Sección: 2.1. Naturaleza en general (página 1 de 3)

Sentido de «naturaleza» desde la Edad Antigua al Siglo de Oro. Etiología

El otro poder de las palabras

 

«Lo stregozzo»:  Agostino Veneziano (1520). Una desatada furia pasa como la procesión de una bruja, a través de un  amenazante mundo subterráneo. Es llevada en un carro hecho con la carcasa de una criatura monstruosa, y está acompañada por hombres, niños, animales e instrumentos. Refleja el poder feroz de la palabra destructora.

La principal manera de relacionarse el hombre con los demás es mediante las palabras. Para eso es preciso antes dominar las mismas palabras, no sólo para hablar gramaticalmente bien el idioma, sino para aplicarlas moralmente bien. Las palabras pueden servir para tener un poder inmoral sobre las personas, para destacar por encima de ellas; pero sobre todo para respetarlas, en cuyo caso han de ir precedidas del dominio que uno debe ejercer sobre sí mismo y sobre sus dichos.

En lo que atañe al respeto que debemos a los demás, desde el punto de vista psicológico y moral, las palabras pueden entrañar el deshonor de alguien. El honor es consecuencia de la excelencia que el otro tiene, en principio por ser persona; y se le deshonra al privarle de la dignidad por la que tiene ese honor, lo cual se produce ciertamente por palabras, obras y omisiones. Se deshonra a alguien cuando se da a conocer lo que es contrario a su honor, y esto acontece por medio de signos; y entre los signos son principales las palabras, utilizadas para expresar los conceptos del espíritu. Se trata entonces de ofender, mediante palabras, el honor de otro.

Las palabras pueden encerrar intenciones y conceptos de muy variada manera: científica, poética, retórica, artística, práctica y moral. Intenciones y conceptos que se inscriben en el “modo” de hablar. El modo es, por una parte, una categoría gramatical que se implica en la conjugación verbal de nuestra lengua y describe el grado de fuerza resolutiva que tienen las palabras y frases emitidas, en tanto que responden a intenciones del sujeto emisor. A esta fuerza resolutiva de las palabras se refería Austin cuando decía que se pueden hacer “cosas con palabras”. Pero  no me refiero ahora al modo gramatical (condicional, imperativo, indicativo, negativo, optativo, potencial y subjuntivo), sino al modo moral, a la forma o manera de hablar, a la moderación.

Es cierto que las palabras, en cuanto a su esencia física, esto es, como sonidos audibles, no causan daño alguno al prójimo, a menos que fatiguen el oído, por ejemplo, cuando uno habla demasiado alto. En cambio, en cuanto a su esencia psicológica, son signos representativos de algo para llevarlo al conocimiento de los demás; y entonces pueden ocasionar quebranto psicológico y moral, por ejemplo, cuando alguien es lesionado en su honor o en el respeto que otras personas le deben. Por eso, tienen especial importancia las palabras por las que uno echa en cara a otro sus defectos en presencia de muchos. No obstante, aun hablando a solas con el interesado, puede existir lesión psicológica y moral en cuanto que el que habla actúa en contra del respeto del que oye.

El hombre no ama menos su honra que sus bienes materiales. Uno deshonra a otro por hechos, en cuanto sus actos realizan o significan lo que está en contra del honor. Pero los actos, en este caso, son tan significativos como las palabras. Con todos sus matices, fue tratado este asunto por Santo Tomás (v. gr. Suma Teológica, II-II, qq. 72-76). Cuando uno echa en cara a otro su pobreza o bajo nivel social: eso es también atentar contra el honor, que es consecuencia siempre de alguna excelencia.

Asimismo, proferir palabras ultrajantes, aunque sea cierto el contenido de lo que significan, primariamente rebaja la excelencia de quien lo hace, del sujeto emisor. Y no deja de haber cierta insensatez cuando alguno pronuncia palabras de insulto contra otro, aunque sea sin ánimo de deshonrarle, sino para corregirle. En cualquier caso, puede lesionar psicológica y moralmente de manera grande o pequeña. Es preciso usar moderadamente de tales palabras, puesto que podría resultar tan grave el insulto que, proferido sin cautela, arrebatara el honor de aquel contra quien se lanza, aunque no se haya tenido intención de deshonrar a otro.

