Sección: 1.Persona (página 1 de 7)

persona, naturaleza, personalidad, identidad, intimidad, el yo.

Caleología o contemplación de la belleza

El Plorón, de Klaus Sluter (1340-1405), "suplica, ruega, pide, gime". Esta figura, de extraordinaria fuerza expresiva y belleza naturalista, es una talla magistral envuelta en pesados y ampulosos "pliegues flamencos".

El Plorón, de Klaus Sluter (1340-1405), “suplica, ruega, pide, gime”. Esta figura, de extraordinaria fuerza expresiva y belleza naturalista, es una talla magistral envuelta en pesados y ampulosos “pliegues flamencos”.

De la belleza y el gusto

Los pensadores griegos llamaban kalós a lo “bello”; y logos  a la “contemplación” o “intelección”; de manera que la intelección profunda de la esencia o éidos de lo bello podría llamarse caleológica, un vocablo que ya fue utilizado en el siglo XIX. Y similarmente podría llamarse caleotécnico al modo artístico o técnico (del griego tekné) de conseguir belleza contemplable. Tanto uno como otro término son categorías de una Estética que se precie de serlo.

Al sentimiento de la belleza se ha llamado “gusto”. Y sobre el gusto han escrito los más prestigiosos pensadores, desde antiguo hasta aquí. El gusto ha sido primeramente significado en los sentidos corporales que tienen terminales nerviosas específicas (en la lengua, en el oído, en el olfato, etc.), destinadas a percibir el buen sabor de los alimentos. Mas por analogía se atribuye el gusto a los sentidos implicados en la contemplación de las bellas artes, como la vista en las artes visuales y el oído en la música. Y más hondamente se traslada “gusto” a significar la facultad que tenemos de gozar la belleza de las cosas. En este último sentido, “gusto” es un acto del espíritu que, regulado por las leyes de la realidad misma, está volcado hacia lo bueno de las cosas, especialmente determinado como belleza. El gusto es una dote esencial de la naturaleza racional. Sólo un ser espiritual es capaz de discernir lo bello de lo feo, lo más bello y lo menos bello. Por tanto, el juicio sobre la belleza no es meramente empírico o urgido por el efecto agradable que las cosas nos producen; más bien, excede de la experiencia. Sin el factor racional de un espíritu que fuera capaz de gozar la contemplación de la belleza, las cosas existirían, pero no serían bellas. Es más, sólo una razón absoluta -increada y eterna- sería el gusto absoluto. Continuar leyendo

Orti y Lara frente a Krause: Semblanza y Obras

Puente renacentista de Marmolejo (Jaén), ciudad natal de Orti y Lara. Si se deja aparte la innecesaria virulencia de los calificativos (o mejor, de las descalificaciones) que hace del krausismo, se aprecia que Don Juan Manuel realiza en sus comentarios una exposición crítica que, aunque breve, aduce importantes textos originales de Krause traduci­dos directa­mente del alemán y se explaya argumentando comparativamente contra ese sistema, poniendo en juego los principales con­ceptos de la metafísica clásica.

Puente renacentista de Marmolejo (Jaén), ciudad natal de Orti y Lara. Si se deja aparte la innecesaria virulencia de los calificativos (o mejor, de las descalificaciones) que hace del krausismo, se aprecia que Don Juan Manuel realiza en sus comentarios una exposición crítica que, aunque breve, aduce importantes textos originales de Krause traduci­dos directa­mente del alemán y se explaya argumentando comparativamente contra ese sistema, poniendo en juego los principales con­ceptos de la metafísica clásica.

Semblanza de Orti y Lara

“En la villa de Marmolejo [Jaén], en treinta días del mes de Octubre de 1826 años, yo el bachiller don Manuel de Medina, Cura de la Iglesia Parroquial de Nuestra Madre y Señora de la Paz, bapticé y crismé en ella solemnemente a Juan Manuel Narciso de Dios, que nació en el día de ayer; es hijo legítimo de don Vicente Orti, natural de Castro del Río y médico titular de ésta, y de doña Marina de Lara, natural de San Bartolomé de Andújar, y vecinos de ésta; nieto paterno de don Vicente Orti y doña Josefa Criado, y materno de don Juan Manuel de Lara y doña Clara de Lara; fue su padrino, nombrado por sus padres, su dicho abuelo pa­terno”. Estos primeros datos biográficos se encuentran en la fe de bau­tismo de don Juan Manuel Orti y Lara.

Su padre, médico titular de la villa jiennense y de los manan­tiales que la han hecho famosa en el mundo, escribió varias Me­morias sobre el poder curativo de sus aguas, mereciendo figurar en la Bibliografía hidrológica médico-española del Dr. Martínez Reguera, publicada en 1896.

En Marmolejo aprendió las primeras letras Orti y Lara, criado en el seno de una familia profundamente católica, tanto en las ideas como en la práctica. A la edad de trece años fue enviado a un Colegio de Humanidades que había en Andújar, donde cursó Lógica, Gramática general, Matemáticas y Dibujo lineal, desde 1839 á 1840. Luego pasó al Colegio de Humanidades de Jaén, titulado de Nuestra Señora de la Capilla, donde estudió dos años. Seguidamente marchó a Granada, y allí cursó Jurisprudencia, siendo becario interno del Colegio de San Bartolomé y Santiago.

Al finalizar sus estudios universitarios, y tras ejercer como abogado de los Tribunales, se dedicó a la enseñanza en Granada. Ocupó en Madrid la Cátedra de Metafísica de la Universidad Central. Tras el triunfo de la revolución de septiembre de 1868 –por la que Isabel II se vio obligada a emigrar a Francia con su hijo Alfonso–, Orti y Lara fue destituido en 1869 por haberse ne­gado a jurar la nueva Constitución. Ejerció seguidamente la ense­ñanza libre, estableciendo en su casa una academia de filosofía. Volvió a la enseñanza estatal (1876), una vez establecido en el trono don Alfonso XII (1875). En toda su actividad de profesor y publicista tuvo el más firme propósito de restablecer el tomismo en las aulas académicas, habiéndolo él bebido de la neoescolástica italiana. También ejerció activamente el periodismo a lo largo de toda su vida. Y fue miembro co­rrespondiente de la Academia Ro­mana de Santo Tomás de Aqui­no y, desde el 3 de Abril de 1899, de la Real Academia de Cien­cias Morales y Políticas.

Del testimonio de un amigo suyo conocemos su porte y talante: “Era nuestro don Juan Manuel de estatura regular, proporcio­nado en las partes del cuerpo, seco de carnes, enjuto de rostro, de color trigueño, como nacido de familia rubia y for­mado a los rayos del sol de Andalucía; de mirada tranquila y dulce, cuando el fuego del corazón dormía cubierto por la ceniza, y viva y penetrante, cuando se asomaba a sus ojos azules. Su frente ancha y despejada, sin entrecejos que la obscurecieran, daba majestad al rostro, afeitado a guisa de clérigo, y a la cabeza, rodeada de nie­ves perpetuas, desnuda de cabellos, en su parte alta, por la calvi­cie que el mucho pensar y el mucho razonar habían precipitado. Además, los excesos en el estudio y el trabajo habían puesto car­gas en los hombros, cuyo peso aumentaba de mes en mes, de año en año, de lustro en lustro. En parecida pro­porción disminuían las energías de los ademanes, del andar, de la voz. Verdad es que su lenguaje, en lo común de la vida, fue siempre el mismo, senci­llo, claro, grave, verdadero, transparente y las maneras siempre las mismas, naturales, reposadas, distinguidas. Así se explica que gustara poco de las insubstancialidades y convencionalismos del mundo, y que su conversación acabase infaliblemente por ser substanciosa e instructiva. Escolástico siempre, aplicaba en todo caso la teoría del per se y del per accidens, y sólo con muchas di­ficultades y no pocas reservas reconocía que se dan casos y cosas, así en el individuo como en la familia, así en la sociedad como en el Estado, en que lo accidental, agigantado por las circunstancias, adquiere formas y proporciones de utilidad, de conveniencia”[1].

