Sección: 1.Persona (página 1 de 8)

persona, naturaleza, personalidad, identidad, intimidad, el yo.

El otro poder de las palabras

 

«Lo stregozzo»:  Agostino Veneziano (1520). Una desatada furia pasa como la procesión de una bruja, a través de un  amenazante mundo subterráneo. Es llevada en un carro hecho con la carcasa de una criatura monstruosa, y está acompañada por hombres, niños, animales e instrumentos. Refleja el poder feroz de la palabra destructora.

La principal manera de relacionarse el hombre con los demás es mediante las palabras. Para eso es preciso antes dominar las mismas palabras, no sólo para hablar gramaticalmente bien el idioma, sino para aplicarlas moralmente bien. Las palabras pueden servir para tener un poder inmoral sobre las personas, para destacar por encima de ellas; pero sobre todo para respetarlas, en cuyo caso han de ir precedidas del dominio que uno debe ejercer sobre sí mismo y sobre sus dichos.

En lo que atañe al respeto que debemos a los demás, desde el punto de vista psicológico y moral, las palabras pueden entrañar el deshonor de alguien. El honor es consecuencia de la excelencia que el otro tiene, en principio por ser persona; y se le deshonra al privarle de la dignidad por la que tiene ese honor, lo cual se produce ciertamente por palabras, obras y omisiones. Se deshonra a alguien cuando se da a conocer lo que es contrario a su honor, y esto acontece por medio de signos; y entre los signos son principales las palabras, utilizadas para expresar los conceptos del espíritu. Se trata entonces de ofender, mediante palabras, el honor de otro.

Las palabras pueden encerrar intenciones y conceptos de muy variada manera: científica, poética, retórica, artística, práctica y moral. Intenciones y conceptos que se inscriben en el “modo” de hablar. El modo es, por una parte, una categoría gramatical que se implica en la conjugación verbal de nuestra lengua y describe el grado de fuerza resolutiva que tienen las palabras y frases emitidas, en tanto que responden a intenciones del sujeto emisor. A esta fuerza resolutiva de las palabras se refería Austin cuando decía que se pueden hacer “cosas con palabras”. Pero  no me refiero ahora al modo gramatical (condicional, imperativo, indicativo, negativo, optativo, potencial y subjuntivo), sino al modo moral, a la forma o manera de hablar, a la moderación.

Es cierto que las palabras, en cuanto a su esencia física, esto es, como sonidos audibles, no causan daño alguno al prójimo, a menos que fatiguen el oído, por ejemplo, cuando uno habla demasiado alto. En cambio, en cuanto a su esencia psicológica, son signos representativos de algo para llevarlo al conocimiento de los demás; y entonces pueden ocasionar quebranto psicológico y moral, por ejemplo, cuando alguien es lesionado en su honor o en el respeto que otras personas le deben. Por eso, tienen especial importancia las palabras por las que uno echa en cara a otro sus defectos en presencia de muchos. No obstante, aun hablando a solas con el interesado, puede existir lesión psicológica y moral en cuanto que el que habla actúa en contra del respeto del que oye.

El hombre no ama menos su honra que sus bienes materiales. Uno deshonra a otro por hechos, en cuanto sus actos realizan o significan lo que está en contra del honor. Pero los actos, en este caso, son tan significativos como las palabras. Con todos sus matices, fue tratado este asunto por Santo Tomás (v. gr. Suma Teológica, II-II, qq. 72-76). Cuando uno echa en cara a otro su pobreza o bajo nivel social: eso es también atentar contra el honor, que es consecuencia siempre de alguna excelencia.

Asimismo, proferir palabras ultrajantes, aunque sea cierto el contenido de lo que significan, primariamente rebaja la excelencia de quien lo hace, del sujeto emisor. Y no deja de haber cierta insensatez cuando alguno pronuncia palabras de insulto contra otro, aunque sea sin ánimo de deshonrarle, sino para corregirle. En cualquier caso, puede lesionar psicológica y moralmente de manera grande o pequeña. Es preciso usar moderadamente de tales palabras, puesto que podría resultar tan grave el insulto que, proferido sin cautela, arrebatara el honor de aquel contra quien se lanza, aunque no se haya tenido intención de deshonrar a otro.

