Sección: 3.3. La norma o la ley (página 2 de 3)

la ley como norma objetiva, la conciencia como norma subjetiva

Grados de la ley natural: Siglo de Oro

El pintor colombiano Edwin Mojica Pérez recrea en su obra “Al sol” la incomparable fuerza de la voluntad que se une a la razón práctica para dirigir la vida.

1. Orden especulativo y orden práctico


a) Praxis y razón práctica


1. Por claridad metodológica adopto el vocablo “inteligencia” para referirme a la facultad cognos­citiva que trasciende por encima de lo sensible. Otras expresiones son fácilmente comprensibles. Así, “intelecto” designa la función intelectual de co­nocer inmediata e intuitivamente los primeros principios del or­den teórico y práctico. En cambio, “razón” se emplea para la fun­ción mediata y discursiva de sacar conclusiones, la cual puede ser también tanto especulativa como práctica.

Para trazar con precisión el límite que hay entre lo especulativo y lo no especulativo, conviene advertir que la inteligencia es espe­culativa cuando tiene por objeto la verdad de las cosas en sí mis­mas consideradas; la verdad especulativa es la conformidad del pensamiento con la realidad, con las cosas efectivas: en este caso la inteligencia se limita a “aprehender” los objetos. Mas cuando la inte­ligencia tiene por objeto la verdad referida a la voluntad y a las obras es práctica; su misión no es ya aprehender los objetos, sino “dirigirlos para realizarlos”. La verdad práctica es la verdad de las obras en or­den a un bien; no es un reflejo de la cosa que nos incita ex­terna­mente, sino la regla y la norma de lo que tiene que realizarse ex­ternamente. Ni hay dos facultades, sino la exten­sión de una sola inteligencia a la operatividad humana[1]. Continuar leyendo

El juez: Siglo de Oro

Gerad David (1460-1523). “El juicio de Cambises a Sisamnes”. Cuenta el historiador Heródoto que Sisamnes fue un juez corrupto, de la época del reinado de Cambises II de Persia. Aceptó soborno en un juicio y dictó una sentencia injusta. Como consecuencia el rey le mandó detener por prevaricador y ordenó que se le despellejara vivo.

Impartir justicia

Tradicionalmente se ha entendido que la función del juez consiste en actuar la voluntad de la ley, o garantizar la observancia de la norma legal, o aplicar las leyes impartiendo justicia, para dar a cada uno lo suyo.

Más recientemente se argumenta que el juez puede prescindir del mandato legal para hacer justicia, porque la ley sería tan sólo una mera indicación a los jueces sobre el contenido del fallo; de modo que los actores de un juicio deberían atenerse no tanto al criterio de sumisión del juez a la ley –vinculado a la ley material– cuanto a la función judicial de hacer justicia –convertido el juez en creador de derecho–.

También se oye decir, con motivaciones políticas, que el juez es uno de los instrumentos de transformación de la realidad social, en cuyos fallos debe prevalecer la ideología política por encima de la ley vigente. De manera que si el juez se sujeta a la ley, será criticado por no saber interpretarla conforme a intereses políticos determinados.

Es claro que esta politización de la justicia está reñida con las enseñanzas filosófico-jurídicas de los maestros del Siglo de Oro, los cuales indicaron que desde luego el juez no está sujeto exclusivamente a la ley, ni es mero vocero de ella, porque al hacer justicia  puede faltarle ocasionalmente la ley y, por lo tanto, habría de actuar a veces sin una ley: ahí entraba el papel de la epiqueya (Véase: Reconducción de la ley humana a la ley natural).

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El juez árbitro en caso de guerra, Siglo de Oro

Los ejércitos españoles estuvieron luchando en medio mundo durante los siglos XVI y XVII.

1. Necesidad de un juez árbitro en el caso de guerra

1. Durante mucho tiempo se tuvo a Hugo Grocio (De iure belli ac pacis, 1625) como el primer pensador europeo que definió y alentó el tribunal arbitral en caso de guerra[1]. Sin embargo, basta repasar la doctrina de los autores españoles del Siglo de Oro para convencerse de que, mucho antes, fueron ellos los que determinaron con suficiente claridad dicho arbitraje.

