Sección: 2.Naturaleza (página 1 de 4)

La naturaleza humana, su constitución y sus atributos

Los opuestos. Teoría de Tomás de Aquino

Triunfo de santo Tomás: apoyado en Platón y Aristóteles; a sus pies, Averroes. (Benozzo Gozzoli)

Triunfo de santo Tomás: apoyado en Platón y Aristóteles; a sus pies, Averroes. (Benozzo Gozzoli)

Una pieza clave de la filosofía de Santo Tomás de Aquino es la teoría aristotélica de los “opuestos”, que en realidad son cuatro: contradictorios, contrarios, privativos y relativos. Sin esta teoría es imposible entender su teología, su antropología, su doctrina de la naturaleza, la realidad entera.

Porque los términos pueden “oponerse” o bien excluyéndose absolutamente, como el sí y el no (contradictorios); u oponiéndose relativamente, como el padre y el hijo (relación); u oponiéndose privativamente, como la visión y la ceguera (privación); o en fin, oponiéndose contrariamente, como lo pardo y lo blanco (contrarios), que no pueden coexistir en un mismo ser, pero su presencia se puede alternar en él. (Véase: Los Cuatro Opuestos, Castellano y Latin)

La esencia de la libertad en Schelling

Conceptografía básica del libro de Schelling: "La esencia de la libertad humana".

Conceptografía básica del libro de Schelling: “La esencia de la libertad humana”.

La tesis central de Schelling (en su obra sobre la esencia de la libertad humana) es que la libertad es un poder del bien y del mal  (Vide: Libertad Schelling). Y justamente aquí se sitúa, en el punto central de consideración, un dualismo metafísico del bien y del mal. Puede decirse que con respecto a la desgarradora contradicción del bien y del mal en el mundo —mundo que existe, sin embargo, como formando unidad con el origen unitario y absoluto— se trata de mostrar la identidad que le precede y, a partir de ella, de comprender la oposición como necesaria por sí misma. Dado que Dios es el origen absoluto y la unidad omnicomprensiva del mundo, Schelling trata nada menos que de mostrar en Dios mismo el origen del mal, pero sin abandonar la absolutividad del bien que se da en Él.

No puede haber nada absolutamente independiente de Dios. Por tanto, el mal no puede ser ningún principio original junto a Dios. Únicamente puede nacer por una caída desde Dios, einen Abfall. ¿Pero cuál es el fundamento (Grund) de la caída? De nuevo, sólo puede ser buscado en Dios, y únicamente ese fundamento es el mal original mismo (Urböse). La libertad sólo es posible en Dios; pero el mal, que es el supuesto de la libertad, sólo es posible fuera de Dios. Esta contradicción no se elimina, sino que se la debe reconocer y resolver. Mas esto último se puede efectuar si se muestra un momento (Moment) en Dios que no sea Dios mismo. Pero ¿cómo es concebible semejante momento? Continuar leyendo

¿A qué llamamos espíritu?

El jinete de la Catedral de Bamberg (Alemania)

El jinete de la Catedral de Bamberg (Baviera, Alemania). Es uno de los mejores ejemplos escultóricos de los inicios del gótico. Está ubicado en una de las pilastras del Coro de la Catedral. El joven jinete no lleva armas, por lo que no es la figura de un caballero, sino la representación del “hombre”, sin más: se eleva sobre lo geológico de la piedra, sobre lo botánico esculpido en las hojas y ramas, sobre lo zoológico del caballo; y se corona en la cabeza: símbolo más alto del espíritu humano.

I.  Desde los antiguos griegos 

En el pensamiento griego se expresó inicialmente con la palabra pneuma, que significa aliento, soplo vital; la palabra latina spiritus tiene el mismo significado etimológico. Pero el verdadero correlato griego del espíritu, en sentido moderno, es el término nous (mente), consagrado por Anaxágoras (filósofo de la antigua Grecia). A través de la historia, la palabra espíritu ha ido incorporando muchos matices, según los sistemas filosóficos: sustancia incorpórea, alma racional, entendimiento, principio vital, materias sutiles, etc. Hoy la filosofía utiliza la palabra espíritu por contraposición a naturaleza. En general, se puede entender por espíritu lo opuesto a la materia, sin depender de ella por lo menos intrínsecamente. Ahora bien, definir el espíritu como lo inmaterial o lo no natural es todavía insuficiente, pues eso no nos dice lo que es el espíritu en sí.

El espíritu es un ser que no sólo es, sino que además, con reflexión inmediata, tiene noticia de este «es». O sea, espíritu es un ser que está cabe sí (re-flexiona). La materia, en cambio, es algo yuxtapuesto (espacial) y sucesivo (temporal): es un ser fuera de sí, algo que no está cabe sí.