No se debe olvidar que la mayoría de las palabras que ofenden o afrentan tienen algunas veces  su origen en la ira, cuyo fin es la venganza rápida: el hombre irritado no tiene ninguna venganza más presta que ultrajar a otro. Otras veces, la proposición verbal que llega a ofender suele hacerse por soberbia, la cual predispone a la actitud de ofender e insultar, en cuanto que aquellos que se consideran superiores desprecian más fácilmente a los otros y los injurian: se irritan con mayor facilidad, porque estiman indigno todo lo que va contra su voluntad. 

En resumen, en cuanto las palabras son ciertos sonidos no causan daño a nadie, sino sólo en cuanto entrañan una significación que procede de la intención interior. Por tanto, en las palabras proferidas debe considerarse, sobre todo, con qué intención uno las pronuncia. Si la intención es insultar, tiende a quitar la honra a otro por medio de lo que pronuncia: lo dicho contiene una especial gravedad que pervierte internamente la conducta moral.

A veces se profieren palabras insultantes, no para deshonrar a una persona, sino más bien por diversión. Pero provocar la risa en los demás a costa de envilecer a uno, hiere el orden moral interno de la convivencia; esa herida será más o menos profunda, dependiendo de la intención del que insulta y de su proceder: si se comporta con cierta ligereza de espíritu o por ira superficial.

Las palabras pueden servir negativamente para «difamar», o sea, para manifestar los errores ocultos de una persona; también para «murmurar», criticando los defectos públicos de una persona; e incluso para «calumniar», atribuyendo a una persona un mal que no ha hecho.

Ahora bien, el hombre, en su trato con los demás, y puesto como sujeto pasivo que recibe la afrenta, ha de saber que para configurarse a sí mismo con una recia personalidad, debe estar dispuesto a obrar “aguantando” si fuese necesario; aunque no siempre está de hecho obligado a proceder de tal manera. Y si, por mor de la convivencia, estamos dispuestos a tolerar afrentas, no siempre es conveniente soportarlas: primero para impedir o prevenir la repetición de tales cosas en el futuro; segundo, porque si no reaccionamos a tiempo, muchas personas pueden inferir que la afrenta estaba bien fundada. Es muy difícil entonces guardar cierto equilibro en la respuesta.

Filosofía cristiana, entre Erasmo y Vitoria

Erasmo, por Quentin Massys, 1517. Vitoria, recreación moderna

1. El párrafo inicial de la primera Relección de Vitoria sobre la Potestad civil, dice lo siguiente: “El deber y misión del teólogo son tan extensos que no hay argumento alguno, no hay disputa, no hay tema ajeno a la profesión e institución teológica”[1].

Esta afirmación de Vitoria, exaltando la profesión del teólogo, podría parecer exagerada; aunque si bien se mira, está respondiendo a la postura de Erasmo acerca de la misión del teólogo.

Erasmo escribe en la primera y segunda década del siglo XVI[2]; mientras que Vitoria es un poco posterior, enseña en la segunda y tercera década de ese mismo siglo.

Ambos coincidían en dos cosas: en el amor a las buenas letras y también en el amor a Cristo. Unidas las dos instancias en Erasmo surgiría la apuesta de una “Filosofía cristiana” o philosophia Christi, hondamente práctica. Pero integradas las dos en Vitoria surgió una apuesta de teología positiva, a la vez teórica y práctica.

2. Erasmo preguntaba: “¿Amas las buenas letras? Tienes razón si las practicas por Cristo. Pero si te contentas con amar el saber por el saber, te detienes en el plano de donde habría que elevarse”[3].  Incluso añade que de nada serviría para esto lo que hacen los países luteranos: destruir las imágenes en los templos o prohibir la celebración de misas.

La intención de Erasmo era mostrar el significado del auténtico cristianismo, conforme a la doctrina de los Evangelios y de los Padres de la Iglesia. Una de las Introducciones que hizo al Novum Instrumentum (Nuevo Testamento) editado en 1516, se titulaba Paráclesis [Paráfrasis] ad saluberrimum philosophiae Christianae studium. Obviamente Erasmo no quería oponer esa “filosofía cristiana” a la filosofía pagana, sino a un tipo de tradición escolástica o schola theologorum, cargada de cuestiones y distinciones que, en ese momento, solían volatilizar el mensaje de Cristo. Pero, aunque Erasmo denuncia la contaminación ergotista y verbalista de la doctrina evangélica operada en aquella época, sostiene que esa filosofía, que era reflejo del Evangelio, no se expresaba ya ni en los maestros escolásticos[4], ni en los clérigos, ni en los monjes.

