Sección: 3.1. Bienes y valores (página 1 de 3)

El otro poder de las palabras

 

«Lo stregozzo»:  Agostino Veneziano (1520). Una desatada furia pasa como la procesión de una bruja, a través de un  amenazante mundo subterráneo. Es llevada en un carro hecho con la carcasa de una criatura monstruosa, y está acompañada por hombres, niños, animales e instrumentos. Refleja el poder feroz de la palabra destructora.

La principal manera de relacionarse el hombre con los demás es mediante las palabras. Para eso es preciso antes dominar las mismas palabras, no sólo para hablar gramaticalmente bien el idioma, sino para aplicarlas moralmente bien. Las palabras pueden servir para tener un poder inmoral sobre las personas, para destacar por encima de ellas; pero sobre todo para respetarlas, en cuyo caso han de ir precedidas del dominio que uno debe ejercer sobre sí mismo y sobre sus dichos.

En lo que atañe al respeto que debemos a los demás, desde el punto de vista psicológico y moral, las palabras pueden entrañar el deshonor de alguien. El honor es consecuencia de la excelencia que el otro tiene, en principio por ser persona; y se le deshonra al privarle de la dignidad por la que tiene ese honor, lo cual se produce ciertamente por palabras, obras y omisiones. Se deshonra a alguien cuando se da a conocer lo que es contrario a su honor, y esto acontece por medio de signos; y entre los signos son principales las palabras, utilizadas para expresar los conceptos del espíritu. Se trata entonces de ofender, mediante palabras, el honor de otro.

Las palabras pueden encerrar intenciones y conceptos de muy variada manera: científica, poética, retórica, artística, práctica y moral. Intenciones y conceptos que se inscriben en el “modo” de hablar. El modo es, por una parte, una categoría gramatical que se implica en la conjugación verbal de nuestra lengua y describe el grado de fuerza resolutiva que tienen las palabras y frases emitidas, en tanto que responden a intenciones del sujeto emisor. A esta fuerza resolutiva de las palabras se refería Austin cuando decía que se pueden hacer “cosas con palabras”. Pero  no me refiero ahora al modo gramatical (condicional, imperativo, indicativo, negativo, optativo, potencial y subjuntivo), sino al modo moral, a la forma o manera de hablar, a la moderación.

Es cierto que las palabras, en cuanto a su esencia física, esto es, como sonidos audibles, no causan daño alguno al prójimo, a menos que fatiguen el oído, por ejemplo, cuando uno habla demasiado alto. En cambio, en cuanto a su esencia psicológica, son signos representativos de algo para llevarlo al conocimiento de los demás; y entonces pueden ocasionar quebranto psicológico y moral, por ejemplo, cuando alguien es lesionado en su honor o en el respeto que otras personas le deben. Por eso, tienen especial importancia las palabras por las que uno echa en cara a otro sus defectos en presencia de muchos. No obstante, aun hablando a solas con el interesado, puede existir lesión psicológica y moral en cuanto que el que habla actúa en contra del respeto del que oye.

El hombre no ama menos su honra que sus bienes materiales. Uno deshonra a otro por hechos, en cuanto sus actos realizan o significan lo que está en contra del honor. Pero los actos, en este caso, son tan significativos como las palabras. Con todos sus matices, fue tratado este asunto por Santo Tomás (v. gr. Suma Teológica, II-II, qq. 72-76). Cuando uno echa en cara a otro su pobreza o bajo nivel social: eso es también atentar contra el honor, que es consecuencia siempre de alguna excelencia.

Asimismo, proferir palabras ultrajantes, aunque sea cierto el contenido de lo que significan, primariamente rebaja la excelencia de quien lo hace, del sujeto emisor. Y no deja de haber cierta insensatez cuando alguno pronuncia palabras de insulto contra otro, aunque sea sin ánimo de deshonrarle, sino para corregirle. En cualquier caso, puede lesionar psicológica y moralmente de manera grande o pequeña. Es preciso usar moderadamente de tales palabras, puesto que podría resultar tan grave el insulto que, proferido sin cautela, arrebatara el honor de aquel contra quien se lanza, aunque no se haya tenido intención de deshonrar a otro.

