cristo, que es su dechado y arquetipo. Y no se ha de presumir que hacia la consumación de los tiempos llegue ese progreso a cumplirse, porque no es posible olvidar las palabras del apóstol a Timoteo: «Has de saber, le dice, que en los postreros días sucederán tiempos peligrosos. Porque vendrán los hombres a ser muy amigos de sí mismos, codiciosos, altivos, soberbios, blasfemos, desobedientes a sus padres, desagradecidos, malvados, sin afección, sin paz, malsines, deshonestos, crueles, ajenos de toda benignidad, traidores, protervos, hinchados, y más adoradores de los deleites, que de Dios, mostrando en lo de fuera una imagen y apariencia de religión, y estando muy ajenos de ella».

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El progreso, enemigo del cristianismo

Por el contrario, el segundo modo de progreso, el que malamente se llama progreso, el que es enemigo del cristianismo, vemos que en efecto se va realizando en el día. Las malas doctrinas se han extendido considerablemente, y si nos espantan, por un lado, la inmoralidad y la irreligiosidad que encierran, no podemos menos de admirarnos también, porque también se admira lo malo, de la sutileza y profundidad de la razón humana que tan sublime Babel de errores y de absurdos ha llegado a levantar por sí sola. No se ha de decir con todo que este desventurado progreso, que viene en contra del cristianismo, sea el que nos quiere hacer pasar el Sr. Castelar, no ya como en armonía con el cristianismo, sino como una emanación, como una consecuencia de él, como el cristianismo realizado, y como el fin que los cristianos todos se propusieron y proponen.

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El progreso, ajeno al cristianismo

El tercer modo de progreso es el que hemos llamado ajeno al cristianismo; esto es, el que nada tiene que ver con la doctrina de Cristo, sino en cuanto a la intención moral con que puede hacerse. Claro está que Dios no queda inerte, ni ajeno a este progreso, porque lo esté el cristianismo. Dios que nos ha criado, y que nos conserva y mantiene, mantiene y conserva también ese progreso, que es obra inmediata nuestra y mediata suya, puesto que Dios es causa de todas las cosas. Y como el Señor nos hizo a su imagen, por donde entienden los teólogos que el alma es capaz de comprender a los demás seres y de modificarlos hasta cierto punto, el alma puede valerse de estos seres y darles nuevas formas y condiciones, y poner en ellos ciertas potencias y virtudes agradables o provechosas. Todo esto se efectúa de un modo naturalísimo, valiéndose el hombre para ello de sus facultades naturales; las cuales son tan imprescriptibles que por muy dejado que esté de la mano de Dios, las puede el hombre conservar. Y así es que hasta los mismos réprobos las conservan en el infierno, y el alma de ellos, según afirman doctos teólogos, no deja de ser imagen de Dios, aunque esté ardiendo en vivas llamas. Lo que pierde el alma es la semejanza con Dios, y la pierde por el pecado. De aquí viene a entenderse que es una aserción completamente desprovista de fundamento el tener por realización y consecuencia del cristianismo esas obras meramente humanas, y esas primorosas invenciones de nuestra época, que en gran parte constituyen lo que se llama progreso. Menos extraño sería que algún descontento de todos esos adelantos, porque también hay o puede haber quien los condene, los atribuyese a inspiración directa del demonio. Ello es lo cierto que no dimanan del cristianismo; esto es, que no tienen por origen una revelación sobrenatural. Dios nos dio facultades naturales para hacerlos, pero no nos reveló la manera y forma en que habían de hacerse, encomendando ese cuidado a la espontánea fuerza y energía del ingenio del hombre; el cual, ya sea chino, ya europeo, ya monje, ya seglar, ya protestante, ya católico, ya réprobo, ya santo, puede, en nuestro entender, haber inventado la imprenta, la brújula, la pólvora, los ferro-carriles y cualquiera otra máquina, artificio o sistema.