Como el arbitraje es un asunto que se refiere a la figura del juez, es preciso recordar que son dos los objetivos que, a propósito de la justicia del juez, contemplaban los autores del Siglo de Oro. Primero, el aspecto “intrasocial” de la justicia, en tanto que los juicios pivotan, dentro del foro, en la actitud del “juez” principal­mente, pero también en la actitud de los testigos, de los abogados y del acusado mismo. Segundo, el aspecto “internacional” de la justicia, en cuanto los actos que deben ser juzgados sobrepasan el hecho intrasocial de cada una de las partes im­plicadas. Este es el caso del gobernante (el “príncipe”) que debe asumir la función de juez en los conflictos internacionales, especialmente bélicos. La cuestión estriba en saber si cuando se presentan tales conflictos debería el príncipe mismo actuar de juez, o debería acudir a la figura de un juez árbitro[2]. Continuar leyendo

Obrar conforme a la naturaleza es razonable

   

El pintor iraní Iman Maleki (1976-) presenta con un realismo simbólico la posibilidad que el hombre tiene, ya desde niño, de atravesar la superficie de las cosas, concibiendo incluso su corazón moral.

  Las costumbres y su moral 

 Si comenzásemos diciendo que el objeto de la reflexión ética viene designado por las «costumbres» —término que traduce el griego ethos (de ahí «Ética») y el latino mores (de ahí «Moral»)— habríamos apuntado a una cosa muy cierta, pero también muy general y vaga.   

Pues hay muchos aspectos en las «costumbres» del hombre que no interesan a la reflexión ética. ¿Sobre qué objeto se interesa?   

Para responder a esta pregunta vamos a dar un rodeo, propo­niendo, a modo de ejemplo, en primer lugar una observación co­rriente, y después, como aplicación de esa observación, el relato de un caso concreto.   

*   

Frecuencia de calificativos morales    

La observación que proponemos es el hecho de que muy a me­nudo utilizamos calificativos morales en nuestra vida. Hablamos de «bueno» y «malo» para calificar a la gente; nos parece que muchas conductas son justas, otras injustas; que unos proceden con generosidad y otros con egoísmo; en definitiva, que unos son portadores de valores, otros de disvalores.    Continuar leyendo

La interpretación de la ley positiva, según Juan de Salas

Juan Antonio Ribera (1806), “Cincinato abandona el arado para dictar leyes a Roma”. Cincinato fue un patricio (s. VI a. C.) que, disgustado de la política, se había retirado a una finca suya. Mas fue llamado por el Senado para dictar leyes a Roma. Catón el Viejo lo destacó como modelo de rectitud, honradez e integridad. Supo combinar la capacidad estratégica militar y la legislativa.

Sobre la interpretación de la ley en sentido histórico

La profusión de teorías contemporáneas que, sobre la interpretación, se cru­zan actualmente en la mesa de un investigador, pueden ocultar el hecho de que los autores tardomedievales o iniciadores de la modernidad, en el Siglo de Oro, también estaban preocupados por lograr correctamente la aplicación de la ley a los casos concretos o de compaginar las distintas leyes entre sí. Y que se debatían entre doctrinas dispares y, al igual que hoy, con gran carga polémica.

¿Quién no tiene todavía presentes los cánones que Friedrich Karl von Sa­vigny (fundador de la escuela histórica alemana del derecho) propuso en el siglo XIX para lograr una interpretación plausible? Él habló de los fines de la interpre­tación, como también antes lo hicieron, aunque de manera diferente, los hombres del Siglo de Oro. También comentó los varios aspectos o canales de acercamiento al hecho interpretado: el gramatical, el histórico, el sistemático y el teleológico; muchos de estos aspectos ya habían sido objeto de disputa antes incluso del Siglo de Oro. Hasta la expresión “interpretación auténtica” viene de los antiguos glosadores, comentaristas y teólogos que enseñaron en legendarias universidades, como las de Salamanca y Coimbra.