No se debe olvidar que la mayoría de las palabras que ofenden o afrentan tienen algunas veces  su origen en la ira, cuyo fin es la venganza rápida: el hombre irritado no tiene ninguna venganza más presta que ultrajar a otro. Otras veces, la proposición verbal que llega a ofender suele hacerse por soberbia, la cual predispone a la actitud de ofender e insultar, en cuanto que aquellos que se consideran superiores desprecian más fácilmente a los otros y los injurian: se irritan con mayor facilidad, porque estiman indigno todo lo que va contra su voluntad. 

En resumen, en cuanto las palabras son ciertos sonidos no causan daño a nadie, sino sólo en cuanto entrañan una significación que procede de la intención interior. Por tanto, en las palabras proferidas debe considerarse, sobre todo, con qué intención uno las pronuncia. Si la intención es insultar, tiende a quitar la honra a otro por medio de lo que pronuncia: lo dicho contiene una especial gravedad que pervierte internamente la conducta moral.

A veces se profieren palabras insultantes, no para deshonrar a una persona, sino más bien por diversión. Pero provocar la risa en los demás a costa de envilecer a uno, hiere el orden moral interno de la convivencia; esa herida será más o menos profunda, dependiendo de la intención del que insulta y de su proceder: si se comporta con cierta ligereza de espíritu o por ira superficial.

Las palabras pueden servir negativamente para «difamar», o sea, para manifestar los errores ocultos de una persona; también para «murmurar», criticando los defectos públicos de una persona; e incluso para «calumniar», atribuyendo a una persona un mal que no ha hecho.

Ahora bien, el hombre, en su trato con los demás, y puesto como sujeto pasivo que recibe la afrenta, ha de saber que para configurarse a sí mismo con una recia personalidad, debe estar dispuesto a obrar “aguantando” si fuese necesario; aunque no siempre está de hecho obligado a proceder de tal manera. Y si, por mor de la convivencia, estamos dispuestos a tolerar afrentas, no siempre es conveniente soportarlas: primero para impedir o prevenir la repetición de tales cosas en el futuro; segundo, porque si no reaccionamos a tiempo, muchas personas pueden inferir que la afrenta estaba bien fundada. Es muy difícil entonces guardar cierto equilibro en la respuesta.

Ninguno es eminente en todo

Velázquez : “El aguador de Sevilla” (1620). Un anciano aguador vestido con un capote pardo ofrece a un muchacho una copa de cristal llena de agua, El aguador apoya la mano en un cántaro grande de cerámica, en cuya superficie rezuman algunas gotas de agua. El anciano aguador más parece letrado que inculto; o es más de lo que parece.

Velázquez : “El aguador de Sevilla” (1620). Un anciano aguador vestido con un capote pardo ofrece a un muchacho una copa de cristal llena de agua. El aguador apoya la mano en un cántaro grande de cerámica, en cuya superficie rezuman algunas gotas de agua. El anciano aguador más parece letrado que inculto; o es más de lo que parece.

Sepa cada uno en lo que vence; y logre su talento allí: que no puede dejar de ser cordura obrar sólo en lo que entiendes, ocultando en lo demás tu imperfección.

Mientras está el cántaro dentro del agua no se le conocen las quiebras; en saliendo de ella, todas se ven.

Basta una eminencia en lo grande, para dorar muchas faltas en lo poco; y en lo poco muchas eminencias, no prueban una eminencia en lo grande.

Ser algo en lo mucho, ya es mucho; y ser mucho en algo, no es más que algo. Perfecto en todo, nadie lo fue: pero lo parece en más el que da a conocer en menos su imperfección.

