Max Ginsburg (1931-): Piedad en la guerra.

Max Ginsburg (1931-): Piedad en la guerra.

La violación del derecho y la guerra

La guerra es un modo expresivo de la fragilidad humana, pues, según la tradición judeocristiana, no existía en el estado de inocencia: es uno de los desórdenes más graves introducidos en la humanidad.

Entre las razones suficientes que inducen a emprender acciones bélicas hay una, la injuria al honor, ya señalada por Tucídides entre otras dos: “el temor y el interés”. O sea, no siempre la búsqueda del poder tiene su aguijón en el miedo o en la consecución de la seguridad o de ventajas materiales, porque hay otra razón igualmente desencadenante: “un prestigio mayor, respeto, deferencia, en resumen, honor”.

En los maestros del Siglo de Oro se aceptó claramente la doctrina de que la “gloria” del príncipe, su “fama” o su “honor” pueden ser puestos en balanza para justificar la guerra misma. Lo decisivo es que la “iniuria” al honor es la violación clara de un derecho.

En realidad, cuando un Maestro del Siglo de Oro se pregunta por los títulos de guerra –o la causa fundamental para declarar lícitamente la guerra– señala inmediatamente la “iniuria”, la violación de un derecho –una injusticia hecha y no reparada–. Es lo que sustancialmente había enseñado ya San Agustín, el referente intelectual más alto que, con Santo Tomás, se tenía entonces para afrontar moralmente el problema de la guerra.

En los círculos intelectuales españoles del siglo XVI se vivió con gran intensidad el problema del decisivo título de guerra, debido a dos hechos fundamentales: de un lado, el descubrimiento y la conquista de América, asunto que planteaba el problema moral de la licitud de la conquista y de la guerra contra los indios; de otro lado, el rompimiento de la unidad de la cristiandad europea por causa de la rebelión protestante, hecho que hacía muy difícil organizar un sistema de defensa colectiva, aflorando el peligro de la guerra internacional. Vitoria piensa estas razones en tiempos de Carlos V (†1558); Molina en los tiempos de Felipe II (†1598); y Suárez también en la época de Felipe III (†1621).

La “iniuria” viene a ser un género que admite varias especies. Así, por ejemplo Molina añade que hay al menos siete contenidos concretos envueltos en la “iniuria”; y uno de ellos es la “contumelia”, una ofensa pública al Príncipe o al Estado. Pero Molina no explica más sobre esta concreta causa de guerra.

A su vez, Suárez se pregunta por los títulos que legitiman una guerra, y señala tres especies de injurias que pueden mover a una guerra justa: Primera, cuando un príncipe se apodera de las propiedades de otro. Segunda, cuando sin causa razonable niega los derechos comunes internacionales. Tercera, cuando hay una grave injuria en la reputación o el honor” (Suárez, De bello, 1584)

En realidad, la introducción epocal de la ofensa al “honor” como título de guerra significa, en la España del Siglo de Oro, el desplazamiento de la contumelia al deshonor supragrupal.

Para entender ese tercer título de guerra, hay que remontarse a toda una época esplendorosa: la de los Austrias mayores: Carlos V, Felipe II y Felipe III. En esa época ocurrieron cosas prodigiosas… Y también en esa época pensó y escribió Suárez las obras en que habla de la guerra: De legibus, Defensio fidei, De bello.

La argumentación suareciana sobre injurias al honor como título de guerra está justificada por el hecho de que el honor surge del profundo deseo humano de “reconocimiento”, vigente y actuante en todas las épocas del mundo y en todos los seres humanos de todos los tiempos. Así lo había indicado ya Luis de Molina en su tratado De iustitia et iure: “El honor es la manifestación [de algo] que se le hace a una persona en testimonio y reconocimiento de sus valores o de una excelencia suya (recognitionem boni seu excellentiae illius)”[1].

Ciertamente desde que el hombre sale del seno materno siente la necesidad incoercible de ser reconocido por los otros como un sujeto con cierto valor positivo. Nadie anhela ser reconocido como algo simplemente negativo, sin algún valor, siquiera el valor de la existencia misma.

