Sección: 2.1. Naturaleza en general (página 3 de 4)

Sentido de «naturaleza» desde la Edad Antigua al Siglo de Oro. Etiología

El problema de las leyes históricas y la periodización

Tiziano Vacellio (1477-1576): Alegoría del tiempo. Un contraste de luces y sombras relata la inscripción latina que aparece bordeando las cabezas, y que quiere decir: "Del pasado al presente hay que actuar con prudencia para no dañar la acción futura". Se trata de una alegoría del Tiempo gobernado por la Prudencia del anciano. Las tres cabezas humanas manifiestan las tres edades del hombre, asociadas con tres cabezas de animales, símbolos respectivos de la memoria (el lobo devorador del pasado), la inteligencia (el león que se agita en el presen te) y la providencia (el perro que se apacigua en la esperanza del futuro). El cuadro parte de la penumbra del pasado o vejez, sigue en la luminosa transparencia del presente o madurez y resplandece con la luz del futuro o juventud.

Tiziano Vacellio (1477-1576): Alegoría del tiempo. Un contraste de luces y sombras relata la inscripción latina que aparece bordeando las cabezas, y que quiere decir: «Del pasado al presente hay que actuar con prudencia para no dañar la acción futura». Se trata de una alegoría del Tiempo gobernado por la Prudencia del anciano. Las tres cabezas humanas manifiestan las tres edades del hombre, asociadas con tres cabezas de animales, símbolos respectivos de la memoria (el lobo devorador del pasado), la inteligencia (el león que se agita en el presen te) y la providencia (el perro que se apacigua en la esperanza del futuro). El cuadro parte de la penumbra del pasado o vejez, sigue en la luminosa transparencia del presente o madurez y resplandece con la luz del futuro o juventud.

1. Presunción de una ley absoluta

En el hecho histórico se encuentran factores antropo­lógicos y sociológicos que limitan las preten­siones de quienes –como Hegel– construyen la historia de una manera ab­so­luta e inmanente: esos factores impiden que la historia se desarrolle conforme a leyes propias de un «modelo ab­soluto» o apriórico. Porque el factor más decisivo es la libertad huma­na.

¿Qué elementos fundamentales poseería un modelo absoluto que se decla­rase como disciplina filosófica y cientí­fica? Debería tener, en primer lugar, un ob­jeto determi­nado, pues sin objeto no hay disciplina; en segundo lugar, unos principios cier­tos y eviden­tes que garanticen unas conclusiones legítimas y cla­ras.

El objeto, para un modelo absoluto, sería la determina­ción de las leyes o ra­zones fundamentales de todas las vicisitudes históricas que se mostraran en el pa­sado, en el presente y en el porvenir. Los princi­pios que podrían guiarnos con certeza a determinar esa ley general de las trans­forma­ciones sólo los podríamos sacar del conocimiento de las conexiones de la li­bertad en el tiempo. Úni­camente en­tonces se definirían con seguridad los fines del nacimiento, de la elevación y de la decadencia de las dife­rentes naciones. Dicho de otro modo, el único criterio por el que se podría conocer con seguridad la ley del movimiento histórico –en su pasado, en su presente y en su futuro– sería la li­bertad indi­vidual, si ésta nos diese su secreto. De no poder lograr sus conexiones, es imposible hallar una ley o un fin universales.

Pero, ¿es posible conocer a priori las conexiones de la libertad individual en el tiempo? Se trata de la libertad. Y la única vía posible para hallar esas co­nexiones es la observación; y no una ob­servación cualquiera, sino una observa­ción que debe ser exacta y completa de los hechos históricos (propiamente li­bres). De esta exacta y com­pleta observación podríamos llegar a una generali­zación racional de estos hechos, en la que se decantasen los principios referen­tes al objeto apuntado. Pero ocurre que esta observación no podría ser exacta ni completa. Continuar leyendo

La costumbre y el derecho de gentes, según Suárez

Alonso Vázquez (1564-1608): “San Pedro Nolasco redimiendo cautivos”. Vázquez pinta el tema con rasgos manieristas: en la parte superior izquierda del lienzo, aparece el momento en que se efectúa el trato económico; en el plano central San Pedro Nolasco habla con un sarraceno guardián; en la zona inferior izquierda, se representa al grupo de los cautivos. Hasta bien entrado el siglo XIX se consideraba muchas veces normal la esclavitud o el cautiverio, como consecuencia de una guerra o como trato debido a individuos de otros países y lenguas. Las Escuelas Españolas del Siglo de Oro, especialmente a partir de Vitoria, proponían que por “derecho de gentes” tales excesos debían ser corregidos.