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Filosofía en la juventud y en la Universidad

Pellegrino Tibaldi: Alegoría de la filosofía, 1527 (con las imágenes de Aristóteles, Platón, Séneca y Sócrates). Biblioteca del monasterio de El Escorial.

Pellegrino Tibaldi: Alegoría de la filosofía, 1527 (con las imágenes de Aristóteles, Platón, Séneca y Sócrates). Biblioteca del monasterio de El Escorial.

Dos lecciones de Schelling (Philosophie der Offenbarung). El filósofo alemán Schelling preparó en la primera mitad del siglo XIX unas lecciones de cátedra que tituló respectivamente Filosofía de la Mitología y Filosofía de la Revelación. Las dos primeras lecciones de esta última obra empiezan con una brillante exposición del espíritu universitario, especialmente pertinente para la juventud de aquel tiempo y del nuestro. Es preciso volver a meditar esas dos lecciones, que ahora incluyo aquí traducidas, casi en su totalidad.

Habla en ellas de la juventud, del espíritu universitario, de los charlatanes que se dicen filósofos, de las lecturas profundas y sabias.

Defiende el espíritu de verdad en profesores y alumnos. Y se goza en un posible futuro en que abiertamente se declare la guerra a toda mentira y engaño, y cuyo principio básico sea la verdad. pretendida a cualquier precio por doloroso que sea. Y advierte que la lucha por la verdad, o mejor las peleas en torno a la verdad, deben tener un término, porque no puede darse, como muchos piensan, un progreso indefinido, es decir sin meta, término y sentido. La humanidad ha de encontrar su meta, donde alcance su paz.

Las lecciones están llenas de preguntas radicales; y no quieren dejar indiferente a la juventud europea. También hoy, exigiéndole el cultivo de la metafísica (¡nada menos!)

Filosofía en la juventud y en la Universidad

 

Entender, representar, decir: según Tomás de Aquino

J. Vermeer, "El arte de la pintura" (s. XVI). Colores brillantes, realzados por el impacto de la luz que se filtra por la ventana: es una luz natural que se convierte en palabra generativa que recae en una musa polivalente.

J. Vermeer, «El arte de la pintura» (s. XVI). Colores brillantes, realzados por el impacto de la luz que se filtra por la ventana: es una luz natural que se convierte en palabra generativa que recae en una musa polivalente.

Analogías de orden psicológico

 Quienes estudian el pensamiento moderno saben que casi todo el esfuerzo de los filósofos se ha volcado hacia la “representación” como quicio hermenéutico de los distintos sistemas, muchos de los cuales desembocan en tesis idealistas. Mi reciente libro sobre “Conciencia y representación” es una pequeña contribución al estudio de este problema[1]. Ahora quiero volverme a Santo Tomás de Aquino (1224-1274) para explorar el alcance que tiene en su planteamiento psicológico la representación[2], la cual estaría vinculada, por el lado objetivo, a la cosa extramental y, por el lado subjetivo, al acto de entender, acto que se cumple también expresivamente en el decir, en el habla interior auto-reflexiva.

En la época medieval y tardomedieval, la “teoría psicológica” del conocimiento se fra­guó frecuentemente en paralelo con la explicación teológica del orden “personal” interno de la Santísima Trinidad. Así, la procesión del Hijo por vía de inteligencia, es generación; pero la procesión del Espíritu Santo por vía de amor no es generación, sino espiración. Se enseñó también que el Hijo ha nacido, pero no el Espíritu Santo, puesto que el Hijo procede, mediante la obra de la inteligencia, como imagen y semejanza, pero no así el Espíritu Santo, que procede por obra de la voluntad, a saber, como amor y nexo de los dos.

En un polo doctrinal opuesto, Durando (1270-1334) explicaba que la procesión de la divina Palabra (el Hijo o Verbo) es emanación de la misma naturaleza divina, pero no operación surgida de la inteligencia divina; con ello eliminó de la Persona del Hijo lo más peculiar, propio y real de la Palabra: porque si el Hijo emanara naturalmente de Dios, no sería “palabra” (verbum) o habla, ni obra de la inteligencia[3].