Desde su juventud estuvo muy unido espiritualmente a don José Escolano y Fenoy, Canónigo Lectoral de Jaén y luego Obis­po, con cuya hermana casó (esta señora murió en Madrid el 18 de julio de 1896). Al lado de don José Escolano aprendió Orti y Lara a discernir el influjo de las obras que prepararon la Revo­lución francesa, como las de Voltaire y los Enciclopedistas; también las de Bentham y Kant. Profundizó asimismo en los es­critos de Santo Tomás, aunque repartía su entusiasmo filosófico leyendo a De Bonald, Frassynous y Balmes. Fue muy especial­mente estimulado por la Apologética balmesiana. Tomó pronto partido por la neoescolástica italiana (Liberatore, Taparelli, Pris­co y Sanseverino), alejándose explícitamente del neoescolasticis­mo que en Lovaina impulsaba Mercier, y tratando con poca atención a los grandes teólogos y juristas españoles, como Báñez, Soto o Suárez.

Hay que indicar un detalle de su ju­ventud que delata un eleva­do talante moral y permite entender también su preocupación in­telectual tan pugnazmente conserva­dora y ortodo­xa. Al terminar la carrera de Jurisprudencia ejerció la abogacía en Granada, sien­do todavía muy joven. Pero, según contó a Isern, “se dio de baja en dicha profesión porque habiendo conseguido la absolución de un reo de grandísimos delitos, comprendió que estos triunfos eran incompatibles con el estado de su conciencia”[2]. ¿Rígido o consecuente? Sea cual fuere la respuesta, la severidad de su ta­lante explica que no sólo polemizara contra el krausismo y el libe­ralismo de su tiempo, sino también contra el conservadu­rismo que, como el de Menéndez Pelayo, no se adaptaba a su enfoque.

Poseía una buena instrumentación filológica. Aparte del griego y del latín, leía con soltura el alemán, el francés y el italiano. Del alemán ha dejado buenas traducciones, como las obras de Pesch (Los grandes arcanos del universo. Filosofía de la naturaleza), Hurter (Derecho de la razón y de la fe) y Jungmann (La Belleza y las Bellas Artes), o los copiosos textos de Krause. Y lo mismo se diga del italiano (Ensayo teórico de Derecho natural, de Taparelli). A su vez, fue traducida al alemán por L. Schütz su obra La ciencia y la divina revelación. A pesar de su peculiar talante moral, fue en su época una fi­gura preparada para cono­cer el mundo intelectual que le rodeaba.

Sobresalientes facultades intelectuales brillan con particular fuerza en sus obras de polémica metafísica y mo­ral, quizás las más originales: tanto la filosofía de Krause y sus dis­cípulos como algunas corrientes ético-sociales de la época son expuestas y com­batidas con rigor y contundencia. En sus obras didácticas de filo­so­fía mantiene un pulso sostenido con filósofos importantes: así son sometidos a la prueba de la crítica los principios metafísicos de Hobbes, Descartes, Locke, Hume, Kant, Schelling, Hegel, Krause, Gioberti y Rosmini, entre otros.

Menos penetración muestra a la hora de abordar cuestiones de filosofía de la ciencia. Aquí mezcla sin suficiente cautela planos epistemológicos –el meta­físico y el fenoménico– que son necesa­riamente distingui­bles. Por ejemplo, hablando de la «evolución» biológica afirma que “esta es una hipótesis absurda, porque no es, ciertamente, producto de la experiencia, sino de la imaginación apoyada en sofísticas razones […]. La teoría de la evolución es anticientífica, porque despoja a las ciencias naturales de la fijeza que reciben de los objetos cuya naturaleza no está sujeta a la variabilidad incesante del werden hegeliano”[3].

En descargo de Orti y Lara cabe indicar que la llamada «cien­cia moderna» en el siglo XIX extrapolaba con demasiada fre­cuencia las hipótesis del campo físico al ámbito metafísico. Hecho advertido por don Juan Manuel, al apreciar que, aunque la cien­cia moderna no reconoce “otro valor que el que procede de sus aplicaciones a lo sensible y material”, tiene una inclinación “a construcciones metafísicas, la cual contrasta por modo extraño con la especie de horror que, al parecer, se profesa a la Meta­física”[4].

Se preocupó también Orti y Lara de estudiar con atención el medio social en que vivía, cuya rápida evolución apenas permitía sosiego para valorar sus repliegues. Las numerosas obras que es­cribió sobre la «cuestión social» están presididas por un interés moral lacerante: “Lo que se desea saber es el modo cómo pueden remediarse los gravísimos males que afligen a la sociedad huma­na en nuestros días, y especialmente cómo puede restablecerse, de modo estable, la paz entre pobres y ricos, o sea, entre el capital y el trabajo […]. Los economistas de la escuela liberal, intérpretes y factores del capitalismo que priva y domina en nuestra época, no quieren confesar que la sociedad está enferma, y menos que la enfermedad que padece es de muerte; nadando, como nadan, en ríos de oro y de placeres los que hoy gozan de todos los adelantos de la Ciencia, aplicada a la industria, y de los refinamientos de la cultura moderna, no tienen ojos para ver las miserias, así físicas como morales, de los infelices proletarios”[5]. Con idéntico talante moral se manifiesta Orti y Lara contra el empeño del Estado mo­derno en monopolizar la enseñanza[6].

 

Krause y el Krausismo en España

No se entendería la obra de Orti y Lara sin el contrapunto del krausismo español, al que se opuso desde el principio.

El primer contacto que la juventud española tuvo con la filoso­fía de Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832) aconteció a través de la obra de Ahrens titulada Curso de derecho natural, traducido por Ruperto Navarro Za­morano en 1841, y de la Enciclopedia jurídica de Falck, vertida por José Álvaro de Zafra y Lorenzo Arrazola. Esos fueron tam­bién los primeros libros que atrajeron la atención de Julián Sanz del Río (1814-1869), adalid del krausismo en España. Tras ser nombrado catedrático interino de historia de la filosofía a la edad de veintinueve años, don Julián viajó a París (donde conoció a Cousin), a Bruselas, donde enseñaba Ahrens, y luego a Heidelberg para estudiar el sistema krausista[7]. Aunque Krause había muerto diez años antes, Sanz del Río entró en contacto con un grupo de discípulos suyos (Röder, Leonhardi, Schliephake, Gervinus y Weber), con quienes se con­venció de que el sistema krausista era la verdad absoluta y com­pleta. “Aquí no se supone jamás –escribe entusiasmado Sanz del Río–; no se afirma más de lo que se ve directa, inmediatamente, desde la primera verdad de intuición inmediata, yo, hasta la última ver­dad, la intuición del ser, en la cual y por la cual existe y es posi­ble la intuición del yo. El orden de progresión es tan circuns­pecto, tan rigurosamente gradual, que no es posible negar el asentimiento a cada afirmación sucesiva”[8]. Habiendo residido en Heidelberg algo más de un año, a finales de 1844 regresó don Julián a España. Rechazó el ofrecimiento de una Cátedra y se retiró a Illescas, dedicándose a traducir varios libros krausistas alemanes, como el Compendio de la historia universal de Weber, la Literatura alemana de Gervinus, la Psicología de Ahrens y, especialmente, la Analítica y El ideal de la humanidad de Krause. En 1854 solicitó, y le fue concedida, la Cátedra de historia de la filosofía que años antes rechazara, volcándose por entero a ex­poner el sistema de Krause.

