Sección: 1.2. La persona y su orden operativo (página 2 de 5)

Historicidad. Ideas para una filosofía de la historia

Caspar David Friedrich: "La ruina de Eldena" 1825.

Caspar David Friedrich: “La ruina de Eldena” 1825. El pintor describe el surgimiento de una casa moderna bajo las ruinas de un antiguo edificio. En cierto modo, el pasado posibilita el futuro.

El historicismo comporta la idea de que la historia es el constitutivo del hombre. La argumentación historicista ha sido recurrente durante el siglo XX en el existencialismo, en el vitalismo, en el estructuralismo, en el de-construccionismo y en el pensamiento débil. El presente libro expone el despliegue de la libertad humana a través de unos factores temporales que no merman la identidad de su ser. Son estudiadas las categorías de tiempo, historicidad, evolución, libertad, socialidad, temporalidad, tradición, progreso y revolución, entre otras. Asimismo termina indagando la razón histórica como razón narrativa en relación con la verdad histórica.

Dar y agradecer: el eje interpersonal de la intimidad

Detalles figurativos en un sarcófago etrusco de una pareja casada, conocido como el de “los esposos”. (Museo de la Villa Giulia en Roma). Data del siglo VI a.C. En su actitud cariñosa sorprende la figuración de un amor que mira hacia un futuro  eterno.

Detalles figurativos en un sarcófago etrusco de una pareja casada, conocido como el de “los esposos”. (Museo de la Villa Giulia en Roma). Data del siglo VI a.C. En su actitud cariñosa sorprende la figuración de un amor que mira hacia un futuro eterno.

Los fenómenos del “dar” y del “agradecer” vienen a ser como polos de un eje que atraviesa el movimiento intersubjetivo de la intimidad y, por su fuerza atractiva, condensa las demás actitudes intersubjetivas, sirviéndoles de foco referencial, y acreditando la originalidad y la mismidad individual.

Sin forzar la metáfora, puede considerarse la intimidad del ser humano como un enigmático sistema cristalino, cuyo eje de simetría es una línea que pasa a través del cristal. Los sistemas cristalinos se caracterizan por la longitud y posición de sus ejes. Cuando el cristal realiza un giro, ocurre que el mismo aspecto se repite dos o más veces alrededor de la citada línea.

También cada intimidad, en su aspecto intersubjetivo, se caracteriza por la longitud y posición de su eje psicológico, cuyos polos son el dar y el agradecer, y a su alrededor se cuajan las actitudes fundamentales de la vida espiritual orientadas intersubjetivamente.

El crecimiento o la mengua de la intimidad humana está en manos del propio yo humano que da y agradece. De hecho hay actitudes intersubjetivas básicas que –como el amor, la fidelidad, el respeto, la veracidad, la serenidad, el dar, la gratitud, la vergüenza– robustecen la interioridad humana. Otras actitudes contrarias–como el odio, la infidelidad, la procacidad– la debilitan e incluso la anulan.

Los temas indicados expresan actitudes fundamentales de la intimidad, sean cuales fueren los lazos corporales y espirituales que entrañen y las distancias psicológicas que mantengan respecto a las otras personas. El libro que presento se ocupa de estos temas.

Hombre e historia en Vico

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Pintura alegórica recogida en la edición de 1744 de la Scienza Nuova. La mujer con la cabeza alada representa la Metafísica que contempla a Dios, de cuyo ojo sale un rayo que reverbera en una gema prendida en el pecho de la mujer. El rayo se refracta y sale fuera, para significar que la Metafísica conoce a Dios providente en las cosas morales y públicas, en las costumbres civiles, en la historia humana.

El pensamiento de Vico (1668-1744) está regido por el principio de la precedencia psicológica de la espontaneidad sobre la reflexión, en el ámbito de la poesía, del mito, de la retórica, de la praxis y de la historia.

Vico parte a la vez de raíces humanistas y de planteamientos modernos, siendo capaz de enfrentarse a Descartes y contribuir con aspectos filológicos, etnológicos y jurídicos a configurar una obra (la “Ciencia Nueva”) de sorprendente actualidad, en la que están predibujadas tesis de pensadores actuales, como Gehlen, Lévi-Strauss y Chomsky.

