Sección: 6.1. Antiguos

Platón, Aristóteles, Estoicos, Plotino,

Tragedia y trascendencia

Charles François Jalabert (1819-1901): "Edipo ciego y Antígona abandonan" Tebas.

Charles François Jalabert (1819-1901): “Edipo ciego y Antígona abandonan Tebas”. La tragedia de Edipo –obra maestra de Sófocles– empieza cuando se casa con la bella Yocasta, sin saber que era su madre. Al enterarse se quita los ojos con los broches del vestido de Yocasta; huyó de Tebas y sólo su hija Antígona le acompaña en su destierro para servirle de guía.

La tragedia y sus pasiones constitutivas

Lo trágico es primariamente una dimensión de la existencia humana concreta e histórica. Y porque existe lo trágico en la existencia puede haber «tragedias» en la escena teatral producidas por la actividad artística.

Es más, lo trágico, como categoría de la existencia histórica, pede ser encontrado en formas distintas de la literaria: en la escultura del Laocoonte, en las pinturas negras de Goya, en la música de Wagner. Sin embargo, la tragedia, como obra teatral, es una atalaya privilegiada para observar el fenómeno de lo trágico, justo por la diversidad de obras existentes, concebidas en épocas distintas y con dispares intenciones espirituales. Me propongo, por tanto, acercarme metódica­mente a la esencia de lo trágico a través de una fenomenología de las tragedias escritas. El carácter prioritario de esta fenomenología excluye, en el marco de este estudio, la confrontación crítica con las filosofías pantragicistas –como las de Hegel, Schopenhauer o Nietzsche–.

El problema está, pues, en saber qué sea lo trágico mismo y si puede ser descubierto fácilmente en las obras que llamamos «tragedias». Aristóteles, cuando definió la tragedia en su Poética, pasó como de puntillas sobre el fenómeno de lo trágico. Escondió astutamente su significación en el seno de unos términos sugestivos que indican sentimientos de piedad y temor. Pero dejó que sus lectores libraran la batalla de encontrar el correlato objetivo y real de tales términos. Por eso, muchos autores –como Henri Gouhier– han pensado que acercarse al Esta­girita con el fin de encontrar una significación de lo trágico es un empeño vano[1]. Continuar leyendo

Origen y sentido del hilemorfismo

Javier Serrate (1969-): “Materia que busca la forma”. Con gran fuerza expresiva, pone atención a la materia que parece acoger los rastros técnicos del ser humano, aunque no se muestren de manera visual, lo cual permite que la intuición encuentre soprendentes caminos de expresión.

 El concepto de “hilemorfismo”

Se suele denominar así a la explicación filosófica de la composición de los cuerpos en materia y forma, términos que no han de entenderse en el sentido descriptivo de la Física y demás ciencias positivas, sino en sentido filosófico.

Hilemórfico proviene del griego hyle (materia) y morphé (forma). Aristóteles sentó las bases del hilemorfismo, respondiendo a las aporías de Parménides y de Heráclito respecto a las mutaciones sustanciales del cosmos.

Posteriormente se ha consolidado con mayor número de argumentos. El tema suele estudiarse dentro de la parte de la Filosofía llamada Cosmología o Filosofía de la Naturaleza, al tratar de la estructura de los cuerpos y, concretamente, la esencia de los cambios que se dan en la naturaleza.

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El nexo natural de la “familia” con la ciudad, según Aristóteles

El hombre libre en la ciudad griega

Veinticinco siglos de vigencia doméstica en lo político

Desde la edad antigua hasta finales del siglo XVIII estaban identificados los conceptos de «civil» y «po­lítico» ‑«civil» era la versión latina del griego «polí­tico»‑. La sociedad política (o civil) descansaba en al­go elemental: la esfera económica del trabajo domés­tico servil o asalariado. Esa tradición clásica reconoce habitantes que están por debajo de la ciudadanía política (o pública): los no-libres, los artesanos y las mujeres. Los no-libres carecen de carácter civil[1], aun­que realizan en el ámbito de la casa (lo privado) los trabajos necesarios para las necesidades básicas de la vida y son elementos activos de la economía. Los artesanos se encuentran vinculados al taller domés­tico. Las mujeres ‑partes del oikós o de la sociedad doméstica‑ tampoco pertenecen a la Sociedad civil (res publica). El estrato socio-económico estaba vin­culado o identificado con el régimen señorial-domés­tico. Civitas (societas civilis) es Polis (koinonía poli­tiké). La casa, en cambio, era unidad de producción y consumo.

En parecidos términos perdura esta concepción hasta el final del siglo XVIII. Todavía Kant[2] sostenía que los siervos, los asalariados y los artesanos cum­plen sus tareas por debajo de la Sociedad civil, la cual incluía el elemento político, aspecto fundamental de la sociedad antigua, separada de la economía o de la casa.  Continuar leyendo

La “naturalidad” de la familia, según Aristóteles

Ofrenda religiosa de una familia griega

1. La realización social de la libertad en el mundo antiguo

La obra de libertad va unida a una vivencia de lo comunitario. Desde los presupuestos de esta vivencia surge la pregunta por el sentido de las formaciones sociales en la que se vertebra la libertad misma.

Tales formaciones sociales eran, en el mundo antiguo, las del orden privado de la casa y las del orden público de la ciudad. La obra de la libertad marcha de lo privado a lo público. O mejor, del orden comunitario privado (cuyo primer exponente es la Familia) al orden comunitario público (cuya culminación es el Estado). Esta concepción lleva implícita una filosofía social, en la que se delatan planteamientos y soluciones vigentes desde el mundo griego hasta el siglo XVIII.

Para un griego del siglo V a. C., el hombre es antes un «animal social» que un «animal político» (zoón politikón). La palabra koinonía, sociedad, la refería a varios tipos de unión entre hombres, por ejemplo, la existente en el seno familiar entre padres e hijos. La asociación política de los hombres era más perfecta que la unión natural de la casa familiar (oikía), la cual es el ámbito de la comunidad humana entendida como vida privada: en ella todos son desiguales, mientras que la vida política (bíos poli­tikós) es una vida pública, la de todos los iguales. Continuar leyendo

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