Sección: 5.1. Historicidad humana (página 2 de 3)

El individualismo español, según Ganivet

Angel Ganivet (Granada 1865- Riga 1898)

Angel Ganivet (Granada 1865- Riga 1898)

Ganivet y Unamuno

Nietzsche, en una de sus Consideraciones intempestivas, la segunda, que trata De la utilidad e inconvenientes de los estudios históricos para la vida, § 5, afirma que el exceso de estudios históricos engendra la contradicción entre el ser íntimo y el mundo exterior; además perturba las tendencias populares e impide al individuo llegar a su madurez, provoca el escepti­cismo y desencadena el practicismo receloso y egoísta. Lo importante no es la multitud desenfrenada de hechos, sino la unidad que les da sentido. Esta “consideración intempestiva” de Nietzsche marcó a más de una generación, incluida la del ’98, y en especial a Unamuno y Ganivet.

Ambos personajes se conocieron y apreciaron mutuamente. Mantuvieron incluso una correspondencia epistolar sobre el tema que nos ocupa, publicada con el título El porvenir de España.

Tanto Unamuno como Ganivet se acercan al hecho histórico teniendo a sus espaldas los enérgicos esfuerzos historiográficos que, en otras latitudes, habían hecho Niebuhr, Ranke y Hum­boldt, motivados por el romanticismo; y cuentan también con el  enfoque ideal y total que Hegel ofrece de la historia, cuyo vín­culo más original es el Volkgeist, el espíritu del pueblo, a cuyo paso se arremolinan los acontecimientos nacionales en unidades orgánicas e inteligibles. La historiografía finisecular acogió con toda naturalidad ese organicismo en la explicación histórica. Continuar leyendo

La identidad histórica y el historicismo

Caspar David Friedrich: "Viajero frente al mar de niebla" (1818).

Caspar David Friedrich (1774 -1840): “Viajero frente al mar de niebla”. Desde el impulso de un sentimiento metafísico inaprensible, las cimas no acaban de reflejar la grandeza del hombre que aparece de espaldas al espectador y oculta su identidad, más íntima y más honda que el abismo al que se enfrenta.

1. Cuando cuento mi vida a alguien refiero que nací en un precioso pueblo que es patrimonio de la humanidad; que allí hice mis primeros estudios; y que luego hice filosofía en la Universidad de Salamanca, después fui marido y padre, más adelante profesor y director de un departamento en la Universidad de Navarra. Para darle interés al relato suelo añadir en cada etapa detalles curiosos o emocionantes. Al contar mi vida tiendo un hilo que hilvana todos los acaecimientos y no los deja perderse en el vacío, y así doy a entender que mi presente no es una aleatoria acumulación de los pasados que me han posibilitado. Pues bien, referir disciplinadamente esa acumulación real[1] es precisamente “narrar”[2].

Pero que yo narre a otro mis cosas abiertamente no significa que el conjunto de lo que me ha sucedido sea todo mi ser personal, o que el otro saque la consecuencia de que ya ha penetrado en el fondo de mi intimidad o incluso de mi identidad profunda[3], por más detalles personales y emocionantes que haya volcado. Continuar leyendo

Materia, forma y fin del hecho histórico

Claudio Gay (1800-1873) “Atlas de la historia física y política de Chile 1842-1871”. Este grabado de Gay presenta el “malón o maloca”: una táctica militar de los mapuches, que consistía en un ataque rápido y sorpresivo contra un grupo enemigo, con el objetivo de obtener provisiones y secuestrar a mujeres jóvenes. Este tipo de ilustraciones ayuda a repensar la historia de nativos y personajes populares en su propio paisaje natural.

Claudio Gay (1800-1873) “Atlas de la historia física y política de Chile 1842-1871”. Este grabado de Gay presenta el “malón o maloca”: una táctica militar de los mapuches, que consistía en un ataque rápido y sorpresivo contra un grupo enemigo, con el objetivo de obtener provisiones y secuestrar a mujeres jóvenes. Este tipo de ilustraciones ayuda a repensar la historia de nativos y personajes populares en su propio paisaje natural.

Por qué somos historiadores

 

Cuando el antiguo griego pronunciaba la palabra historia (ἱστορία) se refería ini­cialmente a una investigación científica o a una descripción de las cosas. En este último sentido hablaba de una historia de los animales, de los minerales, etc. Después la palabra significó la na­rración de los sucedidos humanos; y en este sentido se hablaba de historia civil, religiosa, etc. Y así la entendemos hoy. Pero, ¿por qué realizamos relatos históricos?