El trabajo que aquí presento se limita a perfilar el esfuerzo que uno de aquellos autores, Juan de Salas, hizo para aglutinar los aspectos filosóficos y jurídicos de la interpretación que a principios del siglo XVII eran discutidos en España y que no debiéramos hacerlos desaparecer de nuestra memoria.

Salas habló de de la interpretación en la disputación 21 de su famosa obra De legibus (Salamanca, 1511). Continuar leyendo

La relación moral en la conciencia, según Juan Poinsot

Claude Monet, «Amanecer» (1871). En el albor de la vida humana se despierta tenuemente la conciencia moral, siguiendo un proceso de crecimiento y maduración.

1.  Verdad especulativa y verdad práctica

La verdad formal es la especu­lativa –re­gulada en nuestro intelecto por las cosas, a las que él se conforma–: hace referencia a las cosas mismas, como lo regulado y medido a su medida y regla. Poinsot –aceptando en esto la posición de otros tomistas, como Báñez[1]–, estima que ‘la relación veritativa’, de suyo y por la fuerza de su fundamento, es real; aunque por defecto del término la relación sólo sea irreal.

Mas cuando se trata de la verdad práctica –la del intelecto que produce las cosas mismas, como el artífice las cosas artificiales–, la relación es distinta: en cuanto productor, el intelecto es la medida de tales cosas, y éstas son lo medido por él; por ello, no tiene propiamente una relación real a las cosas, sino una relación irreal, porque la medida no hace realmente refe­rencia a lo medido, sino al contrario. La verdad práctica no se comporta a modo de relación real en el intelecto. Y por esto mismo, la verdad de Dios respecto a las criaturas no está medida por las cosas, sino que ella las mide.

Si la verdad práctica esta­blece y determina qué ha de hacerse y cómo, la verdad especulativa sólo asevera –por afirmación o negación– que nuestro pensamiento es adecuado a lo que la cosa es.

Por su parte, la verdad práctica “mide” el objeto del acto humano y, en consecuencia, la conformidad o disconformidad de dicho acto con el objeto “medido”. Es esa relación del acto humano a su objeto la que ahora nos ocu­pa. Continuar leyendo

Ley natural y contingencia racional: Siglo de Oro

Palacio del Infantado (s. XVI) en Guadalajara

Para un maestro del Siglo de Oro resultaba evidente que todas las leyes morales se captan, de una manera o de otra, por un órgano espiritual. Pero así como las leyes positivas se conocían en los documentos donde fueron promulgadas –por ejemplo en un código civil–, había otra ley fundamental que se conocía analizando nuestra propia naturaleza humana y nuestro fin último. De ese modo se llegó a enumerar los preceptos de esa ley y a examinar su fuerza de obligar.

En lo que atañe a la palabra “naturaleza” comparece enseguida la cuestión de su posible sentido metafísico, que no es otro que el de “esencia”. Ya Aristóteles había dicho que el nombre de naturaleza es aplicado para indicar la generación de los vivientes llamada nacimiento; y porque esta generación brota de un principio intrínseco, la “naturaleza” indica el mismo principio intrínseco de cualquier movimiento: ahora bien, este principio es tanto la forma como la materia, y por eso la materia y la forma son llamadas naturaleza. A su vez, la forma culmina o completa la esencia de una cosa; y por eso, la esencia es llamada naturaleza. La “naturaleza” que se connota en la expresión “ley natural” no significa la “generación del viviente” –que ciertamente puede llamarse naturaleza–, ni tampoco significa el principio intrínseco del movimiento o del reposo, que también puede llamarse naturaleza; significa tan sólo la esencia completa, que es significada por la definición de la cosa. En tal sentido, naturaleza es la diferencia específica que informa cada cosa.