No se debe olvidar que la mayoría de las palabras que ofenden o afrentan tienen algunas veces  su origen en la ira, cuyo fin es la venganza rápida: el hombre irritado no tiene ninguna venganza más presta que ultrajar a otro. Otras veces, la proposición verbal que llega a ofender suele hacerse por soberbia, la cual predispone a la actitud de ofender e insultar, en cuanto que aquellos que se consideran superiores desprecian más fácilmente a los otros y los injurian: se irritan con mayor facilidad, porque estiman indigno todo lo que va contra su voluntad. 

En resumen, en cuanto las palabras son ciertos sonidos no causan daño a nadie, sino sólo en cuanto entrañan una significación que procede de la intención interior. Por tanto, en las palabras proferidas debe considerarse, sobre todo, con qué intención uno las pronuncia. Si la intención es insultar, tiende a quitar la honra a otro por medio de lo que pronuncia: lo dicho contiene una especial gravedad que pervierte internamente la conducta moral.

A veces se profieren palabras insultantes, no para deshonrar a una persona, sino más bien por diversión. Pero provocar la risa en los demás a costa de envilecer a uno, hiere el orden moral interno de la convivencia; esa herida será más o menos profunda, dependiendo de la intención del que insulta y de su proceder: si se comporta con cierta ligereza de espíritu o por ira superficial.

Las palabras pueden servir negativamente para «difamar», o sea, para manifestar los errores ocultos de una persona; también para «murmurar», criticando los defectos públicos de una persona; e incluso para «calumniar», atribuyendo a una persona un mal que no ha hecho.

Ahora bien, el hombre, en su trato con los demás, y puesto como sujeto pasivo que recibe la afrenta, ha de saber que para configurarse a sí mismo con una recia personalidad, debe estar dispuesto a obrar “aguantando” si fuese necesario; aunque no siempre está de hecho obligado a proceder de tal manera. Y si, por mor de la convivencia, estamos dispuestos a tolerar afrentas, no siempre es conveniente soportarlas: primero para impedir o prevenir la repetición de tales cosas en el futuro; segundo, porque si no reaccionamos a tiempo, muchas personas pueden inferir que la afrenta estaba bien fundada. Es muy difícil entonces guardar cierto equilibro en la respuesta.

Los posibles y las ideas

Pietro Longhi (1701-1785), El Alquimista. La alquimia consideraba que si una cosa era posible, podría ser lograda mediante procesos elementales de química y física, destinados a obtener metales preciosos y la «piedra filosofal», la llave del universo. Se practicó en la Edad Antigua y Media.

Las cuestiones que surgieron durante el Siglo de Oro al filo de la pregunta sobre los posibles y las ideas, se refieren al modo concreto que Dios tiene de conocer tanto los posibles irrealizados, como los realizados.

Los seres posibles, con posibilidad absoluta e interna (incontradictorios), se hallan necesariamente representados según su propia naturaleza en las ideas divinas; y éstas contienen realmente la razón suficiente de tal posibilidad, toda vez que conteniendo y representando todo lo que puede tener razón de ser, contienen y representan todas las cosas posibles con posibilidad interna.

Pero Dios es el fundamento primero y remoto de la posibilidad de las cosas, y de las verdades necesarias, en cuanto ser supremo, origen y fuente de todo ser, y como esencia absoluta e infinita; aunque solamente es funda­mento próximo e inmediato en cuanto es imitable y contiene las ideas ejempla­res de todos los entes posibles. La dialéctica de unidad y pluralidad en este caso se cumple respectivamente entre el fundamento primero y original de la posibi­lidad interna del ser y de las verdades, de un lado, y el fundamento próximo, de otro lado.

En cuanto a los distintos modos de posibilidad (e imposibilidad), resultan tres puntos importantes. Primero, que la posibilidad y la imposi­bilidad externas se multiplican en proporción a la multiplicidad de causas efi­cientes y de la eficacia o poder de su fuerza activa. Segundo, que la posibilidad externa que se divide en física y moral, se divide del mismo modo en tantas especies cuantas son las especies de causas eficientes que existen: el efecto que es posible al hombre, no lo es respecto del animal, de la planta o de otro agente inferior. La serie, pues, de las posibilidades externas corresponde a la serie y naturaleza de los seres; porque “toda potencia activa es conforme a la actualidad y entidad de la cosa a la cual pertenece”. Tercero, solamente en Dios la posibili­dad externa coincide y se identifica realmente con la posibilidad interna; porque únicamente en él la potencia activa, siendo infinita como su esencia, carece absolutamente de toda limitación respecto al ente como efecto. Continuar leyendo

Esencia de la ley natural en el Siglo de Oro

El Bosco, Tríptico del carro de heno (1512 – 1515). La regla general de la ley natural es “hacer el bien y evitar el mal”, o “no hagas a otro lo que no quieras para ti”. En su «Carro del heno» el Bosco manifiesta que el hombre se deja a veces engañar o seducir por el mal. Se trata de un ejemplo del camino de la vida. Pinta a hombres y mujeres que peregrinan sorteando los peligros.

