Gustvo Doré: Las almas se lavan de sus recuerdos en el río Leteo, el afluente del olvido.

Gustvo Doré: Las almas se lavan de sus recuerdos en el río Lete (griego Λήθη, olvido). Platón, al final de su libro “República”, narra el mito de Er: en él cuenta que los muertos llegan a la «llanura del Lete» u olvido.

Principales teorías filosóficas de la memoria

¿Existen algunas claves que permitan enfocar, no sólo desde un punto de vista psicológico, sino también moral, los actos de memoria y olvido?

Para contextualizar metódicamente el núcleo de esta pregunta, me adelanto a mencionar las dos teorías clásicas que, a mi juicio, son las más representativas del occidente europeo acerca de  la memoria y el olvido: la del realismo ontológico y la del hiperrealismo metafísico.

Ambas teorías tienen a sus espaldas una correspondiente y venerable tradición literaria, con grandes autores.La explicación del realismo ontológico es, en el fondo, experimental: considera que la memoria es la capacidad de evocar y retener representaciones y sentimientos que se fraguaron paulatinamente en un tiempo pasado, a lo largo de la vida individual. El olvido sería la pérdida o el cese de esa retención. Sus explicaciones se construyen sobre la base de las aportaciones de la psicología, de la neurofisiología, y de otras ciencias conectadas con estas. Tal dirección explicativa se puede encontrar en la tradición aristotélica[1], muy extendida en la Edad Media y en el Siglo de Oro[2]. Su razón de ser está identificada en la relación sustancial de alma y cuerpo.

En segundo lugar está la concepción del hiperrealismo metafísico; para esta teoría, el olvido no está ligado a partes o contenidos de la experiencia humana, sino a la vida en su totalidad. Encontramos esta dirección en la tradición platónica y gnóstica: el alma humana estaría habitando el cuerpo en el modo de olvido y cautividad[3]: su forma originaria habría sido perdida por una culpa moral. El mundo y el propio cuerpo serían una terra oblivionis[4]. Así fue vista también por Plotino y por San Agustín. En algunas corrientes de la filosofía contemporánea los términos de memoria y olvido conservan un significado ligado a esa tradición metafísica; y a mi modo de ver, tal es el caso de Heidegger[5]. Este pensador ha dicho reiteradamente que Occidente ha creído hablar del ser, cuando en realidad se ha dedicado a hablar del ente. Se ha producido un “olvido del ser”[6], una desmemoria que radica en la esencia misma del ser y de la metafísica occidental.

Llegado a este punto introductorio, quiero expresar mi inclinación hacia la explicación que el realismo ontológico hace de la memoria, un realismo que compromete de una manera equilibrada la vida personal. Teoría realista que en el Siglo de Oro es seguida por los autores más conspicuos de las Escuelas de Salamanca, de Alcalá y de Coimbra, y es capaz de aglutinar, a su vez, lo más interesante de la teoría metafísica.

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Memoria y mnemotecnia

La explicación ontológica enseña dos tesis principales. Primera: que la memoria es una facultad que nos remite a las cosas en su pasado real, no a las meras representaciones o imágenes de cosas, como lo hace la fantasía, sino a las representaciones marcadas esencialmente por el pasado. Segunda tesis: memoria y olvido no nos tensan hacia el pretérito de cualquier manera, ni azarosamente, sino desde la totalidad de nuestra existencia personal.

Y a este respecto, deseo relatar una anécdota contada por Cicerón, el gran sabio estoico del siglo I antes de nuestra era. Este filósofo recuerda en varias de sus obras ‒como Poética, De finibus, De oratore‒ que el famoso orador griego Simónides, creador de la mnemotecnia (o técnica de memorizar), se dirigió a Temístocles (528-459), fundador de las fuerzas navales atenienses, y le prometió que le enseñaría el arte de retener cosas en la memoria, para que con esta ayuda pudiera acordarse de todo (ut omnia meminisset). Pero Temístocles le respondíó que no necesitaba ningún arte de la memoria, ars memoriae, porque en vez de acordarse de todo lo posible, prefería aprender a olvidar lo que no quería recordar (o sea, prefería aprender el arte de olvidar, ars oblivionis)[7].