Don Julián consiguió muchos adeptos para el krausismo; entre los primeros, se cuentan José Álvaro de Zafra, Ruperto Navarro Zamorano, Manuel Ruiz de Quevedo, Francisco Gayoso de La­rrúa, Eduardo Chao, Dionisio Gómez, Luis Entrambasaguas y Manuel Berzosa; posteriormente frecuentaron sus tertulias Sal­merón, Francisco de Paula Canalejas, Tomás de Tapia, Segis­mundo Moret, Facundo de los Ríos Portilla y Francisco Giner. La primera publicación den­sa de Sanz del Río se tituló Sistema de la filosofía, Metafísica. Parte I.a: Análisis de Krause (Madrid, 1860), a la que le siguió El ideal de la humanidad para la vida (Madrid, 1860), una exposición de ideas krausistas, recibido por su entorno como un ideario de la juventud liberal española. No tuvo don Julián la habilidad de exponer el sistema krausista en ideas claras y distintas, siendo su lenguaje arcano y críptico. Pero intentó sinceramente enseñar a pensar y formar hombres ínte­gros. Ni maestro ni discípulos supieron exponer la doctrina de Krause más allá del terreno introductorio de las generalidades, como confiesa Palacio Valdés[9].

El movimiento krausista consiguió su punto de apogeo al año siguiente de la muerte de don Julián, acaecida en 1869. Sus lecciones de 1862-63 fueron recogidas y publicadas por José de Caso en 1877 con el título de Análisis del método.  Simpatizantes –que no seguidores– del esfuerzo de don Julián fueron Emilio Castelar, Francisco Pi i Margall, Joaquín Costa y Juan Valera. Pero el influjo más intenso que la enseñanza de don Julián tuvo en España se debe al metódico y tenaz Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza que, inspira­da en el Ideal de la humanidad de Krause, se orientó a la regene­ración nacional, a una nueva España, den­tro del marco de un naturalismo a la vez ra­cionalista y senti­mental. Aunque el krau­sismo español no cuajó un sistema «ente­ro», acabó siendo un am­plio movimiento de regeneración inte­lectual y educativa. De hecho, conspicuos «institucio­nistas» (co­mo Manuel Bartolomé Cossío, Pedro Dorado Montero, Julián Besteiro, Manuel García Morente) no fueron «krausistas».

Sin mucho esfuerzo podrían ser identificados en don Juan Ma­nuel y don Julián los dos personajes que Antonio Machado ten­dría en mente cuando, con grave simplismo, valoraba poética­men­te las “dos Españas”, la vieja y la nueva, la mala y la buena, la que bosteza triste y la que se abre en nueva epifanía[10]. Las dos Españas que sólo estaban en la sesgada idea de don Antonio Machado. ¿O es que no se llenaron de bostezos krausistas las aulas de finales del XIX? ¿Y con qué derecho se le podría tachar de zaragatero a un hombre que, como Orti y Lara, en­tregó su vida entera, sin respiro ni cansancio, a la causa de la verdad? ¿No pretendía también don Juan Manuel regenerar Es­paña mediante el trabajo y el estudio hecho con seriedad?

La primera intervención que tuvo Orti y Lara contra el krau­sismo se refiere al Compendio de historia universal de Weber. Pero contra Sanz del Río de una manera directa a pro­pósito del Discurso que éste pronunciara en la apertura del año académico (1857) en la universidad de Madrid. En 1865 se implicó Orti y Lara en una campaña, llamada de los «textos vivos», que se desató contra los krausistas españoles y que culminó  en 1867 con la destitución de Sanz del Río, Fernando de Castro y Nicolás Salme­rón[11].

En buena medida contribuyó a la disgregación del krausismo la crítica certera de Orti y Lara. Ya en 1875, seis años después de la muerte de don Julián, atestigua Francisco de Paula Canalejas: “Entre los discípulos de don Julián Sanz del Río se han declarado tendencias diversas y encontradas. No hay ya escuela”[12]. Incluso antes, en 1866, se aprecian tendencias en el krausismo. Muchos discípulos se pasaron al positivismo o al neokantismo.

 

El estilo

Orti y Lara era hombre de una pieza. O dicho con un término menos español, pero más germánico, era una personalidad orgá­nica: pues todos sus elementos intelectuales, afectivos y prácticos se polarizaban en torno a un fin, continuando las tradiciones de la familia, distribuyendo la enseñanza en las aulas, defendiendo dialécticamente sus principios, comprometiéndose políticamente con partidos políticos.

Su polémica filosófica no está exenta de una complaciente seguridad y rigidez en la propia posición. La violencia verbal que frecuentemente utiliza contra sus adversarios (incluso a los católico-liberales llama «imitadores de Lucifer») perturba inne­cesariamente la atención que el lector ha de poner en la argu­mentación racional con que se tejen sus polémicas. En descargo suyo conviene recordar que el siglo XIX estuvo lleno de excesos verbales, de uno u otro signo, muchas veces ofensivos. El Diccio­nario crítico-burlesco de Gallar­do (en 1821 había ya once edicio­nes) afirmaba que la Eucaris­tía era una «ventosa sajada»; el diario li­beral La Triple Alianza defendía que la inmortalidad del alma era una hipótesis temeraria… Era un siglo en que fre­cuentemente no se hacía de la libertad un objeto de respeto, sino de ejercicio desmesurado.

Frecuentes y molestas huellas del tradicionalismo de De Bo­nald quedaron impresas en Orti y Lara. Por ejemplo, desde una perspectiva estrictamente racional, hubiera bastado con que don Juan Manuel calificara la argumentación del contrario como «fal­sa» o «errónea». Pero, en su afán por deprimir las fuerzas de la razón «moderna», hace coincidir «catolicismo» y «filosofía»: es esta una clave que ayuda a interpretar el sentido de la frecuente des­calificación del contrario con adjetivos tales como «anticató­lico» y «hereje». Sin embargo, Orti y Lara es más tradicionalista en la superficie que en el fondo, pues sus diatribas no dan pie jamás a acallar la voz de la razón en su uso natural, la fuerza del razo­namiento. Y eso es lo que importa, aunque moleste.

Por la exigencia práctica de sus principios –elegir un instru­mento de gobierno acorde con la dignidad social de la persona– se acercó a varios partidos políticos, sin recalar definitivamente en ninguno: primero, el partido moderado histórico; luego, el círculo de ultramontanos, representados por Navarro-Villoslada o Nocedal; seguidamente, el carlismo, la Unión Católica y el inte­grismo. Todos mostraban aspectos aceptables, pero ninguno la perfección. Sin haber entrado antes en la lucha intrapartidista, se atrevió a presentar en Pamplona su candidatura de diputado, pero no obtuvo escaño; la presentó luego en Jaén, su provincia natal, donde fue también derrotado.

Tampoco andaba muy seguro Orti y Lara por el filo de la teoría política: si en los albores de la revolución de septiem­bre de 1868 confesaba que el gobierno constitucional –o repre­sentativo– nada tiene por su naturaleza que lo haga condenable, en 1890 lle­gó a decir que el gobierno constitucional mostraba en sus orí­genes un menosprecio de las costumbres y de la fe del pueblo, pues es negativo el principio del organismo constitucional mo­derno, incompatible incluso con toda forma de gobierno[13]. Sin embargo, acabó aceptando –cosa que otros no hicieron– el orden constitucional establecido, intentando iluminar con la doctrina del Angélico el sentido de las nuevas constituciones: no sería objeta­ble un orden político en el que todos tienen alguna participación en el poder y es buena la forma de los poderes, porque los ma­gistrados principales puedan salir del pueblo o ser elegidos por éste[14]. Ahora bien, esa aceptación del orden constitucional y re­presentativo –ya en el ocaso de su vida– se operó en la mente de Orti y Lara menos por exigencia racional que por imperativo tradicional: si­guiendo la voz del Romano Pontífice León XIII, en una peregri­nación de obreros españoles al Vaticano[15].