Gran cordura es saber uno conocer su ventaja; y lo es doblado, saberse mantener en ella. En todos los elementos casi, logra su actividad el fuego: pues el aire lo aviva; y en la tierra se ceba; mas no se meta en el agua, que sin duda perecerá.

Conozca, pues, cada uno su esfera; y en ella hable y obre: mas no eche el pie en ajenas jurisdicciones, si no quiere haber de retirarse con desaire.

Textos seleccionados de la obra de Francisco Garau,
Máximas políticas y morales (Barcelona, 1702),  pp. 47-54

Lo que bien empieza, bien acaba

Vincent van Gogh (1853-1890). “Sembrador con el sol poniente”. El lugar estimula la fuerza creativa del artista y le permite avanzar en su trabajo impresionista.

Vincent van Gogh (1853-1890). “Sembrador con el sol poniente”. El lugar estimula la fuerza creativa del artista y le permite avanzar en su trabajo impresionista.

Mucho importa para un feliz fin, un buen principio. No hay lugar para enmendar en la segunda vez, lo que desacertó en la primera. Mucho pierde quien en el primer lance se pierde: no es perderse para aquel solo, perderse es para muchos que le sucedan después.

Todo lo humano depende de la opinión de los hombres: esta nace de lo que se oye y se ve; cuesta mucho de vencer una opinión ya fundada. Son fáciles en tomarla los hombres; pero no sin mucha dificultad la dejan. El primer concepto que se imprime en el alma, parece que se cincela en bronce; y así son precisos muchos actos contrarios, primero para borrar el primero, y después para imprimir el segundo. Continuar leyendo

Los valores y sus teorías

 

Jan Van Eyck: «El matrimonio Arnolfini». El ilustre pintor flamenco expresa una serie de valores que se integran en la vida familiar: en primer lugar, el valor de la maternidad, reflejado en la esposa embarazada; en segundo lugar el valor de la fidelidad, manifestado en las manos unidas de los esposos; en tercer lugar, el dormitorio bellamente adornado con cortinajes, espejo y lámpara. Pero, en otro sentido más plástico, el valor del mismo cuadro, que acierta en color y finura a expresar todos esos valores.

Descripción del valor

1.  Voy a dar una conferencia a un club cultural. Dispongo de un coche para ir. Digo que ese coche tiene valor porque muestra un grado de utilidad o aptitud para satisfacer las necesidades de desplazamiento o proporcionar bienestar por su comodidad. Pongo en relación el valor con mi necesidad física.

Además, al pasar por un papelería he comprado un buen bolígrafo: digo que tiene un valor por sus cualidades: nitidez y suavidad de sus trazos, adecuación a los dedos de mi mano, rendimiento duradero; y teniendo en cuenta todo ello lo compro por cierta suma de dinero. Pongo en relación el valor con mi necesidad psicológica.

Asímismo explico a mi acompañante que el contenido de mi conferencia tiene un valor especial, por su significación de cierto alcance cultural. Pongo en relación el valor con mi necesidad cultural.

Al llegar al club me salen a recibir los amigos, quienes me consideran un hombre de valor, por la permanencia y firmeza de mis ideas, por las cualidades positivas que me atribuyen para desarrollar una determinada actividad. Consideran entonces mi cualidad de ánimo, que me mueve a acometer resueltamente proyectos y a arrostrar los aspectos negativos que acarrean. Pongo en relación el valor con una necesidad espiritual.

Después de dar la conferencia, muchos aplauden su valor social, por la fuerza, actividad, eficacia o virtud de lo dicho para producir efectos nobles en la gente. De hecho, decimos que valor es también el fruto o el producto de un estado o empleo. Pongo el valor en relación con el rendimiento sociológico.

En definitiva, valor es la cualidad que poseen algunas cosas, consideradas bienes, por la que son estimables.

Resumiendo: en el valor hay que considerar no sólo la cualidad buena, interna o externa, que una cosa posee, sino también el grado de estimación que las personas hacen de ella.