Desde el mismo momento en que el hombre se percata del mundo y de sí mismo se encuentra inundado de instituciones, cos­tumbres y tradiciones que él vive o reactualiza de un modo natural, sin darse cuenta de que en buena medida ha sido forjado por ese entorno, con actitudes y puntos de vista tan profunda­mente arrai­gados en su vida psicológica, que no los siente como extraños. Sólo cuando el individuo sale de su perímetro vital y entra en con­tacto con otras tra­diciones y costumbres comienza a compararlas con las suyas propias y a pre­gun­tarse reflexivamente por la verdad de unas y otras. La reflexión histórica va unida a la reflexión filo­sófica. Así ocurrió en Grecia: las diversas costumbres que sus co­merciantes y marineros iban conociendo en pueblos lejanos des­perta­ron el deseo de encontrar la verdad que todas ellas encerra­ban. Se comenzó a comparar, a relacionar, a reflexionar.

Surge, pues, la historia reflexiva de una necesidad humana: la de explicar el origen y la verdad de las propias instituciones, la de hallar el personaje o el acontecimiento que las ha establecido. Para conocerse a sí mismo el hombre tiene que conocer su pasado, pre­guntando a las generaciones anteriores por qué se han hecho jus­tamente esas instituciones y no otras, por qué han surgido esas precisas costumbres y actitudes, por qué tiene él esta herencia cul­tural. De esta curiosidad del hombre por sí mismo nace la historia[1]. Somos historiadores por­que somos herederos. Continuar leyendo

El tiempo que se queda al pasar: la historia

Salvador Dalí (1904-1989). “Persistencia de la memoria”. Unos relojes blandos, cada uno con una hora distinta, se funden al sol: simbolizan el hecho de que el tiempo marcado en el reloj no se corresponde con el tiempo de la subjetividad, en el que los recuerdos y las vivencias perviven a través de los instantes.

Salvador Dalí (1904-1989). “Persistencia de la memoria”. Unos relojes blandos, cada uno con una hora distinta, se funden al sol: simbolizan el hecho de que el tiempo marcado en el reloj no se corresponde con el tiempo de la subjetividad, en el que los recuerdos y las vivencias perviven a través de los instantes.

1. Tiempo y conciencia

 

En el hombre es tan importante el ritmo fluyente de su existencia como la concien­cia que él tiene de ese flujo. ¿Qué papel cumple la conciencia en la constitución del tiempo?

En sus Confesiones, San Agustín había llegado a la conclusión de que “no existe ni futuro ni pasado, y que tampoco se puede afirmar en sentido propio que existan tres tiempos, a saber: pa­sado, presente y futuro. Todo lo más que puede decirse es que existen tres tiempos: el presente del pasado, el presente del pre­sente y el presente del futuro. De algún modo todos tres tienen su existencia en el alma, sin que pueda verlos en ningún otro lugar. El presente del pasado es la memoria, el presente del presente es la intuición, y el presente del futuro es la espera”[1]. Dicho de otra manera, no existe tiempo en acto sino en la conciencia humana. ¿Carece entonces de realidad objetiva el tiempo? De ninguna ma­nera: San Agustín sólo indica que si no hubiera conciencia espiri­tual tampoco habría tiempo, el cual es formalmente una «medida»: medida del movimiento. La conciencia a la que aquí se refiere San Agustín es lo que po­dría llamarse «conciencia existencial», la conciencia de sí que acompaña en todo momento al flujo de nues­tro existir. No es ésta una conciencia conceptual; y por relación a ella hablamos del tiempo vivencial.

Tanto para la conciencia conceptual como para la exis­tencial vale la tesis de que el tiempo es una «medida» de duración, la del movimiento sucesivo; porque si no hay medidor (conciencia) tampoco habrá medida: seguirá habiendo cosas medibles, realida­des que duran, pero eso es todo. La culminación formal del tiempo se debe a la numeración actual, a la medición del movimiento he­cha por la conciencia, la cual considera una parte del movimiento en orden a otra. Pero de suyo el tiempo es un ente real, aunque fugitivo e inestable. Continuar leyendo

Revolución e historia: la utopía como rapto del futuro

Ferdinand-Victor-Eugène Delacroix (1798-1863): “La libertad guiando al pueblo”. Representa una escena del 28 de julio de 1830 en la que el pueblo de París levantó barricadas, oponiéndose a los decretos que el rey francés había dado para suprimir el parlamento y restringir la libertad de prensa. La libertad es una figura alegórica, pero real. A sus pies un moribundo la mira fijamente, convencido de que ha luchado por ella. La revolución, en cualquier caso, deja tras de sí un reguero de muertos, como ocurrió en 1792.