Su faceta de periodista o, mejor, de columnista de prensa, aca­para buena parte de su vida. Su dedicación al periódico acontece en una época que –sin los medios auxiliares del teléfono y de las comunicaciones rápidas mediante el tren o el automóvil– todavía valoraba tanto la doctrina como el hecho, quedando la noticia a veces desdibujada bajo el aluvión del comentario. Colaboró asi­duamente con densos artículos doctrinales y de polémica en El Pensamiento Español (desde 1860), que dirigía Navarro Villos­lada; fue sucesi­vamente director de La Ciudad de Dios (1870), de La Ciencia Cristiana (1887), de El Siglo Futuro y de El Universo (1901-1904). No carecía de excepcionales dotes de escritor. Menéndez Pelayo dejó dicho de Orti y Lara que “escribía con limpieza de estilo no común entre filósofos”. Pero, desde luego, no se adaptó al periodismo en sentido moderno. Sus artículos toman siempre el ritmo poco ágil de la disertación doctrinal, sin artificios de retórica, prolijo y largo, ajeno al modo de ser del público lec­tor y muy alejado de la prosa suelta y brillante que hace atractiva la prensa diaria. Siempre polemista, en varios artí­culos defendió el proteccionismo en materia económica y rechazó como antica­tólico el libre cambio. En otros se opuso a la aboli­ción de la pena de muerte. En otros, en fin, publicados luego con el título La Inquisición, salía al paso de las invectivas que Llorente lanzara contra dicho tribunal. Contra don Vicente de Lafuente publicó su Ascetismo liberal, así como una serie de artículos que, con el tí­tulo Lutero y su descendencia, aparecieron en La Ciencia Cristia­na. En los temas indicados tacha Orti y Lara no sólo de equivo­cados, sino de heterodoxos (para con la Iglesia), a quienes están alejados de sus ideas. Sus diatribas llegaban incluso al zaguán del amigo, como lo atestiguan las Cartas de prensa que dirigió en 1888 a don Damián Isern y publicó colec­cionadas en 1889 con el título de Cartas de un filósofo integrista al Director de «La Unión».

También Orti y Lara, históricamente hijo de su siglo, se exce­dió a veces en valoraciones negativas de los sistemas o ideas que no compartía. Lealmente convencido de que tanto en materias metafísicas, como en cuestiones morales, está ya dicho lo funda­mental en obras de pensadores clásicos, se plegó de manera poco flexible a la neoescolástica italiana. Por ejemplo, quiere don Juan Manuel que sus lecciones de Derecho natural “sirvan de luz y de escudo contra las falsas máximas con que reemplazan la sabiduría antigua los que en la Edad Moderna han mudado el derecho con agravio manifiesto de la justicia”[16]. Pero esto no es un especial demérito en un hombre convencido de que lo impor­tante es la verdad y no quien la dice o expone.

 

El método

Mostró también don Juan Manuel interés pedagógico en im­partir sus lecciones de Cátedra. Aunque estaba convencido de que el verdadero método “consiste en exponer la doctrina en tesis y argumentos demostrativos, con algunas nociones preliminares al comenzar cada tratado, y con escolios y corolarios”, observó que los alum­nos, al no estar habituados a este método, sacaban poco pro­vecho, por lo que se decidió por un procedimiento más senci­llo de preguntas y respuestas, inspirado “en la forma socrática del diálogo”. Con este criterio están escritos sus textos sistemáticos de filosofía. “Profesor, que no maestro”, dijo de él Unamuno[17].

En el diálogo filosófico con sus compañeros de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, según recuerda Isern, “tenía abun­dancia de palabra, conocimientos especiales en todas las ra­mas de la Filosofía y del Derecho, en la Economía política y en la So­ciología, y dominio soberano de la lógica aristotélica aprendida en las obras de los escolásticos. Por lo demás, su estilo era sen­cillo, corriente y fácil, y más bien sintético que difuso, y la reci­tación en todos los casos firme y segura, resuelta y comedida. Ni aun en los últimos años, el tiempo, que había logrado amenguar los bríos de la voz, había podido disminuir la intensidad del fuego del alma”[18].

¿Original? Todo depende de lo que se entienda por esta pa­labra. Para Orti y Lara «original» es la verdad misma: el pen­sador es original en la medida en que es absorbido y sobrecogido por esa verdad. Por eso, la justicia le obliga a declarar en el prólogo a su Psicología: “He ordenado el presente compendio con los ojos fijos en el texto de Sanseverino, sin apartarme por esto de mi primer guía, el ilustre Liberatore; y que, si algún valor se reconoce a este breve trabajo, razón es adjudicarlo a la excelencia de la doctrina bebida en tan puras y copiosas fuentes”[19]. Asimismo declara en el Prefacio de su Metafísica: “La obrita no debe ser tenida por verdaderamente original, puesto que de la doctrina contenida en ella no hay un solo punto que no se halle en los autores antiguos y modernos de verdadera filosofía, que reconoce como Príncipe al Angélico Doctor Santo Tomás de Aquino”. En sus Principios de Psicología afirma que “ha pro­curado evidenciar en todas y cada una de las cuestiones psi­cológicas, de suyo gravísimas y palpitantes, la verdad de la filo­sofía antigua, defendiéndola de los errores con que tratan de obs­curecerla y suplantarla las escuelas modernas, así las empíricas como las idealistas”. Y en la edición de 1900 de su Teodicea ase­gura en el prólogo: “Como de todas mis obras, así puede decirse de ésta, que carece de verdadera originalidad”.

Por su carácter didáctico y claro, estos libros de enseñanza filosófica, junto con los de Elizalde y Monlau, ayudaron a muchos estudiantes, durante varias décadas.

Y si por originalidad filosófica se entiende la expresión lite­raria de una personalidad notable e inconfundible, se encuentra ese rasgo distintivo en las obras de polémica metafísica escritas por Orti y Lara. Especialmente las que se refieren al pensamiento de Krause y del krausismo. El mismo talante especulativo, ele­vado y entero, muestra en El catecismo de los textos vivos, es­crito en forma de controversia, por preguntas y respuestas, don­de pasa revista a las princi­pales tesis de metafísica y ética de algu­nos conocidos filó­sofos del momento: Ruiz Chamorro, González Serrano, M. de la Revilla, Luis Silvela y otros más. En el Pre­facio de esta obra afir­ma don Juan Manuel que el libro fue compuesto “sa­cando sus textos y respuestas de las propias fuentes que las con­tienen, que son los libros, opúsculos o discursos donde los res­pectivos auto­res insinúan las falsas espe­cies que sin duda ninguna bebieron, para su mal y el de la juventud española, en las fuentes, más envenenadas todavía, que brotan en las obras de los princi­pales corifeos de la falsa ciencia”[20]. Toma aquí de Santo Tomás sus más penetrantes armas para el combate.

Acerca de este punto de la “originalidad”, dejó dicho algo muy sensato Damián Isern: “Se ha hecho al Sr. Orti y Lara el cargo fundadísimo de que sus obras, sobre todo las didácticas, carecen de verdadera originalidad. Pero preciso es no olvidar que no sólo no pretendió dicho señor hacerlas pasar por originales, sino que una y otra vez declaró solemnemente que no lo eran. Entendía que la misión del profesor era enseñar la doctrina universalmente recibida, y en ningún caso llevar a las aulas los productos de su razón, y mucho menos las creaciones de su fantasía. Por lo de­más, los que formulan este cargo contra el Sr. Orti y Lara no pueden desconocer que, muerto Comellas, inteligencia segada en flor, aquí ha habido, como hubo antes, neo-escolásticos a la ita­liana, neo-escolasticos a la belga, y después de las publicaciones del P. Pesch, neo-escolásticos a la alemana; y ha habido también antes como hay ahora, krausistas, partidarios de la escuela esco­cesa, divulgadores de Kant, vulgarizadores de Bentham, algunos escépticos a lo Voltaire, alguno que otro hegeliano, algún discí­pulo rezagado de la escuela de Cousin, algunos cartesianos y hasta algunas docenas de budhistas. Lo que no ha habido, ni hay, son escolásticos a la española, con alguna excepción que confirma la regla, pensadores realmente originales, filósofos en el verdadero sentido de la palabra. En el Sr. Orti y Lara han de elogiarse: pri­mero, su noble sinceridad al declarar que sus obras, sobre todo las didácticas, no son esencialmente originales; y segundo, la uniformidad de todas sus producciones en relación con el fin. ¿Hay algo de esta noble sinceridad en los que pasan aquí por sa­bios, y en la vida han hecho otra cosa que arreglos del francés a la escena española?”[21].