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2. En la actualidad se han estudiado los valores desde distintas perspectivas (filosófica, antropológica, moral, social, psicológica). El conjunto de esas perspectivas se ha configurado como una síntesis o “teoría de los valores”, teoría llamada Axiología (de axios, valor): abarca, por una parte, el conjunto de ciencias normativas y, por otra, la crítica a la noción de valor en general.

Lo que primariamente nos interesa es saber qué es, de manera más rigurosa, el valor.

Subjetivamente el valor es el carácter que reviste una cosa al ser más o menos apreciada (p. ej., valor de uso, valor de cambio). Objetivamente es el carácter de las cosas que merecen mayor o menor aprecio o que satisfacen cierto fin. El primer uso técnico de la noción de valor proviene de la economía política y de ella ha pasado sobre todo por influjo de Nietzsche al lenguaje filosófico, concretamente a la Teoría de los valores. Estudiaremos temáticamente el despliegue de esa Teoría de los valores. Continuar leyendo

El honor nacional y la guerra, en el siglo XVI

Max Ginsburg (1931-): Piedad en la guerra.

Max Ginsburg (1931-): Piedad en la guerra.

La violación del derecho y la guerra

La guerra es un modo expresivo de la fragilidad humana, pues, según la tradición judeocristiana, no existía en el estado de inocencia: es uno de los desórdenes más graves introducidos en la humanidad.

Entre las razones suficientes que inducen a emprender acciones bélicas hay una, la injuria al honor, ya señalada por Tucídides entre otras dos: “el temor y el interés”. O sea, no siempre la búsqueda del poder tiene su aguijón en el miedo o en la consecución de la seguridad o de ventajas materiales, porque hay otra razón igualmente desencadenante: “un prestigio mayor, respeto, deferencia, en resumen, honor”.

En los maestros del Siglo de Oro se aceptó claramente la doctrina de que la “gloria” del príncipe, su “fama” o su “honor” pueden ser puestos en balanza para justificar la guerra misma. Lo decisivo es que la “iniuria” al honor es la violación clara de un derecho. Continuar leyendo

Dar y agradecer: el eje interpersonal de la intimidad

Detalles figurativos en un sarcófago etrusco de una pareja casada, conocido como el de “los esposos”. (Museo de la Villa Giulia en Roma). Data del siglo VI a.C. En su actitud cariñosa sorprende la figuración de un amor que mira hacia un futuro  eterno.

Detalles figurativos en un sarcófago etrusco de una pareja casada, conocido como el de “los esposos”. (Museo de la Villa Giulia en Roma). Data del siglo VI a.C. En su actitud cariñosa sorprende la figuración de un amor que mira hacia un futuro eterno.

Los fenómenos del “dar” y del “agradecer” vienen a ser como polos de un eje que atraviesa el movimiento intersubjetivo de la intimidad y, por su fuerza atractiva, condensa las demás actitudes intersubjetivas, sirviéndoles de foco referencial, y acreditando la originalidad y la mismidad individual.

Sin forzar la metáfora, puede considerarse la intimidad del ser humano como un enigmático sistema cristalino, cuyo eje de simetría es una línea que pasa a través del cristal. Los sistemas cristalinos se caracterizan por la longitud y posición de sus ejes. Cuando el cristal realiza un giro, ocurre que el mismo aspecto se repite dos o más veces alrededor de la citada línea.

También cada intimidad, en su aspecto intersubjetivo, se caracteriza por la longitud y posición de su eje psicológico, cuyos polos son el dar y el agradecer, y a su alrededor se cuajan las actitudes fundamentales de la vida espiritual orientadas intersubjetivamente.

El crecimiento o la mengua de la intimidad humana está en manos del propio yo humano que da y agradece. De hecho hay actitudes intersubjetivas básicas que –como el amor, la fidelidad, el respeto, la veracidad, la serenidad, el dar, la gratitud, la vergüenza– robustecen la interioridad humana. Otras actitudes contrarias–como el odio, la infidelidad, la procacidad– la debilitan e incluso la anulan.