Ferdinand-Victor-Eugène Delacroix (1798-1863): “La libertad guiando al pueblo”. Representa una escena del 28 de julio de 1830 en la que el pueblo de París levantó barricadas, oponiéndose a los decretos que el rey francés había dado para suprimir el parlamento y restringir la libertad de prensa. La libertad es una figura alegórica, pero real. A sus pies un moribundo la mira fijamente, convencido de que ha luchado por ella. La revolución, en cualquier caso, deja tras de sí un reguero de muertos, como ocurrió en 1792.

 1. Revolución para «mejorar» al hombre

Cuando se habla de «revolución» acuden a la mente dos fechas que abarcan en Europa un período excepcional: 1789-1792. Revo­lución significó entonces liberación, entendida como superación de una injusticia que estaba encarnada en la tiranía, en el feu­dalismo, en la servidumbre, en la pobreza y en la privación de de­rechos.

Como la injusticia se define con unos criterios morales, cabría haber esperado que la Revolución implantara inmediatamente ins­tituciones jurídicas rectas. Sin embargo, la luz del criterio moral de la justicia no fue lo que guió totalmente la Revolución desenca­denada entonces en Francia.

Es cierto que con esa Revolución llegó el acontecimiento fun­damental europeo de la democracia. Pero su adquisición costó de­masiado: dos millones de muertos –de una población francesa de 27 millones de habitantes– y la desestabilización de un Continente que aún no ha encontrado su equilibrio.

La Revolución Francesa tuvo como preámbulo la Revolución Americana (1770) con su declaración de independencia[1]. Ésta fué vista desde Europa como un triunfo de las ideas de los ilustrados. Pero la Revolución Americana fue más política que social o eco­nómica: culminaba en una Constitución y una Declaración política de libertades y derechos humanos (1776).

La Revolución Francesa es un período que, teniendo como ob­jetivo la liberación, comenzó (1789) realizando una transforma­ción de la sociedad por el derecho[2] (suprimiendo un derecho in­justo y creando instituciones justas), para desembocar (1792) en una utopía racionalista que culminó en el Terror, un estadio al servicio de la liberación total del hombre. Quería inicialmente lograr un «hombre mejor», pero acabó deseando realizar «otro» hombre. Continuar leyendo

Tradición y progreso

Tetsuya Ishida (1973-2005). Pintor surrealista, explora el lado oscuro del progreso. Sus pinturas exponen escenas de vida común japonesa, estando sus protagonistas siempre atrapados en un cuerpo similar a una máquina o son tratados como un producto de una cadena de producción.

Tetsuya Ishida (1973-2005). Pintor surrealista, explora el lado oscuro del progreso. Sus pinturas exponen escenas de vida común japonesa, estando sus protagonistas siempre atrapados en un cuerpo similar a una máquina o son tratados como un producto de una cadena de producción.

¿Qué relación existe  entre la tradición y el progreso?

La tradición es potenciadora de progreso si pervive y dura “dando de sí”, o sea, si contiene valores que exigen tiempo para revelarse.

Cuando decimos que algo –como un terreno–  “no da de sí” queremos significar que “no da para más”, que está agotado, que ha llegado a un límite insuperable.

Ahora bien, el auténtico progreso no corta con una tradición que está “dando más de sí”.  Lo que “da de sí” es lo que hay de verdad, de bondad y de belleza en lo real. El progreso hace que esos valores se hagan más actuales, más presentes, hasta el punto de dinamizar el curso individual y social.

El auténtico valor es el que “está presente” en todo el proceso histórico. De la fuerza y seguridad interna de ese valor depende que su permanencia en el tiempo se cumpla o no. Pero ese cumplimiento no acontece con la necesidad de un proceso mecánico, porque depende de la respuesta libre del hombre en la historia. El progreso no acontece cuando el hombre desfigura o transforma la fuerza original e interna de ese valor; sino cuando lo deja “dar de sí” progresivamente. El depósito de la tradición no puede seguir siendo el mismo históricamente más que progresando. Es un progreso hacia la identidad: en ello consiste, a mi juicio, la esencia misma del progreso humano. Continuar leyendo

Naturaleza humana e historicidad

Joaquín Sorolla Bastida,  (1863-1923): “El viejo del cigarrillo”. Sobre fondo gris, desigual, un anciano, visto de frente, muestra en su rostro el paso del tiempo, pero también la identidad del personaje, por encima de los cambios y del envejecimiento.