 1. La originalidad de lo normativo en el derecho de gentes

 

a) A la busca de una diferencia en la universalidad

 

1. Urgido Suárez por motivos prácticos –los del convulso momento histórico español que le tocó vivir, con guerras de conquista en América y guerras de expansión en el norte de Europa– abordó el problema teórico de las relaciones que debían ser observadas por todas las naciones, señalando normas plausibles de acción y reacción. Tales relaciones se incluían en el llamado ius gentium, ya elaborado y guardado por los romanos[1].

La humanidad fue vista más tarde como un todo que se ramifica en diversas naciones, una comunidad de pueblos basada en la mutua ordenación de unos a otros. La nación quedó considerada como “sociedad perfecta”, persona moral colectiva con capacidad jurídica en su propio orden, siendo las naciones esen­cial­mente varias, sujetas al derecho de gentes. Bajo esta perspectiva escribie­ron Vitoria y Suárez acerca de la esencia y alcance de ese derecho. El derecho de gentes abarcaba también a las naciones no cristianas, convirtiéndose así en derecho internacional privado y público.

Aunque para comprender la doctrina de este derecho, expuesta por Suárez, se requeriría repasar lo que de ella se enseñó en épocas anteriores, bastará en el presente trabajo referirnos al problema de su fundamentación, indicando breve­mente los motivos que le llevaron a Suárez a rechazar, sobre este punto, otros tipos anteriores de enfoque. Continuar leyendo

Origen y sentido del hilemorfismo

Javier Serrate (1969-): “Materia que busca la forma”. Con gran fuerza expresiva, pone atención a la materia que parece acoger los rastros técnicos del ser humano, aunque no se muestren de manera visual, lo cual permite que la intuición encuentre soprendentes caminos de expresión.

1. El llamado “hilemorfismo”

 

Se suele denominar “hilemorfismo” (del griego ὕλη, materia, y μορφή, forma) la explicación filosófica de la composición de los cuerpos en materia y forma, términos que no han de entenderse en el sentido descriptivo de la Física y demás ciencias positivas, sino en sentido filosófico. Aristóteles sentó las bases del hilemorfismo, respondiendo a las aporías de Parménides y de Heráclito respecto de las mutaciones sustanciales del cosmos. Posteriormente se ha consolidado con mayor número de argumentos. El tema suele estudiarse dentro de la parte de la Filosofía llamada Filosofía de la Naturaleza, al tratar de la estructura de los cuerpos y, concretamente, la esencia de los cambios que se dan en la naturaleza[1].

 

Origen histórico.- Se remonta a la problemática suscitada por los antecesores de Aristóteles; Parménides y Heráclito quedaron absorbidos por el doble problema de la unidad-pluralidad y el de la mutabilidad-permanencia de las cosas. Parménides negaba la pluralidad y la mutabilidad, afirmando la unidad y permanencia monolítica del ser: todo es y nada cambia. Heráclito sostenía que la unidad y la permanencia bajo las distintas mutaciones son algo ilusorio, por lo que sólo admitía la pluralidad y la mutabilidad: todo pasa, todo es puro devenir. Pero Aristóteles comprende que no se puede negar la mutabilidad del ente, y que hay que hacerla compatible en el cambio con la entidad; y esto es posible porque las cosas constan de acto y potencia. Hay potencia porque se da un sujeto capaz de múltiples mutaciones, permaneciendo siempre el mismo; hay acto, porque la capacidad de determinación está realizada por algo distinto de la potencia, por lo actualizante de la potencia. Así quedan superadas las aporías anteriores, pues se le da su realidad correspondiente a la pluralidad y a la unidad.

Aplicando estos principios a la realidad física, Aristóteles llega a explicar cómo los cuerpos constan de materia prima y forma sustancial. La materia prima es una sustancia incompleta que, como parte determinable, constituye el compuesto sustancial material. No es un principio ya “determinado” (quod), sino un principio determinante (quo), parte constitutiva de la sustancia; no es una sustancia completa, porque de suyo es siempre parte de una sustancia, determinable, indiferente a cualquier forma, ya que no da la determinación y la especificación del cuerpo; no es cuerpo, sino constitutivo del cuerpo, como su parte potencial y determinable. La forma sustancial es, entonces, la realidad que determina la indiferencia y potencialidad de la materia, actuando intrínsecamente sobre ella; es lo que actualiza o realiza la posibilidad de la materia en el orden sustancial; por tanto, es una sustancia simple e incompleta que, como acto de la materia, constituye con ella a la sustancia completa. La materia segunda es un cuerpo que está ya constituido en su propia especie y que está todavía en potencia para recibir otras determinaciones accidentales.

 

El hilemorfismo en la escolástica.- Tomó un nuevo sesgo, aunque el hallazgo fundamental anterior fue respetado; sobre todo, se opuso al dinamismo y al mecanicismo filosóficos.