En este pensador barroco tuvo sus raíces modernas el surgimiento de las llamadas “Ciencias del Espíritu” a finales del XIX. Él expuso una filosofía del lenguaje y una hermenéutica, dentro de una Filología original, en la que integraba el estudio de la Retórica y de la Poética.  Las investigaciones de Gadamer y Apel sobre Vico recogen y subrayan estas novedades.

Qué significa admirarse

Rafael Sanzio: “La Escuela de Atenas” (1510-1511). La escena representa la Filosofía y  la disputa entre los filósofos clásicos. En la parte superior central está Platón, con manto rojo, que sostiene su Timeo, señalando al cielo; a su lado, con manto azul, está Aristóteles, que sostiene su Ética, señalando a la tierra. Todos debaten sobre la búsqueda de la Verdad, clave de la admiración. También han sido identificados otros pensadores, como Sócrates, Epicuro, Plotino, etc.

Rafael Sanzio: “La Escuela de Atenas” (1510-1511). La escena representa la Filosofía y la disputa entre los filósofos clásicos. En la parte superior central está Platón, con manto rojo, que sostiene su Timeo, señalando al cielo; a su lado, con manto azul, está Aristóteles, que sostiene su Ética, señalando a la tierra. Todos debaten sobre la búsqueda de la Verdad, clave de la admiración. También han sido identificados otros pensadores, como Sócrates, Epicuro, Plotino, etc.

Inteligencia y voluntad en la admiración

Los estilos de vida específi­camente humanos –como el obrar y el contemplar– no sólo vie­nen marcados por el signo de la inteligencia, sino también por el de la voluntad. Porque uno no se entrega a la contemplación si no quiere. Ni se hace moralmente bueno en contra de su voluntad: ha de quererlo. Por tan­to, sea cual fuere el estilo de vida aceptado, hay que prestar atención a la libre entrega misma que uno hace al estilo de vida. No obstante, aunque uno opte libremente por hacer su mejor vida, que es la contemplativa, es claro que en la especi­ficación interna de esta contemplación, marcada por la verdad, no entra la volun­tad, que se dirige al bien. Pero lo cierto es que la verdad se nos manifiesta también como un bien deseable, un bien por el que podemos optar. «Por ser la verdad el fin de la contemplación, tiene aspecto de bien apetecible, amable y deleitable, y según este aspecto, dice relación a la vo­luntad»[1]. La opción arranca de mi volun­tad, la cual desem­boca en la posesión de lo querido: o sea, tiene como punto terminal un gozo.

En conclusión, con mi vo­luntad quiero la vida contem­plativa para, también con mi volun­tad, gozarme en ella. «Se llama vida con­templativa la de aquellos que pretenden (inten­dunt) princi­palmente contemplar la verdad. Pero esta pretensión (intentio) es acto de la voluntad, pues­to que se refiere al fin, que es su objeto. Por consiguiente, la vida contemplativa pertenece esencialmente a la inteligencia, pero en cuanto al im­pulso de ejer­cer tal operación (id quod movet ad exercitium) perte­nece a la voluntad, que mueve a todas las demás facultades, sin excluir la inteligencia, a sus actos […]. Y pues­to que el gozo consiste en alcanzar lo que se ama, el término de la vida contemplativa es el gozo, que radica en la voluntad y que, a su vez, aumenta el amor»[2]. La contemplación, pues, termina en la voluntad.

Y es natural que acabe en un afecto provocado por el conoci­miento, co­mo el sentimiento de admiración, admira­tio, el cual no es acción intelectual, sino volitiva o afectiva, aun­que pro­vocada por el conocimiento, por la verdad: es «una forma de estremeci­miento temeroso pro­ducida en nosotros por el conocimiento de algo que excede nues­tro poder; por lo tanto, es consecuencia de la contemplación de una verdad su­blime»[3].

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Un estilo inteligente de vida: la contemplación

Salomon Koninck, "Un filósofo" (1635)

Salomon Koninck (1609-1656), “Un filósofo”. Las manos del personaje nos hablan de una extraña serenidad, una quietud activa, unida a una expresiva potencia. La escasez de luz natural no impide mostrar la tez blanca de la ancianidad.