Joaquín Sorolla Bastida, (1863-1923): “El viejo del cigarrillo”. Sobre fondo gris, desigual, un anciano, visto de frente, muestra en su rostro el paso del tiempo, pero también la identidad del personaje, por encima de los cambios y del envejecimiento.

Aspectos humanos de la historicidad

A la condición general del hombre que hace su vida espiritual y material inmerso en lo temporal y condicionado por las circunstancias se le llama «historicidad».

En la estructura de la historicidad se entrecruzan dos direcciones temáticas: una horizontal otra vertical.

La primera está constituida por la referencia que el hombre hace al pasado (dado y retenido) y al futuro (pretendido y ausente), así como el consiguiente carácter condicionado y contingente de su ser, el cual no se ofrece como algo estático y hecho o sin capacidad de ser transformado por el obrar.

En la segunda se patentiza la íntima dialéctica u oposición entre lo concreto realizado y las posibilidades no cumplidas; esta segunda dimensión va internamente acompañada de la conciencia de responsabilidad y externamente referida al mundo y a la comunidad.

Estos dos aspectos de la historicidad resaltan el carácter «profundo» o «intrínseco» de la temporalidad en el hombre; pero nada dicen todavía acerca de si la temporalidad tiene o no un carácter «absoluto» y «total» en él. Podría afirmarse, por ejemplo, que la temporalidad se presenta en todas las zonas del hombre, pero de modo que al menos una de esas zonas es absolutamente no temporal. Esta zona sobresaldría por encima de la historia. Así, el espíritu humano podría comprender y encontrar un sentido a la historia precisamente porque es capaz de replegarse, retrotraerse, transcender la historia para decirse lo que la historia misma es.

Pero hay algunas corrientes filosóficas que sustentan la tesis de que la temporalidad cala tan hondo en el hombre que todas las zonas y elementos de éste quedan absorbidos absolutamente por ella. Y tal sería la postura del «historicismo» estricto. Así, en este último sentido, el «historicismo» coincide con el relativismo histórico, el cual sostiene que es incognoscible la esencia de la vida humana: se atiene sólo a las épocas históricas de su desarrollo, cada una de las cuales poseería una fisonomía distinta con sus ideas y valores. Continuar leyendo

¿Qué significa ser tradicional?

Paulino Vicente (1900-1990). Capta con especial finura el espíritu de Asturias través de unos personajes normales. Dos generaciones palpitan en un ambiente labriego, siendo el muchacho el que recibe la tradición huertana y las costumbres de sus padres y abuelos.

Paulino Vicente (1900-1990): “De andecha”. La andecha consiste en un trabajo personal, voluntario y gratuito que expresa una reciprocidad equilibrada: “Hoy por ti, mañana por mí”. La andecha se inscribe entre los trabajos que responden a lazos familiares, de amistad o vecindad. El pintor capta con especial finura el espíritu de la andecha a través de unos personajes normales. Dos generaciones palpitan en un ambiente labriego, siendo el muchacho el que recibe la tradición agrícola y las costumbres de sus padres y abuelos.

1. Aspectos de la tradición

 

Desde el punto de vista real, la historia es entrega, tradición. ¿Qué significa esto?

Pueden distinguirse en la tradición dos aspectos: el ontológico y el psicológico, según los cuales ha de hablarse respectivamente de tradición fundante y de tradición consciente. La tradición fundante es la dimensión objetiva que expresa la instalación del hombre en un estilo de vida y la continuidad dentro de la comunidad de lo transmitido; su valor es ontológico, o sea, formal y existencial, como presupuesto indispensable del hombre y de la cultura, los cuales no son posibles sin tradición. La tradición consciente ex­presa la conciencia que el individuo tiene del proceso de heredar, o sea, la percatación de que los contenidos habidos son heredados, de modo que el individuo se considera como eslabón vital unido con generaciones anteriores. Hablemos ahora de la primera.

Lo que determina a un sujeto individual en su identidad social, en su distinción de otro hombre, es un principio de unidad (tanto en el espacio como en la acción) y un principio de continuidad[1], ofrecido éste en la memoria profunda; de modo que, como dice Unamuno, la memoria es al individuo lo que la tradición es al pueblo: “La memoria es la base de la personalidad individual, así como la tra­dición lo es de la personalidad colectiva de un pueblo”[2]. Continuar leyendo

¿Qué significa “recibir” la tradición?

