Sección: 4.Interpersonal (página 2 de 5)

Ética de lo individual, de lo personal, de lo interpersonal, de lo político, de lo internacional

El honor está en otro

Diego Velázquez: "La rendición de Breda" (1635). Trata la rendición  del vencido, la cual es distinta cuando la injuria infligida es realizada por “ocupación indebida” y no por “ofensa al honor”. El cuadro expresa el final de una guerra que se ha producido esgrimiendo uno de los títulos de guerra, el de propiedad, pero no el título del honor. Tanto el general rendido (Nassau) como el general victorioso (Spínola) tienen a salvo su honor.  Los vencidos fueron respetados y tratados con dignidad. En el cuadro no hay vanagloria. Justino de Nassau aparece con las llaves de Breda en la mano y hace ademán de arrodillarse, lo cual es impedido por Spínola que pone una mano sobre su hombro y le impide humillarse.

Diego Velázquez: «La rendición de Breda» (1635). Trata la rendición del vencido, la cual es distinta cuando la injuria infligida es realizada por “ocupación indebida” y no por “ofensa al honor”. El cuadro expresa el final de una guerra que se ha producido esgrimiendo uno de los títulos de guerra, el de propiedad, pero no el título del honor. Tanto el general rendido (Nassau) como el general victorioso (Spínola) tienen a salvo su honor. Los vencidos fueron respetados y tratados con dignidad. En el cuadro no hay vanagloria.

Estructura social y moral del honor

1. El deseo de honor no es un afán de sobresalir por encima de los demás, sino simplemente la voluntad de que los demás reconozcan al sujeto como depositario de valores que él mismo debe desplegar. Una buena descripción fenomenológica del honor está, dentro del mismo Siglo de Oro, en los dramas de honor de Lope y Calderón[1]. Pero me limitaré a exponer brevemente el núcleo esencial del honor.

El honor tiene dos aspectos: de una parte, afecta al interior de nuestra per­sonalidad; un agravio al honor es como una lesión a lo más propio e intrans­ferible del individuo. El sonrojo en que se manifiesta la sensación del agraviado, se diría que trasluce una sangrante herida íntima[2].

Pero, por otra parte, el honor viene de los otros: el honor nos aparece, a un tiem­po, como exigencia interna y como consagración social, pues la honra consiste en el reconocimiento que otros me otorgan o tributan. De un lado, el honor es una dimensión íntima, un “patrimonio del alma”. De otro lado, el honor tiene un aspecto externo, social. Así lo expresaba bellamente Lope[3]:

Honra es aquella que consiste en otro.

Ningún hombre es honrado por sí mismo,

que del otro recibe la honra un hombre…

Ser virtuoso un hombre y tener méritos

no es ser honrado… De donde es cierto,

que la honra está en otro y no en él mismo.

Cuando la vida del individuo está entroncada en la vida de la comunidad, en orgánica compenetración, el sentirse repudiado por ella es como ser amputado del cuerpo y privado de la savia del propio ser.

2. Si el honor es el nexo de nuestra vida con la vida de la propia familia y de la ciudad en que se vive, o sea, si la vida individual sólo se estima valiosa en la propia comunidad, puede pensarse que el honor está realmente por sobre la vida propia. Y así se le estimó desde muy antiguo en España. Continuar leyendo

Honor herido, motivo de guerra

 

Jacques David: “Juramento de los Horacios” (1784). Obra neoclasicista, representa el juramento que tres hermanos “Horacios” hacen para defender el honor de su estirpe, frente a los “Curiacios”. Es una alegoría sobre el cumplimiento del deber, la lealtad a la familia y, más allá, al Estado, por encima de cualquier sentimiento personal. Los vencedores habrán decidido la suerte de dos ciudades.  Ambas familias sufren muy ásperos conflictos de conciencia. Vence el último “Horacio”, haciendo una encendida defensa del honor frente al amor.

Jacques David: “Juramento de los Horacios” (1784). Obra neoclasicista, representa el juramento que tres hermanos “Horacios” hacen para defender el honor de su estirpe, frente a los “Curiacios”. Es una alegoría sobre el cumplimiento del deber, la lealtad a la familia y, más allá, al Estado, por encima de cualquier sentimiento personal. Los vencedores habrán decidido la suerte de dos ciudades. Ambas familias sufren muy ásperos conflictos de conciencia. Vence el último “Horacio”, haciendo una encendida defensa del honor frente al amor.

La iniuria como título general de guerra

1. La guerra es un modo expresivo de la fragilidad humana, pues, según la tra­dición judeocristiana, no existía en el estado de inocencia[1].