Obrar y contemplar

Los clásicos griegos y latinos no dejaron de preguntarse cuál era en la sociedad humana el estilo de vida más funda­mental. No se trataba de buscar en qué consiste realmente la vida misma, la vida sustancialmente tomada, cuestión que equi­vale a la del ser propio de los vivientes[1]. Se preguntaban sólo por las ope­raciones vitales específicamente humanas, las que rigiéndose por la inte­ligencia polarizan radi­calmente en la sociedad el vivir mis­mo del hombre, en tanto que éste busca individualmente su perfección y socialmente sus mejo­res relaciones con los demás. Para responder bastaba con indicar los fines más generales a los que  podían dirigirse las distintas operaciones, pues «cada uno reputa como su propia vida aquello a lo que se siente máxi­ma­mente atraído, como el filósofo a filosofar y el cazador a cazar»[2]. Estos fines ge­nerales hacen surgir dos estilos de vida funda­mentales: un fin gene­ral es la «con­templación de la ver­dad»; y otro fin general es la «opera­ción exte­rior». Los rasgos funda­men­tales de la vida humana en sociedad son la dedica­ción a con­tem­plar la verdad y la dedi­ca­ción a las obras exterio­res[3].

He ahí los estilos de vida básicos: operar y contemplar; pero son estilos «intelectuales» de vida, puesto que es la inteligencia la que capta y conoce tales fines. Por ejemplo, el aisla­miento del hombre en el goce pura­mente sensible, desconec­tado de relaciones espirituales y persona­les, hace que la vida humana baje un pel­­daño en la escala de la perfección que le es propia; asimismo, el «activismo», la «praxis», la «tecnifi­cación» unilateral y la obsesionada entrega al mundo del trabajo, tan característicos de la vida moderna, no pueden con­siderarse cono partes de la vida activa humana, sino como modos de su mixtificación. «La vida hu­ma­na ordenada –ya que de la desorde­nada no tratamos aquí, ni es propiamente humana, sino más bien animal– consiste en las operaciones de la inteligencia. Pero la vida intelectual tiene dos opera­ciones: una que pertenece a la misma inteligencia en sí misma consi­derada, y otra que le pertenece en cuanto que rige las facultades y fuerzas inferiores. Luego la vida humana será doble: una que consiste en la opera­ción propia de la inteligencia en sí misma, y ésta se llama contem­plativa; y otra que consiste en las opera­ciones de la inte­ligencia diri­gidas a ordenar, regir e impe­rar las facultades inferio­res, y ésta se llama vida acti­va»[4]. Continuar leyendo

Saber que no se sabe: la estudiosidad

Rembrandt (1606-1669): "Clase de anatomía".

Rembrandt (1606-1669): “Lección de anatomía”. El cuadro presenta aquello de lo que se trataba por entonces en el mundo del conocimiento anatómico, seguido por unos atentos cirujanos.

Saber que no se sabe: ¿un conocer teórico?

A la pitonisa de Delfos se le preguntó una vez: “¿Quién es el hombre más sabio de Grecia?”. Ella respondió lacónicamente: “Sócrates”. A su vez Platón, en la Apología de Sócrates, pone en boca de su genial maestro la siguiente frase:  “Este hombre cree que sabe algo, mientras que no sabe nada. Y yo, que igualmente no sé, tampoco creo saber”.

De ahí pasó a la tradición occidental la importancia del no-saber: “scio me nihil scire”, “scio me nescire” (sólo sé que no sé nada).

Puede hacerse sobre esta frase una consideración teórica; pero también otra práctica. Según la primera, el hombre conoce por conocer, por penetrar en la verdad universal y necesaria de las cosas, sin atender a nada más. Según las segunda, el hombre conoce para obrar, especialmente para obrar bien o moralmente: se trata de un conocer que no está dirigido a las cosas universales, sino a las singulares y contingentes de nuestra existencia, con las que tenemos que hacer una vida buena.

Comenzaré por la teórica. Muchos  autores  han indicado normalmente que Sócrates no quiso decir que no sabía nada de nada, sino que aquello que sabía no lo conocía con certeza cabal. Sócrates pretendía cambiar el enfoque de quienes se aferraban a su propia opinión, sin buscar argumentos más sólidos y convincentes, o sea, sin abrirse a una búsqueda inteligente y progresiva de la verdad de las cosas humanas. Continuar leyendo

La defensa del honor y la política

Joaquín Sorolla: “El grito de Palleter” (1884). El color blanco de las ropas de los campesinos valencianos matiza las luces y las sombras del cuadro. Representa el grito patriótico de 1808, o arenga lanzada por Vicente Domènech, “el Palleter”, a los campesinos que en la Lonja de Valencia andaban comerciando sus productos. Con ese grito estalló la rebelión antifrancesa en Valencia.