En fin, debido a ése su carácter orgánico, a su idiosincrasia, Orti y Lara creyó que cumplía un deber sagrado si proyectaba sobre la sociedad la doctrina ético-social de su filosofía. Para lo­grarlo, pidió su jubilación como profesor de Metafísica en la Universidad Central, visitó a potentados integristas en busca de recursos económicos para apoyar su acción política y crear y dirigir un nuevo diario, El Universo (1901), como instrumento de propaganda, al que habría de entregarse en cuerpo y alma pa­ra ponerlo a la mayor altura posible[22]. Echó sobre sus espaldas la tarea más difícil para un hombre que, vencido por los años, for­cejea nada menos que a finales del siglo XIX para contentar a las fuerzas de la derecha española, haciéndolas converger con la po­lítica del Episcopado y de la Santa Sede, dentro del marco oficial de una España convulsa. Nunca sabremos si su propósito habría triunfado, porque fue atacado por una enfermedad que pronto le llevaría a la tumba. En el número 23 de la calle Jorge Juan de Madrid falleció don Juan Manuel Orti y Lara un frío 7 de enero del 1904, a la edad de 78 años.

Él no trató de crear un nuevo sistema de filosofía, aunque quizás no le faltaran inteligencia penetrante e imaginación viva para acometer esa tarea. Otros con menos talentos lo intentaron. Pero logró un orden y estilo propios para aplicar a la contro­versia una doctrina que durante siglos se ha fraguado en una sólida tradición de pensamiento.

Seguro que es objetable don Juan Manuel en muchos elementos de su forma y de sus expresiones. Su tonante lenguaje[23] ha en­cogido a no pocos expositores de la filosofía española, quienes han despachado sumariamente de sus páginas al molesto perso­naje, sin entrar a discernir el oro de la paja en la obra de don Juan Manuel. Pero es de justicia reconocer que buscó menos la originalidad que la seguridad y profundidad en la exposición de las doctrinas, unida a la crítica certera.

A raíz de su muerte, la Revue Neo-Scolastique de Lovaina compendiaba así, quizás con un juicio muy sumario, la proyec­ción histórica de don Juan Manuel: “Orti y Lara contribuyó en gran manera a vulgarizar en su patria la filosofía escolástica, si bien tuvo una concepción demasiado estrecha de la misma, unida a una exagerada desconfianza con relación al pensamiento mo­derno”.

Probablemente Orti y Lara, por su dominio del idioma ale­mán, llegó a conocer la filosofía de Krause con más competencia y acierto que algunos krausistas españoles que, embarcados en una nueva escolástica de matiz idealista, repetían sin crítica los filosofemas del pensador germánico. No fueron más originales que don Juan Manuel quienes se preocuparon en reproducir su­perficialmente las novedades germánicas importadas con un re­traso de decenios, cuando ya en Francia, Alemania e Inglaterra habían sido destronados los grandes sistemas postkantianos por corrientes filosóficas más atentas al conocimiento científico de la naturaleza y de la sociedad.

 

La obra

La obra publicada por Orti y Lara es bastante amplia. La ordenamos en cuatro apartados: a) polémica metafísica; b) polé­mica ético-social; c) didáctica filosófica; d) traducciones.

a) Obras de polémica metafísica

Krause y sus discípulos convictos de panteísmo. Madrid, 1864; V. Vindel, 1929; E. Rodríguez, 1951; Callejón de Preciados, 1955.

Lecciones sobre el sistema de filosofía panteística del alemán Krause. Pronunciadas en «La Armonía». Madrid, Imprenta de Teja­da, 1865; 1924.

Fundamentos de la Religión. Madrid, Tejado, 1868; García Rico, 1920.

La ciencia y la divina revelación. Demostración de que entre las Ciencias y los Dogmas de la Religión calólica no pueden existir conflictos. Obra premiada por la Real Academia de Ciencias Mo­rales y Políticas en 1878. Madrid, Guttenberg, 1881; 1926. Esta obra fue traducida al alemán por L. Schütz.

El catecismo de los textos vivos. Madrid, A. R. de Castroviejo, 1884; García Rico, 1920; Monterrey, 1957.

Relaciones que median entre la filosofía especulativa y las ciencias físicas y naturales. Discurso leído en la Universidad Central con motivo de la apertura del Curso Académico 1899-1900. Ma­drid, Impr. Colonial, 1899; García Rico, 1920.

Teorías opuestas entre sí, acerca del Estado y su fin, según que procedan del concepto de la evolución o del concepto de la creación.  Discursos de recepción del Sr. J. M. Orti y Lara y de con­testación del Sr. Damián Isern. Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Imp. de San  Francisco de Sales, 1899.

 

b) Obras de polémica ético-social

La Sofistería democrática, o examen de las lecciones de Emilio Castelar acerca de la civilización de los cinco primeros siglos de la Iglesia. Cartas dirigidas al padre Salgado. Granada, Imp. y lib. de J. M. Zamora, 1861.

El Racionalismo y la Humildad. Madrid, Imprenta de Tejado, 1862; Madrid, Guzmán 1947.

Ensayo sobre el catolicismo en sus relaciones con la alteza y dig­nidad del hombre. Madrid, Imprenta de Tejado, 1864; García Rico, 1924; La casa de la Troya, 1955.

Vindicación del Magisterio Español, procedente de las Escuelas Normales. Madrid, 1867; V. Vindel, 1929.

La Inquisición. Obra publicada por vez primera en «El Siglo Futuro». Edición corregida y aumentada. Madrid, Imp. de la Viuda e Hijo de Eusebio Aguado, 1877; V. Vindel, 1929; Editorial Prensa Católica, 1932; Mateos Ortega, 1955.

Prólogo a la obra del P. Florián Riess sobre El Estado moderno y la Escuela cristiana  (trad. del alemán). Madrid, 1879.

Prólogo a la obra de Hitze sobre El Problema social y su solución. Madrid, 1880.

Los derechos del Papa no prescriben. (Separata de La Ciencia Cristia­na). Madrid, Tip. Guttenberg, 1881.

Prefacio a la obra de Alexander Baumgartner sobre Calderón, poemita dramático. Trad. del alemán y precedido de un Prefacio de J. M. Orti y Lara. Madrid, Librería de San José, 1882.

El catolicismo y el libre cambio. Madrid, 1882; V. Suárez, 1946.

La última etapa del liberalismo católico. Artículos publicados en La Ciencia Cristiana, revisados y anotados por su autor, Madrid, Tip. Guttenberg, 1882; 1893.

Ni complicidad ni rebeldía. Adición de la última etapa del liberalismo católico. Madrid, 1883.

Prólogo a la obra de Joaquín Torres Asensio sobre La restauración de los estudios en los Seminarios. Artículos publicados en La Ciencia Cristiana. Madrid, Tip. Asilo de Huérfanos, 1885.

Prólogo y edición de Documentos episcopales contra el liberalismo reinante. Madrid, 1886.

Prólogo a la obra de José Prisco sobre Filosofía del derecho fundada en la ética. Trad. del italiano por J. B. de Hinojosa. 2ª ed. Madrid, Libr. de Miguel Guijarro, 1886.

Prólogo a Casos de conciencia acerca del liberalismo, sacados de la obra escrita en latín por P. V., traducidos y anotados por Jerónimo Seisdedos y Sanz. Madrid, Ed. de La Ciencia Cristiana, 1886.

Cartas de un filósofo integrista al director de «La Unión Católica». Madrid, Tip. de los Huérfanos, 1889; García Rico, 1920; 1926.

