Sección: 1.2. La persona y su orden operativo (página 1 de 5)

Memoria y olvido de sí

Bernini: "El éxtasis de Santa Teresa" (ca.1650)

Bernini: “El éxtasis de Santa Teresa” (ca.1650), olvidada de sí misma en el amado.

Memoria y olvido en amor y desamor

Por la confluencia intencional de todos los actos humanos, cabe afirmar que tanto el olvido como la memoria tienen un carácter selectivo marcado por los valores que la persona ejerce. Es lo que llamo la “ley personal de la memoria y del olvido”, que nos lleva a dos consideraciones. Primera, mi pasado real no puede estar presente en su totalidad a mi conciencia finita; ni puede ser considerado como un tosco montón de cosas ya acaecidas en mi vida: porque así no reviste una significación personal, ni sería abarcable por evocaciones fortuitas, parecidas a la conducta frenética del pájaro que picotea alocadamente a un lado y a otro, en una dispersión temporal que es incompatible con la articulación coherente de un pasado personal. Segunda, es preciso tener en cuenta que toda afirmación y elección de un valor positivo pone al mismo tiempo la actuación de todas las energías vitales para alcanzarlo, dejando aparcada, u olvidada, otra posible realización de valores menos importantes que no son realizables con los primeros. La memoria de lo prioritario, determina el olvido de otras cosas[1]. Continuar leyendo

Ley personal de memoria y olvido

Gustvo Doré: Las almas se lavan de sus recuerdos en el río Leteo, el afluente del olvido.

Gustvo Doré: Las almas se lavan de sus recuerdos en el río Lete (griego Λήθη, olvido). Platón, al final de su libro “República”, narra el mito de Er: en él cuenta que los muertos llegan a la «llanura del Lete» u olvido.

Principales teorías filosóficas de la memoria

¿Existen algunas claves que permitan enfocar, no sólo desde un punto de vista psicológico, sino también moral, los actos de memoria y olvido?

Para contextualizar metódicamente el núcleo de esta pregunta, me adelanto a mencionar las dos teorías clásicas que, a mi juicio, son las más representativas del occidente europeo acerca de  la memoria y el olvido: la del realismo ontológico y la del hiperrealismo metafísico.

Ambas teorías tienen a sus espaldas una correspondiente y venerable tradición literaria, con grandes autores.La explicación del realismo ontológico es, en el fondo, experimental: considera que la memoria es la capacidad de evocar y retener representaciones y sentimientos que se fraguaron paulatinamente en un tiempo pasado, a lo largo de la vida individual. El olvido sería la pérdida o el cese de esa retención. Sus explicaciones se construyen sobre la base de las aportaciones de la psicología, de la neurofisiología, y de otras ciencias conectadas con estas. Tal dirección explicativa se puede encontrar en la tradición aristotélica[1], muy extendida en la Edad Media y en el Siglo de Oro[2]. Su razón de ser está identificada en la relación sustancial de alma y cuerpo.

En segundo lugar está la concepción del hiperrealismo metafísico; para esta teoría, el olvido no está ligado a partes o contenidos de la experiencia humana, sino a la vida en su totalidad. Encontramos esta dirección en la tradición platónica y gnóstica: el alma humana estaría habitando el cuerpo en el modo de olvido y cautividad[3]: su forma originaria habría sido perdida por una culpa moral. El mundo y el propio cuerpo serían una terra oblivionis[4]. Así fue vista también por Plotino y por San Agustín. En algunas corrientes de la filosofía contemporánea los términos de memoria y olvido conservan un significado ligado a esa tradición metafísica; y a mi modo de ver, tal es el caso de Heidegger[5]. Este pensador ha dicho reiteradamente que Occidente ha creído hablar del ser, cuando en realidad se ha dedicado a hablar del ente. Se ha producido un “olvido del ser”[6], una desmemoria que radica en la esencia misma del ser y de la metafísica occidental.

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Obsolescencia programada universal

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Antonio de Pereda (1611-1678): “Vanidad”. Un ángel domina la composición, mirando directamente al espectador y señalando un globo terráqueo, junto a un suntuoso reloj que hace referencia al devenir imparable del tiempo. En la derecha del cuadro, una mesa ostenta las vanidades mundanas; en la izquierda, otra mesa muestra los despojos del mundo y el triunfo de la muerte. Este artista barroco pinta el desengaño de la vida.

Se oye hablar con mucha frecuencia de la “obsolescencia programada”. De modo general, la obsolescencia se entiende como la caducidad, el deterioro funcional de máquinas y tecnologías.