La tesis del mecanicismo es que el mundo corpóreo está formado por una masa material, inerte y homogénea en sí misma; la diversidad de los seres no proviene de cualidades intrínsecas, sino de movimientos exteriores que agitan las partes de esa masa. El mecanismo geométrico de Descartes consideraba esa masa material como continua, haciendo de la extensión la esencia misma de los cuerpos; también las plantas y los vivientes son meros mecanismos complicados, carentes de cualidades activas. El mecanicismo atomista de Gassendi (s. XVII) afirmaba que tal materia es discontinua, compuesta de corpúsculos indivisibles o átomos separados por el vacío.

El dinamismo, en cambio, niega la extensión en favor de la actividad: los cuerpos están compuestos de fuerzas inextensas. La más célebre teoría dinámica es la de Leibniz, el cual veía en las mónadas fuerzas simples, inextensas, espirituales y desiguales; también Boscovich (1711-87) y Kant se adhirieron al dinamismo. El energetismo, de Meyer, March, Ostwald y Duhem, considera la energía como la última y única realidad sustancial de la materia, siendo, por eso, una teoría dinamista.

El hilemorfismo filosófico considera que las sustancias corpóreas no están constituidas por otras sustancias completas, materiales (atomismo) o espirituales (dinamismo), sino por principios físicos realmente distintos: uno, indeterminado, fundamento de la cantidad extensa y de la inercia, desempeña el oficio de potencia (materia prima); el otro, determinante, razón de ser de las propiedades y actividad específicas, desempeña el oficio de acto (forma sustancial). En este sentido el hilemorfismo fue ampliamente estudiado y desarrollado en la filosofía escolástica. El fundamento necesario del hilemorfismo es, a juicio de algunos modernos escolásticos, la realidad de las mutaciones sustanciales, donde se da corrupción de una forma anterior, generación o producción de una nueva forma y, finalmente, privación de la nueva forma a la que la materia está ya dispuesta antes de que esa forma advenga; tal privación es, por eso, una exigencia de nueva forma. Para otros, en cambio, el hilemorfismo puede defenderse sin acudir al supuesto de la diversidad esencial o sustancial en el mundo inorgánico. Procuraremos a continuación exponer con la mayor imparcialidad los principales argumentos propuestos y las críticas que los mismos escolásticos les han hecho.

 

3. La diferencia esencial de los cuerpos elementales.- Para los modernos escolásticos mencionados, cuerpo es un ente extenso y activo, divisible e impenetrable ordinariamente. El cuerpo elemental es aquel que no se compone de cuerpos de diversa especie y ni aun por análisis podría resolverse en otros de diversa especie. El cuerpo mixto, en cambio, se compone de cuerpos de diversa especie, no por simple agregación, sino por combinación química. Los cuerpos elementales suman hoy más de cien. Estos cuerpos difieren esencialmente entre sí; la mayoría de ellos son de diversa especie, aunque no todos. Estos cuerpos simples tienen propiedades físicas y químicas completamente diversas, pero de modo fijo y constante.

Bastaría fijarse en la tabla de los elementos de Mendelejeff para percatarse de la gran diversidad de propiedades: número atómico, peso atómico, valencia, oxidación, densidad, etc. Aunque algunos cuerpos tienen propiedades semejantes a las de otros, el tipo de propiedades es muy distinto en todos ellos. Estas propiedades, además, no son aditivas, sino constitutivas: de ser aditivas, aumentarían o disminuirían proporcionalmente con los elementos aditivos (peso atómico, número atómico, etc.), cosa que no ocurre. Si consideramos las columnas verticales de la tabla de Mendelejeff, veremos que algunas tienen el mismo grado de oxidación y de hidrogenación, la misma valencia, aunque son diversos los estratos de electrones, el número atómico y el peso atómico; por tanto, sus propiedades no dependen de elementos aditivos. Si consideramos los períodos horizontales, veremos que se conserva el número de los estratos de electrones, aunque el peso atómico, la valencia, la oxidación y la hidrogenación varían; por tanto, la propiedad que consiste en el número de estratos y de órbitas no depende de elementos aditivos, sino constitutivos. Pues bien, estas propiedades diversas y constantes exigen una entidad esencialmente distinta, deben tener una razón suficiente en el núcleo entitativo de la sustancia. Así, pues, los cuerpos elementales convienen en el aspecto genérico de cuerpo, pero difieren sustancialmente en el aspecto específico. El fundamento intrínseco y último de tal conveniencia y de tal diferencia se encuentran en la composición hilemórfica.