Joaquín Sorolla: “El grito de Palleter” (1884). El color blanco de las ropas de los campesinos valencianos matiza las luces y las sombras del cuadro. Representa el grito patriótico de 1808, o arenga que, por el honor de España, fue lanzada por Vicente Domènech, “el Palleter”, a los campesinos que en la Lonja de Valencia andaban comerciando sus productos. Con ese grito estalló la rebelión antifrancesa en Valencia.

Hacia una política universal

1. Por encima de la institución de la nación está, para un español del siglo XVI, la Iglesia católica.

Ahora bien, pensemos que por entonces el Papa era, de un lado, un príncipe político, gobernando un estado con amplios territorios propios; de otro lado, también era el príncipe espiritual de la cristiandad. Lo político y lo espiritual eran vividos a veces como indiscernibles. En el mundo europeo, toda actuación de Roma quedaba con frecuencia cargada de equívocos.

En lo que a la Península Ibérica se refiere, a la muerte de los Reyes Católicos, España se convierte en el bastión europeo de la Catolicidad, incluso en su intérprete auténtico. España no tolera que ningún príncipe europeo pueda llamarse católico por excelencia; y si alguna vez Roma se dirige a un príncipe europeo para pedirle ayuda, España protesta airadamente. De hecho, la política de Carlos V fue un duelo sangriento con Francisco I de Francia, desoyendo las voces de Roma[1]. Incluso un duelo contra Roma, como se demuestra en el saqueo que hicieron en la Ciudad Eterna las tropas del emperador.

Después, la política de Felipe II se centró contra la Inglaterra creada por el cisma. Se veía en Inglaterra el mayor enemigo de la cristiandad y, por lo tanto, de España; pero en ese orden de cosas,  Felipe II estaba íntimamente convencido de que sólo la religión puede conservar la unidad y la paz. Sólo en el catolicismo podía establecerse la unidad de Europa. Por eso se erige en el salvador de la cristiandad, el brazo derecho de la iglesia, el hombre providencial contra los enemigos que venían de la Europa atea. Acaba creyendo que la cristiandad era el estado español[2]. Continuar leyendo

El honor está en otro

Diego Velázquez: "La rendición de Breda" (1635). Trata la rendición  del vencido, la cual es distinta cuando la injuria infligida es realizada por “ocupación indebida” y no por “ofensa al honor”. El cuadro expresa el final de una guerra que se ha producido esgrimiendo uno de los títulos de guerra, el de propiedad, pero no el título del honor. Tanto el general rendido (Nassau) como el general victorioso (Spínola) tienen a salvo su honor.  Los vencidos fueron respetados y tratados con dignidad. En el cuadro no hay vanagloria. Justino de Nassau aparece con las llaves de Breda en la mano y hace ademán de arrodillarse, lo cual es impedido por Spínola que pone una mano sobre su hombro y le impide humillarse.

Diego Velázquez: “La rendición de Breda” (1635). Trata la rendición del vencido, la cual es distinta cuando la injuria infligida es realizada por “ocupación indebida” y no por “ofensa al honor”. El cuadro expresa el final de una guerra que se ha producido esgrimiendo uno de los títulos de guerra, el de propiedad, pero no el título del honor. Tanto el general rendido (Nassau) como el general victorioso (Spínola) tienen a salvo su honor. Los vencidos fueron respetados y tratados con dignidad. En el cuadro no hay vanagloria.

Estructura social y moral del honor

1. El deseo de honor no es un afán de sobresalir por encima de los demás, sino simplemente la voluntad de que los demás reconozcan al sujeto como depositario de valores que él mismo debe desplegar. Una buena descripción fenomenológica del honor está, dentro del mismo Siglo de Oro, en los dramas de honor de Lope y Calderón[1]. Pero me limitaré a exponer brevemente el núcleo esencial del honor.

El honor tiene dos aspectos: de una parte, afecta al interior de nuestra per­sonalidad; un agravio al honor es como una lesión a lo más propio e intrans­ferible del individuo. El sonrojo en que se manifiesta la sensación del agraviado, se diría que trasluce una sangrante herida íntima[2].