Aunque los filósofos de todos los tiempos han hablado de esa humana voluntad de reconocimiento, existen varios intentos modernos de sistematizar ese concepto. Así lo hizo Fichte en su obra sobre el „derecho natural“[2]. Teniendo en cuenta esta exposición fichteana hizo Hegel una briosa reconstrucción teórica[3] en sus llamados „escritos de juventud“, elaborados en Jena: en ellos se inicia un sistema especulativo en cuyo centro se encuentra el concepto de reconocimiento (Anerkennung). Bajo las pautas de aquel joven Hegel se despertó en Europa, tras la segunda guerra mundial, un interés filosófico referido a la necesidad del reconocimiento para la formación de la autoconciencia, bajo la convicción de que nadie puede llegar por sí mismo a ese alto grado de desarrollo.  Sólo en el encuentro mutuo de las conciencias se consigue lo que Hegel llama „movimiento de reconocimiento“ (Bewegung der Anerkennung), „dialéctica del reconocimiento“ (Dialek­tik der Anerkennung); movimiento y dialéctica que lleva en su base la „lucha por el reco­nocimiento“ (Kampf um Anerkennung), en cuyo esfuerzo ve Hegel lo específico del hombre. También en su Fenomenología del espíritu[4] escribe Hegel un espléndido capí­tulo sobre el reconocimiento, bajo la dialéctica del señor y el esclavo (Herrschaft und Knechtschaft), para explicar la „sustantividad e insustantividad de la autoconciencia“ (Selbständigkeit und Unselbst­ändigkeit des Selbstbewusstsein). Sobre este análisis edificaría luego Karl Marx un modelo económico de lucha de clases; Jacques Lacan un modelo psicoanalítico; la Escuela de Frankfurt, un modelo de filosofía social, en la forma de una teoría crítica de la sociedad[5].

Como es obvio, no puedo entrar en la fronda de doctrinas actuales sobre el recono­cimiento. Si he nombrado algunas es para llamar la atención sobre un hecho importante, a saber: que en el deseo de reconocimiento no sólo hay afirmación existen­cial, sino aprobación esencial de valores propios (recognitio boni et excellentiae, como decía Luis de Molina). Y es eso lo que se quiso expresar en el Siglo de Oro bajo el deseo de honor.

Tras esta introducción, me propongo explicar que el deseo de honor no es un afán de sobresalir por encima de los demás, sino simple­mente la voluntad de que los demás reconozcan al sujeto como depositario de valores que él mismo debe desplegar. Una buena descripción del honor está en los dramas de honor de Lope, de Calderón, de Tirso, representados antaño con aplauso en las “corralas” de las principales ciudades españolas.

Expondré brevemente el núcleo de esa descripción del honor, expresada en la poética dramática del Siglo de Oro.

*

Comunidad y sociedad

El honor tiene dos aspectos: de una parte, afecta al interior de nuestra personalidad; un agravio al honor es como una lesión a lo más propio e intransferible del individuo. El sonrojo en que se manifiesta la sensación del agraviado, se diría que trasluce una sangrante herida íntima.

Pero, por otra parte, el honor viene de los otros: el honor nos aparece, a un tiempo, como exigencia interna y como consagración social, pues la honra consiste en el reconocimiento que otros otorgan o tributan. De un lado, el honor es una dimensión íntima, un “patrimonio del alma”. De otro lado, el honor tiene un aspecto externo, social[6]. Así lo expresaba bellamente Lope:

Honra es aquella que consiste en otro.
Ningún hombre es honrado por sí mismo,
que del otro recibe la honra un hombre…
Ser virtuoso un hombre y tener méritos
no es ser honrado… De donde es cierto,
que la honra está en otro y no en él mismo»

            (Lope de Vega: Los comendadores de Córdoba.)

Cuando la vida del individuo está entroncada en la vida de la comunidad, en orgánica compenetración, el sentirse repudiado por ella es como ser amputado del cuerpo y privado de la savia del propio ser.

Dicho esto, me interesa indicar los principales rasgos que destacan en el honor, tal como aparecían en el ámbito de la familia y de la sociedad.

*

El honor y la vida

Cuando el honor es el nexo de nuestra vida con la vida intragrupal, la vida de la comunidad familiar y ciudadana, o sea, cuando la propia vida sólo se estima valiosa en la propia comunidad, puede pensarse que el honor está realmente por sobre la vida. Y así se pensó desde muy antiguo en España.