Sin esta advertencia hermenéutica, no se comprenderían fácilmente algunos puntos de la teoría psicológica clásica. Aquellos maestros ejercían una casi obligada diplopía o visión doble, que lejos de ser considerada como alteración visual (percepción de dos imágenes de un mismo objeto), era un acople hermenéutico que les permitía asegurar a la vez, y con cierta coherencia, las tesis filosóficas y las teológicas. Esta doble vertiente tuvo su desarrollo más notable a partir de los innumerables Comentarios que se hicieron al Libro de las Sentencias de P. Lombardo[4].

[1]     Juan Cruz Cruz, Conciencia y representación: una introducción a Reinhold, Eunsa, Pamplona, 2017.

[2]     Véase la clara exposición hecha por Joannes a Sancto Thoma, In I Summa Theologiae Commentaria, q. 27; Cursus Philosophicus, t. III, De Anima, qq. 4-8 y qq. 9-11.

[3]     Asimismo, teológicamente no es lo mismo “entender” que “decir”: el entender es esencial a las tres personas y tan sólo implica referencia a la cosa entendida. En cambio, “decir” tan solo conviene al Padre e implica relación al Verbo (al Hijo) como “expresado” y procedente del principio que habla. Thomas de Aquino, STh, I, q. 34, a. 1, ad 3; q. 37, a. 1.

[4]     Especialmente las glosas y exégesis hechas al libro I, dist. 13. Cfr. mi traducción del Comentario de Santo Tomás al Libro de las Sentencias, Eunsa, Pamplona, 2003.

Véase:  Entender, representar, decir

 

Caleología o contemplación de la belleza

El Plorón, de Klaus Sluter (1340-1405), "suplica, ruega, pide, gime". Esta figura, de extraordinaria fuerza expresiva y belleza naturalista, es una talla magistral envuelta en pesados y ampulosos "pliegues flamencos".

El Plorón, de Klaus Sluter (1340-1405), «suplica, ruega, pide, gime». Esta figura, de extraordinaria fuerza expresiva y belleza naturalista, es una talla magistral envuelta en pesados y ampulosos «pliegues flamencos».

De la belleza y el gusto

Los pensadores griegos llamaban kalós a lo «bello»; y logos  a la «contemplación» o «intelección»; de manera que la intelección profunda de la esencia o éidos de lo bello podría llamarse caleológica, un vocablo que ya fue utilizado en el siglo XIX. Y similarmente podría llamarse caleotécnico al modo artístico o técnico (del griego tekné) de conseguir belleza contemplable. Tanto uno como otro término son categorías de una Estética que se precie de serlo.

Al sentimiento de la belleza se ha llamado «gusto». Y sobre el gusto han escrito los más prestigiosos pensadores, desde antiguo hasta aquí. El gusto ha sido primeramente significado en los sentidos corporales que tienen terminales nerviosas específicas (en la lengua, en el oído, en el olfato, etc.), destinadas a percibir el buen sabor de los alimentos. Mas por analogía se atribuye el gusto a los sentidos implicados en la contemplación de las bellas artes, como la vista en las artes visuales y el oído en la música. Y más hondamente se traslada «gusto» a significar la facultad que tenemos de gozar la belleza de las cosas. En este último sentido, «gusto» es un acto del espíritu que, regulado por las leyes de la realidad misma, está volcado hacia lo bueno de las cosas, especialmente determinado como belleza. El gusto es una dote esencial de la naturaleza racional. Sólo un ser espiritual es capaz de discernir lo bello de lo feo, lo más bello y lo menos bello. Por tanto, el juicio sobre la belleza no es meramente empírico o urgido por el efecto agradable que las cosas nos producen; más bien, excede de la experiencia. Sin el factor racional de un espíritu que fuera capaz de gozar la contemplación de la belleza, las cosas existirían, pero no serían bellas. Es más, sólo una razón absoluta -increada y eterna- sería el gusto absoluto. Continuar leyendo

Donaire

Caravaggio: Joven tocando el laúd. Este pintor, aprovechando la técnica del claroscuro, creó una nueva forma de naturalismo, con figuras tomadas de la observación física. Fue el maestro del uso de luces y sombras.

Caravaggio (1571-1610): Una joven tocando el laúd. Este pintor, aprovechando la técnica del claroscuro, creó una nueva forma de naturalismo, con figuras tomadas de la observación física. Fue el maestro del uso de luces y sombras; en este caso, aplicadas al donaire de una dulce y grácil joven.