Anna Hyatt Huntington (1876–1973): “Los por­ta­do­res de la antor­cha”. Hermosa com­po­si­ción rea­li­zada en home­naje a la heren­cia de la civi­li­za­ción occi­den­tal. Se levanta en la Plaza de Ramón y Cajal de la Ciudad Universitaria de Madrid. El joven que monta a caba­llo tiene toda la vida por delante, y se inclina para reco­ger la antor­cha que le brinda un anciano exhausto: una gene­ra­ción ante­rior entrega (en tra­di­ción) la res­pon­sa­bi­li­dad a la gene­ra­ción posterior

Anna Hyatt Huntington (1876–1973): “Los por­ta­do­res de la antor­cha”. Hermosa com­po­si­ción rea­li­zada en home­naje a la heren­cia de la civi­li­za­ción occi­den­tal. Se levanta en la Plaza de Ramón y Cajal de la Ciudad Universitaria de Madrid. El joven que monta a caba­llo tiene toda la vida por delante, y se inclina para reco­ger la antor­cha que le brinda un anciano exhausto: una gene­ra­ción ante­rior entrega (en tra­di­ción) la res­pon­sa­bi­li­dad a la gene­ra­ción posterior

¿Qué significa, en general, recibir?

 

Que un cuerpo “reciba”, significa que sustenta, sostiene o contiene a otro. Que una persona reciba significa que “toma” lo que le dan o le envían; este tomar no suele ser pasivo; más bien consiste en “hacerse cargo” de lo que le dan o le envían. Unas veces se recibe algo aceptándolo, admitiéndolo o aprobándolo; otras veces, padeciendo el daño que otra persona le hace: recibir, en este caso es esperar o hacer frente a quien acomete, con ánimo y resolución de resistirle o rechazarle.

Por su constitución “abierta” y su índole “temporal”, el ser humano no sólo recibe, positiva o negativamente, de sus semejantes cosas en un instante actual; también recibe cosas de su anterior generación, en la relación pasado-presente: recibe no sólo la vida, sino la “forma de estar en la vida”, lo que se llama “la tradición”. Esta recepción está presidida, en su principio, por cierta necesidad; pero en su término, por la libertad. Y aquí ocurren dos cosas. Primera, yo no puedo elegir la vida inicial que se me otorga: tal es el destino de la “tradición fundante”. Segunda, sí puedo hacer sobre esa vida inicial modificaciones que hagan avanzar o retroceder su sentido inicial, en cuanto lo dado se hace “tradición consciente”. Dos aspectos que responden a la pregunta: “¿qué significa recibir en tradición?”. Continuar leyendo

¿Qué significa progresar? El punto de la esperanza

Joseph Mallord William Turner (1775-1851): “El Temerario remolcado al dique seco”. Representa simbólicamente el último viaje de un viejo y glorioso navío de combate hacia el dique seco.  La pintura resalta la oposición entre dos épocas de la navegación: de un lado la forma estilizada y fantasmagórica del velero, de otro lado la pesadez del remolcador a vapor. La tradición y el progreso unidos por el mismo destino.

Joseph Mallord William Turner (1775-1851): “El Temerario remolcado al dique seco”. Representa simbólicamente el último viaje de un viejo y glorioso navío de combate hacia el dique seco. La pintura resalta la oposición entre dos épocas de la navegación: de un lado la forma estilizada y fantasmagórica del velero, de otro lado la pesadez del remolcador a vapor. La tradición y el progreso unidos por el mismo destino.

Tradición y progreso

La tradición es potenciadora de progreso si pervive y dura “dando de sí”, o sea, si contiene valores que exigen tiempo para revelarse.

Cuando decimos que algo –como un navío–  “no da de sí” queremos significar que “no da para más”, que está agotado, que ha llegado a un límite insuperable. Es probable que ese  letargo  se deba a una forma externa deteriorada, no habiendo perdido vigencia los valores  internos que porta. Por lo que es preciso acudir a otro continente  más poderoso que los siga  acarreando.

El auténtico progreso no corta con una tradición que está “dando más de sí”.  Lo que “da de sí” es lo que hay de verdad, de bondad y de belleza en lo real. El progreso hace que esos valores se hagan más actuales, más presentes, hasta el punto de dinamizar el curso individual y social.

Es el auténtico valor el que “está presente” en todo el proceso histórico. De la fuerza y seguridad interna de ese valor depende que su permanencia en el tiempo se cumpla o no. Pero ese cumplimiento no acontece con la necesidad de un proceso cósmico, porque depende de la respuesta libre del hombre en la historia. El progreso no acontece cuando el hombre transforma la fuerza original e interna de ese valor; sino cuando lo deja “dar de sí” progresivamente. El depósito de la tradición no puede seguir siendo el mismo históricamente más que progresando. Es un progreso hacia la identidad: en ello consiste, a mi juicio, la esencia misma del progreso humano. Continuar leyendo

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