Pero, por otra parte, el honor viene de los otros: el honor nos aparece, a un tiem­po, como exigencia interna y como consagración social, pues la honra consiste en el reconocimiento que otros me otorgan o tributan. De un lado, el honor es una dimensión íntima, un “patrimonio del alma”. De otro lado, el honor tiene un aspecto externo, social. Así lo expresaba bellamente Lope[3]:

Honra es aquella que consiste en otro.

Ningún hombre es honrado por sí mismo,

que del otro recibe la honra un hombre…

Ser virtuoso un hombre y tener méritos

no es ser honrado… De donde es cierto,

que la honra está en otro y no en él mismo.

Cuando la vida del individuo está entroncada en la vida de la comunidad, en orgánica compenetración, el sentirse repudiado por ella es como ser amputado del cuerpo y privado de la savia del propio ser.

2. Si el honor es el nexo de nuestra vida con la vida de la propia familia y de la ciudad en que se vive, o sea, si la vida individual sólo se estima valiosa en la propia comunidad, puede pensarse que el honor está realmente por sobre la vida propia. Y así se le estimó desde muy antiguo en España. Continuar leyendo

Todo un profesional

Honoré Daumier (1808-1879): "Dos abogados".  Refleja en la caricatura costumbrista la auténtica comedia humana, poblada de profesionales deshonestos y gentes de justicia. El aspecto "inacabado" traduce el temor de sacrificar lo esencial a lo accesorio.

Honoré Daumier (1808-1879): “Dos abogados”. Refleja en la caricatura costumbrista la auténtica comedia humana, poblada de profesionales deshonestos y gentes de justicia. El aspecto “inacabado” traduce el temor de sacrificar lo esencial a lo accesorio.

Aspectos integrantes de una profesión

El ejercicio de una profesión  implica al menos cuatro ingredientes subjetivos previos: la vocación, la competencia, la consagración y el compro­miso. En todos ellos es necesaria la libertad. El profesional es, en pri­mer lugar, libre de responder a su vocación, libre para realizarla con competencia científica, libre para consagrarse a su ejercicio y libre para asumir el compromiso de las exigencias del bien común. Y esta libertad ha de ser protegida y promovida.

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Vocación

La vocación es el llamamiento que hace la naturaleza individual, a través del temperamento y carácter, con las propias dotes físicas y psíquicas, para realizarse de una determinada manera, en una actividad concreta. La conciencia recibe esta llamada como una atracción o inclinación y como una garantía de que su íntimo gusto o satisfación se puede conseguir obedeciéndola libremente. Continuar leyendo

¿Qué es la fidelidad?

Briton Rivière (1840-1920): “Fidelidad”. Sus pinturas destacan por la participación de animales; procura reflejar emociones sociales del hombre a través de la conducta animal, en este caso del perro.  Procura conocer al animal, antes de pintar su imagen.

Briton Rivière (1840-1920): “Fidelidad”. Sus pinturas destacan por la participación de animales; refleja emociones sociales del hombre a través de la conducta animal, en este caso del perro. Procura conocer al animal, antes de pintar su imagen.

¿Puede darse la fidelidad entre los humanos?

La actitud de mantener la fe que una persona debe a otra fue llamada por los latinos fidelĭtas. Cuando alguien cumple las exigencias de la fidelidad y las del honor decimos que es “leal”. ¿Qué significa mantener la fe en alguien, tenerle fidelidad?

La más frecuente objeción contra la fidelidad estriba en afirmar que la “mutabilidad continua” del ser humano hace imposible una voluntad de no cambiar: el hombre, por su finitud, no puede hacer un propósito incondicional, ni es capaz internamente de mantener una actitud firme, de ser leal.  Y aunque tuviera una esencia perdurable, ésta no podría ser otra cosa que la libertad misma. El hombre no tiene una naturaleza fija, pues es libertad, capacidad de cambio: así se expresan todas las doctrinas de inspiración existencialista.

En esta objeción se encierra toda una antropología, una teoría del hombre, de su ser y de sus posibilidades. Viene a decir que es una limitación humana no recuperar la libertad una vez que se ha entregado. Nadie podría proponerse un compromiso definitivo, que acabaría siendo coactivo. Todo hombre tiene derecho a recomenzar. De manera que, por ejemplo, la opción por sólo una mujer sería limitadora, ya que sobreviviría sacrificando las posibilidades excluidas: arrastraría un empobrecimiento, una pérdida de contactos.

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