Entre las razones suficientes que inducen a emprender acciones bélicas hay una, la injuria al honor, ya señalada por Tucídides entre otras dos: “el honor, el temor y el interés”.

Y bajo la tesis de que el honor ha sido una causa importante de las guerras escribió no hace mucho Donald Kagan un libro Sobre las causas de la guerra y la preservación de la paz[2]. Para probarlo repasa los momentos anteriores a la Guerra del Peloponeso (431-404 a. de C.), a la Primera Guerra Mundial (1914-1918), a la Segunda Guerra Púnica (218-202 a. de C.), a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y a la Crisis de los Misiles en Cuba (1962). No relata el desarrollo de cada contienda, sino los actos anteriores al desenlace bélico, las relaciones diplomáticas y las deliberaciones previas de los gobiernos de cada país. Kagan concluye que la lucha -propiciada por los antagonismos- busca fundamentalmente el poder. Pero no siempre la búsqueda del poder tiene su aguijón en el miedo o en la consecución de la seguridad o de ventajas mate­riales, porque hay otra razón igualmente desencadenante: “un prestigio mayor, respeto, deferencia, en resumen, honor”[3]. Continuar leyendo

Quimeras que nos seducen

Gustave Moreau (1826-1898): “La quimera”. Maestro de Matisse, Marquet y Rouault. Se mueve entre el romanticismo y el simbolismo. Aplica el arte de la acuarela con brillantez de matiz. Pero también sus óleos se aproximan a fantásticas glorificaciones y ardientes tonos carnales.

Gustave Moreau (1826-1898): “La quimera”. Maestro de Matisse, Marquet y Rouault. Se mueve entre el romanticismo y el simbolismo. Aplica el arte de la acuarela con brillantez de matiz. Pero también sus óleos se aproximan a fantásticas glorificaciones y ardientes tonos carnales.

Modificación genética

Ella era rubia  y tuvo tres novios. Decidió tener un hijo… de los tres. Consiguió el esperma de todos ellos y lo entregó a un centro de fecundación artificial para que seleccionara genéticamente  los ojos verdes del primero, la musculatura del segundo y la voz del tercero. Es un decir. Pero esta técnica de mescolanzas  ha sido llamada “modificación genética”, o sea, modificación de la línea germinal del ADN cromosómico que puede pasar a las generaciones futuras. En el Reino Unido la cosa va en serio; y ya ha penetrado ampliamente la idea de un hijo que, previa una genetic modification, tiene tres o más padres.

Ya sé, ya sé que la ciencia no está todavía a la altura de lo que algunos pretenden. Y que la naturaleza no permitirá  ensayos genéticos viciados.  Pero es que tampoco muchos científicos están a la altura de lo que la ciencia debe proporcionar, aunque cuenten con un desorbitado presupuesto económico.

Tengo la convicción de que las técnicas de reproducción asistida se han salido de madre y de padre. Ya no basta que dos personas, varón y hembra, busquen con su correspondiente carga genética dar la vida a un tercero, el hijo. Ni tampoco es suficiente que, dentro o fuera del matrimonio, haya niños a petición, mediante fecundación “in vitro” o vientres de alquiler, o que no se pregunte por el origen biológico de la masa genética. La identidad genética, base de la filiación biológica, ya no serviría: la verdadera sería la “identidad social”, la que la sociedad quiera darle al embrión en cada momento, llamando a las cosas con nombres ilógicos o meros eufemismos.

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Qué significa reconocer y ningunear

Caravaggio: Narciso

Caravaggio: «Narciso se mira en las aguas» (1600). El engreído mancebo se enamoró de su propia imagen reflejada en una fuente. Incapaz de apartarse de su imagen y de reconocer a los demás, acabó arrojándose a las aguas.

La lucha por el reconocimiento

Comienzo con una anécdota: Aquella niña lloraba desconsoladamente en medio del grupo familiar, en un acto sencillo que el abuelo aprovechó para repartir pequeños regalos. Mucho antes de que empezara la ronda la niña gimoteaba diciendo: ¿Y yo qué?…

En las no muy lejanas discusiones sobre el multiculturalismo y el feminismo, se reveló una preocupación común, a saber: que los individuos o los grupos sociales tienen que encontrar reconocimiento o respeto en su “diferencia”. Desde aquí se pasó a entender que la cualidad más humana de las relaciones sociales no sólo tiene que medirse por la distribución justa o equitativa de los bienes materiales; sino que ha de estar esencialmente conectada con el modo y la medida de reconocerse mutuamente los sujetos. A partir de estos planteamientos se fue dibujando paulatinamente el objeto de una discusión filosófica cuyo punto de partida está constituido por los contenidos dela justicia que deberían explicarse al hilo de determinadas formas de reconocimiento recíproco, de las cualidades deseables o reprobables que hay en las relaciones que los sujetos mantienen entre sí. Continuar leyendo

El antiabsolutismo monárquico del Siglo de Oro

Carlos-I

Anthony van Dyck (1599–1641): «Retrato ecuestre de Carlos I». Representación del poder absoluto que quiso ejercer el rey inglés.