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Síntesis de las tres ideas de progreso

En suma, y coma deducción legítima de todo lo expuesto, creo que se puede asegurar que el primer modo de progreso no se verifica en el día: esto es, que en digno y merecido castigo de nuestras culpas, no hay ahora progreso cristiano, y que los que se verifican son el anti-cristiano, malamente llamado progreso, y el que es ajeno al cristianismo, y podemos llamar mecánico o ingenioso. Pero estos dos modos de progreso que se verifican en el mundo, el uno lejos de llevarnos al bien, nos aparta de él, y no conduce sino a la perdición de las almas, y el otro sólo nos puede llevar a un bien engañoso y efímero, porque no hemos de imaginar que en las cosas perecederas y contingentes, y tan sujetas a mudanza y decaimiento, como lo están las de esta vida, pueda cifrarse el sumo bien, en lo cual convienen con nosotros hasta los filósofos paganos.

Hechas ya estas aclaraciones, y suplicando a quien me lea que recuerde lo que dije en mi primer artículo, que publiqué el 19 con el mismo título que el que este lleva, voy a tratar de sincerarme de aquellas acusaciones del Sr. Castelar, de que no creo estar aún, con lo que llevo dicho, justificado y absuelto.

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Progreso mecánico y progreso social

En primer lugar se me dirá que además de ese progreso mecánico, que es el único bueno o indiferente, cuya existencia admito en el día, se ha de contar con el progreso que se ha realizado, se realiza o ha de realizarse en las instituciones políticas y sociales por influjo del cristianismo. En cuanto al que se ha realizado, ni le niego, ni le he negado nunca; mas por lo mismo que soy, o quiero ser buen católico, no le llamo ni debo llamar progreso, sino regeneración y redención. Quédese el llamarle progreso para el señor Augusto Comte, filósofo materialista de la extrema izquierda hegeliana. La idea de progreso implica el tránsito gradual y natural de un estado a otro; y como ya indicamos en otra parte, el cambio que produjo el cristianismo en la sociedad y en el hombre, no fue por desenvolvimiento, sino por renovación; no fue natural, sino sobrenaturalmente; no fue apoyándose en la vida anterior, sino en un principio más alto que nuestro propio ser y nuestra propia vida. Considerar el cristianismo como un progreso vale tanto como tenerle por una invención humana. Llegada la humanidad, dicen los que tal piensan, a un nuevo período de desarrollo, dio de sí el cristianismo, como los árboles dan el fruto. Para no caer en error tan espantoso, llamo yo al cristianismo regeneración y redención. Veamos ahora de qué manera podrá entenderse que el cristianismo es causa de progreso.

No pudo ser causa conocida de progreso para los primeros cristianos; esto es, los primeros cristianos no pudieron ser progresistas, porque el progreso es uno de esos modernos e ingeniosos descubrimientos de que hemos hablado ya, y que no se conocían entonces; por manera, que mal se podía ver en el cristianismo la causa de un efecto desconocido. Como en el mundo se ha escrito mucho, y yo he leído poquísimo, no me atreveré a asegurar que no hubo autor, de los primeros siglos de la Iglesia, que hablase de que progresamos, en el sentido que esto se entiende ahora. Pero sí aseguraré que la creencia más vulgar, y más difundida y acreditada, era entonces, y ha sido mucho después enteramente contraria, sin que los que tal pensaban y creían, dejasen por ello de ser buenos, y aun mejores cristianos que nosotros. ¿Cuántas veces los cristianos no han tenido por muy inmediata el profetizado fin del mundo? Y esto se ha creído y temido no sólo en la Edad Media, cuando tal espanto se apoderó de las naciones, creyendo que se acercaban los tiempos apocalípticos, sino muy recientemente, y hasta el año pasado, como sucedió entre pueblos, o más cándidos que el nuestro, o más vivos de imaginación; por ejemplo, en Alemania.