Mi padre compró en 1965 un frigorífico, que duró en casa hasta el año pasado: funcionó 50 años, y eso porque no tuvimos cuidado de preservarlo de humedades y oxidaciones. Este hecho es impensable en la actualidad.

Me explicaba un ingeniero, que hoy salen al mercado frigoríficos cuya obsolescencia está programada: a los 10 años de funcionamiento han envejecido sus componentes, aunque los vendan bajo el eslogan de resistentes y duraderos. Es más, sólo si incorporan ese efecto, los comerciantes se atreven a venderlos para llenar prontamente sus cajas registradoras. O sea, la obsolescencia ‒el envejecimiento‒ no acontece ya de una manera natural, sino artificial, programada. Dentro del artefacto hay una intención latente de carácter técnico y económico. Allí dentro está la inteligencia del hombre, como lo está en las televisiones, en los frigoríficos, en los automóviles.

Pero no debemos asombrarnos ante este fenómeno. También el ser humano tiene en su interior una “intención obsolescente”, programada en su propia naturaleza. La misma fe religiosa en la “resurrección de los cuerpos” lleva implícita la seguridad de que si del cuerpo hay resurrección es porque antes sufrirá la muerte, o sea, contiene una obsolescencia programada. Este fenómeno humano ha sido llamado con otro nombre: “historicidad”. Continuar leyendo

El insulto

Bosco, "La ira", Mesa de los pecados capitales

El Bosco, “La ira”, Mesa de los pecados capitales. La animadversión, en cualesquiera de sus formas, es la fuente del insulto, un modo de rebajar la dignidad de las personas.

La principal manera de relacionarse el hombre con los demás es mediante las palabras.

En lo que atañe al respeto que debemos a los demás, desde el punto de vista psicológico y moral, las palabras pueden entrañar el deshonor de alguien, y esto puede ocurrir de dos maneras. En primer lugar, puesto que el honor es consecuencia de la excelencia que el otro tiene, en principio por ser persona, se le deshonra al privarle de la dignidad que le corresponde, lo cual se produce ciertamente por obras y omisiones. En segundo lugar, se deshonra a alguien cuando se da a conocer lo que es contrario a su honor, y esto acontece por medio de signos; y entre los signos son principales las palabras, utilizadas para expresar los conceptos de la mente. Se trata entonces de ofender verbalmente el honor de otro. Continuar leyendo

Tiempo de serenidad y tiempo de frenesí

Franciso de Goya (1746- 1828): "El Quitasol". “scena costumbrista dentro del ambiente del pueblo: una jovencita vestida a la moda francesa, sentada en un ribazo, y un criado vestido de “majo” acompaña a la mujer haciéndole sombra con un quitasol. Goya hay resalta con espontaneidad, realismo y naturalidad la expresión de una serenidad alegre. El estudio lumínico situa el rostro de la dama en el centro der la composición. La matizada difusión del a luz sombreada en el rosotro del aj oven están resueltos para expresar serenidad.

Franciso de Goya (1746-1828): “El Quitasol”. Escena costumbrista: una jovencita vestida a la moda francesa está sentada en un ribazo, y un criado vestido de “majo” acompaña a la mujer haciéndole sombra con un quitasol. Goya hace resaltar con realismo y naturalidad la expresión de una serenidad alegre: procurada por la matizada difusión del la luz sombreada en el rostro de la joven.

Doble conexión del hombre con el futuro

La filosofía moderna ha insistido en que para comprender al hombre debemos contar con que su vida está determinada internamente por una referencia al tiem­po y, especialmente, al futuro. De modo que un instante singular y con­creto no es un punto cerrado, sino que está determinado por una tensión temporal: se puede decir que estamos más en el futuro que en el presente. El tiempo es fugaz, claro está: pero en su estricta realidad anida también un don precioso, una oportunidad que el hombre ha de aprove­char en todas sus actividades. La actitud profunda del hombre que encara atinadamente esa futurición y el don que la habita se llama serenidad[1].

Tra­bajamos en el presente para el futuro; cambiamos nuestras circunstancias externas de vida, y con ellas transfor­mamos también  interna­mente nuestra personalidad.

Ahora bien, ese paso de futurición es cada vez más ligero por el papel que cumple en nuestra vida laboral la técnica mo­derna, la cual hace que el tiempo se despliegue con más apremio y celeridad. Este tiempo podría considerarse como una línea horizontal que no conoce ni puntos de parada naturales ni una arti­culación rítmica en sí mismo; corre sin hacer pau­sas; su marcha excitante siempre se apresura más, y con­duce a la preci­pitación de la moderna existencia civiliza­da, que tiene un efecto agotador en el hombre. Sufrimos bajo este ago­tamiento; y pre­guntamos: ¿es inevitable este proceso? ¿Está el hombre entre­gado completamente a la temporalidad evanescente que acaba­mos de mencionar y que parece no tener otra salida, salvo la de correr sin término?