Una investigación acerca de la esencia y función del espíritu debe estudiar tres puntos principales: su constitución pro­pia, sus formas y su relación con el cuerpo. En este artículo se estudiarán los dos puntos primeros; como el tercer punto define al espíritu como alma, remitimos para su es­tudio a esa entrada en este blog.

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II. Tesis modernas

La interpretación de la esencia del espíritu puede tomar tres direcciones funda­mentales: afirmación de su finitud (A), afirmación de su infinitud (B), afirmación de su finitud e infinitud conjuntamente (C).

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El insulto

Bosco, "La ira", Mesa de los pecados capitales

El Bosco, “La ira”, Mesa de los pecados capitales. La animadversión, en cualesquiera de sus formas, es la fuente del insulto, un modo de rebajar la dignidad de las personas.

La principal manera de relacionarse el hombre con los demás es mediante las palabras.

En lo que atañe al respeto que debemos a los demás, desde el punto de vista psicológico y moral, las palabras pueden entrañar el deshonor de alguien, y esto puede ocurrir de dos maneras. En primer lugar, puesto que el honor es consecuencia de la excelencia que el otro tiene, en principio por ser persona, se le deshonra al privarle de la dignidad que le corresponde, lo cual se produce ciertamente por obras y omisiones. En segundo lugar, se deshonra a alguien cuando se da a conocer lo que es contrario a su honor, y esto acontece por medio de signos; y entre los signos son principales las palabras, utilizadas para expresar los conceptos de la mente. Se trata entonces de ofender verbalmente el honor de otro. Continuar leyendo

Historicidad. Ideas para una filosofía de la historia

Caspar David Friedrich: "La ruina de Eldena" 1825.

Caspar David Friedrich: “La ruina de Eldena” 1825. El pintor describe el surgimiento de una casa moderna bajo las ruinas de un antiguo edificio. En cierto modo, el pasado posibilita el futuro.

El historicismo comporta la idea de que la historia es el constitutivo del hombre. La argumentación historicista ha sido recurrente durante el siglo XX en el existencialismo, en el vitalismo, en el estructuralismo, en el de-construccionismo y en el pensamiento débil. El presente libro expone el despliegue de la libertad humana a través de unos factores temporales que no merman la identidad de su ser. Son estudiadas las categorías de tiempo, historicidad, evolución, libertad, socialidad, temporalidad, tradición, progreso y revolución, entre otras. Asimismo termina indagando la razón histórica como razón narrativa en relación con la verdad histórica.

Dialéctica de la presencia sensible: una base del realismo natural

John William Waterhouse (1849-1917)

John William Waterhouse (1849-1917): “Narciso se mira en las aguas”. En una recreación colorida y suave del mito clásico, el pintor traza el momento en que Narciso se enamora de su propia imagen reflejada en un estanque e intenta seducir al hermoso joven, sin darse cuenta de que se trata de él mismo, e intenta besarlo. Al comprobar el fenómeno de la apariencia sensible, entristecido de dolor, se da muerte con su propia espada.

La explicación del conocimiento sensitivo ha basculado muchas veces entre los que le niegan toda certeza (como fue el caso de Platón) y los que le conceden total autoridad (como los empiristas). En verdad, la sensación es una operación realista del sujeto y depende del sistema nervioso.

Lo que se debe mostrar es que, para los medievales, las sensaciones encerraban una realidad representativa. Se trata de las sensaciones que, mediante la previa y actual inmutación de un órgano, por la acción directa del objeto, suscitan un conocimiento concreto e inmediato de una realidad presente. La sensación humana no coincide con la de seres irracionales, pues está completada por elementos no sensitivos.

Los sentidos, pues, no son un obstáculo al conocimiento intelectual, sino su condición imprescindible. Bajo este prisma interpreta Tomás de Aquino la experiencia sensible, en la que se implican no sólo los sentidos externos, sino también los sentidos internos, como el sentido común, la fantasía y la memoria.

Uno de los escollos más punzantes y desalentadores superpuesto a la tra­dición aristotélica sobre el conocimiento sensible es la rigidez con que se han mante­nido, hasta el siglo XIX, algunas tesis psi­cofísicas o fi­sio­lógicas que en reali­dad sólo eran hipótesis accesorias ideadas para expli­car fenó­me­nos cuyo funcionamiento se igno­raba. La fuerza de la autoridad –como la de Aristóteles, Galeno o Averroes– era tan abruma­dora en cuestiones puramente científicas que a lo sumo se permi­tía establecer acerca de la hipótesis inicial –que nunca se ponía en tela de jui­cio– otras hi­pótesis subsidiarias que sirvie­ran para decorarla o comple­tarla.