En sentido moderno, lo que se llama «ley natural» está ligado al fundamento del progreso de las ciencias naturales exactas, ayudadas por las matemáticas.

Para el pensamiento tardo-medieval y renacentista, la «ley natural» es sobre todo la regla o norma de la conducta moral y jurídica, cuyo fundamento está en la razón humana y, más hondamente en la esencia del hombre.

Se estudian en este libro los distintos matices que tiene la ley natural, tanto en su esencia o propiedades, como en su determinación al campo del derecho civil y del derecho internacional.

Véase completo: https://issuu.com/juancruzcruz/docs/esencia_de_la_ley_natural/2

Antonio Pérez, un navarro composible, predecesor de Leibniz

Goya, La Romería de San Isidro (Pinturas Negras): Una multitud de cantores grotescos, conforman un esperpento de seres posibles, angustiosamente hilarantes.

Goya, La Romería de San Isidro (Pinturas Negras): Una multitud de cantores grotescos, conforman un esperpento de seres posibles, angustiosamente hilarantes.

Desde hace algunos años se han levantado voces que advierten la presencia de algunas tesis fundamentales del jesuita navarro Antonio Pérez Valiende de Navas en los postulados básicos de Leibniz en torno a los “composibles”. Antonio Pérez nació el 19 de marzo del 1599, siendo su lugar de origen Puente la Reina (Navarra). Llegó a enseñar en el Colegio Romano de los Jesuitas.

Quizás sin pretenderlo, la tesis de la ciencia media, del jesuita Molina, abrió –aunque no se refiriese sistemáti­camente a los meros posibles– todo el problema moderno de los mundos posibles tan sugerentemente expuesto por Leibniz. Pero ése no es un mundo de los posibles sin conexión alguna entre sí, sino el de la articulación sistemática que los posibles tendrían si hubieran de aparecer ciertas circuns­tancias de existencia que no se habrán de dar. De la diversidad de tales circuns­tancias resultaría una diversidad de sistemas (Antonio Pérez y la doctrina leibniziana de la composibles)

La materia y la nada

Silvia Borovik: Caos. Realmente el caos, como materia informe, no se puede describir ni pintar. Sólo se puede pintar quizás el momento inicial en que el caos recibe las primeras invectivas de la forma, como en este cuadro.

Silvia Borovik: Caos. Realmente el caos, como materia informe, no se puede describir ni pintar. Sólo se puede pintar quizás el momento inicial en que el caos recibe las primeras invectivas de la forma, como en este cuadro. 

1. Perspectiva general sobre la materia

Tanto el griego ὕλη como el latín materia expresan originalmente la «madera» de construcción que el hombre transforma para un fin.

Por relación a la organización nueva que recibe el material preexistente, la materia es el elemento potencial o indeterminado, y se contrapone a forma. La materia funciona como el principio de individuación.

La materia aparece en una primera consideración experimental, no filosófica, co­mo «aquello de que los cuerpos constan», en oposición o distinción a su forma accidental, figura, organización de partes, etc. Las ciencias naturales, la Química y la Física, que se han dedicado a investigar la materia en este sentido, han reducido su multiplicidad a unas 100 «materias elementales» (o elementos químicos), cada una de las cuales consta a su vez de átomos y éstos de otros corpúsculos mínimos (o partículas elementales). La cuestión que plantea la ciencia experimen­tal se refiere a la constitución de la materia física ‒problema menos filosófico que físico, y difícil, porque físicamente la materia se comporta ya como corpúsculo, ya como onda‒. La materia que investigan las ciencias naturales o experimentales sería llamada por los antiguos filósofos materia segunda, distinta de la materia prima o primera, que ni es una sustancia corpórea físicamente acabada ‒sino un co-principio‒, ni puede ser alcanzada con los medios de la Física: es una parte esencial de los cuerpos, cognoscible sólo intelectualmente, y que junto con la forma sustancial constituye a esos cuerpos (tal es la doctrina del hilemorfismo). Continuar leyendo

La naturaleza y las causas, de Juan Poinsot

Carlos de Haes: Vista tomada en las cercanías del Carlos de HaesMonasterio de Piedra (Aragón) 1856