Este apunte estoico es importante. En la anécdota que narra Cicerón, se pone de relieve la dificultad que encierra un posible ars oblivionis, dificultad mayor que la habida en el ars memoriae. La pregunta fundamental sería: ¿se podría aplicar a estas dos dimensiones psicológicas, además de un arte técnico ‒si lo hubiera‒, también un arte moral, o sea, una actividad propia de la razón práctica y moral, tanto para recordar como para olvidar?

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Memoria, olvido y razón práctica

Explico mi pregunta. Como es sabido, Aristóteles distinguía claramente entre razón práctico-técnica y razón práctico-moral, entre tékne y phrónesis: la primera se aplicaba a producir cosas bien hechas, como artefactos; la segunda a realizar obras buenas internas, las que construyen nuestra personalidad y nos hacen moralmente íntegros, en tanto que el hombre camina orientado a valores de distinto tipo, especialmente éticos. ¿Puede descartarse que tanto la memoria como el olvido sean susceptibles de acoger también un arte moral?

La presencia de lo moral en este asunto fue reconocida, por ejemplo, enel siglo XVII por Baltasar Gracián, quien en su Oráculo manual y arte de prudencia comenta la citada respuesta de Temístocles. Dice Gracián: “Saber olvidar, más es dicha que arte. Las cosas que son más para olvidadas son las más acordadas [sensatas]. No sólo es villana la memoria para faltar cuando más fue menester, pero necia [esa memoria] para acudir cuando no convendría: [la memoria] en lo que ha de dar pena es prolija, y en lo que había de dar gusto es descuidada. Consiste a veces el remedio del mal en olvidarlo, y olvídase el remedio”[8]. Según Gracián, es a veces un buen signo de salud mental que el olvido se someta a la decisión personal y moral de mantenerlo. O si queremos decirlo de otro modo: si bien el olvido es un hecho normal de la vida psicológica, no es siempre un  fenómeno necesariamente negativo[9]. No es el reverso de la memoria, sino una contrapartida positiva de la vida personal y, por tanto, de la memoria misma; es una operación constructiva; pues, como apunta Gracián, es preferible olvidar lo malo y lo que nos ha mortificado. La psicología profunda ha explicado muy bien que existe un impulso de olvidar, que se presenta, por ejemplo, en el freno psicológico que imponemos a un recuerdo doloroso o contrario al orden presente de la conciencia.

No sólo la presencia de un mal, sino la misma pérdida de un bien querido es sentida como un mal. ¿Qué ocurre si dentro de nuestra conciencia queda resonando una y otra vez el recuerdo de acciones dolorosas?  ¿No exclamaríamos con Lope de Vega: “Ya no quiero memoria, sino olvido”? Así se lamentaba el protagonista de “El castigo sin venganza”[10].  Porque desde un punto de vista natural, guardar en la memoria cosas innobles provoca más tristeza que alegría. Si lo recordado es algo aciago y doloroso, mejor es olvidarlo, para no vivir con el fardo de una angustia inútil. Incluso podría decirse que “el olvido es una forma de libertad”. A eso se refería Lope de Vega, en el verso referido, dentro de la siguiente estrofa:

Déjame, pensamiento.
No más, no más, memoria,
que mi pasada gloria
conviertes en tormento,
y de este sentimiento
ya no quiero memoria, sino olvido;
que son de un bien perdido.

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Ley personal de memoria y olvido

Hasta aquí he apuntado brevemente la distinción entre la teoría ontológica experimental y la teoría metafísica; y además he indicado la posibilidad de que los actos psicológicos naturales de recordar y olvidar incluyan mordientes morales. Porque si es cierto que el hecho de recordar u olvidar algo puede hacerme feliz, no por eso me hace más verdadero. Todo depende del valor que esté guiando y dando sentido a mi vida.

Por eso, a partir de ahora me iré adentrando en lo que llamaré “ley personal de memoria y olvido”. A mi modo de ver, memoria y olvido son actos subjetivos susceptibles de integrarse en la realización de los valores elegidos o preferidos por el hombre. El tipo de integración dependerá de la clase de valores que activen la subjetividad personal. Este tipo de integración fue estudiado ya por los grandes tratadistas medievales y renacentistas bajo el prisma del bonum humanum[11], del bien personal, regido por valores o principios morales que nos permiten orientar nuestro comportamiento para realizarnos como personas: nos invitan a preferir, apreciar y elegir unas cosas en lugar de otras, o un comportamiento en lugar de otro, para olvidar el que ha sido postergado y recordar el preferido. Los valores superiores nos hacen llamadas estéticas o éticas o religiosas.

