Sección: 4.2. Sociedad familiar (página 2 de 3)

Por naturaleza: el sentido de Antígona según Hegel

Antígona tiene el coraje de enfrentarse a las decisiones de Creonte, quien había prohibido dar sepultura a Polínice, hermano de Antígona. Esta decide rendir homenajes fúnebres a su hermano, a costa de su propia vida. La obra de Sófocles plantea la cuestión de si deben obedecerse las leyes humanas o las divinas, si son más importantes las leyes escritas que las no escritas. Un tema de actualidad.

 1. La tragedia de Antígona

La tragedia de Antígona, magistralmente concebida por Sófocles en Atenas 441 años a.C., significaba para Hegel el más alto presenti­miento que el mundo antiguo tuvo sobre el sentido ético de la mujer en la familia. Densas páginas de la Fenomenología del Espíritu (con­cretamente los dos primeros títulos completos de la penúltima parte, dedicada al espíritu o Geist) se proponen desentrañar ese sentido.

Dicha tragedia comienza en el momento en que Creonte manda honrar pomposamente el cadáver de Etéocles y prohibe ente­rrar el cadá­ver de Polínice, condenado a ser pasto de animales carro­ñeros[1].

Antígona es el paradigma de la «piedad» (eusébeia)[2], del culto a la unidad de la familia. Siente la necesidad imperiosa de dar sepultura a ese hermano sublevado contra la «patria», pues el acto de enterra­miento es el modo de devolver el muerto a los ancestros, al ámbito de su familia. Por la noche, aprovechando un descuido de la guardia, cu­bre de tierra el ca­dáver; pero es sorprendida y llevada ante el rey. Continuar leyendo

¿Qué significa la paternidad creadora?

Adolf Gustav Vigeland (1869-1943): «La paternidad». Composición escultórica.

El dominio de la fecundidad

 

El hecho de que en el ideal moderno de relaciones personales entre varón y mujer la sexualidad se haya escindido de la procreación provoca un especial trato de la técnica con el ser humano. El mundo moderno se encuentra con nuevos procesos de fecundación, los cuales son exigidos por la sociedad no ya para curar una infertilidad dentro de una relación con­yugal íntegra, sino para conseguir unos fines distintos.

Con la biotécnica parece que el hombre produce al hombre mediante técnicas de modificación genética y de fecundación: inseminación arti­ficial directa sobre la mujer o fecundación in vitro con transferencia de embriones. Se está viviendo como creador tanto de su naturaleza como de su destino. Un anónimo «banco de esperma», un anónimo «banco de ovocitos», una anónima «madre portadora» (surrogate mother) pueden figurar como materia o resorte de una creación parcial del niño, por ejemplo, mediante la técnica de «fecundación in vitro con transferencia de embriones».

Se programan y seleccionan embriones, se implantan en el útero de la mujer, se congelan los embriones sobrantes con vistas a implantaciones ul­teriores, se destruyen los que parecen inaceptables; se intenta también pre­determinar los rasgos físicos en el material genético modificado. Continuar leyendo

Hogar viene de fuego

«Alimentando el fuego sagrado» (relieve romano). En el centro de la casa familiar de la ciudad Antigua ardía de manera continua una llama, símbolo de la perennidad del núcleo familiar. En esa llama confluían los antepasados, que como penates o lares recibían culto familiar. Incluso se llegó a personalizar esa llama con el nombre de Vesta, vestida con una larga túnica de matrona y la cabeza tocada por un velo, sosteniendo con una mano una lámpara o antorcha. Si el fuego se apagaba, se producía una aflicción general, hasta que era restablecido.

Casa y hogar

No es lo mismo una casa que un hogar: el hogar necesita de una casa, pero no toda casa tiene su hogar. Como es sabido, “hogar” es una palabra que viene del latín focāris, derivado de focus, fuego. En principio podría entenderse que hogar es el sitio donde se hace la lumbre en las cocinas o chimeneas. Mas aunque así fuere, no es esto suficiente para entender la verdad de ese focus o fuego que arde dentro de la casa.