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Sobre la palabra progreso

¿Qué idea ha habido de progreso hasta el tiempo de los enciclopedistas? ¿Antes era acaso verdad conocida que progresábamos? ¿No era, por el contrario, error popular, y muy arraigado, que el mundo estaba viejo? Feijóo ¿no le combatió en España, y en otros países otros autores? Aun en el siglo pasado, ¿se tuvo por ventura una idea exacta del progreso? ¿En qué diccionario castellano o francés, o de cualquiera otra lengua, se hallaba el sustantivo progreso, o su equivalente, en la acepción que tiene ahora? El verbo progresar, ¿no es tan neologismo, que cualquier purista, aun ahora, se desdeñaría de emplearle? Y si la palabra no existía, ¿era por otra razón sino porque no existía la idea? Voltaire, en el siglo pasado, se contentaba con creer, que vivía en un tiempo luminosísimo; mas ponía en la Edad Media las tinieblas palpables, de suerte que no entendía el progreso. Rousseau juzgaba que la verdadera felicidad y la perfección estaban en la vida selvática; y Helvetius decía que l’esprit des lois era de l’esprit sur les lois, porque Montesquieu había entrevisto, en las instituciones, leyes y costumbres de los pueblos de la Edad Media, algo de razonable, y hasta si se quiere, de progresivo. Bailly y Salverte inventaron, por último, sistemas enteramente contrarios a la doctrina del progreso. De donde se deduce que esta doctrina es hija legítima de la época en que vivimos, y que Pelletan intituló, con sobrada razón, el elocuente libro en que la explica, Profesión de fe del siglo XIX. No podía, por consiguiente, el cristianismo haber sido para los cristianos causa conocida de un progreso, de un efecto que no conocían. ¿Fue, empero, el cristianismo causa recóndita y misteriosa de este progreso, recientemente puesto en claro?

Cuestión es esta sutilísima y complicadísima, y para resolverla sería menester escribir libros enteros, no ya un artículo de periódico. Yo no trataré, por lo tanto, de aclarar, distinguir ni resolver aquí circunstanciadamente todos los términos de la cuestión, la cual toma diferentes aspectos y se decide de diferentes modos, según el punto desde donde se mira. Pero confiado en la inteligencia y buena fe de los lectores, y depuesto el recelo de que no me entiendan, o finjan no entenderme, para echarme en cara opiniones e ideas que no son las que yo presento y defiendo, voy a tocar ligeramente, y por estilo conciso, los principales modos que hay de responder a la cuestión: modos que todos concuerdan, a mi ver, en una idea más alta, la cual más fácilmente se concibe que se expresa. Tal al menos me lo parece a mí, que, si alguna virtud sintética tengo en el entendimiento, confieso con humildad que no tengo ninguna en la palabra.

Desde luego, si consideramos el cristianismo como un gran hecho histórico de inmensa trascendencia, no podemos menos de creer que ha ejercido y ejerce un influjo proporcionado a su trascendencia y a su grandeza; influjo que, mientras fuere inmediato, será excelente y benéfico, porque no desvirtuará ni perderá su origen y carácter divinos: influjo que, cuando fuere mediato, esto es, modificado y combinado con otros principios, pasiones e ideas de origen humano, podrá desnaturalizarse y torcerse, y producir el mal. En este mal, sin embargo, no verán el verdadero cristiano, ni el hombre de juicio, aunque no lo sea, el influjo directo y responsable del cristianismo, y todo lo atribuirán a la malicia y flaqueza del hombre. La penitencia que hace Teodosio es una consecuencia inmediata del cristianismo. El cristianismo prescribe una ley moral, y la sanciona con una pena. Teodosio infringe la ley, y recibe y acepta el castigo. Aquí la consecuencia es tan inmediata, tan clara, tan patente, que la malicia humana no ha podido torcerla y corromperla, y la luz y la bondad del cristianismo resplandecen santa y suavemente en este hecho. El establecimiento de la Inquisición, las matanzas del día de San Bartolomé, y hasta si se quiere, la Revolución Francesa, son para algunos una consecuencia mediata del cristianismo, ya que, sin presuponer el cristianismo como hecho histórico, no podrían explicarla. Mas del principio santo y divino sacó aquí la razón humana una consecuencia dañada y perversa, y la responsabilidad de esta consecuencia no está en manera alguna en el principio, sino en la serie de deducciones por donde ha venido a caer el entendimiento en consecuencia tan espantosa y absurda.

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Dos influencias del cristianismo: la inmediata y la mediata

Bien se nota, por poco que se reflexione, que la influencia inmediata no es progresiva, y que sólo la mediata lo es. Al decir que la inmediata no es progresiva, no queremos decir que existiese en un tiempo, y que no exista ahora. Esta es permanente en nosotros, es obra milagrosa y sobrenatural de la gracia, es don del Espíritu Santo, es lumbrera eterna que ilumina nuestras almas, y que ilumina las sociedades donde la religión subsiste, las sociedades que no han vuelto las espaldas a Nuestro Señor Jesucristo, y que no han renegado de su santo nombre y doctrina. ¿Pero qué sujeción a una ley progresiva puede haber en esa gracia, en ese resplandor celestial, en esa energía para el bien que nos hace semejantes a Dios? ¿Acaso el Espíritu Santo reparte ahora sus dones con más abundancia que los repartía cuando los apóstoles andaban por el mundo, cuando llenaban las soledades multitud de piadosos anacoretas, cuando hubo tantos mártires, vírgenes y confesores gloriosísimos?