Honor, según las Partidas, es loor, reverencia o consideración que el hombre gana por su virtud o buenos hechos. Mas aunque la honra se gana con actos propios, depende de actos ajenos, de la estimación y fama que otorgan los demás. Así es que se pierde igualmente por actos ajenos, cuando cualquiera retira su consideración y respeto a otro: por eso, una bofetada, un mentís, deshonran si no se desagravian, y la deshonra es lo mismo que la muerte. Claramente dicen las Partidas: «el infamado, aunque no haya culpa, muerto es cuanto al bien y a la honra de este mundo.» (Partida 2ª, título 13, ley 4ª)

Esta manera de sentir era fundamental. La deshonra se iguala con la muerte; la honra se equipara a la vida. «Mi vida es el honor mío», dice don Bela en La Virgen del Sagrario, de Calderón.

Por ejemplo, con la venganza el hombre reparaba su honor, volvía a la vida, bajo los principios sociales en que su honor se fundaba. El ultraje al honor había de ser vengado.

Pero no quisiera dar la impresión, con todo lo dicho hasta ahora acerca del honor, que el honor español es sanguinario, fiero y brutal, más lleno de prejuicios sociales que de principios morales.  No. Porque como decía Lope, “el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo de Dios”.

No obstante, quiero destacar que en el mismo Siglo de Oro se vive un conflicto profundo entre la moral cristiana del perdón y las exigencias a veces homicidas del honor.

Esto significa que, atendiendo a este desplazamiento que hace el honor desde las vigencias sociales externas a la virtud interior del hombre, me vea urgido a continuación a señalar la virtud como el fundamento mismo del honor. En tal sentido voy a comentar algunos puntos.

El honor que está basado en la virtud expresa la nobleza del hombre. De manera que donde puede haber virtud podrá haber nobleza. Por eso, para destacar el honor de los hidalgos, Lope de Vega se complace en referirse al primer padre, Adán:

 Y esto de las hidalguías
bien sabéis que es invención,
porque los linajes son
las mudanzas de los días.
Lo que cierto se averigua
es que todos descendemos
de Adán; mirad si tenemos
sangre igual y sangre antigua.
Probadme vos que nacistes
antes que Adán, y seréis
hidalgo.

             Lope de Vega, Los hidalgos del aldea

Cuando Alonso de Ojeda desembarcó en las Antillas, en 1509, pudo haber dicho a los indios que los hidalgos españoles eran de una raza supe­rior. Pero lo que les dijo textualmente fue esto: “Dios Nuestro Señor, que es único y eterno, creó el cielo y la tierra y un hombre y una mujer, de los cuales vosotros, yo y todos los hombres que han sido y serán en el mundo, descendemos”. Y es verdad que los abusos fueron muchos y grandes, pero ninguna le­gislación colonial extranjera es comparable a nuestras leyes de Indias. Por ellas se prohibió la esclavitud y se proclamó la libertad de los indios.

La mera ascendencia noble no arguye nobleza, sino obligación de ser noble, y, a lo más, un crédito de confianza: se espera un noble comporta­miento de quien tal ascendiente tiene. La nobleza no da derechos, sino obli­gaciones. Decía Lope:

Referir de mis pasados
los soberanos blasones,
tantos vencidos pendones
y castillos conquistados,
pudiera; pero señor,
ya por ellos merecieron
honor; y si ellos sirvieron
no merezco yo su honor.

Lope de Vega La Estrella de Sevilla ( Jornada primera):

La virtud se prueba por las obras, como por los frutos se conoce el ár­bol. Por consiguiente, cada cual es hijo de sus obras. Así lo reconoce Don Quijote, dirigiéndose a Sancho: “Repara, hermano Sancho, que nadie es más que otro, si no hace más que otro”.

Las obras consisten en la acción esforzada, no en el resultado ni en el éxito. Quizás por este argumento, Cervantes proclamó la falta de nobleza y honor que hay en dejarse seducir por el éxito, en ponerse –sin más motivo– de parte del vencedor. Exclama Don Quijote contra su Escudero: “Bien parece, Sancho, que eres villano, y de aquellos que dicen ¡Viva quien vence!”.