El absolutismo monárquico

Para comprender la teoría del poder civil mantenida en el siglo XVII es preciso tener presente el ardor polémico con que entonces se quiso rebatir el absolutismo monárquico de Jacobo I, para quien no había diferencia entre el poder espiritual del soberano Pontífice y el poder temporal de los reyes: ambos poderes vendrían inmediatamente de Dios a la persona que ejercía el poder. En el caso británico, esta doctrina se asocia a las figuras de Jacobo I y Carlos I. Ya en 1597 existían textos ingleses que sostenían el derecho divino de los reyes.

Para este monarca, además, por autoridad legítima se entendía sencillamente la establecida bajo una concepción dinástica y territorial. A los maestros del Siglo de Oro no les interesaban en realidad las cuestiones de hecho, sino las de derecho con sus implicaciones morales: ¿cómo puede constituirse un estado, tomando como punto de partida la naturaleza del hombre y de su fin social?

En España se clamó y escribió contra aquella postura legitimadora de índole absolutista; y se hizo desde la concepción clásica, según la cual, la autoridad tiene siempre como misión general la consecución del fin del estado, el bien común y el orden público: en el cumplimiento de esta misión se basa su legitimidad. En esa misión es decisiva la voluntad del pueblo, el cual no debía ser concebido como mera multitud inorgánica. Así se había enseñado desde Santo Tomás.

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La naturaleza social de la persona humana

Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669): “Ronda militar”. Los personajes están dispuestos en varios planos de profundidad, realizando acciones diversas que llenan de dinamismo la escena, la cual incluye niños, perros y mirones. Consigue un acorde de rojos, amarillos y negros con el poder sugestivo del claroscuro. Rembrandt pinta un grupo

Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669): “Ronda militar”. Los personajes están dispuestos en varios planos de profundidad, realizando acciones diversas que llenan de dinamismo la escena, la cual incluye niños, perros y mirones. Consigue un acorde de rojos, amarillos y negros con el poder sugestivo del claroscuro. Rembrandt pinta un grupo en el que convergen todos los niveles sociales.

1. Individuo y sociedad

El hombre, en cuanto histórico, está afectado intrínsecamente por una relación social, unido a sus semejantes. Los latinos habían distinguido dos tipos de unión de hombres: el que constituye la «civitas» propiamente dicha, la cual enlazaba con nexos profundos y necesarios a la multitud, y el que constituye el «coetus», cuyos nexos son simplemente casuales y referentes a fines particulares. Una y otro, «civitas» y «coetus», son formas que los individuos tienen de relacionarse entre sí. ¿Cómo debe entenderse, desde el punto de vista filosófico, la relación social que afecta intrínseca­mente al hombre en cuanto ser histórico?

Antes de nada, será preciso subrayar aquí dos aspectos impor­tantes: lº. El «estar vertido» un sujeto a los demás; y 2º. El «mo­do» en que el sujeto está vertido a los demás. Si lo primero es siempre necesario al hombre –lo llamaremos alteración[1]–, aun­que no integre su esencia (diríamos que es un elemento consecu­tivo, mas no constitutivo), lo segundo puede ser unas veces nece­sario y otras veces contingente o accidental.

Las respuestas que se han dado al problema de la relación social se refieren tanto a la índole del «estar vertido», como al «modo» en que se está vertido. Continuar leyendo

Fraternidad artificial

Adolf Gustav Vigeland (1869-1943): "La paternidad". Composición escultórica.

Adolf Gustav Vigeland (1869-1943): «La paternidad». Composición escultórica.