Por ejemplo, para interpretar la influencia del objeto sobre los senti­dos se utilizaba la hipótesis de que las determinaciones que provienen del objeto, especialmente las visuales, tendrían que existir intencionalmente en un medio antes de in­cidir en el sujeto. ¿Cómo es posible, se preguntaban, que la luz y el color –y con parecida expectación se hablaba también del olor y del so­nido– se trans­mitan a grandes dis­tan­cias y, sin embargo, con­­serven su ser real? La explica­ción plau­sible para muchos aristotélicos era que la trans­mi­sión se haría de un modo intencional en un medio adecuado; y si las especies sensibles fuesen materia­les al salir del objeto, llegando inma­teria­les al sen­tido, entonces ha­bían de ser purificadas en el medio para que se tornaran inmateriales. Otra hipótesis básica era también la te­oría humoral, referente a la constitución quí­mica de los cuerpos por elemen­tos naturales simples, tales como el aire, el agua, el fue­go y la tierra. O la hipótesis que implica la exis­tencia fisiológica de spiritus ani­males y vitales que circu­lan por las vías ner­viosas y musculares como dimi­nutos puntos de energías básicas –materiales– de movimiento y pensa­miento.

Es cierto que, si no se penetra en el mecanismo básico que enhe­bra todos estos conceptos, difícilmente podríamos realizar un enfoque histórico que sirviera para pulsar la vitalidad singular del pensamiento que los elaboró. Estamos ante un capítulo sustancioso de la historia de la psicología en Occi­dente.

Hombre e historia en Vico

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Pintura alegórica recogida en la edición de 1744 de la Scienza Nuova. La mujer con la cabeza alada representa la Metafísica que contempla a Dios, de cuyo ojo sale un rayo que reverbera en una gema prendida en el pecho de la mujer. El rayo se refracta y sale fuera, para significar que la Metafísica conoce a Dios providente en las cosas morales y públicas, en las costumbres civiles, en la historia humana.

El pensamiento de Vico (1668-1744) está regido por el principio de la precedencia psicológica de la espontaneidad sobre la reflexión, en el ámbito de la poesía, del mito, de la retórica, de la praxis y de la historia.

Vico parte a la vez de raíces humanistas y de planteamientos modernos, siendo capaz de enfrentarse a Descartes y contribuir con aspectos filológicos, etnológicos y jurídicos a configurar una obra (la “Ciencia Nueva”) de sorprendente actualidad, en la que están predibujadas tesis de pensadores actuales, como Gehlen, Lévi-Strauss y Chomsky.

En este pensador barroco tuvo sus raíces modernas el surgimiento de las llamadas “Ciencias del Espíritu” a finales del XIX. Él expuso una filosofía del lenguaje y una hermenéutica, dentro de una Filología original, en la que integraba el estudio de la Retórica y de la Poética.  Las investigaciones de Gadamer y Apel sobre Vico recogen y subrayan estas novedades.

Persona y Sexualidad

René Magritte (1928): "Los amantes"

René Magritte (1928): “Los amantes”. Dos personas –hombre y mujer–, cubiertas sus cabezas y caras con velos, se besan juntando los rostros. Su amor no es secreto. Más bien, Magritte representa el secreto de su unión. Las sensaciones de los protagonistas se reabsorben en las profundidades del amor.

Los orígenes modernos del debate sobre el amor tienen sus referentes en Jacobi, Kant, Fichte y Hegel. Estos autores postulan, en diálogo con la Ilustración, una personalización de la sexualidad en el matrimonio y exponen una tipología de los sexos, recogida también por los defensores del amor romántico, como Schlegel y Schleiermacher.
En esa tipología resalta la feminización del amor y la masculinización del matrimonio, categorías que pretendo explicar en este libro.
Fichte y Hegel mantienen también la idea de que la relación entre varón y mujer coincide íntegramente con la relación conyugal.
Tomando como temas recurrentes las tesis indicadas (feminización del amor, masculinización del matrimonio y absolutización de la conyugalidad) el presente trabajo explora las doctrinas de Jacobi, Schleiermacher, Kant, Fichte y Hegel sobre la articulación de amor y sexo en la persona.
El Apéndice final estudia esta misma problemática en los autores tardomedievales.
El libro termina con una valoración crítica de las principales categorías apuntadas.

 

¿Es la ley natural la misma naturaleza humana? Una tesis de Vázquez (s. XVI)

Rodin: “Tougth” (1886). Cuando  Rodin comenzó a modelar en mármol un retrato de Camille Claudel, al llegar al cuello se detuvo: la cabeza que emerge del bloque era suficiente para un símbolo: el pensamiento emergiendo de la naturaleza.