Pero dependiendo de la altura y de la atracción que ejerce el valor sobre nuestro centro personal, memoria y olvido toman sesgos de actuación distinta, desde la excitación al apaciguamiento, desde la invasión hasta el abandono.

Voy a poner un ejemplo de actuación invasiva de una memoria que no responde ya a una intencionalidad real dentro de la vida personal. Fue estudiado por los Comentaristas áureoseculares en el tratado De actibus humanis, bajo tres preguntas capitales: Primera, ¿podemos querer lo peor? Segunda, ¿podemos querer lo irreal? Tercera, ¿podemos querer lo imposible? A las tres dieron respuesta positiva Vitoria, Medina, Poinsot, Salas, Vázquez, Zumel, entre otros muchos. En todas esas preguntas gravita la posibilidad de que el hombre pueda quedar seducido por su propio pasado, aunque éste hubiera encerrado lo peor, lo irreal y lo imposible. Querer gozar del pasado en tanto que sólo está en la memoria, o sea, en una intención retrospectiva, sería caminar hacia un fin que nunca será logrado realmente. A través del recuerdo, la acumulación del pasado en el presente provoca que el placer tenido en aquel entonces se pueda convertir –por su persistencia intencio­nal en la memoria y porque el sujeto lo desea–, en imagen idealizada de un mundo mejor y más amable.

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La memoria de paraísos perdidos

Quizás por eso decía Proust que los verdaderos paraísos son los “paraísos perdidos”. Es cierto que, en cuando “perdidos” ya no existen, salvo en el recuerdo. Para poder gozar de ellos ten­dríamos que proceder a una retracción memorativa e instalarnos intencionalmente en un lugar y en un tiempo ya inexistente, a sabiendas de que nuestra realidad actual y personal no ofrece las posibilidades reales de un salto retráctil en el vacío. La situa­ción psicológica vivida en esa evocación se llama “nostalgia” (del griego νόστος, regreso): pena de verse ausente de algo que­rido que se perdió.

El recuerdo del placer pasado hizo que Jorque Manrique (1440-1479) escribiera unas desconsoladas “Coplas por la muerte de su padre”, reconociendo Cuán presto se va el placer, / cómo, después de acordado, / da dolor; / cómo, a nuestro parescer, / cualquiera tiempo pasado / fue mejor.

El poeta no dice que el tiempo pasado “fue” mejor, sino que “parece” mejor. Él sabe que cualquier placer finito –sea cual fuere el tiempo en que surge– está sometido a la fugacidad. Pero cuando no hay otros valores en la memoria, la mera insistencia recordativa en un pasado feliz es sólo un falso “con­suelo” de la caducidad. En tal caso, el supuesto “consuelo” psicológico no es una verdadera solda­dura vital del presente con el pasado. No responde a una ley personal. Y abre la herida funesta de la melancolía (μελαγχολία, bilis negra), que va un paso más allá de Manrique, tomando los gozos pasados como una realidad viva que perdura y se afirma en el tejido de nuestra alma, según lo describiera Proust en su obra En busca del tiempo perdido, bajo el lema de que “los verdaderos paraísos son los paraísos perdidos”.

Esa actitud de eterno retorno, que busca lo que existió, no consigue un pasado propiamente dicho: es un acto de la fantasía, no de la memoria, pues acontece en una imaginada región construida con elementos coagulados, enquistados en el fondo del alma, que ya no tienen nada que ver con la realidad del tiempo. Por lo tanto, lo figurado no provocaría la experiencia del espíritu por sí mismo, sino la apariencia de una imagen conden­sada de un tiempo feliz ya perdido, temps perdu, que ahora parece ser la sustancia del alma, y a la que Proust llama “la vrai vie”, la vida verdadera. Pero no: no hay allí paraísos perdidos, sino dones disipados, irreconocibles, irrecordables (irrecordabĭles) como diría Séneca.