Pues la función de la forma es dar la diferencia específica –la racionalidad– que completa la definición. Pero, ¿qué es, en este contexto, la racionalidad? Ciertamente lo “racional” propio de la definición del hombre no es la “diferencia” llamada “razón discursiva” –un frecuente error de apreciación–; sino la cualidad que brota de la naturaleza intelectual. La racionalidad no equivale ahí solamente a la índole de un “proceso discursivo” o dianoético, sino a la misma facultad intelectiva, de cuya constitución espiritual puede derivarse tanto la acción discursiva propia del raciocinio (la ratio estricta), como la inmediata (el intellectus), propia de los actos intuitivos inmediatos de afirmación de principios y valores, y asimismo de los sentimientos espirituales de amor, gozo, alegría.

Véase: Ley natural y contingencia racional

Ley natural e instrumentación del hombre: Vitoria y el Siglo de Oro

Fernando Castro Pacheco (1918-1979): “Venta de esclavos, de Yucatán a Cuba”. Pintor muralista, plasmó el espíritu y la historia del pueblo mexicano, particularmente del yucateco. Con su extraordinaria técnica y su vigor plástico presenta los aspectos más negros que reflejaban las continuas guerras, primero coloniales, y luego civiles.

Fernando Castro Pacheco (1918-1979): “Venta de esclavos, de Yucatán a Cuba”. Pintor muralista, plasmó el espíritu y la historia del pueblo mexicano, particularmente del yucateco. Con su extraordinaria técnica y su vigor plástico presenta los aspectos más negros que reflejaban las continuas guerras, primero coloniales, y luego civiles.

1. ¿Qué o quién puede ser un instrumento?

 

1.  A Francisco de Vitoria le resultaba lacerante la instrumentalización que se hacía de los nativos encontrados por los españoles en el Nuevo Mundo.

Vitoria dedicó su vigor intelectual a explicar de manera sistemática los principios que permitían superar el trato instrumental de los indios, haciendo no sólo una defensa social de aquellos aborígenes, sino previamente y de modo más fundamental, la justificación de una ontología, de una antropología y de una ética que permitían situar la relación exacta entre un hombre y otro hombre, un pueblo y otro pueblo, prescindiendo incluso del hecho del Descubrimiento.

Vitoria piensa el trato inhumano bajo la relación de esclavitud, entendido el esclavo como “instrumento animado”, según la repetida sentencia de Aristóteles: “El instrumento es un siervo inanimado, y el siervo es un instrumento animado”. Para entender aquella instrumentación del hombre impugnada por Vitoria, es conveniente indicar las notas específicas que tenía un instrumento para un profesor de Salamanca, lector de Aristóteles y de su comentarista Tomás de Aquino.

 

2. En el año 1534 escribía Francisco de Vitoria una carta al P. Arcos sobre ne­gocios de Indias, refiriéndose especialmente al trato que ciertos conquista­do­res de México y Perú –en este caso los llamados peruleros– daban a los indíge­nas. Esta carta –célebre por la cantidad de veces que ha sido citada– estaba mo­ti­vada por las preocupantes noticias que llegaban a Salamanca, traídas de primera mano por los misioneros, que relataban el trato degradante e indigno que recibían aquellos nativos, que en teoría eran vasallos libres, súbditos del Emperador. Con tono irritado escribe Vitoria: “En verdad, si los indios no son hombres, sino monas, entonces no son capaces de injurias [o injusticias]. Pero si son hombres y prójimos, con todo lo que eso trae consigo, vasallos del empe­rador, no veo cómo excusar a estos conquistadores de última impiedad y tiranía, ni sé qué tan gran servicio hagan a su majestad de echarle a perder sus vasallos. Si yo desease mucho el arzobispado de Toledo, que está vacante, y me lo hu­biesen de dar porque yo firmase o afirmase la inocencia de estos peruleros, sin duda no lo osara hacer: antes se seque la lengua y la mano, que yo diga ni escri­ba cosa tan inhumana y fuera de toda cristiandad”[1].