Para explicar esto me tengo que remitir a la “civilización antigua” de un griego o de un romano, donde se creía que el hombre después de la muerte tenía todavía una oportunidad de presencia espiritual dentro de la familia. Para la familia sus difuntos quedaban como seres sagrados, los manes, lares, a los que periódicamente se les invocaba. El difunto llevaba una existencia invisible, pero no inmaterial: venía a ser un protector de los suyos, y hostil a los que no descendían de él.

Estos manes familiares irradiaban todo su poder protector desde el fuego que en un altar especial de la casa debía permanecer siempre encendido. El altar del fuego era el hogar, desde el que el lar bienhechor conservaba la vida del hombre. Hogar vino incluso a significar lo mismo que lar doméstico. Cada familia tenía sus propios lares. Y el culto que se le ofrecía era designado por los antiguos con una palabra que indicaba acercamiento al propio linaje familiar: parentare.

El poder moral de los lares familiares

La supervivencia de la familia, su conservación, dependía directamente de la protección de los lares. A ellos se les debía la adquisición de bienes y la salud. No eran un simple poder físico, sino sobre todo moral, cuya fuerza y pureza ‑simbolizada en el fuego‑ propiciaba en la casa la sabiduría, la templanza, la pureza de corazón. Si el fuego se extinguía, dejaba de estar presente el lar. Las comidas, los matrimonios y los nacimientos eran presididos por los lares desde el fuego sagrado. A ellos se les invocaba con oraciones. Los antiguos llegaron incluso a personificar el altar del fuego: llama viviente. Continuar leyendo

El nexo natural de la «familia» con la ciudad, según Aristóteles

El hombre libre en la ciudad griega

Veinticinco siglos de vigencia doméstica en lo político

Desde la edad antigua hasta finales del siglo XVIII estaban identificados los conceptos de «civil» y «po­lítico» ‑«civil» era la versión latina del griego «polí­tico»‑. La sociedad política (o civil) descansaba en al­go elemental: la esfera económica del trabajo domés­tico servil o asalariado. Esa tradición clásica reconoce habitantes que están por debajo de la ciudadanía política (o pública): los no-libres, los artesanos y las mujeres. Los no-libres carecen de carácter civil[1], aun­que realizan en el ámbito de la casa (lo privado) los trabajos necesarios para las necesidades básicas de la vida y son elementos activos de la economía. Los artesanos se encuentran vinculados al taller domés­tico. Las mujeres ‑partes del oikós o de la sociedad doméstica‑ tampoco pertenecen a la Sociedad civil (res publica). El estrato socio-económico estaba vin­culado o identificado con el régimen señorial-domés­tico. Civitas (societas civilis) es Polis (koinonía poli­tiké). La casa, en cambio, era unidad de producción y consumo.

En parecidos términos perdura esta concepción hasta el final del siglo XVIII. Todavía Kant[2] sostenía que los siervos, los asalariados y los artesanos cum­plen sus tareas por debajo de la Sociedad civil, la cual incluía el elemento político, aspecto fundamental de la sociedad antigua, separada de la economía o de la casa.  Continuar leyendo

Sexualidad y dignidad personal, según Kant

 

Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669): “Con su esposa Saskia”. Combina con delicada habilidad, energía y poder un tratamiento de la relación amorosa que rebosa simpatía.

1. Sexualidad como amor

 

Kant vivió hasta su muerte una soltería impuesta y sin un pro­yecto personal de familia: su vocación decidida estaba orientada a la “ciencia”, la única alter­nativa femenina que permitió en su vida[1]. Sin embargo, trabajó incansablemente y de modo original por comprender el fenómeno de la sexualidad en sus dimen­siones antropológicas, éticas y jurídicas, articuladas especialmente en el matri­monio. Es más, llegó a escribir: “El hombre no puede lo­grar gozo alguno de la vida sin la mujer; y esta no puede calmar sus necesidades sin el hombre”[2].