En los cuerpos elementales se da una mutación sustancial de un elemento en otro; el ciclotrón, el bevatrón y el sincrotón desintegran los átomos en sus corpúsculos (protones, electrones, deutrones, neutrones). Estos corpúsculos pueden ser acelerados hasta alcanzar la velocidad de la luz, irrumpiendo contra el núcleo de otros átomos. En esa colisión los átomos dejan de ser lo que eran, para convertirse en elementos isóbaros u otros distintos (así, el platino se convierte en oro, el aluminio en helio y fósforo, etc.). En los cuerpos se dan, pues, dos géneros de mutaciones: unas en que los cuerpos se combinan sin mutación esencial de los elementos; otras en que un elemento se convierte en otro nuevo. Pues bien, si los elementos se distinguen sustancialmente, al modificarse uno en otro, la mutación es sustancial. Y esa transformación es ininteligible sin una forma sustancial nueva; en esas transformaciones se adquiere una nueva especificación, perdiendo la anterior, y sólo la especificación esencial proviene de la forma sustancial. De estos mismos hechos se desprende la existencia de un sujeto permanente potencial: en toda transformación se da un sujeto permanente, pues de lo contrario no habría mutación, sino aniquilación y creación sucesivas. Tal sujeto es potencial, ya que en esas mutaciones sustanciales el sujeto se ve actuado por formas diversas, es decir, el sujeto puede recibir aquellas formas, y en esto estriba su carácter potencial. Este sujeto potencial es la materia prima, entendida por lo menos en un sentido muy amplio. En efecto, la materia prima es el último sujeto permanente de las mutaciones sustanciales y coincide plenamente con aquel sujeto permanente y potencial que se mantiene en las mutaciones sustanciales. Es verdad que de estos hechos no se puede llegar a concluir la presencia de una materia prima en sentido estricto; la materia prima, en sentido estricto, es el sustrato de las mutaciones y carece de toda especificación y dinamismo. De los hechos arriba citados se desprende que hay un sustrato sustancial, permanente y potencial, pero no consta que tal sustrato, o materia segunda, no tenga una estructuración corpuscular; pues bien, aunque sea completo en su propio orden, tiene una capacidad pasiva de recibir diversas formas.

El argumento arriba propuesto es la versión moderna del que mantenían los filósofos medievales sobre las propiedades contrarias de los elementos. Los antiguos sostenían que estamos ante un cambio sustancial cuando, antes y después del cambio, se dan propiedades contrarias. Cuando el agua, que tiene la propiedad de tender hacia abajo, se convierte en aire, que tiende hacia arriba, se daría una mutación sustancial. Algunos ponen como reparo, a la forma antigua y moderna de este argumento, el que, según ellos, la concepción de las propiedades contrarias o diversas no tiene valor. En la física moderna, toda propiedad física se define por un procedimiento de medida; mas como todos los procedimientos de medida son aplicables a todas las porciones de materia, entonces todos los cuerpos tienen todas las propiedades, pero, en diferentes medidas, con lo cual, un cambio de grado no entraña necesariamente un cambio de naturaleza. El punto débil de este reparo sería: ¿hasta qué punto unas medidas físicas sirven para determinar la esencia de unas propiedades?

 

4. La nutrición de los vivientes.- Los alimentos orgánicos de que se alimenta el ser vivo quedan transformados en sustancias nuevas y vitalizadas; lo que no era mío queda transformado en mío; la sustancia de pan se convierte en mi sustancia. La sustancia que cambia no es simple, comporta determinabilidad (materia) y determinación (forma), una capacidad de poseer una propiedad y después otra diversa o contraria, junto a un modo de ser actual y determinado.

Una de las críticas que se le han hecho a este argumento es que no se puede comprobar que la nutrición lleve necesariamente consigo la generación y corrupción de sustancias, o sea, una transformación sustancial. En ésta es preciso que después de la mutación no estemos en presencia de las mismas sustancias que había antes de ella.

Otra consideración que suele hacerse es que, en la nutrición, los cuerpos inorgánicos se hacen materia viva sin dejar su propia determinación específica, sino adquiriendo una nueva forma vital. Con la muerte, los cuerpos vivos se hacen no-vivos, sin perder toda su determinación sustancial, sino perdiendo la forma del viviente; con la cual no estaríamos ante una materia prima, sino ante una materia segunda. La cuestión así planteada, depende de que se considere el aspecto material como conjunto de muchas sustancias o no; es decir, de que el conjunto de los elementos o cuerpos elementales se considere como una única sustancia o como tantas sustancias como elementos, de lo que ya se ha hablado antes.