Los temas indicados expresan actitudes fundamentales de la intimidad, sean cuales fueren los lazos corporales y espirituales que entrañen y las distancias psicológicas que mantengan respecto a las otras personas. El libro que presento se ocupa de estos temas.

Las ideologías en la cultura

Michelangelo Merisi de Caravaggio (1571-1610). Cabeza de Medusa, de 1597, muestra la cabeza del animal mitológico con sangre brotando del cuello.

Michelangelo Merisi de Caravaggio (1571-1610). Cabeza de Medusa, de 1597, muestra la cabeza del ser mitológico con sangre brotando del cuello. Las serpientes vendrían a ser las ideologías que  acaparan el pensamiento y ahogan la verdad de las cosas.

Ideología y cultura

1. En la medida en que todas  las aspiraciones del mundo de la praxis conquistan el ámbito de la cul­tura[1] y desalientan el auténtico saber, se pierde también la libertad cultural. Esa es la vía de la autodes­trucción de la cultura: que venga a ser un saber al servicio de un determinado sistema de poder ajeno a ella misma, a su va­lor teo­rético, renunciando a su tarea de trascender el mundo de la praxis. A esta reducción hay que llamar ideología y por ella se desvir­túa la relación que se establece entre sociedad y cultura[2].

El marxismo ha sabido ver agudamente la estructura de la ideo­logía, como expresión de los intereses o las necesidades de un grupo social. Marx no usó el término “ideología” para designar su posición, sino la de sus adversarios burgueses. Para Marx y Engels la ideología encierra por lo menos tres notas fundamentales.

La ideología es, en primer lugar, una supraestructura. Para Marx las ideas no se despliegan según la lógica postulada por un vago idealismo, sino que están determinadas por la base de los fac­tores externos del orden social. La ideología es así un sistema de determinadas concepciones, ideas o representaciones sobre las que se apoya una clase o un partido político. Continuar leyendo

Un libro sencillo sobre el mal

 

Tiziano Vecellio (1490-1576): "Caín y Abel". En este lienzo se muestra el manierismo de Tiziano en su apogeo: con el movimiento en espiral de las figuras, las posturas contrapuestas y las diagonales que se cruzan, para mostrar la fuerza del mal.

Tiziano Vecellio (1490-1576): «Caín y Abel». En este lienzo se muestra el manierismo de Tiziano en su apogeo: con el movimiento en espiral de las figuras, las posturas contrapuestas y las diagonales que se cruzan, para mostrar la fuerza del mal.

Hace tiempo que un amigo, ya fallecido, puso en mis manos una traducción de la obra titulada Problemas y misterios del mal, compuesta en francés por Roger Verneaux y editada en la Editions di Vieux Colombier, París 1956, al parecer ya desaparecida. He leído que la editorial Herder publicó una traducción de esta obra en 1972, pero no he logrado encontrar ejemplares de ella.

Por mi parte, realicé una atenta lectura de aquella traducción, procuré corregirla y pulirla, aunque nunca llegué a estar satisfecho del trabajo realizado. Hoy me atrevo a publicarla en esta web de leynatural.es, en el mismo estado en que la dejé hace diez años. Sólo he podido conseguir que se lea de corrido, sin apenas galicismos, intentando siempre que el pensamiento original de Verneaux fluyera limpio.

Véase en pdf:  Problemas y misterios del mal

La pretensión de Roger Verneaux es presentar en esta obra el esbozo de un tratado general sobre el mal de acuerdo a las ideas clásicas de la filosofía.  Aunque existen editadas síntesis de éste tipo, el libro tiene su utilidad, por la claridad de exposición, la atinada trabazón de los argumentos y sus más que razonables conclusiones. Así visto, es un compendio muy pedagógico que, para el lector avisado, ofrece un discurso a la vez profundo y sencillo. Tiene además la rara cualidad de que no deja sin examen ninguna cuestión esencial sobre el mal y sus implicaciones antropológicas, morales e incluso teológicas. Presenta en su propio contexto  las perspectivas sociológicas, existenciales y espirituales. Obvia el menor desarrollo patético, cosa que sería a la vez fácil y vana.