Prólogo a la obra de Miralles sobre Santo Tomás de Aquino y el moderno régimen constitucional. Madrid, 1890.

Prólogo a la Vida de la Bienaventurada Margarita María Alacoque, escrita por una religiosa. Madrid, Edit. de San Fran­cisco de Sales, 1890.

El reconocimiento de Alfonso XIII por los católicos españoles. Madrid, 1893.

El deber de los católicos españoles con los poderes constituidos. Madrid, 1894.

El error del partido integrista. Madrid, Impr. Sagrado Corazón, 1896.

Las tres grandes luces, símbolos y virtudes teologales de la Maso­nería. Por el hermano masón Carlos Cristian Federico Krause. Me­moria publicada por D.  J. Manuel Orti y Lara. Est. tip. San Fran­cisco de Sales, 1897.

Prólogo a la obra de Ramón Torre-Isunza sobre Filosofía cristiana. Madrid, 1897.

Prólogo a la obra de José Mendive sobre La Religión católica vindicada de las imposturas racionalistas. 4ª ed. adicionada por el autor. Madrid. Imp. Gómez Fuentenebra, 1897.

Don Juan Donoso Cortés, Marqués de Valdegamas. Discurso leído con motivo de la traslación de sus restos. Madrid, Imp. de los Hijos de M. G. Hernández, 1900; Bardón, 1951.

Prólogo al opúsculo de José Ballerini sobre La cuestión social y la democracia cristiana (trad. del italiano). Madrid, 1901.

Prólogo a las Obras de Juan Donoso Cortés, publicadas bajo la dirección de J. M. Orti y Lara. 4 vols. Madrid, Edit. San Francisco de Sales, 1903-1904.

La Encíclica de 16 de Febrero y la unión de los católicos, Madrid,    s. f.

Ascetismo liberal. Madrid, s.f.

El problema social y su solución. Madrid, s.f.

 

c) Obras de didáctica filosófica

 Ética o Principios de Filosofía Moral. Madrid, Castro Palomino, 1853; Madrid, Imprenta de las Escuelas Pías, 1859; Madrid, 1868; Madrid, 1870.

Psicología. Madrid, Tejado, 31867; 41868; Viuda e Hijo de E. Aguado, 51876; Imprenta Aguado, 61880; 71887.

Lógica. Madrid, Imprenta Tejado, 41868; Madrid, Viuda e hijos de E. Aguado, 51876; Madrid, Vda. de Aguado, 1880; Madrid, 1885; Monterrey, 1957.

Ética o Filosofía moral, Madrid, 1874; Madrid, Viuda e hijo de E. Aguado, 1878; Madrid, 1880.

Introducción al estudio del Derecho y principios de Derecho natural. Madrid, 1874; 1878.

Introducción a la Filosofía y especialmente a la Metafísica. Madrid, Bib. La Ciencia Cristiana, Tip. Guttenberg, 1883; Segunda edición aumen­tada, Madrid, Tip. de los Huérfanos, 1888.

Lecciones sumarísimas de Metafísica y Filosofía natural, según la mente de Santo Tomás de Aquino. Madrid, Imp. del Asilo de Huér­fanos, 1887, 2 vols. Comprende: Volumen 1: Metafísica general u Ontología.

Principios de Psicología según la doctrina de Santo Tomás de Aquino. 2 vols., Madrid, 1890.

Curso abreviado de Metafísica y Filosofia natural. Madrid, 1891, 2 vols.; Segunda edición, 2 tomos: I. Metafísica General u ontología. II. Filosofía natural. Madrid, Edit. e Impr. de San Francisco de Sales, 1897-1898.

Curso abreviado de Psicología, Lógica y Etica. Madrid, Edit. e Impr. de San Francisco de Sales, 1899.

Lecciones de Teodicea. Madrid, 1900.

 

d) Traducciones:

Los derechos de la razón y de la fe, del P. Hurter. Trad. del alemán por J. M. Orti y Lara. Madrid, 1875.

La belleza y las bellas artes según las doctrinas de la filosofía socrática y de la cristiana, del P. José Jungmann. 2 vols. Trad. del alemán por J. M. Orti y Lara. Madrid, 1871-1872; 1929.

El Estado moderno y la escuela cristiana, de Florian Riess S. I. Trad. del alemán y aumentada en la parte relativa a España por J. M. Orti y Lara. Madrid, Imp. de Maroto e hijos, 1879.

Los grandes arcanos del universo. Filosofía de la naturaleza, por Tilmann Pesch. Trad. del alemán por Eberardo Yogel y J. M. Orti y Lara. Madrid, Edit. de San Francisco de Sales, 1890.

Ensayo teórico del derecho natural, del P. Luis Taparelli. Trad. del italiano por J. M. Orti y Lara. 3 vols. Madrid, 1884[24].

____________

Notas

[1]    Damián Isern, Orti y Lara y su época. Madrid, 1904, 62-63.

[2]     Damián Isern, Orti y Lara y su época. Madrid, 1904, 34.

[3]     Juan Manuel Orti y Lara, El catecismo de los textos vivos. Madrid, 1884, 142 ss.

[4]     Juan Manuel Orti y Lara, Prólogo a la obra de Ramón Torre-Isunza Filosofía Cristiana. Madrid, 1897.

[5]     Juan Manuel Orti y Lara, Prólogo a la obra de Ballerini sobre La cuestión social y la democracia cristiana. Madrid, 1901.

[6]     Juan Manuel Orti y Lara, Prólogo a la obra del P. Florián Riess sobre El Estado moderno y la Escuela cristiana. Madrid, 1879.

[7]     Una introducción al pensamiento de Sanz del Río se encuentra en la obra, con abundante bibliografía, de Fernando Martín Buezas sobre La teología de Sanz del Río y del krausismo espa­ñol. Madrid, Gredos, 1977.

[8]     Carta de Sanz del Río a Don José de la Revilla. Epistolario, en G. Man­rique, Sanz del Río. Madrid, 1935, 83.

[9]     A. Palacio Valdés, Años de juventud del Doctor Angélico. Madrid, 1918, 8.

[10]   Antonio Machado, Desde mi rincón, en Obras poéticas. Madrid, Ed. Pleni­tud, 1957, 846.

[11]   El Decreto de 22 de enero de 1867 establece, en su art. 43, que una causa de la separación de la enseñanza es que se impartan doctrinas erróneas o pernicio­sas desde el punto de vista moral y religioso. Tras la Revolución de septiembre de 1868 fueron repuestos en sus cátedras. En 1876 quedaron a su vez sepa­rados de sus cátedras los krausistas Nicolás Salmerón, Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate, Augusto González Linares y Laureano Calderón.

[12]   En J. López Morillas, El krausismo español. México, 1956, 75.

[13]   Juan Manuel Orti y Lara, Prólogo a la obra de Miralles Santo Tomás de Aquino y el moderno régimen constitucional. Madrid, 1890.

[14]   Tomás de Aquino, Summa Theologica. I-II, 105, 1.

[15]    Don Juan Manuel pertenecía  a la Junta Suprema de la Federación de los Cír­culos Católicos de obreros de España.

[16]   Juan Manuel Orti y Lara, Introducción al estudio del Derecho y principios de Derecho Natural. Madrid, 1874, 1 ss.

[17]  Miguel de Unamuno, Paisajes del alma, en Obras I. 1951, 918.

[18]  Damián Isern, Orti y Lara y su época. Madrid, 1904, 84.

[19]  Juan Manuel Orti y Lara, Psicología. Sexta edición, Madrid, 1880.

[20]  Juan Manuel Orti y Lara, Catecismo de los textos vivos.  Madrid, 1894 (esta obra fue publicada en La ciencia cristiana, si bien luego amplió el elenco de autores).

[21]   Damián Isern, Orti y Lara y su época.  Madrid, 1904, 6-7.