A propósito de esta línea temporal de marcha acelera­da, que parece cons­tituir para muchos contemporáneos lo específica­mente humano, pregunto: ¿no exis­ten acaso en el transcurso implaca­ble del tiempo evanescente puntos de parada naturales, incisio­nes que posibiliten una arti­culación rítmica del acontecer y que respon­dan a la verdad de nuestra vida, pues no toda ella se pierde en el devenir temporal?  Es decir, ¿existe un momento espe­cial que corte en vertical ese “tiempo asfixiante” y posibilite una apertura a dimensiones humanas que, aun corriendo hacia ade­lante, no se deshagan en el tiempo mismo? Continuar leyendo

Servicio a la persona: respeto, orden, diligencia

Pierre Eduard Frère  (1819-1886): "Sirviendo a sus hermanos".

Pierre Eduard Frère (1819-1886): “Sirviendo a sus hermanos”. Poniendo atención razonable a su labor culinaria, la mocita se dispone a repartir la comida a sus hermanos, que impacientes esperan su ración correspondiente.

En casi todos los sectores de nuestra sociedad existen actividades que, bajo el cuño público o privado, se dedican a “servicios”; por ejemplo, “servicio de salud”, “servicios inmobiliarios”, “servicios ecológicos”. Hay servicios de mantenimiento, servicios de reparto, servicio de arriendo, servicios de talleres y otros más. En todos los casos, hay alguien que “da” el servicio y otro que lo “recibe”. De manera que un servicio es, por ejemplo, la actividad entre el proveedor (con sus manzanas tangibles) y el cliente (con su deseo tangible de consumirlas). Pero el interior del acto de servicio mismo no es algo objetivable y tangible ni se puede evaluar con medidas cuantitativas. De este momento “interior” del acto servicial os quiero hablar hoy.

En el ámbito del “hogar” y, más concretamente, en las operaciones orientadas al mantenimiento y cuidado de la familia (actividades culinarias, gastronómicas, higiénicas, etc.), la prestación de un servicio implica siempre referencias externas e internas muy especiales, o sea, relaciones con personas. Precisamente sobre estas relaciones personales os quiero proponer la tesis de “no hay un buen servicio, si no existe un gran respeto a la persona, y si no hay orden ni diligencia”.

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RESPETO

El respeto en sentido general

La palabra “respeto” viene del latín respectus, que significa atención y consideración. De modo usual significa veneración, acatamiento que se hace a alguien. En una de sus acepciones también significa  temor: un temor reverencial ante lo que es grande u honorable. Continuar leyendo

Signos

Ciego, Brueghel

Pieter Brueghel, el Viejo: Detalle del cuadro “Los ciegos” (1568). El personaje se deja guiar por los signos que le proporcionan el tacto y el oído.

Nuestro mundo es de signos

Decimos que la cara es el espejo del alma. La mirada vuela calladamente desde el ros­tro hacia la hondón invisible del ser humano: se deja guiar por un signo. Incluso el mundo que nos rodea es un depósito inagotable de elementos que nos llevan a conocer algo distinto de ellos mismos: esos elementos son los signos. Nuestro quehacer cotidiano es un trajín ininterrumpido del signo a lo designado. Por ejemplo, quien conduce por carre­tera es asaltado por una fa­lange de signos o señales: algunos convencionales, como el disco rojo, signo de paso cortado, o el tenedor, signo de un restau­ran­te; otros natura­les, como el humo, signo de un fuego; la huella, signo de un ciervo, etc. Y nuestra vida en el mundo es una comprensión de signos, una interpretación constante: a veces rápida e intuitiva, como la que va del gesto del amigo a su estado de ánimo; a veces, discursiva y lenta, como la que pro­gresa desde el fenómeno sensible a la fórmula físico-matemática.  Por sus actos los conoceréis, dice el adagio popular: viendo lo que un hombre hace, ad­vertimos su talento, su porte moral y lo que es capaz de hacer. Por el signo, además, progresamos en nuestra conciencia y tomamos posesión de noso­tros mismos. Lo único que necesitamos es que los órganos de la compren­sión estén abiertos, disponi­bles, afinados. Si quedan despejados, ense­guida nos ponen en marcha, lle­vándonos del signo a lo designado.