La palabra “donaire” viene del latín donarĭum, y éste a su vez de donāre, dar; significa la discreción y gracia en lo que se dice, por ejemplo, un chiste o dicho gracioso y agudo. Del donaire verbal pasó a significar el donaire corporal, o sea, la gallardía, gentileza, soltura y agilidad airosa de cuerpo para andar, danzar, etc.  La expresión verbal y la expresión corporal son los sujetos ontológicos del donaire. El donaire tiene un punto de extralimitación, de trascendencia antropológica (cfr. en este blog: «gracia» y «elegancia»).

Como hubieran dicho los clásicos, dar “se dice de muchas maneras”: dar a cada uno lo suyo es un acto de justicia; dar la vida por alguien es un acto de amor; dar de los dineros que se tienen, es un acto de generosidad. Dar ejemplo es un acto de estimulación moral, v. gr. de cortesía y fineza. Y también se puede dar cordelejo, es decir, dar chasco, zumba o cantaleta burlesca; incluso dar largas, entretener a alguien con falsas esperanzas. Continuar leyendo

Nietzsche, detrás de las máscaras

 

Ensor: "Las máscaras y la muerte".1897, óleo sobre lienzo,79×100 cm. Musée d´Art Moderne, Luik. Uno de los más clásicos y representativos cuadros.

Ensor: «Las máscaras y la muerte».1897, óleo sobre lienzo,79×100 cm. Musée d´Art Moderne, Luik. Uno de los más clásicos y representativos cuadros.

1. Desenmascaramiento y censura.

Desde los supuestos filosóficos del nihilismo Nietzsche emprende un obstinado proceso de desenmascaramiento. Desenmascaramiento de toda existencia juzgada por él como inauténtica: la que se agota en el aspecto, en el papel de personalidad que el hombre ‑con la carga de su propio pa­sado‑ mantiene frente al mundo. Pero Nietzsche «no nos enseña el ca­mino, ni nos enseña una creencia, ni nos coloca en un terreno sólido. Más bien no nos deja lugar a reposo, nos atormenta incansablemente, nos ex­pulsa de todos los albergues donde buscamos refugio, rasga todo dis­fraz»[1].

Pero esa censura posee una estructura específica, cuyos elementos conviene detectar. Nietzsche se sitúa siempre más allá de todo posible contenido de la individualidad, más allá del bien y del mal. Y en cuanto que el bien y el mal son contenidos de una individualidad, Nietzsche ofrece la antítesis de la moralidad.

La moral es sustituída por los principios del superhombre. «Todos los dioses han muerto, queremos que viva el superhombre; ¡sea ésta nuestra última voluntad al filo del gran mediodía!»[2]. ¿Qué significa este super­hombre? ¿Será una posición determinada de contenido individual, de suerte que una vez arrancada la máscara del hombre normal quedara una individualidad valiosa por debajo de ella? De ningún modo. Simplemente el superhombre es la expresión de la antítesis; desde la antítesis, la moral es considerada como un fetichismo. Nietzsche cumple así una función positiva al suprimir todos los tópicos morales que han sido el refugio du­rante generaciones de nuestra vida occidental. Lo terrible del caso es que con este desenmascaramiento de las formas tópicas de moralidad Nietzsche hace naufragar también la auténtica moral vivida desde una in­timidad que reflexivamente reconoce principios no meramente sociales, no simplemente sobreimpuestos, sino que requieren al hombre por en­cima de lo social y de lo individual.

La antítesis nietzscheana presenta dos vertientes, que son como la cara y la cruz de una misma moneda; expresan los dos aspectos, externo e in­terno, de su vivencia, en la medida en que es denuncia de la máscara. Por su lado ex­terno, la antítesis nietzscheana connota la erradicación de los contenidos sociales de la máscara. Por su lado interno, connota la supre­sión del pesimismo con que la máscara siente sus contenidos.

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Ninguno es eminente en todo

Velázquez : “El aguador de Sevilla” (1620). Un anciano aguador vestido con un capote pardo ofrece a un muchacho una copa de cristal llena de agua, El aguador apoya la mano en un cántaro grande de cerámica, en cuya superficie rezuman algunas gotas de agua. El anciano aguador más parece letrado que inculto; o es más de lo que parece.