Carlos de Haes:
Vista tomada en las cercanías del Monasterio de Piedra (Aragón)
1856

En la editorial Sindéresis he publicado el libro La naturaleza y las causas (2017)de Juan de Santo Tomásque he traducido para la colección IEHM.
Juan de Santo Tomás (o Juan Poinsot 1589-1644), ilustre profesor en la Universidad de Alcalá, publicó varias obras de contenido filosófico y teológico. Fue uno de los grandes intérpretes de Santo Tomás de Aquino, en quien se inspiró para escribir un amplio y famoso Cursus Philosophicus, concebido en tres grandes partes: una dedicada a la Lógica, otra a la Filosofía de la Naturaleza, y otra dedicada a la Teoría del alma o Psicología. También escribió un monumental Cursus Theologicus, en nueve volúmenes.

Bajo el título “La naturaleza y las causas” incluyó Poinsot cinco cuestiones centrales (IX-XIII) de su Filosofía de la naturaleza.
El texto latino que traduzco de Juan Poinsot pone de relieve el papel de la materia y la forma en el orden físico, presidido por el concepto de naturaleza, entendida como un principio fundamental.

En la Introducción he tratado de contextualizar orgánicamente el contenido de estas cuestiones, importantes para comprender también el concepto de «ley natural».

 

Ley natural

 

Richard Norris Brooke (1847-1920), «Escena del atardecer». Los mismos sentimientos de amor y libertad embargan a todos los hombres. Brooke pinta con precisión la vida del negro en Estados Unidos, con un tratamiento profundo y nada vulgar, bajo una luz apacible y digna, a pesar de vivir en un nivel jerárquico diferente. Brooke veía a los negros como parte integral de la cultura del sur y quería representarlos como tal.

La ley como regla y medida: obra de la razón unida a la voluntad

  1. Cuando preguntamos por la «ley natural» hablamos en realidad de un tipo preciso de ley. Santo Tomás había defi­nido la ley como “una cierta regla y medida de los actos, que induce a uno a obrar o le retrae de ello”[1]. Significa, pues, la ley una regla, una norma activa que encauza a un determinado fin toda la vida del hombre.  

Lo cual significa que la causa formal de la ley es la obra misma de la razón. Y como la razón sin la voluntad no puede crear la ley, cabe matizar que lo for­mal de la ley es un acto de la razón con el concurso de la voluntad; la ley es, para Santo Tomás, la obra de una razón voluntariada. Así pues, si la ley es regla y medida de las acciones humanas, tal función de regular y medir compete primariamente a la razón, facultad que conoce el fin del hombre y el orden que conduce a ese fin. Además, los actos propios y específi­cos de la ley son el mandar y el prohibir: ambos actos son como dos aspectos de un mismo hecho, a saber, la imperatividad. Precisamente la imperati­vidad o el imperio pertenece a la razón, suponiendo, claro está, el empuje de la voluntad[2]

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La ley y la razón práctica

Es preciso destacar que el horizonte intelectual en el que se mueve aquí Santo Tomás no es el especulativo, sino el práctico. Ya Aristóteles explicó que la verdad es el objeto exclusivo y total del inte­lecto racional; pero cuando éste se mantiene, respecto de una verdad aprehen­dida, en el plano de la simple contemplación, recibe el nombre de intelecto espe­culativo; si a la contemplación o intelección teórica añade la aplicación al orden práctico, es decir, que conociendo la verdad, la conoce y percibe como reguladora de la conducta, entonces el intelecto se denomina práctico. Continuar leyendo

El vocabulario de los filósofos: categorías

Kandisky, "Armonía". El vocabulario de un artista, o de un filósofo, se resume en unas categorías que lo identifican.

Kandisky, «Armonía». El vocabulario de un artista, o de un filósofo, se resume en unas categorías que lo identifican.

¿A qué llamamos “categoría”?

Es frecuente, cuando hablamos de una persona, preguntar por la categoría social ‒alta o baja‒ en que está o se mueve; lo mismo ocurre cuando nos referimos a la calidad de un restaurante y preguntamos en qué categoría está ‒por sus premios o certificaciones de calidad‒.  Nos es natural clasificar a personas o cosas siguiendo un criterio de jerarquía o rango. La respuesta influye a veces en el modo de comportarnos socialmente con esa persona.