[22]   El P. Conrado Muiños Sáenz escribe en «La Ciudad de Dios»: “El Obispo de Salamanca vino a Madrid, revolvió el cielo con la tierra, ad­quirió una imprenta, fundó El Universo, le trazó el Programa, y le sostuvo con su dinero hasta que le aseguró la próspera vida de que hoy goza”. Nº 35, vol. LXIV, 1904.

[23]   Es frecuente leer en las obras de Orti y Lara que las doctrinas modernas son “falsas”, sirven “para pervertir el espíritu y el corazón”, someten “al yugo de perniciosos errores”; o que el krausismo es un “árbol maldecido”, Sanz del Río es un “profesor alucinado”, el panteísmo germánico es “siniestro”; etcétera.

[24]   Don Juan Manuel contribuyó también, mediante traducciones, a la difusión de obras de espiritualidad:

La primera comunión. Método fácil y práctico para preparar a los niños a este sacramento, por Jakob Schmitt. Trad. de la 7ª ed. alemana por J. M. Orti y Lara. 3ª ed. Friburgo de Brisgovia, Herder, 1910.

La conversión de los pecadores alcanzada por la devoción al Corazón de María, Lérida, Imp. Mariana. s.f.

Obras de San Francisco de Sales, 3 vols. Trad. del francés bajo la dirección de J. M. Orti y Lara. Madrid. Edit. de San Francisco de Sales, 1898-1903.

Vida compendiada de la V. M. Baret. Fundadora de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús. Friburgo en Brisgovia, Tip. de B. Herder, 1897; 1899, 2 vols.;  Madrid, Imp. Hijos de M. G. Hernández, 1908.

Donaire

Caravaggio: Joven tocando el laúd. Este pintor, aprovechando la técnica del claroscuro, creó una nueva forma de naturalismo, con figuras tomadas de la observación física. Fue el maestro del uso de luces y sombras.

Caravaggio (1571-1610): Una joven tocando el laúd. Este pintor, aprovechando la técnica del claroscuro, creó una nueva forma de naturalismo, con figuras tomadas de la observación física. Fue el maestro del uso de luces y sombras; en este caso, aplicadas al donaire de una dulce y grácil joven.

La palabra “donaire” viene del latín donarĭum, y éste a su vez de donāre, dar; significa la discreción y gracia en lo que se dice, por ejemplo, un chiste o dicho gracioso y agudo. Del donaire verbal pasó a significar el donaire corporal, o sea, la gallardía, gentileza, soltura y agilidad airosa de cuerpo para andar, danzar, etc.  La expresión verbal y la expresión corporal son los sujetos ontológicos del donaire. El donaire tiene un punto de extralimitación, de trascendencia antropológica (cfr. en este blog: “gracia” y “elegancia”).

Como hubieran dicho los clásicos, dar “se dice de muchas maneras”: dar a cada uno lo suyo es un acto de justicia; dar la vida por alguien es un acto de amor; dar de los dineros que se tienen, es un acto de generosidad. Dar ejemplo es un acto de estimulación moral, v. gr. de cortesía y fineza. Y también se puede dar cordelejo, es decir, dar chasco, zumba o cantaleta burlesca; incluso dar largas, entretener a alguien con falsas esperanzas. Continuar leyendo

Nietzsche, detrás de las máscaras

 

Ensor: "Las máscaras y la muerte".1897, óleo sobre lienzo,79×100 cm. Musée d´Art Moderne, Luik. Uno de los más clásicos y representativos cuadros.

Ensor: “Las máscaras y la muerte”.1897, óleo sobre lienzo,79×100 cm. Musée d´Art Moderne, Luik. Uno de los más clásicos y representativos cuadros.

1. Desenmascaramiento y censura.

Desde los supuestos filosóficos del nihilismo Nietzsche emprende un obstinado proceso de desenmascaramiento. Desenmascaramiento de toda existencia juzgada por él como inauténtica: la que se agota en el aspecto, en el papel de personalidad que el hombre ‑con la carga de su propio pa­sado‑ mantiene frente al mundo. Pero Nietzsche “no nos enseña el ca­mino, ni nos enseña una creencia, ni nos coloca en un terreno sólido. Más bien no nos deja lugar a reposo, nos atormenta incansablemente, nos ex­pulsa de todos los albergues donde buscamos refugio, rasga todo dis­fraz”[1].

Pero esa censura posee una estructura específica, cuyos elementos conviene detectar. Nietzsche se sitúa siempre más allá de todo posible contenido de la individualidad, más allá del bien y del mal. Y en cuanto que el bien y el mal son contenidos de una individualidad, Nietzsche ofrece la antítesis de la moralidad.

La moral es sustituída por los principios del superhombre. “Todos los dioses han muerto, queremos que viva el superhombre; ¡sea ésta nuestra última voluntad al filo del gran mediodía!”[2]. ¿Qué significa este super­hombre? ¿Será una posición determinada de contenido individual, de suerte que una vez arrancada la máscara del hombre normal quedara una individualidad valiosa por debajo de ella? De ningún modo. Simplemente el superhombre es la expresión de la antítesis; desde la antítesis, la moral es considerada como un fetichismo. Nietzsche cumple así una función positiva al suprimir todos los tópicos morales que han sido el refugio du­rante generaciones de nuestra vida occidental. Lo terrible del caso es que con este desenmascaramiento de las formas tópicas de moralidad Nietzsche hace naufragar también la auténtica moral vivida desde una in­timidad que reflexivamente reconoce principios no meramente sociales, no simplemente sobreimpuestos, sino que requieren al hombre por en­cima de lo social y de lo individual.

La antítesis nietzscheana presenta dos vertientes, que son como la cara y la cruz de una misma moneda; expresan los dos aspectos, externo e in­terno, de su vivencia, en la medida en que es denuncia de la máscara. Por su lado ex­terno, la antítesis nietzscheana connota la erradicación de los contenidos sociales de la máscara. Por su lado interno, connota la supre­sión del pesimismo con que la máscara siente sus contenidos.

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Ninguno es eminente en todo

Velázquez : “El aguador de Sevilla” (1620). Un anciano aguador vestido con un capote pardo ofrece a un muchacho una copa de cristal llena de agua, El aguador apoya la mano en un cántaro grande de cerámica, en cuya superficie rezuman algunas gotas de agua. El anciano aguador más parece letrado que inculto; o es más de lo que parece.

Velázquez : “El aguador de Sevilla” (1620). Un anciano aguador vestido con un capote pardo ofrece a un muchacho una copa de cristal llena de agua. El aguador apoya la mano en un cántaro grande de cerámica, en cuya superficie rezuman algunas gotas de agua. El anciano aguador más parece letrado que inculto; o es más de lo que parece.

Sepa cada uno en lo que vence; y logre su talento allí: que no puede dejar de ser cordura obrar sólo en lo que entiendes, ocultando en lo demás tu imperfección.

Mientras está el cántaro dentro del agua no se le conocen las quiebras; en saliendo de ella, todas se ven.

Basta una eminencia en lo grande, para dorar muchas faltas en lo poco; y en lo poco muchas eminencias, no prueban una eminencia en lo grande.

Ser algo en lo mucho, ya es mucho; y ser mucho en algo, no es más que algo. Perfecto en todo, nadie lo fue: pero lo parece en más el que da a conocer en menos su imperfección.

Gran cordura es saber uno conocer su ventaja; y lo es doblado, saberse mantener en ella. En todos los elementos casi, logra su actividad el fuego: pues el aire lo aviva; y en la tierra se ceba; mas no se meta en el agua, que sin duda perecerá.

Conozca, pues, cada uno su esfera; y en ella hable y obre: mas no eche el pie en ajenas jurisdicciones, si no quiere haber de retirarse con desaire.

Textos seleccionados de la obra de Francisco Garau,
Máximas políticas y morales (Barcelona, 1702),  pp. 47-54

Lo que bien empieza, bien acaba

Vincent van Gogh (1853-1890). “Sembrador con el sol poniente”. El lugar estimula la fuerza creativa del artista y le permite avanzar en su trabajo impresionista.