 

2. Determinación y determinabilidad de los seres mundanos

 

1. La multiplicidad de sustancias de una misma especie.- Es un hecho incontrovertible que existe una multiplicidad de individuos en una misma especie, o sea, que hay seres que tienen la misma esencia o definición. Entonces un ser es individuo (dividido) por algo distinto de su esencia; de otro modo habría tantas especies como individuos. Luego hay un principio de determinación (forma) que constituye al individuo dentro de una misma especie, y un principio de determinabilidad (materia) por el que la esencia o especie es multiplicada en una pluralidad de individuos. El «principio de individuación», decían los escolásticos, es la materia. La esencia o especie es multiplicada en una pluralidad de individuos; y la esencia o especie no puede ser determinación pura, porque no podría multiplicarse. Si la esencia «hombre» fuera determinación pura, no compuesta de indeterminación, no podría haber «dos» hombres. «Ser hombre» significaría «ser lo que soy yo», y en mí se agotaría la esencia «hombre»: no habría más hombres. Mas si en realidad hay por lo menos «dos hombres», entonces la esencia hombre no es determinación pura, sino que está mezclada intrínsecamente de indeterminación.

La dificultad de este argumento es parecida a la del anterior: estriba en encontrar en el mundo estrictamente material lo que constituye una sola sustancia. Pero no es difícil aplicar al mundo material el mismo razonamiento que se ha hecho para el caso del hombre.

 

2. Oposición entre pasividad y actividad, divisibilidad y cohesión.- Los cuerpos elementales en los átomos y corpúsculos (protones, electrones, fotones, etc.) tienen una propiedad estrictamente pasiva (ligada siempre a la cantidad y a la extensión) y también propiedades activas (que se dan con el movimiento físico). Tales propiedades tienen que fundamentarse en un respectivo principio sustancial último, pues siendo completamente irreductibles y diversas, postulan principios distintos e irreductibles. El hecho mismo de la divisibilidad y de la cohesión nos llevaría al mismo resultado. La divisibilidad pertenece a la materia, pues el cuerpo es de suyo cuantitativo, es decir, divisible. La cohesión es debida a la forma sustancial, pues si la divisibilidad tiende a la dispersión del ente en sus íntimas partículas, o sea, a la destrucción del ente corpóreo y continuo, entonces tiene que haber un vínculo cohesivo, distinto realmente del principio de divisibilidad, para que el ente no se disperse.

La principal dificultad que se opone a este argumento viene de los aspectos de divisibilidad y de cohesión, de pasividad y de actividad. Sin embargo, ha de considerarse que la distinción real entre dos principios puede ser física o metafísica; en el primer caso, los principios son separables físicamente; en el segundo, aunque los principios se distingan realmente, no son físicamente separables, lo que sería el caso de la materia y de la forma.

 

3. El ser espacio-temporal, esencialmente compuesto.- Todo ser material existente está determinado por una localización en el espacio y en el tiempo. Entonces, todas las propiedades físicas tienen que reducirse al módulo de las determinaciones espacio-temporales. En primer lugar, estas determinaciones no son exigidas por la esencia del ser material; ellas cambian y pasan continuamente, sin transformar la esencia del ser material, el cual se hace distinto sin ser otro (cambio accidental). Se ve así que el ser material tiene capacidad de pasar a ser de un modo distinto, sin dejar de ser él mismo. Aunque le faltara una acción que le viniera de fuera, estaría sometido al cambio de la temporalización, a la duración, por la cual se hace en cada instante de un modo distinto a como era antes. El ser material sometido a la duración no puede ser simple, pues todo lo que es simple es necesaria y constantemente todo lo que es, o si no, no es. Pero no hay aquí una composición accidental formada de dos seres compuestos y yuxtapuestos, pues es el mismo ser el que es y el que cambia. La composición es metafisica y resulta de la unión de dos co-principios de ser que constituyen un solo ser complejo. El principio de determinación o forma sustancial explica que el ser material sea y siga siendo, en las sucesivas modificaciones, de una esencia determinada. El principio de determinabilidad o materia prima explica la sujeción de la esencia al cambio, a las modificaciones accidentales.

Algunos escolásticos niegan la validez de este argumento. No es contradictorio que el cuerpo esté totalmente en reposo. Si la afirmación de que el cuerpo está por esencia en un devenir espacio-temporal, significa que está sometido a mutaciones sustanciales, en las que permanece una parte sustancial (materia) y se adquiere otra parte sustancial (forma), entonces estamos ante una premisa que se debe probar y no ante una conclusión. La esencial aptitud de un cuerpo al devenir espacio-temporal sólo implica una composición accidental.

 

Una aclaración final. Los escolásticos explicaban que la “materia prima” contribuye a la “educción” (eductio) de las formas sucesivas que van apareciendo: Formae educuntur de potentia materiae.  No es que tal materia figure como un “saco” o “maleta” llena de formas sustanciales ya existentes en acto, aunque fuese de modo inacabado. Más bien, el aforismo citado significa que una forma sólo es producida en “tal” materia, pues depende de una materia concreta ya dispuesta por la alteración de las anteriores propiedades y abierta a la forma nueva.