Fraternidad contra paternidad

Pedagogos, psicólogos y sociólogos aseguran que el “ideal” y el papel del padre está actualmente erosionado en la familia. Podría añadirse, desde una perspectiva política, y a la vista de la composición mayoritariamente masculina de cualquier Parlamento, que son los hombres quienes votan las leyes que –como las de la fecundación artificial y transferencia de em­briones– consagran la marginalización del varón, el cual hace así secun­dario su papel de padre y se convierte en el «segundo sexo», expresión ésta que apenas hace algo más de medio siglo había utilizado la existencialista francesa Simone de Beauvoir para reivindicar el papel autosuficiente de la mujer y titular un famoso libro: Le deuxième sexe. El padre acabará siendo el sexo inútil, el molesto acompañante, sólo un recambio designado por la madre[1].

Pero esta situación psicológica y sociológica del padre es sólo super­ficial, consecuencia de un factor “ideal” o “ejemplar” y metafísico más hondo, localizable en el proceso emancipador de buena parte de la moder­nidad. Continuar leyendo

Derecho a nacer: argumentos

Georges de La Tour: "El recién nacido". Realizado en óleo sobre lienzo, data del periodo 1645-1648. Se exhibe en el Museo de Bellas Artes de Rennes (Francia). Una de las dos mujeres tiene en brazos un recién nacido. Del claroscuro resalta la iluminada cabeza del niño.

Georges de La Tour: «El recién nacido». Realizado en óleo sobre lienzo, data del periodo 1645-1648. Se exhibe en el Museo de Bellas Artes de Rennes (Francia). Una de las dos mujeres tiene en brazos un recién nacido. Del claroscuro resalta la iluminada cabeza del niño.

  Una guerra mundial silenciosa

Resulta extraño asistir, por una parte, al espectáculo de las campañas orquestadas para protestar contra la pena de muerte y la guerra y, por otra, escuchar las mismas voces que claman por la le­galización del aborto libre.

Las estadísticas menos hinchadas sobre control de natalidad aseguran que unos cincuenta millones anuales de seres humanos engendrados son elimi­nados mediante la interrupción voluntaria del em­barazo con muerte del feto (según informes de las Naciones Uni­das). ¡Una carni­cería sin límite! Sólo en Norte­américa, desde 1973 a 1980, el número de abortos se elevó a nueve millones: más que las vícti­mas de la guerra del Viet-Nam.

Tomando como punto de refe­rencia el año 1970 puede decirse que hasta el año 2013 el número de abortos practicados en todo el mundo asciende a más de 1.500 millones. Ante estas cifras, los 30 millones de muertos que durante 4 años arrojó la Segunda Guerra Mun­dial constituyen una cantidad insignificante.

Buena parte de las legislaciones hoy vigentes, en vez de perseguir el hecho y penalizarlo drásti­camente, considerándolo como delito contra la vida de un inocente, abren la mano a su práctica adu­ciendo razones de múltiple índole: se permite abor­tar por causa de violación, malformaciones del feto, incesto, peligro para la sa­lud física o psíquica de la madre, dificultades para la futura educación de la criatura, circunstancias económicas, etc. Continuar leyendo

La pérdida actual del padre

Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682): “La vuelta del hijo pródigo”. La composición del padre abrazando tiernamente al hijo que vuelve andrajoso y maltrecho, resalta no sólo por la hermosura del color, sino sobre todo por la expresión del ánimo de las figuras. No sólo mantiene las reglas de la perspectiva y de la óptica, sino también representa las virtudes y las pasiones del corazón humano.

Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682): “La vuelta del hijo pródigo”. La composición del padre abrazando tiernamente al hijo que vuelve andrajoso y maltrecho, resalta no sólo por la hermosura del color, sino sobre todo por la expresión del ánimo de las figuras. No sólo mantiene las reglas de la perspectiva y de la óptica, sino también representa las virtudes y las pasiones del corazón humano.

Emancipación y paternidad

En la modernidad se ha calificado de «culpable minoría de edad» la situación del hombre que todavía no se ha atrevido a pensar por sí mismo, que todavía no se ha emancipado. Jurídicamente el hombre se emancipa cuando se libera de la autoridad legal que tienen los padres sobre los hijos, de la tutela o de la servidumbre. Pero la emancipación de la que habla la modernidad tiene mayor amplitud: es también liberación de los prejuicios, de las formas tradicionales de mando, de las ideas inveteradas no suficien­temente sometidas a crítica, y sobre todo –en lo político, en lo social, en lo moral– liberación de toda sujeción, de toda autoridad ajena a la iniciativa propia de cada individuo[1].