Para entender esta abnegada actitud del humanismo español, conviene recordar que “en el impulso prodigioso de los siglos XVI y XVII España lucha en toda Europa, surca todos los mares, crea nuevos pueblos en Amé­rica, erige ciu­dades, multiplica creaciones de cultura, política y arte. Pero el conjunto de los acontecimientos, el proceso general histórico, se va mos­trando adverso a las posiciones españolas. Los hidalgos padecen más que nadie los reveses de la fortuna hispánica: unos se quedan sin misión o ser­vicio; otros se arruinan o destrozan en las innumerables guerras; estirpes enteras se consumen en los campos de Flandes o en las tierras inexploradas de América”. Hasta cierto punto son opuestos el honor y el éxito.

Es conmovedor acercarse a la obra de Calderón titulada Saber del bien y del mal, donde dos damas (Laura e Hipólita) hablan de un personaje que aparece herido y maltrecho y cuya personalidad se ignora. Laura opina que debe ser un noble, y al preguntarle Hipólita por qué lo cree así responde:

             ……Lo primero
en verle tan desdichado:
pues ya parece que el hado
niega, cruel y severo,
la ventura a la nobleza,
porque efectos no se ven
adonde opuestas no estén
fortuna y naturaleza;
de donde tan recibido
este argumento ha quedado,
que vale: ¿Este, es desgraciado?
Sí, luego éste es bien nacido.

       Calderón, Saber del bien y del mal

El honor animoso no saca su fuerza de la carne y la sangre, sino de la luz del espíritu, como el habla y el credo. Por eso, la España del Siglo de Oro está compuesta de hombres de las razas blanca, negra, cobriza y muchas más; sería absurdo buscar sus características por los métodos de la etnografía.

El honor hispánico es animoso y valiente, hasta fanfarrón a veces, pero puesto al servicio de lo auténticamente cristiano.

Sobre el sentido de ese “honor animoso” quiero referirme a una obra tea­tral del sevillano Juan de la Cueva, llamada El Saco de Roma, escrita a fi­nales del siglo XVI. En la Jornada III de esta obra una vez ocu­rrido el saqueo de Roma, el General Fili­berto hace traer a su presencia dos soldados, un español católico y un ale­mán luterano que habían peleado juntos contra las tropas del Papa, pero que luego riñeron en un desafío por lo que voy a contar. El soldado español re­lata su indignación por el comportamiento de los soldados alemanes lutera­nos, de esta manera:

Sucedió que andando en esto
una gran casa encontré.
Y estando dudando así,
oí decir: ¿luteranos,
en Dios ponéis vuestras manos?
¡el cielo nos hunde aquí!

Yo, que iba a entrar, a este punto
este traidor que salía.
Y una monja que traía
asida y con ella junto,
como me vio diferente
en el hábito y postura,
me dijo en tal desventura:

Español, séme clemente,
que este fiero luterano
y otros de su mal ejemplo
este convento y su templo
han metido a saco mano.

   Las monjas traen arrastrando,
robando los ornamentos,
quemando los sacramentos,
y contra Dios blasfemando.

    En oyendo la razón
de la monja maltratada,
arremetí con mi espada,
ardiendo en ciega pasión.

   Y viendo aqueste traidor
mi determinado intento,
la monja soltó al momento
por resistir mi furor.

Pongo punto final a este relato, no sin antes advertir que el honor español, como acabamos de ver, estaba inmediatamente unido a la virtud y al ideal religioso, en su sentido más elevado.

Sin embargo es preciso que pasemos de la metáfora a lo real, y del símbolo lo simbolizado, a lo concreto. Porque, a pesar de la cáscara histórica de aquella actitud belicosa, el caballero del siglo XVI nos ofrece una lección de nobleza, de brioso carácter, suficiente para realizar el ideal religioso que da dignidad al honor reflejado en los hombres del Siglo de Oro. Y eso es lo sustantivo: pues el honor debe aban­donar la obce­cación guerrera, para seguir manteniendo sus arrestos y su energía.

 

6º. El honor intragrupal sólo cede ante el rey. En el Siglo de Oro, todos los móviles humanos debían subordinarse al honor personal y social, pero ese honor sólo cedía ante la persona del rey.