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NOTAS

[1]     J. Bellido, Los cambios sustanciales y la ciencia moderna, «Salmanticensis» 3 (1956) 90-136. P. Descoqs, Essai critique sur l’hylémorphisme, París 1924 (cap. I-II). D. Dubarle, L’idée hylémorphique d’Aristote et la compréhension de l’univers, «Rev. des sciences philosophiques et théologiques» 36 (1952) 3-20, 205-230. J. Echarri, Autocrítica histórica del hilemorfismo, «Pensamiento» 8 (1952) 147-186. M. Fatta: “Ilemorfismo e física contemporánea”, Divus Thomas Piac, 38 (1935) 523-536; 39 (1936) 143-152; 229-242. G. Fraile: “En torno al problema de la materia”, Ciencia Tomista, 61(1941), 245-272; 62(1942), 232-258; 63(1942), 312-328. J. Hellín, Sistema hilemórfico y ciencias modernas, «Pensamiento» 12 (1956) 53-64; R. Masi, Le prove dell’ilemorfismo ed il loro significato metafísico, «Aquinas» 2 (1959) 60-94; J. M. Marling, “Hylemorphism an the Conversion of Mass in to Energy”, New Scholasticism 10(1936), 311-323. H. Straubingern, “Quantenphysik und Metaphysik”, Philosophisches Jahrbuch, 60(1950), 306-322.

 

 

Forma: su naturaleza

Salvador Dalí (1904–1989): “Nacimiento del nuevo hombre”. Fiel a su estilo surrealista, Dalí describe un universo simbólico que responde a la virtualidad inmensa de la forma, de la vida incipiente, de la esperanza.

  1. El orden ontológico, el orden lógico, el orden gnoseológico

Etimológicamente “forma” significa el aspecto exterior de una cosa, su aire, su apariencia. Pero cabía distinguir entre figura y forma, expresando aquélla el perfil o contorno de un objeto, el aspecto externo, pasando entonces la forma a significar el aspecto interno, la esencia. Es más, el primer concepto conduce al segundo, pues si el aspecto externo distingue a una cosa de las demás, constituyendo su fisonomía patente, es porque responde a una estructura interna, a una figura latente e invisible, captable sólo por la mente. De aquí que la forma signifique, en su sentido metafísico, aquello que hace a la cosa ser lo que es. En su connotación a la patencia y visibilidad traduce el griego μορφή y el latín forma; en su connotación a lo latente e invisible, traduce el griego εῖδος y el latín species o genus[1]. En cuanto a su repercusión estrictamente filosófica, se pueden distinguir tres enfoques de la forma:

  1. Absolutización objetiva, como principio ontológico;
  2. Absolutización subjetiva, como principio lógico-gnoseológico
  3. Proyección objetivo-subjetiva, como co-principio gnoseológico-ontoló­gico.

Es de advertir que, en cualquiera de estos tres enfoques, la forma conserva una doble función: determinante y unificante. Determinante, porque la forma determina y reduce lo ilimitado e indeterminado, lo amorfo e indefinido, que haría función de materia. Unificante, pues la forma ordena la multiplicidad y dispersión material, configurando una síntesis con significación y sentido, confiriendo a los objetos una jerarquía y unas relaciones de subordinación y dependencia, las cuales garantizan una legalidad constante. Por esas dos funciones, la forma da consistencia universal e intemporal a los objetos, proviniendo de ella la dimensión necesaria y universal que requiere la ciencia[2]. Continuar leyendo

Naturaleza y cosas naturales, según Juan Poinsot

Joseph Anton Koch (1768-1839): “Naturaleza alpina”. Recrea un amplio paisaje natural. Sus lienzos reflejan un contenido romántico en formato neoclásico, buscando la armonía entre el hombre y la naturaleza y relacionando los conflictos dramáticos con la naturaleza.

EXPLICACIÓN DE LA DEFINICIÓN DE NATURALEZA

Traducción de la Philosophia Naturalis, I, q. IX
Joannes a Sancto Thoma (Poinsot)

La mayoría de los autores consagra varias acepciones a la palabra naturaleza. Pero Santo Tomás, partiendo del texto 5 del libro V de Metafísica de Aristóteles, da a conocer sus acepciones en STh I, q. 29, art. 1 ad 4m, y explica la analogía de este nombre del modo siguiente:

“El nombre de naturaleza se ha empleado para indicar, sobre todo, la generación de los vivientes llamada nacimiento. Y dado que una generación de esta índole brota de un principio intrínseco, este nombre se extendió para indicar el principio intrínseco del movimiento. Y así es definida la naturaleza en el libro II de la Física. Y como este principio es el formal o el material, tanto la materia como la forma son llamadas naturaleza. Dado que por la forma se completa la esencia de una cosa cualquiera, la esencia de cualquier cosa, indicada en su definición, es llamada naturaleza. De ahí que Boecio diga que la naturaleza es la diferencia específica que informa cada una de las cosas. La diferencia específica, pues, es la que completa la definición y la que es asumida por la forma propia de la cosa”.