Ahora bien, en la obra capital donde Kant plantea el problema del matrimo­nio, en su Metaphysik der Sitten de 1797, sus tesis sobre el particular aparecen envueltas en una terminología apa­rentemente objetivista y jurídica. Parece que carecieran de alma y humanismo las frases que determinan el matrimonio como “derecho personal con índole de cosa”, o sentencian que “el hom­bre adquiere una mujer” y “en el matrimonio una persona hace un uso recíproco de los órga­nos sexuales de otra”. Continuar leyendo

Hegel sobre matrimonio, mujer y familia

El pintor francés Jean-Marc Nattier (1685-1766), recrea en esta “Escena galante” un modo artificioso de relación social sublimada en el tiempo de Luis XV.

1. Amor, trabajo y mando en la Reforma.

De una manera general se puede decir que el con­tenido de lo designado por Hegel como «moralidad» (Moralität) se encuentra en la Etica Nicomaquea de Aristóteles; mientras que lo que él entiende por «eti­cidad» (Sittlichkeit) se corresponde con lo que el Es­tagirita había tratado en su Política.

En efecto la Política de Aristó­teles establece tres niveles de adecuación del hombre a sus distintas necesidades: el plano de la procreación, el de la conservación y el del régimen político. Para lo primero, se exigía el matrimonio (comunidad conyu­gal); para lo segundo, era preciso la riqueza propia (comunidad económica); para lo tercero, la organiza­ción de mando y obediencia entre iguales (comunidad política). Continuar leyendo

La «naturalidad» de la familia, según Aristóteles

Ofrenda religiosa de una familia griega

1. La realización social de la libertad en el mundo antiguo

La obra de libertad va unida a una vivencia de lo comunitario. Desde los presupuestos de esta vivencia surge la pregunta por el sentido de las formaciones sociales en la que se vertebra la libertad misma.

Tales formaciones sociales eran, en el mundo antiguo, las del orden privado de la casa y las del orden público de la ciudad. La obra de la libertad marcha de lo privado a lo público. O mejor, del orden comunitario privado (cuyo primer exponente es la Familia) al orden comunitario público (cuya culminación es el Estado). Esta concepción lleva implícita una filosofía social, en la que se delatan planteamientos y soluciones vigentes desde el mundo griego hasta el siglo XVIII.

Para un griego del siglo V a. C., el hombre es antes un «animal social» que un «animal político» (zoón politikón). La palabra koinonía, sociedad, la refería a varios tipos de unión entre hombres, por ejemplo, la existente en el seno familiar entre padres e hijos. La asociación política de los hombres era más perfecta que la unión natural de la casa familiar (oikía), la cual es el ámbito de la comunidad humana entendida como vida privada: en ella todos son desiguales, mientras que la vida política (bíos poli­tikós) es una vida pública, la de todos los iguales. Continuar leyendo

La familia como origen

Joaquin Torres García (Uruguay, 1874-1449): “En familia”. El pintor expresa el clasicismo y al arraigo en la tradición mediterránea, priorizando la composición cromática más allá del realismo pictórico, bajo los principios de proporción, unidad y estructura.

La paternidad y el hijo que se espera

 

La “idea ejemplar” de padre humano no incluye que él sea creador absoluto del hijo, sino que acepte al hijo como un don[1], pues la existencia que los padres otorgan pertenece a una corriente ontológica de la que ellos mismos participan. El hijo debe ser esperado por el hombre como un fruto «sorprendente», algo que excede a las fuerzas que los esposos mismos han puesto, pues ellos no tienen el poder externo de formar su organismo: sólo desencadenan un proceso cuya finalidad interna se les escapa[2].