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Epílogo platónico, de amor y memoria

Un platónico habría señalado que en su momento habrá de comparecer en la vida del hombre la Hora última -llamada Arctros-; y una vez vencido el blanco día, el alma se lavará sus recuerdos en el agua desmemoriada, mientras la sombra la lleva hacia la otra vida, quedando el cuerpo humano aquí, en la orilla del río del olvido (Lete). Pero aun así, en el polvo de ese cuerpo, que fue sustento de un alma enamorada, quedarán las pavesas recordativas del amor. Así lo refirió Quevedo:

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;

¡Mas no, de esotra parte en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía!
¡Nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa!

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas, que humor a tanto fuego han dado,
medulas, que han gloriosamente ardido:

¡Su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado!

Es éste uno de los poemas de amor que mejor han sido valorados en la literatura. En él han dejado su rúbrica apasionada tantos críticos, amantes, jóvenes y viejos que no han sabido decir de otra manera lo que en su corazón ardía: ellos podrán morir, pero no su amor.

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[1]     Aristóteles, De Mem. 453a.

[2]     El propio Aristóteles distinguía dos niveles: la memoria y la rememoración (peri Mnèmes kai Anamnèseos), o sea, tanto el simple recordar natural y espontáneo como la reminiscencia  que es guiada por un proceso de inferencia o esfuerzo intencionado para llegar al pasado. En esta explicación, el ars memoriae, la mnemotecnia, aprovecha las asociaciones mentales y el poder evocativo de las imágenes, como después diré.

[3]     Platón, Fedro 248c.

[4]    En el caso del hombre, nacer es surgir en el olvido; y vivir es incesantemente recordar los destellos de la vida que ya tuvo lugar[4]. Estas explicaciones no están interesadas en las contribuciones que provienen de campos específicos de la ciencia, y se vuelven con agrado a la comprensión mítica o metafísica. El conocer mismo es aquí una forma de recordar, por cuanto la memoria platónica no deriva de los sentidos: es un reconocimiento de esencias universales.  Recuperar la quebrantada sabiduría originaria es, por imperativo moral, asunto del saber. La profundidad del ser estaría disimulada entre las cosas del mundo, que son sus símbolos. Recordar es, en cierto modo, trascender este símbolo y descifrar lo invisible. Por eso, quien domina el ars memoriae no es un técnico de cosas simples y útiles, sino un taumaturgo que deja ver la trama metafísica de lo real, la vía hacia la profundidad del ser.

[5]     Dice en su Carta sobre el humanismo que la cuestión de la verdad del ser ha sido “olvidada” en la metafísica. Martin Heidegger, Brief über den Humanismus (1947), Gesamtausgabe IX, Klostermann, Frankfurt am Main 1976, pp. 313-364.

[6]     Que los pensadores hayan hablado de manera tan profusa del ente es un signo o indicio del olvido del ser. Lo que se ha olvidado, dice Heidegger, es la diferencia entre el ser y el ente. Porque el ser, mientras aparece en el ente, se esconde en cuanto tal. La historia misma es un juego de desvelación y ocultamiento y, sobre todo, de olvido. El problema es que el olvido no es consecuencia de una negligencia del pensamiento, algo inmoral, sino que es algo propio del ser, entra en la esencia del ser mismo hacerse olvidar. Por lo que el pensar mismo, el saber, es una continua y esforzada memoria del ser (Das Wissen ist das Gedächnis des Seins.  M. Heidegger, Holzwege (1935-1946), Gesamtausgabe VIII, Klostermann, Frankfurt am Main, 2007, 322.

[7]     “Iam illud quale tandem est, bona praeterita non effluere sapienti, mala meminisse non oportere? Primum in nostrane potestate est quid meminerimus? Themistocles quidem, cum ei Simonides an quis alius artem memoriae polliceretur, «oblivionis» inquit mallem; nam memini etiam quae nolo, oblivisci non possum quae volo”. (Marco Tulio Cicerón, De finibus, II, 34, 104) El mismo lance en: Poetica, 21. De oratore, I 34, II 74.

[8]      Baltasar Gracián, Oráculo manual y arte de prudencia (nº 262), Huesca, Juan Nogués, 1647.

[9]     G. Gusdorf, Mémoire et personne, PUF, París (1950), 2ª 1993, p. 309.

[10]    Lope de Vega. El castigo sin venganza, 1631, Primer acto.

[11]    Más modernamente Max Scheler, Nicolai Hartmann y Dietrich von Hildebrand ‒entre otros‒ no hablaron ya del bonum humanum, pero sí de valores. Para nuestro caso, basta con esta nota.