Rodin: “Tougth” (1886). Cuando Rodin comenzó a modelar en mármol un retrato de Camille Claudel, al llegar al cuello se detuvo: la cabeza que emerge del bloque era suficiente para un símbolo: el pensamiento emergiendo de la naturaleza.

1. La naturaleza humana y la doble ley natural

1. Que los derechos no se fundan en la voluntad de los pueblos, ni en las decisiones de los gobiernos, ni en las sentencias de los jueces, sino en una ley objetiva válida para todos: tal es la tesis de una tradición de filósofos que arranca de Platón. Fue quizás Cicerón el autor latino que en la antigüedad la defendió con más agudeza, en su libro De legibus (I, cap. 16, n. 43). Pero, ¿cómo habría que entender esa ley? ¿Qué pensaría de ella, por ejemplo, un físico? Ciertamente las leyes físicas enuncian hechos generales y constantes, expresando lo que es y suponiendo una necesidad en el despliegue de los fenómenos. Esas leyes posibilitan que, una vez establecido el antecedente, el científico espere la aparición necesaria del consiguiente. Habría un lazo necesario entre el primero y el segundo. La ley física señala un “proceder” necesario, pero no un “deber”: se expresa como una relación matemática que representa magnitudes mensurables; bajo la forma de una ecuación enuncia que un estado está siempre ligado o vinculado determinadamente a otro estado. Pero en el orden moral la ley dice lo que debe ser y expresa el fin determinado al que un acto habrá de dirigirse, suponiendo que se obra con libertad, y no con necesidad.

Sin embargo, aunque tan distintos, ambos tipos de leyes coinciden, de una manera muy general, en ser “normas”,  ejemplares o reglas conforme a las cuales se pueden expresar las cosas.

2. Me permito adelantar la conclusión que, a propósito de la ley moral natural, se puede sacar de las amplias explicaciones que ofrece el maestro jesuita Gabriel Vázquez de Belmonte (1549-1604)[1]: la ley natural es propiamente el conjunto de exigencias radicales o estructurales de la naturaleza humana como tal, o sea, biológica y racional a la vez. De modo que, en sentido estricto, ella no es una “ley”, un precepto racional, sino algo previo: es el fundamento estructural de las leyes y preceptos racionales. Afirmaba que “la ley natural no se incluye en mandato ni en juicio alguno, sino que debe ser algo anterior a toda intelección y volición”.  Otros grandes maestros de su tiempo (como Domingo de Soto o Francisco Suárez) habían enseñado que la ley natural es formalmente un acto del entendimiento, una especie de “mandato”, praeceptum o imperio racional. Continuar leyendo

Quimeras que nos seducen

Gustave Moreau (1826-1898): “La quimera”. Maestro de Matisse, Marquet y Rouault. Se mueve entre el romanticismo y el simbolismo. Aplica el arte de la acuarela con brillantez de matiz. Pero también sus óleos se aproximan a fantásticas glorificaciones y ardientes tonos carnales.

Gustave Moreau (1826-1898): “La quimera”. Maestro de Matisse, Marquet y Rouault. Se mueve entre el romanticismo y el simbolismo. Aplica el arte de la acuarela con brillantez de matiz. Pero también sus óleos se aproximan a fantásticas glorificaciones y ardientes tonos carnales.

Modificación genética

Ella era rubia  y tuvo tres novios. Decidió tener un hijo… de los tres. Consiguió el esperma de todos ellos y lo entregó a un centro de fecundación artificial para que seleccionara genéticamente  los ojos verdes del primero, la musculatura del segundo y la voz del tercero. Es un decir. Pero esta técnica de mescolanzas  ha sido llamada “modificación genética”, o sea, modificación de la línea germinal del ADN cromosómico que puede pasar a las generaciones futuras. En el Reino Unido la cosa va en serio; y ya ha penetrado ampliamente la idea de un hijo que, previa una genetic modification, tiene tres o más padres.

Ya sé, ya sé que la ciencia no está todavía a la altura de lo que algunos pretenden. Y que la naturaleza no permitirá  ensayos genéticos viciados.  Pero es que tampoco muchos científicos están a la altura de lo que la ciencia debe proporcionar, aunque cuenten con un desorbitado presupuesto económico.

Tengo la convicción de que las técnicas de reproducción asistida se han salido de madre y de padre. Ya no basta que dos personas, varón y hembra, busquen con su correspondiente carga genética dar la vida a un tercero, el hijo. Ni tampoco es suficiente que, dentro o fuera del matrimonio, haya niños a petición, mediante fecundación “in vitro” o vientres de alquiler, o que no se pregunte por el origen biológico de la masa genética. La identidad genética, base de la filiación biológica, ya no serviría: la verdadera sería la “identidad social”, la que la sociedad quiera darle al embrión en cada momento, llamando a las cosas con nombres ilógicos o meros eufemismos.

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