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Historicidad. Ideas para una filosofía de la historia

Caspar David Friedrich: "La ruina de Eldena" 1825.

Caspar David Friedrich: “La ruina de Eldena” 1825. El pintor describe el surgimiento de una casa moderna bajo las ruinas de un antiguo edificio. En cierto modo, el pasado posibilita el futuro.

El historicismo comporta la idea de que la historia es el constitutivo del hombre. La argumentación historicista ha sido recurrente durante el siglo XX en el existencialismo, en el vitalismo, en el estructuralismo, en el de-construccionismo y en el pensamiento débil. El presente libro expone el despliegue de la libertad humana a través de unos factores temporales que no merman la identidad de su ser. Son estudiadas las categorías de tiempo, historicidad, evolución, libertad, socialidad, temporalidad, tradición, progreso y revolución, entre otras. Asimismo termina indagando la razón histórica como razón narrativa en relación con la verdad histórica.

Dar y agradecer: el eje interpersonal de la intimidad

Detalles figurativos en un sarcófago etrusco de una pareja casada, conocido como el de “los esposos”. (Museo de la Villa Giulia en Roma). Data del siglo VI a.C. En su actitud cariñosa sorprende la figuración de un amor que mira hacia un futuro  eterno.

Detalles figurativos en un sarcófago etrusco de una pareja casada, conocido como el de “los esposos”. (Museo de la Villa Giulia en Roma). Data del siglo VI a.C. En su actitud cariñosa sorprende la figuración de un amor que mira hacia un futuro eterno.

Los fenómenos del “dar” y del “agradecer” vienen a ser como polos de un eje que atraviesa el movimiento intersubjetivo de la intimidad y, por su fuerza atractiva, condensa las demás actitudes intersubjetivas, sirviéndoles de foco referencial, y acreditando la originalidad y la mismidad individual.

Sin forzar la metáfora, puede considerarse la intimidad del ser humano como un enigmático sistema cristalino, cuyo eje de simetría es una línea que pasa a través del cristal. Los sistemas cristalinos se caracterizan por la longitud y posición de sus ejes. Cuando el cristal realiza un giro, ocurre que el mismo aspecto se repite dos o más veces alrededor de la citada línea.

También cada intimidad, en su aspecto intersubjetivo, se caracteriza por la longitud y posición de su eje psicológico, cuyos polos son el dar y el agradecer, y a su alrededor se cuajan las actitudes fundamentales de la vida espiritual orientadas intersubjetivamente.

El crecimiento o la mengua de la intimidad humana está en manos del propio yo humano que da y agradece. De hecho hay actitudes intersubjetivas básicas que –como el amor, la fidelidad, el respeto, la veracidad, la serenidad, el dar, la gratitud, la vergüenza– robustecen la interioridad humana. Otras actitudes contrarias–como el odio, la infidelidad, la procacidad– la debilitan e incluso la anulan.

Los temas indicados expresan actitudes fundamentales de la intimidad, sean cuales fueren los lazos corporales y espirituales que entrañen y las distancias psicológicas que mantengan respecto a las otras personas. El libro que presento se ocupa de estos temas.

Hombre e historia en Vico

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Pintura alegórica recogida en la edición de 1744 de la Scienza Nuova. La mujer con la cabeza alada representa la Metafísica que contempla a Dios, de cuyo ojo sale un rayo que reverbera en una gema prendida en el pecho de la mujer. El rayo se refracta y sale fuera, para significar que la Metafísica conoce a Dios providente en las cosas morales y públicas, en las costumbres civiles, en la historia humana.

El pensamiento de Vico (1668-1744) está regido por el principio de la precedencia psicológica de la espontaneidad sobre la reflexión, en el ámbito de la poesía, del mito, de la retórica, de la praxis y de la historia.

Vico parte a la vez de raíces humanistas y de planteamientos modernos, siendo capaz de enfrentarse a Descartes y contribuir con aspectos filológicos, etnológicos y jurídicos a configurar una obra (la “Ciencia Nueva”) de sorprendente actualidad, en la que están predibujadas tesis de pensadores actuales, como Gehlen, Lévi-Strauss y Chomsky.

En este pensador barroco tuvo sus raíces modernas el surgimiento de las llamadas “Ciencias del Espíritu” a finales del XIX. Él expuso una filosofía del lenguaje y una hermenéutica, dentro de una Filología original, en la que integraba el estudio de la Retórica y de la Poética.  Las investigaciones de Gadamer y Apel sobre Vico recogen y subrayan estas novedades.

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