Así pues, la naturaleza tomada en términos absolutos y sin adicción alguna es definida de estos cuatro modos, explicados en la definición:

-primero, como nacimiento;
-segundo, como principio de movimiento o de generación;
-tercero, como materia o forma;
-cuarto, como esencia. Continuar leyendo

Lo natural, lo artificial, lo violento: según Juan Poinsot

Joannes a Sancto Thoma, Philosophia Naturalis, q. IX

René Charles Edmond His (1877-1960): «Naturaleza». De manera meticulosa y con un profundo sentimiento de la naturaleza describe escenas de los ríos y bosques. Cautiva el tratamiento que hace de la interacción de la luz sobre el agua.

 En la definición de naturaleza Aristóteles estableció las diferencias existentes entre lo natural,  lo artificial y lo violento, pues a lo artificial y violento se opone una expresión, propia de la naturaleza, a saber: que “es principio del movimiento de aquello en lo que está”. Lo que es movido por el arte o por la violencia, no es movido por un principio intrínseco; y precisamente porque es la misma la razón de ser de estos dos términos opuestos a lo natural, al tratar de la naturaleza que tiene dentro de sí el principio del movimiento, trataremos a la vez de lo artificial y lo violento que tienen un principio extrínseco del movimiento. Ahora bien, aunque la naturaleza se oponga también a lo sobrenatural y a lo libre, sin embargo, no corresponde ala Física examinar directamente las diferencias, puesto que tanto lo sobrenatural como lo libre no dependen del movimiento sensible, en cambio, lo violento y lo artificial se encuentran en las realidades sensibles.

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DIFERENCIA ENTRE COSAS NATURALES Y ARTIFICIALES

Acerca de lo artificial se han de explicar brevemente dos cuestiones que se presentan como objeciones.

La primera se refiere al principio del movimiento, a saber: ¿Pueden ser las formas artificiales principio esencial (“per se”) del movimiento de aquella cosa en la que está?

La segunda: ¿Es posible producir mediante el arte una forma natural? Continuar leyendo

¿Evolución, azar, creación?

 

Abraham Teniers (1629-1670), «Monos fumadores». Utiliza colores más metálicos que su padre David. En el Siglo XVII proliferan escenas «humanoides» de monos, que son críticas a costumbres de aquella sociedad burguesa.

Chimpancés con máquinas de escribir

Que el mundo existe, está claro; y también el hombre con él. Pero ¿cómo ha sur­gido? ¿Se debe a un acto inteligente­mente planificado o a un puro azar?

Las teorías que se inclinan por el azar, advierten que se ha de contar con ingentes cantidades de tiempo para que al azar “le dé tiempo” de combinar todos los elementos que darían lugar al Universo. Claro que antes tendrían que existir “los ele­mentos” combinables y que todavía no formarían un mundo. ¿Cómo surgirían esos elementos previos? También por azar, diría la teoría aludida. ¿Y el tiempo, en cuyo curso quedarían tales elementos combi­nados? También por azar. Todo por azar, elementos iniciales, tiempo ne­cesario, mundo y hombre. A princi­pios del siglo XX el astrónomo Ar­thur Eddington propuso, para ilus­trar la teoría del azar, un ejemplo: si cien mil chimpancés se pasaran tecleando al acaso una máquina de escribir durante un tiempo muy amplio, acabarían escribiendo las obras del Museo Británico. Continuar leyendo

Evolución y evolucionismo

Salvador Dalí (1904-1889), “El nacimiento del hombre”. Una pequeña, pero impactante, imagen surrealista, escultura sacada de una previa pintura (1943).

Teoría de la evolución

Entre los te­mas que, res­pecto al hom­bre, Darwin dejó pen­dientes está el de la po­sible identificación en­tre evolución y evolu­cionismo.