De la unión amorosa íntegra los esposos «esperan» el don del hijo. El lenguaje coloquial español es ilustrativo: en muchos pueblos los esposos dicen que «encargan» el niño; saben que encargarlo o pedirlo no es «ha­cerlo» o «confeccionarlo». La naturaleza dispone que el hijo se haga por sí mismo mediante un «arte» interno, una idea ejemplar interiorizada en el óvulo fecundado. El hijo es «distinto» de ellos mismos, es «el otro». Dis­tinto también de la representación o proyección psicológica que a veces anhelantemente se hacen de él. Sólo si los cónyuges aceptan esta alteridad posible abren para el hijo su primer espacio de libertad: le reconocen la primera libertad de todas, la de vivir dentro del ámbito propio, intangible e intransferible en que se desarrollará como persona. Continuar leyendo

Amor y familia

Jean Honore Fragonard (1732-1806): “Declaración de amor”. En el clasicismo de la pintura se refleja el hecho de la salida amorosa: con una mano el amante aprieta su corazón, y con la otra le entrega una flor a su amada. La suave acogida de la enamorada completa el simbolismo del cuadro.

Jean Honore Fragonard (1732-1806): “Declaración de amor”. En el clasicismo de la pintura se refleja el hecho de la salida amorosa: con una mano el amante aprieta su corazón, y con la otra le entrega una flor a su amada. La suave acogida de la enamorada completa el simbolismo del cuadro.

1. Ser empírico y ser radical  de la familia

a) Enfoque cuantitativo y cualitativo

La familia no es una abstracción, sino una realidad. Una realidad de carácter único, que exige una reflexión especial. Hay un modo de acer­carse a la familia que consiste en considerarla como un objeto de estudio puramente cuantitativo y experimental, como una cosa entre las demás cosas del mundo. Y desde luego, la familia es una cosa; pero no como las demás cosas. En ella se articulan seres humanos, vidas, afanes, decepcio­nes y alegrías. Si un investigador se acercara a la familia y, para ver su na­turaleza propia, comenzara a examinarla con redes metódicas cuantitati­vas, sólo obtendría un esquema limitado e inadecuado. Construiría prime­ro un modelo estructural de familia y le iría aplicando luego elementos variables, como índices de natalidad y de mortalidad, duración de las unio­nes, incidencias socio-económicas, etc. Incluso con ayuda de informática y ordenadores podría hacer un estudio que simulara la experiencia de una comunidad de esas hipotéticas familias durante un largo período. Con ello determinaría variedades de familia que podrían aparecer en diversas cir­cunstancias. Diría, por ejemplo, cómo se ha extendido tal imagen de fami­lia hasta el momento por el mundo, qué tipos han existido, cómo se orga­nizan sus relaciones en el todo social, etc.
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Derecho a nacer: argumentos psicológicos

Josep Llimona i Bruguera (1864-1934), “Matanza de los inocentes”. Con gran expresividad representa la brutalidad de una muerte que tiene como único motivo la fuerza de quien la perpetra.

1. Lo requiere la salud física y  psíquica de la madre.

Aunque en otras circunstancias el aborto pue­de ser un delito, ha de ser considerado lícito cuando por el embarazo se pone en peligro el buen estado físico o psíquico de la madre; a veces incluso es la misma vida de la madre la que está en peligro, pudiéndose tratar el feto como un injusto agresor. No se puede pedir el sacrificio inútil de la madre en nombre de un tabú irracional y faná­tico.

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Este tópico recoge la necesidad del llamado “aborto terapéutico”, es decir, el destinado a elimi­nar el feto por razones médicas o terapéuticas. El ar­gumento tiene dos aspectos: el de la salud física y el de la salud psíquica.

Acerca de la salud física de la madre cabe decir que gracias a los progresos alcanzados hoy por la medicina, los peligros graves relacionados con el embarazo han desaparecido.

Todos los expertos en Ginecología y Cirugía intrauterina indican que hoy la medicina está en condiciones de salvar tanto la vida del niño como la de la ma­dre, cuando se dan los rarísimos casos en que se ve­rifican las dos condiciones de peligro de muer­te inminente y de seguro agravamiento del es­tado de la madre en el transcurso del em­barazo: como, por ejemplo, en los casos de cardiopa­tías graves o de formas nefropáticas crónicas, a las que antes se trataba con la interrupción abortiva. Hasta el punto de que ahora es fácil hacer una intervención quirúr­gica de corazón o re­currir al empleo del riñón artificial durante la gestación, sin que ésta tenga que salir perjudi­cada[1]. Continuar leyendo

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