Vincent van Gogh (1853-1890). “Sembrador con el sol poniente”. El lugar estimula la fuerza creativa del artista y le permite avanzar en su trabajo impresionista.

Mucho importa para un feliz fin, un buen principio. No hay lugar para enmendar en la segunda vez, lo que desacertó en la primera. Mucho pierde quien en el primer lance se pierde: no es perderse para aquel solo, perderse es para muchos que le sucedan después.

Todo lo humano depende de la opinión de los hombres: esta nace de lo que se oye y se ve; cuesta mucho de vencer una opinión ya fundada. Son fáciles en tomarla los hombres; pero no sin mucha dificultad la dejan. El primer concepto que se imprime en el alma, parece que se cincela en bronce; y así son precisos muchos actos contrarios, primero para borrar el primero, y después para imprimir el segundo. Continuar leyendo

Es otra naturaleza la educación

Teodoro Núñez Ureta (1912-1988). El impresionista autor peruano expone en este mural que los niños son la semilla del nuevo mundo y que los maestros deben enseñarles a trabajar y a cultivar sus mentes.

Teodoro Núñez Ureta (1912-1988). El impresionista autor peruano expone en este mural que los niños son la semilla del nuevo mundo y que los maestros deben enseñarles a trabajar y a cultivar sus mentes.

Se nace con una naturaleza abierta, como persona. Pero con el tiempo formamos una personalidad, un modo de ser en la realidad. A ese proceso de libre formación de la personalidad en el tenaz carácter recibido de la naturaleza, se llamó siempre educación.

Se comentaba a principios del siglo XVIII una historieta trágica y salvaje, que seguramente nunca podría haber ocurrido:

De camino a la horca, pidió un ladrón a los jueces le permitieran, para su consuelo, decir a su madre dos palabras al oído. Acercóse la madre, y aquél cortóle media oreja con los dientes. Afeáronle los circunstantes, acción al parecer tan poco pía; mas él satisfizo, diciendo: la madre tiene la culpa del hijo. Hubiérame castigado cuando rapaz hurté a otro niño una cartilla, y no me hubiera yo adelantado en nuevos hurtos”.

Muestra este relato dos puntos importantes. Uno positivo  y acertado: que la educación ayuda a conformar en valores el abierto carácter del niño. Otro negativo, arrastrado por un sentir histórico equivocado: que la educación es algo mecánico, como una relación rígida de causa a efecto. A veces se olvida que en medio está la libertad del educando ‒y luego la del hombre maduro‒: quizás ni los castigos hubieran hecho mella en una libertad indispuesta hacia valores, como pudo ser la de ese ladrón. Continuar leyendo

Cada uno es por lo que es, no por lo que fueron los suyos

"Venciendo la resistencia". Imagen frente al mar, en la ciudad brasileña de Fortaleza.

“Venciendo la resistencia”. Imagen frente al mar, en la ciudad brasileña de Fortaleza.

Más es hacerse, que nacer noble. Ningún espíritu animoso se contentó con lo heredado, antes estimó más la gloria que se debió a sí mismo. Ciertamente ha de ser dichoso quien nace en la nobleza, o sea, bajo aquel esfuerzo de los suyos y aquella excelencia de sus obras, que llaman eficazmente a la emulación. En este sentido, es divina la nobleza, cuando empeña al valor y a la virtud, siendo afrenta del ocioso y gloria del valiente. Por eso, no cumple con ella un mediano valor. Al final, muchos deslucieron el esplendor de sus mayores con sus vicios. Y al revés, los mayores héroes se hicieron su linaje. Cada uno se puede hacer su nobleza. Pero no cumple la nobleza con solo un común bien obrar; fuerza es que obre más que todos, quien nació con obligaciones mayores que todos. La alabanza o el vituperio no se reciben del nacer, pero mídense bien con el nacer. Entre pequeños, una medianía es eminencia; entre eminentes, una ordinaria grandeza es poquedad. Continuar leyendo

La esencia de la libertad en Schelling

Conceptografía básica del libro de Schelling: "La esencia de la libertad humana".

Conceptografía básica del libro de Schelling: “La esencia de la libertad humana”.

La tesis central de Schelling (en su obra sobre la esencia de la libertad humana) es que la libertad es un poder del bien y del mal  (Vide: Libertad Schelling). Y justamente aquí se sitúa, en el punto central de consideración, un dualismo metafísico del bien y del mal. Puede decirse que con respecto a la desgarradora contradicción del bien y del mal en el mundo —mundo que existe, sin embargo, como formando unidad con el origen unitario y absoluto— se trata de mostrar la identidad que le precede y, a partir de ella, de comprender la oposición como necesaria por sí misma. Dado que Dios es el origen absoluto y la unidad omnicomprensiva del mundo, Schelling trata nada menos que de mostrar en Dios mismo el origen del mal, pero sin abandonar la absolutividad del bien que se da en Él.

No puede haber nada absolutamente independiente de Dios. Por tanto, el mal no puede ser ningún principio original junto a Dios. Únicamente puede nacer por una caída desde Dios, einen Abfall. ¿Pero cuál es el fundamento (Grund) de la caída? De nuevo, sólo puede ser buscado en Dios, y únicamente ese fundamento es el mal original mismo (Urböse). La libertad sólo es posible en Dios; pero el mal, que es el supuesto de la libertad, sólo es posible fuera de Dios. Esta contradicción no se elimina, sino que se la debe reconocer y resolver. Mas esto último se puede efectuar si se muestra un momento (Moment) en Dios que no sea Dios mismo. Pero ¿cómo es concebible semejante momento? Continuar leyendo

¿A qué llamamos espíritu?

El jinete de la Catedral de Bamberg (Alemania)

El jinete de la Catedral de Bamberg (Baviera, Alemania). Es uno de los mejores ejemplos escultóricos de los inicios del gótico. Está ubicado en una de las pilastras del Coro de la Catedral. El joven jinete no lleva armas, por lo que no es la figura de un caballero, sino la representación del “hombre”, sin más: se eleva sobre lo geológico de la piedra, sobre lo botánico esculpido en las hojas y ramas, sobre lo zoológico del caballo; y se corona en la cabeza: símbolo más alto del espíritu humano.

I.  Desde los antiguos griegos 

En el pensamiento griego se expresó inicialmente con la palabra pneuma, que significa aliento, soplo vital; la palabra latina spiritus tiene el mismo significado etimológico. Pero el verdadero correlato griego del espíritu, en sentido moderno, es el término nous (mente), consagrado por Anaxágoras (filósofo de la antigua Grecia). A través de la historia, la palabra espíritu ha ido incorporando muchos matices, según los sistemas filosóficos: sustancia incorpórea, alma racional, entendimiento, principio vital, materias sutiles, etc. Hoy la filosofía utiliza la palabra espíritu por contraposición a naturaleza. En general, se puede entender por espíritu lo opuesto a la materia, sin depender de ella por lo menos intrínsecamente. Ahora bien, definir el espíritu como lo inmaterial o lo no natural es todavía insuficiente, pues eso no nos dice lo que es el espíritu en sí.

El espíritu es un ser que no sólo es, sino que además, con reflexión inmediata, tiene noticia de este «es». O sea, espíritu es un ser que está cabe sí (re-flexiona). La materia, en cambio, es algo yuxtapuesto (espacial) y sucesivo (temporal): es un ser fuera de sí, algo que no está cabe sí.

Una investigación acerca de la esencia y función del espíritu debe estudiar tres puntos principales: su constitución pro­pia, sus formas y su relación con el cuerpo. En este artículo se estudiarán los dos puntos primeros; como el tercer punto define al espíritu como alma, remitimos para su es­tudio a esa entrada en este blog.

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II. Tesis modernas

La interpretación de la esencia del espíritu puede tomar tres direcciones funda­mentales: afirmación de su finitud (A), afirmación de su infinitud (B), afirmación de su finitud e infinitud conjuntamente (C).

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