Este fenómeno fue advertido por Santo Tomás de Aquino. Recibe Santo Tomás una objeción que dice que en el honor se muestra reverencia en testimonio de virtud; pero ocurre que a veces hay superiores que no son virtuosos; por tanto, no se les debería honrar. A esta objeción contesta Santo Tomás que los superiores no se honran por su virtud propia: lo que se honra realmente es la excelencia de su dignidad; lo que se honra en ellos es a la comunidad íntegra, tota communitas (II-II q103). (p. 135).

Esta subordinación de la dignidad individual al bien común, que terminantemente nos comprueba el carácter social del sentimiento del honor, se explica bien en La locura por la honra, (de Lope) cuando el marido que, en nombre del honor, mató a la adúltera, perdona la vida, en nombre de la patria, al otro culpable, que era un príncipe, heredero del trono:

más vale, aunque caballero
soy de tan alto valor,
que yo viva sin honor
que Francia sin heredero.

*

El honor de la nación y del soberano

Y paso ahora a determinar la tesis de Suárez sobre la injuria al honor de la nación y del soberano como título de guerra, según lo explica en la disertación XIII Sobre la caridad.

Dice Suárez: “La infamia es la disminución injusta de un estado de reconocimiento, hecha sobre alguien por la opinión pública injusta”. (Suárez, De censuris, d48 sc.1. n.1). El honor patrio, en este caso, es afectado por la injuria.

En este momento la injuria intragrupal al honor se desplaza a la injuria supragrupal al honor. Ha aparecido un nuevo concepto, una nueva manera de encarar los asuntos políticos, a saber, ha nacido la opinión pública, un concepto decididamente moderno.

Quien desee conocer la vivencia que un español del Siglo de Oro siente ante la planetización de España, oiga la arenga que el Jesuita Pedro de Rivadeneira lanza a los soldados de la llamada Armada Invencible:

“El mundo se gobierna por la opinión, y más las cosas de guerra; con ella se sustentan los imperios mientras ella está en pie, ellos están; y cayendo ella, caen; y con la reputación muchas veces se acaban más cosas que con las armas y con los ejércitos. Y los Reyes y Príncipes poderosos de ninguna cosa deben ser más celosos después de hacer lo que deben a Dios y a sus reinos, en ninguna más vigilantes y solícitos, que en ganar, conservar y acrecentar esta opinión, y que todo el mundo sepa, que ni ellos quieren hacer agravios, ni consentir que nadie se los haga a ellos. Porque perdiéndose esta reputación se pierde mucho; y una vez perdida, con dificultad se vuelve a recobrar. Todo el mundo teme nuestro poder, y aborrece nuestra grandeza; tenemos muchos enemigos descubiertos y muchos más encubiertos y amigos fingidos; los descubiertos, faltando la reputación, tomarán ánimos para acometernos, y los encubiertos para descubrirse y publicar lo que tienen encerrado en sus pechos»

*

El honor nacional

El honor es ahora la relación social entre Estados. Suárez se refiere al derecho que un Estado tiene a que se respeten sus instituciones, sus leyes y costumbres como parte integrante de la vida de un pueblo; el derecho a defender su religión verdadera, sus tesoros, sus bienes comerciales, culturales y artísticos que forman el patrimonio nacional. Así lo creían los teólogos del siglo XVI.

Por lo tanto, la causa suprema a que debe subordinarse el poder de la guerra es el honor nacional. Un pueblo no puede quedar impasible ante el honor ultrajado. Es lo que enseña Suárez. El honor es el valor supremo de la persona física; también de esa persona moral que es el Estado. Todos los teólogos lo admitían. El catedrático de Coimbra lo ha elevado a derecho público como título de guerra justa, fórmula viva en la conciencia nacional del pueblo. Ante el honor, los demás bienes naturales no tienen importancia; y lo que no puede evitarse sin gran infamia y deshonra moralmente es inevitable, porque todos los Estados tienen derecho a su fama.

El concepto y formas de honor han quedado analizados en su libro Sobre las censuras eclesiásticas y el Tratado sobre las leyes.

El prestigio de que goza un Estado en la comunidad de pueblos por sus actos y dignidad personal, constituye la fama. La opinión pública es su elemento esencial. El derecho a este estado de opinión pública positiva es exigido por el honor.