La Teoría de la Evolución enseña que, teniendo en cuen­ta los datos de las ciencias naturales (paleontología, bio­genética, etc.) puede afirmarse con toda probabilidad que en el ámbito orgánico existe un proceso continuo, sin aparentes saltos bruscos, de desa­rrollo, proceso que va de las formas inferiores a las formas superiores. Pero de tales da­tos científicos no se saca la conclusión de que las formas inferiores producen, por des­pliegue interno o inmanente, las formas superiores. Parece, pues, que no habría objecio­nes serias que oponer a la evo­lución entendida de esa mane­ra. Lo importante, en tal senti­do, es que los científicos en­cuentren los mecanismos ge­néticos –o de otra índole– que dan lugar a ese proceso conti­nuo, en el cual todos los orga­nismos pasados y presentes descienden, siguiendo una ley de nacimiento natural, de rea­lidades preexistentes. Tal pro­ceso no siempre es progresivo, pues a veces desemboca en una vía muerta. Continuar leyendo

La creación como emanación de los seres, según Santo Tomás

El nacedero del Urederra, en Navarra, es un hermoso símbolo de la salida que todos los seres hacen de su creador, aunque la mera representación imaginativa de esta emanación es insuficiente para entender la creación.

1. El paradigma necesitarista

1. Ya desde el Comentario a las Sentencias explicó Santo Tomás la “creación” como producción de una cosa en el ser, según toda su sustancia: producere rem in esse secundum totam suam substantiam[1], aunque en esta formulación no hace referencia a la nada. Pero en la explicación de la fórmula advierte que la creación es “de la nada” [ex nihilo], “pues nada hay que pre­exista a la creación” [quia nihil est quod creationi praeexistat]. Es cierto que “de la nada, nada se hace” por la misma nada; pero la creación supone algo más que la nada: la potencia infinita del creador, el cual es causa universal del ser y, por ello, saca las cosas de la nada; y no puede haber nada en los seres que no proceda de Dios[2].

Aunque los principios que permiten explicar la creación se hallan en Aristó­teles, no está claro que la creatio ex nihilo se encuentre en el Estagirita, el cual no habla de un tránsito del no-ser al ser distinto de la mera generación realizada a partir de una materia preexistente[3]. Continuar leyendo

Ley natural y voluntarismo jurídico: Siglo de Oro

Karoly Marko el Viejo(1791-1860), “Puszta , llanura esteparia”. En la inmensidad de la estepa árida se destaca un sencillo artilugio para sacar agua del pozo. El hombre ha impulsado con su voluntad el ingenio, la razón. De modo parecido, la ley debe su sentido a una razón que ha sabido poner luz a la fuerza de la voluntad.

Alcance del voluntarismo jurídico de Escoto

1. El problema que tienen los maestros españoles del Siglo de Oro al co­nectar la naturaleza humana a un pensamiento eterno se deriva de las cuestiones que los autores inmediatamente posteriores a Santo Tomás, como Duns Escoto y Guillermo de Ockham, habían dejado trazadas en las Escuelas y Universida­des que se implantaron en España desde el siglo XV. Especialmente en la Univer­sidad de Alcalá y en la de Salamanca[1]. Pues, como es sabido, el Carde­nal Cisneros, al fundar la Universidad de Alcalá propuso, entre otras novedades, crear tres cátedras de pensamiento: la de Santo Tomás, la de Escoto y la de Nomi­nales. Y en la Universidad de Salamanca, el régimen académico, al menos en su aspecto externo, se desarrollaba también alrededor de tres cátedras: la de Santo Tomás, la de Escoto y la de Nominales. Pronto estas últimas fueron absor­bidas en Salamanca por catedráticos que explicaban abiertamente la doc­trina del Aquinate.

Efectivamente, y en lo referente al problema de la relación que la ley natural pudiera tener con un fundamento eterno, las aulas salmantinas y complutenses no fueron permeables a la solución que había ofrecido Juan Duns Escoto (†1308)[2]. Para este autor, la relación de los preceptos morales al fundamento divino no es primordialmente de conocimiento, sino de amor. Habría una primerí­sima forma de amor que es la amistad, caracterizada por el desprendi­miento y la entrega[3]. Otra forma, pero inferior, de amor sería la concupiscen­cia, la cual no tiende a un objeto porque éste sea bueno en sí, sino porque es bueno para el sujeto que ama[4]. El primer amor es un verdadero sentimiento moral [affectio iustitiae], mientras que el segundo sólo es un sentimiento utilita­rio [affectio commodi][5]. Pues bien, para Escoto el querer natural –el velle natu­rale que es también el de las inclinaciones naturales– se identifica con la tenden­cia utilitaria[6]. En cambio, el sentimiento moral expresa lo más propio de la voluntad libre: porque el acto de una voluntad libre consiste precisamente en querer el bien por razón del bien mismo, con independencia de las inclinaciones naturales, las cuales están ligadas a los apetitos e instintos. Libre es sólo la volun­tad que, independientemente de las inclinaciones naturales, puede tender a lo bueno, porque es bueno en sí[7]. Continuar leyendo

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