Entre las perspectivas metafísicas destaca el mal como problema y misterio, subrayando su estatuto ontológico, sus clases, sus causas y su presencia en el mundo.

Le siguen las perspectivas teológicas, como la permisión del mal, el motivo de la creación, la providencia y predestinación, el origen del mal humano y las razones del pecado.

En fin, dentro de las perspectivas morales estudia la falta, el pecado, la tentación, la pena y el infierno.

Sólo espero que los lectores de estas páginas de leynatural.es puedan tener, con este libro sobre el mal, una ayuda adecuada para entender el sentido de la vida humana, en sus principales direcciones.

El texto se ofrece aquí con su contenido completo.

Saber que no se sabe: la estudiosidad

Rembrandt (1606-1669): "Clase de anatomía".

Rembrandt (1606-1669): «Lección de anatomía». El cuadro presenta aquello de lo que se trataba por entonces en el mundo del conocimiento anatómico, seguido por unos atentos cirujanos.

Saber que no se sabe: ¿un conocer teórico?

A la pitonisa de Delfos se le preguntó una vez: «¿Quién es el hombre más sabio de Grecia?». Ella respondió lacónicamente: «Sócrates». A su vez Platón, en la Apología de Sócrates, pone en boca de su genial maestro la siguiente frase:  «Este hombre cree que sabe algo, mientras que no sabe nada. Y yo, que igualmente no sé, tampoco creo saber».

De ahí pasó a la tradición occidental la importancia del no-saber: «scio me nihil scire», «scio me nescire» (sólo sé que no sé nada).

Puede hacerse sobre esta frase una consideración teórica; pero también otra práctica. Según la primera, el hombre conoce por conocer, por penetrar en la verdad universal y necesaria de las cosas, sin atender a nada más. Según las segunda, el hombre conoce para obrar, especialmente para obrar bien o moralmente: se trata de un conocer que no está dirigido a las cosas universales, sino a las singulares y contingentes de nuestra existencia, con las que tenemos que hacer una vida buena.

Comenzaré por la teórica. Muchos  autores  han indicado normalmente que Sócrates no quiso decir que no sabía nada de nada, sino que aquello que sabía no lo conocía con certeza cabal. Sócrates pretendía cambiar el enfoque de quienes se aferraban a su propia opinión, sin buscar argumentos más sólidos y convincentes, o sea, sin abrirse a una búsqueda inteligente y progresiva de la verdad de las cosas humanas. Continuar leyendo

Existencia y nihilismo en Jacobi

 

Friedrich Heinrich Jacobi (1743-1819) es uno de los pocos filósofos que, sin regentar cátedra universitaria alguna, estuvo inserto con enorme fuerza intelectual, en la atmósfera literaria y filosófica de su época. Hegel estimó que con sus «Cartas sobre Espinosa» (1785) comenzó la filosofía moderna. Fue muy respetado por Fichte, Schleiermacher y Schelling.

Su esfuerzo intelectual se centró en recuperar, a través del órgano espiritual que el llamaba «corazón» (denominado «intelecto» por los clásicos), la inmediatez existencial que la modernidad había perdido con la entronización de la «razón» analítica, un órgano monocular que Jacobi comparaba con Polifemo, el gigante de un solo ojo . A ese objetivo se ordenaban sus tempranas publicaciones, de corte pre-romántico, especialmente sus dos novelas, «Allwill» y «Woldemar».

Pero el sentido de la relación entre la inmediatez existencial del corazón y la mediación conceptual de la razón fue profundizado y matizado en obras filosóficas dirigidas contra Espinosa, Kant, Fichte y Schelling, cuyo núcleo estructural había abierto, según Jacobi, una crisis «nihilista».

Jacobi previó incluso los giros más significativos y problemáticos de la filosofía moderna.

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