En el cuadro de Velázquez llamado de “Las lanzas” o “La rendición de Breda” se expresa el final de una guerra que se ha producido esgrimiendo uno de los títulos de guerra, el de propiedad, pero no el título del honor. Por lo tanto, tanto el general rendido (Nassau) como el general victorioso (Spínola) tienen a salvo su honor. Se llegó a una capitulación honrosa que el ejército español reconoció como tal, admirando en su enemigo la valentía de los asediados en Breda.  Por esta razón permitió que la guarnición saliera formada en orden militar, con sus banderas al frente, como se puede comprobar en el cuadro. Los vencidos fueron respetados y tratados con dignidad. En el cuadro no hay vanagloria. Justino de Nassau aparece con las llaves de Breda en la mano y hace ademán de arrodillarse, lo cual es impedido por Spínola que pone una mano sobre su hombro y le impide humillarse.

Todos tienen derecho a que su prestigio internacional se respete, porque es necesario para la convivencia social. El atentado, pues, contra esta reputación es la mayor injuria que se puede inferir a la persona. Cuando a un pueblo se le difama o se le calumnia y pierde su prestigio en la opinión pública; cuando se le desprecia, posterga o se le pospone a Estados menos dignos, se dice que su honor ha sido ultrajado.

La exposición que acabo de hacer se atiene a un ambiente, a una conciencia nacional, a una dimensión hispánica. Si el honor era la más grande ofensa que podía recibir el hidalgo del siglo XVI, también la mancha en la dignidad de la Patria puede ser vengada con las armas, dice Suárez.

Este honor nacional estaba tan exaltado en el español del siglo XVI, que el Nuncio de Roma en Madrid afirmaba en su instrucción de 1581 que por ello eran odiados los españoles en el extranjero.

Así, el tratado sobre la guerra en Francisco Suárez es, entre otras cosas, la justificación de la hazaña española en defensa del honor.

 *

Hispanidad como coyuntura política

Pensemos en el siglo XVI. Por entonces el Papa era, de un lado, un Prín­cipe político, gobernando un  Estado con amplios territorios propios; de otro lado, también era el Príncipe espiritual de la Cristiandad. Lo político y lo espiritual eran en Roma indiscernibles. Para el mundo europeo, toda actua­ción de Roma quedaba cargada de equívocos.

Por lo que a la Península Ibérica se refiere, a la muerte de los Reyes Ca­tólicos España se convierte en el bastión europeo de la Catolicidad; pero sus relaciones con Roma son ambiguas.

España se decide a ser el intérprete auténtico de la Romanidad espiritual. Más papista que el Papa, España no tolera que ningún príncipe europeo pueda llamarse católico por excelencia; y si alguna vez Roma se dirige a un príncipe europeo para pedirle ayuda, España protesta airadamente.

La política de Carlos V fue un duelo sangriento con Francisco I de Fran­cia, desoyendo las voces de Roma. Incluso un duelo contra Roma, como se demuestra en el saqueo que hicieron sus tropas.

Después, la política de Felipe II se centra contra la Inglaterra creada por el cisma. Se veía en Inglaterra el mayor enemigo de la cristiandad y, por lo tanto, de España; pero en ese orden.

Felipe II estaba íntimamente convencido de que sólo la religión puede conservar la unidad y la paz. Sólo en el catolicismo podía establecerse la unidad de Europa. Por eso se erige en el salvador de la cristiandad, el brazo derecho de la iglesia, de la Roma espiritual, el hombre providencial contra los enemigos que venían de la Europa atea. Acaba creyendo que la Cristian­dad era el Estado Español.

La identificación de Hispanidad y Catolicidad es decisivo en aquella po­lítica de Felipe II. La guerra se hace por razón de Estado cristianizado. El triunfo de la catolicidad es también el triunfo de España. El catolicismo para el español del siglo XVI estaba confinado al territorio de España o a sus aliados unidos por lazos de dinastía. Hasta Francia era la enemiga peligrosa del Cristianismo. Felipe se creía, él sólo, el brazo del Omnipotente.

Felipe II ejerció una verda­dera jurisdicción sobre la influencia de Roma en España: prohibía bulas y breves que desatendieran los altos intereses del Estado. Todo atentado contra la Monar­quía era un ataque contra la misma Fe.