En la influencia mediata sí cabe progreso; pero tal vez se progresará alejándose del principio para llegar a las consecuencias extremas. Tal vez llegaremos hasta el último punto que esa luz del cielo alumbra con sus fulgores, y queriendo ir aún más adelante, perderemos de vista esa luz, y caeremos en las tinieblas. Por eso es prudente decir que de las consecuencias, buenas o malas, que podamos sacar de la religión, es responsable la razón humana. Si son buenas, la religión, que nos hace semejantes a Dios, que nos une a él, que nos da su gloria, nada tiene que envidiar a la razón por ese vano, pequeño y efímero triunfo. Y si las consecuencias y deducciones son malas, o de incierta bondad, ¿por qué ha de ser el cristianismo responsable de ellas? Doctrinas, leyes, instituciones y costumbres hay ahora en el mundo que se combaten unas a otras, que forman diferentes partidos, y cuya bondad o malicia distan mucho de estar demostradas. Así es que, si las considerásemos como consecuencias lógicas y exactas del cristianismo, le identificaríamos con ellas, pondríamos en tela de juicio su bondad o su malicia, y le haríamos asunto de nuestras frívolas disputas.

Donoso-Cortés creía que la teocracia, que la incapacidad de la razón y su incompetencia para decidir las cuestiones más importantes, que el derramamiento de sangre humana, que el transformar en sacerdocio el oficio de verdugo y en altar el patíbulo, y que la obediencia pasiva de los pueblos, y el poder real limitado sólo por la penitencia que pudiera imponer un San Ambrosio, eran todas consecuencias legítimas del cristianismo. Yo, aunque impar congressus Achilli, aunque débil para luchar con aquel monstruo de ingenio y de elocuencia, traté, sin embargo, de refutar sus errores. ¿Cómo, pues, si he de ser imparcial y consecuente conmigo mismo, no condenar una doctrina que procede por el mismo orden que la del Sr. Donoso, aunque viene a parar a término distinto? ¿Cómo deducir de la religión de Cristo, y creer que por ella ha de realizarse en el mundo el sufragio universal y la milicia ciudadana; la reclamación de todo derecho, cuando la perfección cristiana está en la devoción y el sacrificio; y los opíparos milagros de la economía social, cuando el cristianismo predica la pobreza y la abstinencia?

Pero se me dirá que además de esa influencia inmediata y permanente de la inspiración, y además de esa influencia por medio de deducciones y raciocinios, hay otra influencia que es la que constituye el progreso legítimo, bueno e infalible. El cristianismo, se me dirá, se ha apoderado de la voluntad, ha compenetrado los entendimientos y se ha infiltrado en todas las ideas, fecundándolas y poniendo en ellas un germen, que debe desenvolverse y crecer, florecer y fructificar de un modo alto y soberanamente benéfico en las instituciones, en la vida, en las costumbres, en las ciencias y en el arte.

Y esta idea cristiana, que lo vivifica y fecunda todo, no sólo se desenvuelve entre los pueblos católicos, sino que se ha unido tan estrecha e íntimamente a la humanidad, y la ha transformado por tal arte, que aunque la humanidad reniegue de Cristo, no por eso se marchitará y agostará aquel germen en sus entrañas; el cual, ya que no dé frutos dignos del cielo, podrá, independientemente de la gracia, y por virtud propia y especialísima de la misma idea, producir bienes, limitados sí, pero inconcebibles e inexplicables sin presuponer el cristianismo.

Don Juan Valera, a los 40 años de edad

Don Juan Valera, a los 40 años de edad

De esta suerte sí debe creerse que el cristianismo ha sido causa de progreso: mas antes de afirmarlo decidida y terminantemente, y antes de decir cómo es este progreso, y por qué orden y forma se ha ido realizando en la tierra, conviene hacer del asunto un detenido y concienzudo estudio en un artículo aparte. Su grandeza así lo requiere.

Cfr. http://www.cervantesvirtual.com/portales/juan_valera/autor_biografia/