Los filósofos saben que han de superar sus perspectivas particularistas. Deben mirar “un poco más allá” y adoptar criterios universales. Casi todos se interesan por saber los tipos más comunes de cosas que constituyen la realidad: los diferencian y los clasifican. Obtienen, en cada caso, una “categoría”. Ya desde los tiempos de Aristóteles se entendía que una realidad podría ser sustancia o accidente, y que no es lo mismo el hacer que el padecer, no es lo mismo la cualidad que la cantidad

Cuando empezamos a leer las páginas de un filósofo, vemos que utiliza términos corrientes ‒como espacio, tiempo, relación, cualidad, etc.‒. Pero advertimos también que no los utiliza con el mismo sentido que otros pensadores. Cada uno pone en cada término su “manera”, su “toque”, su “enclave”. Es como si los mismos abrigos se fueran colgando en distintas perchas, las de cada pensador.

Pues bien, el término “categoría” utilizado para designar el nivel y modo de realidad que pueden tener las cosas, viene del verbo griego kategorein, que  significa «acusar ante el juez»: o sea, decir lo que verdaderamente algo es. Por eso, la voz “categoría” ha llegado a significar, de una parte, el «predicado que se atribuye a un sujeto» y, de otra parte, también la «índole misma de ese sujeto».

Una y otra vez, a lo largo de la historia del pensamiento, los filósofos se han visto forzados a preguntarse por las “categorías”. Y en cada pensador reaparecen categorías más o menos antiguas, aunque vistas desde prismas sistemáticos distintos.

Intentemos aclarar estas afirmaciones examinando -quizás con demasiada brevedad- cómo los más grandes filósofos han utilizado el término “categoría”. Empezaré por Aristóteles, siguiendo por Santo Tomás y Kant. Continuar leyendo

Los opuestos. Teoría de Tomás de Aquino

Triunfo de santo Tomás: apoyado en Platón y Aristóteles; a sus pies, Averroes. (Benozzo Gozzoli)

Triunfo de santo Tomás: apoyado en Platón y Aristóteles; a sus pies, Averroes. (Benozzo Gozzoli)

Una pieza clave de la filosofía de Santo Tomás de Aquino es la teoría aristotélica de los «opuestos», que en realidad son cuatro: contradictorios, contrarios, privativos y relativos. Sin esta teoría es imposible entender su teología, su antropología, su doctrina de la naturaleza, la realidad entera.

Porque los términos pueden «oponerse» o bien excluyéndose absolutamente, como el sí y el no (contradictorios); u oponiéndose relativamente, como el padre y el hijo (relación); u oponiéndose privativamente, como la visión y la ceguera (privación); o en fin, oponiéndose contrariamente, como lo pardo y lo blanco (contrarios), que no pueden coexistir en un mismo ser, pero su presencia se puede alternar en él. (Véase: Los Cuatro Opuestos, Castellano y Latin)

La esencia de la libertad en Schelling

Conceptografía básica del libro de Schelling: "La esencia de la libertad humana".

Conceptografía básica del libro de Schelling: «La esencia de la libertad humana».

La tesis central de Schelling (en su obra sobre la esencia de la libertad humana) es que la libertad es un poder del bien y del mal  (Vide: Libertad Schelling). Y justamente aquí se sitúa, en el punto central de consideración, un dualismo metafísico del bien y del mal. Puede decirse que con respecto a la desgarradora contradicción del bien y del mal en el mundo —mundo que existe, sin embargo, como formando unidad con el origen unitario y absoluto— se trata de mostrar la identidad que le precede y, a partir de ella, de comprender la oposición como necesaria por sí misma. Dado que Dios es el origen absoluto y la unidad omnicomprensiva del mundo, Schelling trata nada menos que de mostrar en Dios mismo el origen del mal, pero sin abandonar la absolutividad del bien que se da en Él.

No puede haber nada absolutamente independiente de Dios. Por tanto, el mal no puede ser ningún principio original junto a Dios. Únicamente puede nacer por una caída desde Dios, einen Abfall. ¿Pero cuál es el fundamento (Grund) de la caída? De nuevo, sólo puede ser buscado en Dios, y únicamente ese fundamento es el mal original mismo (Urböse). La libertad sólo es posible en Dios; pero el mal, que es el supuesto de la libertad, sólo es posible fuera de Dios. Esta contradicción no se elimina, sino que se la debe reconocer y resolver. Mas esto último se puede efectuar si se muestra un momento (Moment) en Dios que no sea Dios mismo. Pero ¿cómo es concebible semejante momento? Continuar leyendo

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