España luchaba por la cristiandad, pero interpreta­da sólo por los teólogos españoles. Si dogmáticamente, espiritualmente, de­pendía de Roma, disciplinariamente el clero se sentía más dependiente de la Corte de Madrid que de la curia pontificia.

Por eso, Roma mantuvo una firme política de acercamiento a España, cuya época más amistosa fue la de Felipe III, el Rey Piadoso, quien dio un giro notable a la política española, poniendo la Hispanidad al servicio de la Romanidad: Bajo su reinado la Monarquía Hispánica alcanzó su mayor hege­monía imperial y su mayor expansión territorial, consecuencia denomi­nada como Pax Hispánica. Aquella anterior tentación de nacionalismo religioso en España quedó sólo en amago.

Aceptada una jerarquía de valores, se exige el sacrificio de todos los valores materiales y aun espirituales en aras del honor.

Suárez, en su teoría de guerra, ha sentado el principio justificante de esta política que debía salvar el honor, aunque tuviera que arruinar su existencia. Los que atentan, auxilian, favorecen, cooperan a la injuria, pueden ser vengados por las armas.

A nadie se le oculta el peligro que supone este concepto en la teoría de la guerra. Por varias razones: primero, porque uno podrá explotar siempre la causa de su honor ultrajado, de su reputación calumniada. Segundo, porque el principio puede llevar a una depravación humanitaria: un pueblo puede ser fanatizado por los resortes de la propaganda; es posible crear una superexcitación nacional y llegar hasta el convencimiento sincero de que peligra el honor del Estado. Tercero, porque las masas dominadas por minorías demagógicas pueden ser arrastradas a nacionalismos histéricos, dispuestos siempre a crear nuevas causas de guerra.

 

  1. Pero la injuria al honor como título de guerra sufre con Suárez una segunda vuelta de tuerca, dirigiéndola no ya al honor del Estado, sino al honor del Soberano.

De modo que al final resulta que el honor de la nación es sobre todo el honor del Soberano. Primero, porque el soberano es persona pública y la encarnación del Estado; ya que es cabeza del cuerpo político. Segundo, por su dignidad, la vida del Soberano es preferible a todos los bienes externos y de fortuna. Tercero, el Soberano representa a Dios de un modo especial. Cuarto, el Soberano tiene cierta administración suprema sobre todos los bienes y aun la vida de sus súbditos; puede, pues, exponerlos a peligro grave de su vida y hacienda, porque la vida de los ciudadanos pertenece más al Estado que a ellos mismos; pero sólo en cuanto es necesario para el bien general.

El deslizamiento del honor del Estado al honor del Soberano estuvo presente en la filosofía política española. Pero esta segunda vuelta de tuerca en materia de honor público, abre en realidad las puertas a una consagración práctica del bien particular del Soberano. El Rey podría obligar a una guerra para defender sus derechos personales; exponer el bien de uno de sus Estados para lograr, por ejemplo, el derecho a la sucesión a otro Reino, cosa que ocurrió con Felipe II en el caso de la anexión de Portugal a la corona Española.

De hecho, los castellanos protestaron varias veces porque se les oprimía con nuevos tributos para subvenir a empresas muy alejadas de España: la primera protesta la protagonizaron los Comuneros levantándose contra Carlos I[7]. Pero más tarde protestaron los castellanos ante Felipe II, cuando éste exigía más tributos para la conquista de Portugal.

Termino: a los pies de los Comuneros, a los pies del honor español, pongo fin a esta página. Recordando que de esos posibles abusos habían avisado ya grandes maestros de la Escuela de Salamanca; y Suárez los  reconoce y explicita. Todos ellos vienen a decir que cuando un soberano oprime injusta­mente a su pueblo ha perdido la justificación de su poder, no existe una autoridad injusta, sino que la misma potestad ha dejado de existir, se ha convertido en tirano. Ya no hay honor. Y ante la tiranía todo pueblo tiene derecho a rebelarse, a recobrar su honor. El derecho a la rebeldía es una limitación política a los intentos belicistas privados del Soberano. Cuando es clara la motivación política basada en el bien privado del Soberano, los súbditos  tienen derecho a pedir ayuda a otros Estados para que sancionen con la guerra toda opresión injusta.