Estas palabras son fruto de lo que este brillante maestro de la Universidad de Salamanca había empezado a cuestionar en sus relecciones académicas, a saber, los títulos del dominio que algunos españoles decían poseer sobre las Indias. Especialmente le resultaba lacerante a este gran maestro salmantino la instrumentalización que se hacía de los nativos encontrados por los españoles. Vito­ria dedicó su vigor intelectual a explicar de manera sistemática los prin­cipios que permitían superar el trato instrumental de los indios, haciendo no sólo una defensa social de aquellos aborígenes, sino previamente y de modo más fundamental, la justificación de una ontología, de una antropología y de una ética que permitían situar la relación exacta entre un hombre y otro hombre, un pueblo y otro pueblo, prescindiendo incluso del hecho del Descubrimiento. Sus discípulos, como Alonso de Veracruz, le seguirían en esta tarea de denun­cia[2]. Continuar leyendo

Proyección de la ley natural en las leyes penales: Siglo de Oro

Cuando una ley, civil o eclesiástica, es promulgada, produce formalmente una obligación moral, según enseñan los Maestros del Siglo de Oro. Y a veces impone después una pena contra los transgresores, a fin de que por el miedo a la pena procuren observarla mejor. El problema que entonces surge es si esta pena añadida a la ley quita o no la obligación de observarla; y si el súbdito, al quebrantar la ley, se hace sólo reo de pena o es, además, reo de una transgresión moral.

Azpilcueta –insisto– afirmaba que ninguna ley, al serle añadida una sanción penal, obligaba moralmente a cumplirla, sino que bastaba sólo el exponerse, con su quebrantamiento, al peligro de la pena impuesta8.

Domingo de Soto reaccionó vivamente contra esa opinión, argumentando que el poder, tanto eclesiástico como civil, puede establecer una ley que obligue al transgresor bajo culpa grave, aunque tal ley imponga también penas contra el transgresor. Por lo tanto, Soto afirma que el poder –eclesiástico o civil– puede establecer una ley puramente moral que obligue bajo culpa grave, y también puede añadir al mismo tiempo el gravamen de la sanción penal; pero la imposición de la pena no suprime ni altera la obligatoriedad moral de la ley.

Soto plantea, como casi todos los tratadistas anteriores, dos cuestiones importantes. Primera, si la ley humana puede obligar en conciencia a los súbditos. Segunda, si puede obligar simultáneamente a culpa y a pena.

Véase: Proyección de la ley natural en las leyes penales

Las excepciones a la ley natural: Domingo de Soto

A la pregunta de si Dios puede dispensar de la ley natural y, por tanto si la ha dispensado alguna vez, los maestros de la Escuela de Salamanca siguen decididamente la solución que Domingo de Soto había hecho en su obra De iustitia et iure.

Soto se enfrenta a dos tendencias de su tiempo.

En primer lugar, una que arranca de la escuela franciscana que va de San Buenaventura a Duns Escoto y del nominalista Gabriel Biel, y que llamaré semi-dispensadora: estos autores están de acuerdo en que algunos preceptos de derecho natural son indispensables y algunos otros pueden ser dispensables, pero varían mucho al señalar la diferencia entre ellos; están perplejos antes los casos que registra la Sagrada Escritura en los que parece que Dios ha hecho dispensa de un precepto de ley natural, y de ahí coligen que Dios es capaz de ello, argumentando del hecho al derecho, o mejor, del acto a la potencia.

En segundo lugar, se enfrenta a la tendencia toti-dispensadora, propia de otros autores –entre ellos Ockham– que afirman que todos los preceptos de derecho natural son dispensables: de modo que en cualquier precepto natural puede darse la dispensa, incluso en el precepto de no obrar contra la propia conciencia.

Domingo de Soto ve en ambas tendencias, a pesar de su argumentación escriturística, la larva del relativismo anidando en la ley natural; y argumenta –bajo el pensamiento del Aquinate– que los preceptos de la ley natural no son propiamente dispensables por potestad alguna, ni siquiera la divina.

Es esta una tesis que en la Escuela de Salamanca se hizo común, y la encontramos en Vitoria y Medina, así como en los autores jesuitas que coincidieron en el tiempo con la floración de aquella Escuela, como Suárez y Valencia, entre otros.

Véase: Las excepciones a la ley natural

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