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Antonio de Pereda (1611-1678): “Vanidad”. Un ángel domina la composición, mirando directamente al espectador y señalando un globo terráqueo, junto a un suntuoso reloj que hace referencia al devenir imparable del tiempo. En la derecha del cuadro, una mesa ostenta las vanidades mundanas; en la izquierda, otra mesa muestra los despojos del mundo y el triunfo de la muerte. Este artista barroco pinta el desengaño de la vida.

Se oye hablar con mucha frecuencia de la “obsolescencia programada”. De modo general, la obsolescencia se entiende como la caducidad, el deterioro funcional de máquinas y tecnologías.

Mi padre compró en 1965 un frigorífico, que duró en casa hasta el año pasado: funcionó 50 años, y eso porque no tuvimos cuidado de preservarlo de humedades y oxidaciones. Este hecho es impensable en la actualidad.

Me explicaba un ingeniero, que hoy salen al mercado frigoríficos cuya obsolescencia está programada: a los 10 años de funcionamiento han envejecido sus componentes, aunque los vendan bajo el eslogan de resistentes y duraderos. Es más, sólo si incorporan ese efecto, los comerciantes se atreven a venderlos para llenar prontamente sus cajas registradoras. O sea, la obsolescencia ‒el envejecimiento‒ no acontece ya de una manera natural, sino artificial, programada. Dentro del artefacto hay una intención latente de carácter técnico y económico. Allí dentro está la inteligencia del hombre, como lo está en las televisiones, en los frigoríficos, en los automóviles.

Pero no debemos asombrarnos ante este fenómeno. También el ser humano tiene en su interior una “intención obsolescente”, programada en su propia naturaleza. La misma fe religiosa en la “resurrección de los cuerpos” lleva implícita la seguridad de que si del cuerpo hay resurrección es porque antes sufrirá la muerte, o sea, contiene una obsolescencia programada. Este fenómeno humano ha sido llamado con otro nombre: “historicidad”.

Implacable historicidad que Séneca sintetizó en el célebre tópico “Quotidie morimur”[1]: Nada más nacer, empezamos a morir. Esta indicación de Séneca tuvo gran resonancia en el Siglo de Oro; la encontramos por ejemplo, y entre otros muchos, en Juan de Horozco y en Francisco de Quevedo. Horozco entendía la vida humana en sus Emblemas morales, como cera que se derrite: “Pues como vela ardiendo se deshace // comenzando a morir desde que nace”[2]. La metáfora de la vela que se consume es emocionante y exacta. A su vez, Francisco de Quevedo, exclamaba: “Lo que llamáis morir es acabar de morir; y lo que llamáis nacer es empezar a morir; y lo que llamáis vivir es morir viviendo”[3]. Entre el nacimiento y la muerte construimos nuestra personalidad.

Todos estos tópicos y metáforas ‒antiguas y modernas‒ dan por supuesto que la historicidad implica la continua retención del pasado en el presente, justo para posibilitar el reconocimiento de nuestra identidad en ese pasar. Quien avanza hacia la muerte es el mismo ser que nació un día.

Del hombre ha copiado la ciencia el modo de introducir en la la máquina la forma paulatina de su acercamiento a la muerte.

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[1]     “Quotidie morimur; quotidie enim demitur aliqua pars vitae, et tunc quoque cum crescimus vita decrescit. Infantiam amisimus, deinde pueritiam, deinde adulescentiam. Usque ad hesternum quidquid transit temporis perit; hunc ipsum quem agimus diem cum morte dividimus. Quemadmodum clepsydram non extremum stilicidium exhaurit sed quidquid ante defluxit, sic ultima hora qua esse desinimus non sola mortem facit sed sola consummat; tunc ad illam pervenimus, sed diu venimus. (Epistolas morales ad Lucilium, III, 24, 20).

[2]     Juan de Horozco y Covarrubias, Emblemas morales, Segovia, Juan de la Cuesta, 1589 [Libro II, Emblema IX, fol. 17].

[3]     Sueños y discursos de verdades descubridoras de abusos, vicios y engaños en todos los oficios y estados del mundo, Sueño V: “Sueño de la muerte”. Barcelona, Valencia, Zaragoza, 1627.