Tiranía es un asalto injusto al poder, hecho por un Soberano: se trata del ejercicio egoísta de un poder que sacrifica el bien común por el privado y condena a un pueblo a la opresión en aras del interés personal. Sólo en el bien común se salva el honor de un pueblo. Así lo había subrayado Luis de Molina un poco antes que Suárez, con una fuerza inusitada: “Si un rey quiere asumir facultades que no le han sido concedidas, podrá la república resistirle como a tirano en cuanto a esa parte usurpada de su poder, del mismo modo que podría oponerse a un extraño que intentase causarle injuria”. (Luis de Molina, De Iustitia et Iure. I, Cuenca, 1593, col. 176-178).

Mirando a los primeros pensadores de la Escuela de Salamanca, a Vitoria principal­mente, recuerda Suárez que “ninguna potestad política procede inmediatamente de Dios (Nullus principatus politicus est immediate a Deo). Y que, por tanto, según el orden natural de las cosas, ningún rey o monarca tiene ni ha tenido inmediatamente de Dios el principado político, sino mediante la voluntad y la institución humanas (sed mediante humana voluntate et institutione)”.

El pueblo, los hombres que hacen la comunidad, son los depositarios inmediatos del poder. El honor, en definitiva, se le debe al pueblo. Y del pueblo precisamente, y no del Soberano, podría haber dicho Suárez, bajo esa limitación política del poder, lo mismo que decían del Cid aquellos que le veían pasar camino del destierro, proscrito por el despotismo de un rey: ¡Dios, que buen vasallo, si hubiese buen señor!

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[1] “Honor est exhibitio alicui rei alicuius velut in testimonium ac recognitionem boni seu excellentiae illius”. De iustitia et iure, Cuenca 1593 ss., Tomo V (Tractatus IV De iustitia conmutativa circa bona honoris et famae, disput. 1, n. 1).

[2]     Johann Gottlieb Fichte, Grundlage des Naturrechts, Gabler, Jena und Leipzig, 1796.

[3]     Andreas Wildt, Autonomie und Anerkennung: Hegels Moralitätskritik im Lichte seiner Fichte-Rezeption, Klett-Cotta, Stuttgart, 1982.

[4]     Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Phänomenologie des Geistes, Göbhard, Bamberg und Würzburg, 1807.

[5]     Cfr. Axel Honneth, Kampf um Anerkennung. Zur moralischen Grammatik sozialer Konflikte, Suhrkamp, Frankfurt am Main, 1992. Seyla Benhabib, Kulturelle Vielfalt und demokratische Gleichheit. Politische Partizipation im Zeitalter der Globalisierung, Fischer, Frankfurt am Main, 2000. Ludwig Siep: Anerkennung als Prinzip der praktischen Philosophie: Untersuchungen zu Hegels Jenaer Philosophie des Geistes, Freiburg 1975. Peter Sitzer und Christine Wiezorek, „Anerkennung“, en: Wilhelm Heitmeyer und Peter Imbusch (Hrsg.): Integrationspotenziale einer modernen Gesellschaft. VS-Verlag, Wiesbaden 2005, p. 101–132.

[6]     Alfonso García Valdecasas: El hidalgo y el honor,  Revista de Occidente, Madrid, 2ª ed. 1957.

[7]    Entre 1520 y 1522 las comunidades surgidas de la unión de villas y ciudades castellanas reaccionaron contra las pretensiones absolutistas de Carlos I, alzándose en defensa y sostén de las libertades municipales.  El 24 de abril de 1522, sin proceso alguno, los jefes comuneros son condenados a muerte.

De madrugada, son decapitados Juan Bravo y Juan de Padilla. Antes de subir al cadalso, Juan de Padilla se dirigió a su camarada Juan Bravo con unas célebres palabras que la tradición ha transmitido hasta nuestros días: “Señor Bravo: ayer era día de pelear como caballero…hoy es día de morir como cristiano”. Ante esto, Juan Bravo pidió ser ejecutado antes que Padilla, “…para no ver la muerte de tan buen caballero”. [Horas más tarde, también fue ejecutado y decapitado el salmantino Francisco Maldonado. Cada 23 de abril se conmemora la batalla de Villalar].