Lo decisivo en este punto es entender qué significa «pensar por sí mismo». Negativamente significa, claro está, que otro no piense por mí. Positivamente quiere decir algo más que pensar una realidad objetiva y previa a mi acto de pensarla; indica, más bien, que el conjunto de la natu­raleza y del espíritu ha de ser repensado «desde el principio», pues hasta que yo no lo piense, ese conjunto carece de sentido, de realidad y de obje­tividad. El momento fundante de buena parte del pensamiento moderno viene presidido por la agresividad: la crítica es primariamente ataque y destrucción de lo dado. Pero el atrevimiento de «pensar por sí mismo» no es sólo antropológico o moral, sino sobre todo metafísico, porque median­te mi acto de pensar queda fundada, puesta, la realidad toda, investida de un mensaje nuevo. Y en ese atrevimiento se comprometen no sólo las fuer­zas puramente intelectuales, sino las volitivas, las prácticas y las técnicas.

No está, pues, plenamente «emancipado» en sentido moderno el hom­bre que, ejerciendo su actividad intelectual, se «atiene a lo real» y respeta un orden de seres en el que el propio pensador se halla previamente colo­cado e instado a aceptar tanto una jerarquía de seres como las consecuen­cias objetivas que de ésta pueden seguirse. Me emancipo cuando «quedo exento de principio real», cuando comienzo desde un acto creador que se identifica con mi propia decisión subjetiva de pensar. Emancipación signi­fica, por tanto, negación de una creación real, no puesta por mí: es nega­ción de un origen distinto del yo. Y como «ser hijo» equivale a «ser origi­nado», la emancipación, en su sentido más profundo, significa anulación de la paternidad original. Al emanciparse, el hombre se hace hijo de sí mismo.

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Amor femenino y magnanimidad masculina. Una teoría de Fichte

 

William Hogarth (1697-1764): “Contrato matrimonial”. El tema es un matrimonio de conveniencia entre la hija de un adinerado burgués y el hijo de un arruinado noble, ambos sometidos a la voluntad de sus padres. Al fondo se encuentran el novio, que se mira en el espejo; y la novia que, con aspecto abatido, es consolada por su abogado. Una escena repudiada por Fichte.

1. Sentido supraindividualista del amor

 

Del amor parte Fichte con el objetivo de es­tructu­rar su teoría del ma­trimonio. Para cumplir ese obje­tivo, empero, Fichte asigna el amor a una de la partes, a la mujer primordialmente, dejando pa­ra la otra parte, el varón, el ejercicio paralelo de la magnani­midad. O sea, Fichte traza los parámetros definitivos de la femi­niza­ción del amor y de la masculinización del matrimonio.

Además, si para Kant existe el deber de casarse sólo cuando ha de dar­se la relación sexual, en cambio, para Fichte la determina­ción objetiva y moral del ser humano exige siempre entrar en el estado del matrimonio. Esta exigencia –también compartida des­pués por Hegel– proviene, según Fich­te, del ámbito antropoló­gico y moral, y proclama la absolutización de la conyugalidad.

El “amor” es considerado por Fichte desde dos perspectivas: la metafísica y la ético-antropológica. El enfoque metafísico fue tratado por él ampliamente en su obra Iniciación a la vida feliz (1806)[1], a propósito de la relación que tiene el hombre con el absoluto. Este amor expresa en el hombre a la vez un estado de división y una aspiración a la uni­dad. División, por ejemplo, entre dos dimensiones reales del existente; o entre lo que un existente fácticamente es y el modelo ideal de su ser verdadero. “El amor reúne y religa de la manera más íntima el yo dividido que, sin amor, sólo se contemplaría fríamente y sin ningún interés”[2]. Esa relación metafísica es sinó­nima de “amor”, el cual tiene carácter unitivo. La vida verdadera ama lo uno, inmutable y eterno, es decir, a Dios[3], que es un absoluto no personal.

Desde el punto de vista ético-antropológico, el tema del amor y del matrimonio fue estu­diado por Fichte, dentro de las obras que él mismo publicó, en Fundamento del Derecho Natural (1796)[4]y Sistema de teoría moral (1798)[5], cuyo clima mental es filosóficamente posrevolu­cionario, en el que conceptos tan fundamentales como libertad, responsa­bilidad y familia –junto con el de las relaciones entre los sexos– sufren un proceso de redefinición. Asimismo encon­tramos in­teresantes observaciones en algunas cartas y parciales desa­rrollos en los siguientes inéditos: Sistema de teoría del derecho[6], Lógica y Metafísica[7], Lecciones sobre los aforismos de Platner[8] y sobre Moral[9]

Al estudiar el matrimonio –punto focal del amor–, Fichte pretende superar el individualismo jurídico y el individualismo libertario[10]. Continuar leyendo

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