Velázquez : “El aguador de Sevilla” (1620). Un anciano aguador vestido con un capote pardo ofrece a un muchacho una copa de cristal llena de agua. El aguador apoya la mano en un cántaro grande de cerámica, en cuya superficie rezuman algunas gotas de agua. El anciano aguador más parece letrado que inculto; o es más de lo que parece.

Sepa cada uno en lo que vence; y logre su talento allí: que no puede dejar de ser cordura obrar sólo en lo que entiendes, ocultando en lo demás tu imperfección.

Mientras está el cántaro dentro del agua no se le conocen las quiebras; en saliendo de ella, todas se ven.

Basta una eminencia en lo grande, para dorar muchas faltas en lo poco; y en lo poco muchas eminencias, no prueban una eminencia en lo grande.

Ser algo en lo mucho, ya es mucho; y ser mucho en algo, no es más que algo. Perfecto en todo, nadie lo fue: pero lo parece en más el que da a conocer en menos su imperfección.

Gran cordura es saber uno conocer su ventaja; y lo es doblado, saberse mantener en ella. En todos los elementos casi, logra su actividad el fuego: pues el aire lo aviva; y en la tierra se ceba; mas no se meta en el agua, que sin duda perecerá.

Conozca, pues, cada uno su esfera; y en ella hable y obre: mas no eche el pie en ajenas jurisdicciones, si no quiere haber de retirarse con desaire.

Textos seleccionados de la obra de Francisco Garau,
Máximas políticas y morales (Barcelona, 1702),  pp. 47-54

Lo que bien empieza, bien acaba

Vincent van Gogh (1853-1890). “Sembrador con el sol poniente”. El lugar estimula la fuerza creativa del artista y le permite avanzar en su trabajo impresionista.

Vincent van Gogh (1853-1890). “Sembrador con el sol poniente”. El lugar estimula la fuerza creativa del artista y le permite avanzar en su trabajo impresionista.

Mucho importa para un feliz fin, un buen principio. No hay lugar para enmendar en la segunda vez, lo que desacertó en la primera. Mucho pierde quien en el primer lance se pierde: no es perderse para aquel solo, perderse es para muchos que le sucedan después.

Todo lo humano depende de la opinión de los hombres: esta nace de lo que se oye y se ve; cuesta mucho de vencer una opinión ya fundada. Son fáciles en tomarla los hombres; pero no sin mucha dificultad la dejan. El primer concepto que se imprime en el alma, parece que se cincela en bronce; y así son precisos muchos actos contrarios, primero para borrar el primero, y después para imprimir el segundo. Continuar leyendo

Es otra naturaleza la educación

Teodoro Núñez Ureta (1912-1988). El impresionista autor peruano expone en este mural que los niños son la semilla del nuevo mundo y que los maestros deben enseñarles a trabajar y a cultivar sus mentes.

Teodoro Núñez Ureta (1912-1988). El impresionista autor peruano expone en este mural que los niños son la semilla del nuevo mundo y que los maestros deben enseñarles a trabajar y a cultivar sus mentes.

Se nace con una naturaleza abierta, como persona. Pero con el tiempo formamos una personalidad, un modo de ser en la realidad. A ese proceso de libre formación de la personalidad en el tenaz carácter recibido de la naturaleza, se llamó siempre educación.

Se comentaba a principios del siglo XVIII una historieta trágica y salvaje, que seguramente nunca podría haber ocurrido:

De camino a la horca, pidió un ladrón a los jueces le permitieran, para su consuelo, decir a su madre dos palabras al oído. Acercóse la madre, y aquél cortóle media oreja con los dientes. Afeáronle los circunstantes, acción al parecer tan poco pía; mas él satisfizo, diciendo: la madre tiene la culpa del hijo. Hubiérame castigado cuando rapaz hurté a otro niño una cartilla, y no me hubiera yo adelantado en nuevos hurtos”.

Muestra este relato dos puntos importantes. Uno positivo  y acertado: que la educación ayuda a conformar en valores el abierto carácter del niño. Otro negativo, arrastrado por un sentir histórico equivocado: que la educación es algo mecánico, como una relación rígida de causa a efecto. A veces se olvida que en medio está la libertad del educando ‒y luego la del hombre maduro‒: quizás ni los castigos hubieran hecho mella en una libertad indispuesta hacia valores, como pudo ser la de ese ladrón. Continuar leyendo

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