Caravaggio: Joven tocando el laúd. Este pintor, aprovechando la técnica del claroscuro, creó una nueva forma de naturalismo, con figuras tomadas de la observación física. Fue el maestro del uso de luces y sombras.

Caravaggio (1571-1610): Una joven tocando el laúd. Este pintor, aprovechando la técnica del claroscuro, creó una nueva forma de naturalismo, con figuras tomadas de la observación física. Fue el maestro del uso de luces y sombras; en este caso, aplicadas al donaire de una dulce y grácil joven.

La palabra “donaire” viene del latín donarĭum, y éste a su vez de donāre, dar; significa la discreción y gracia en lo que se dice, por ejemplo, un chiste o dicho gracioso y agudo. Del donaire verbal pasó a significar el donaire corporal, o sea, la gallardía, gentileza, soltura y agilidad airosa de cuerpo para andar, danzar, etc.  La expresión verbal y la expresión corporal son los sujetos ontológicos del donaire. El donaire tiene un punto de extralimitación, de trascendencia antropológica (cfr. en este blog: “gracia” y “elegancia”).

Como hubieran dicho los clásicos, dar “se dice de muchas maneras”: dar a cada uno lo suyo es un acto de justicia; dar la vida por alguien es un acto de amor; dar de los dineros que se tienen, es un acto de generosidad. Dar ejemplo es un acto de estimulación moral, v. gr. de cortesía y fineza. Y también se puede dar cordelejo, es decir, dar chasco, zumba o cantaleta burlesca; incluso dar largas, entretener a alguien con falsas esperanzas.

Pero no se puede dar lo que no se posee. Algo ha de haber en el sujeto –lo que es o lo que tiene– para que pueda ser dado, si está facultado para ello, en el orden antropológico y moral.

Ahora bien, cualquier forma de dar supone que yo soy libre para la entrega. Incluso para ser justo se precisa que mi libertad se ponga en obra, que yo quiera realmente que el otro tenga lo suyo. Pasar de mí a otro una cosa con necesidad y coerción no es un acto de justicia, al menos en mí mismo: se ha podido hacer justicia, pero esa justicia no la he ejercido yo.

Pues bien, el “donaire” tiene que ver no sólo con la libertad radical del hombre, sino también con la libertad psicológica y moral.

La palabra “donaire” la utilizamos hoy con un significado no muy alejado del que tenía en el Siglo de Oro. Primero se refería al tipo bobo, simple y rústico; luego a un personaje cómico que, con humor sigue fielmente a su amo, aunque sufriera mal trato, acostumbrado a que la gente la riera sus gracias. De ahí que en las antiguas comedias la “figura del donaire” era precisamente la del gracioso. En la Edad Contemporánea ha girado hacia la denominación de un fenómeno más universal, propio del hombre como ser corporal: tiene “donaire”cualquiera que va y viene y se explica con buena planta y mejores maneras; y equivale a gracia, discreción y viveza en la forma de hablar y moverse; incluso una frase tiene “donaire” si, de modo ocurrente, tiene ingenio y gracia.

El donaire festeja y recrea con moderación y decencia al ánimo que se ha fatigado con cosas serias. Su jurisdicción es todo entretenimiento en hechos, o dichos, con son juegos, gracias y aposturas. En todos los asuntos propiamente humanos, el donaire ha de estar presidido por la prudencia: pues procura que juegos y gracias sean con moderación, mas sin quitarlos del  todo: atiende a que se hagan sin injuria de nadie, no sea que por decir un buen dicho se pierda a un amigo. “Y así purificados de toda murmuración y cordelejo que agravie a otros, y de agudeza que pique y ensangriente, son loables” (E. Nierenberg).

El uso que se significa por su nombre griego (eutrapelia) es devolver con agudeza algún dicho: suele ser mediante juego de palabras y diversión de los sentidos con sutileza y provecho. Ahora bien, los entretenimientos han de ser sin demasía ni descompostura, sin pérdida de hacienda, tiempo y gravedad de ánimo, y que no sean causa de relajación; y esto conforme a la edad, el estado de la persona, el lugar y el tiempo.

El donaire sirve al trato humano, pues con su deleite es capaz de distraer al ánimo fatigado de cosas serias y mentales, para volver a ellas con más esfuerzo y provecho. La naturaleza humana contiene en sí muchas cualidades de la naturaleza general; porque si las tierras siempre se labrasen y no las dejasen holgar algún año, no darían tanto fruto; y un caballo quedaría mal gobernado cuando se le tuviesen siempre tiradas las riendas; y la noche da sosiego y aquieta a los sentidos que trabajaron entre día, para que al siguiente continúen su tarea. Y si no se dan treguas a los negocios con algún entretenimiento deleitoso no se podrá tornar a las ocupaciones con más provecho y refresco. El donaire no usurpa recreación ni gusto ilícito y desmedido, sino ajustado a  razón.

Ha de ser este entretenimiento y desocupación de negocios serios lo suficiente para sazonarlos y no hacerlos pesados y extraviados. Basta comúnmente poco. La regla más general que se puede dar es que ha de ser la recreación como la sal de la vida. Poca sal basta para sazonar y dar sabor a la comida, y si es mucha la corrompe: así a poca recreación basta para sazonar, y no hacer desabridas las ocupaciones graves. Mas si se toman con demasía los entretenimientos y juegos hacen perder los negocios perdiendo tiempo y ocasión de su buena ejecución y que con dificultad o de peor gana se repitan, vencido y dejado llevar el gusto, halagado con el deleite de ellos. (Eusebio Nierenberg, “Los trabajos y los días”).