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Dar y agradecer: el eje interpersonal de la intimidad

Detalles figurativos en un sarcófago etrusco de una pareja casada, conocido como el de “los esposos”. (Museo de la Villa Giulia en Roma). Data del siglo VI a.C. En su actitud cariñosa sorprende la figuración de un amor que mira hacia un futuro  eterno.

Detalles figurativos en un sarcófago etrusco de una pareja casada, conocido como el de “los esposos”. (Museo de la Villa Giulia en Roma). Data del siglo VI a.C. En su actitud cariñosa sorprende la figuración de un amor que mira hacia un futuro eterno.

Los fenómenos del “dar” y del “agradecer” vienen a ser como polos de un eje que atraviesa el movimiento intersubjetivo de la intimidad y, por su fuerza atractiva, condensa las demás actitudes intersubjetivas, sirviéndoles de foco referencial, y acreditando la originalidad y la mismidad individual.

Sin forzar la metáfora, puede considerarse la intimidad del ser humano como un enigmático sistema cristalino, cuyo eje de simetría es una línea que pasa a través del cristal. Los sistemas cristalinos se caracterizan por la longitud y posición de sus ejes. Cuando el cristal realiza un giro, ocurre que el mismo aspecto se repite dos o más veces alrededor de la citada línea.

También cada intimidad, en su aspecto intersubjetivo, se caracteriza por la longitud y posición de su eje psicológico, cuyos polos son el dar y el agradecer, y a su alrededor se cuajan las actitudes fundamentales de la vida espiritual orientadas intersubjetivamente.

El crecimiento o la mengua de la intimidad humana está en manos del propio yo humano que da y agradece. De hecho hay actitudes intersubjetivas básicas que –como el amor, la fidelidad, el respeto, la veracidad, la serenidad, el dar, la gratitud, la vergüenza– robustecen la interioridad humana. Otras actitudes contrarias–como el odio, la infidelidad, la procacidad– la debilitan e incluso la anulan.

Los temas indicados expresan actitudes fundamentales de la intimidad, sean cuales fueren los lazos corporales y espirituales que entrañen y las distancias psicológicas que mantengan respecto a las otras personas. El libro que presento se ocupa de estos temas.

El mentiroso

Intriga, 1911

James Ensor (1860-1949): “Intriga”. Pinta a los falsos, a los mentirosos que ocultan con una máscara la verdad de quiénes son. Muestra figuras grotescas y alegorías fantásticas en coloridas y enigmáticas escenas. Impactan sus formas, sus colores brillantes y el efectismo psicológico de las máscaras. Participó en los movimientos de vanguardia de comienzos del siglo XX e influyó en el expresionismo y en el surrealismo.

Decir lo falso, decir lo verdadero

Se ha escrito, en tono despectivo hacia los políticos, que una mentira muchas veces repetida acaba por ser tenida como una verdad. Pero esta práctica no se debe sólo a los políticos. Lo cierto es que, como decía Kant, existe “una peligrosa inclinación del corazón humano a sofisticar y sutilizar, es decir, a dar tantas vueltas a una situación que al fin parezca que lo más cómodo es también lo objetivamente justificado”.  Y si no nos damos pronto cuenta de esta trampa que nos tiende nuestra propia finitud y fragilidad, rehuiremos pensar hasta el final las cuestiones que se nos plantean, máxime si nos son incómodas, prefiriendo vivir bajo la mala fe y con una relación ambigua hacia nosotros mismos: en eso estriba un efecto negativo de la mendacidad. Según nuestro diccionario, mendacidad (del latín mendacĭtas) es el hábito o la costumbre de mentir. No es, por lo tanto, un acto pasajero, sino una actitud permanente. El hombre mendaz es el que tiene costumbre de mentir; y lo dicho por el mendaz es engañoso, aparente, fingido, falso. Por el contrario, la esencia de la veracidad consiste en el comportamiento claro y decidido del hombre consigo mismo para decir lo que las cosas realmente son.

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Intimidad y contemplación, según los clásicos espirituales

Antonio Díaz Cazalla: “Mirando el horizonte”. El óleo recrea una atmósfera de tranquilidad culminante y el sosiego de una persona que mira el horizonte, como una invitación a contemplar y trascender.


1. La posible “gradación” de la intimidad

 

1. Mientras la intimidad se va constituyendo con el logro de aquellas actitudes vitales que son radicales en la otreidad social –como el amor, la esperanza, la justicia, la vergüenza, el agradecimiento, etc.– comparece también la necesidad humana de colmar una tensión de otreidad suprasocial, hacia el absoluto otro. Porque el prójimo es un absoluto, pero no “el absoluto” divino por excelencia. Precisamente el logro de la más alta cumbre de la intimidad acontece, según el neoplatónico Dionisio Areopagita, purificando la mente de todas las formas creadas, no sólo por exclusión de errores e imaginaciones, sino por remoción de formas espirituales[1]. Porque a las cosas divinas se sube por tres grados: “el primero es abandonando el sentido; el segundo, abandonando las imágenes; y el tercero, abandonando la razón natural”[2].

Para aclarar el concepto de intimidad –en esa línea de otreidad suprasocial– es interesante recoger las indicaciones y sugerencias psicológicas transmitidas por la tradición mística occidental. Son pautas que exigen ser sistematizadas. Aunque no es posible hacer aquí un elenco de tales testimonios[3], baste citar uno de los más vibrantes, el de Las Moradas de Santa Teresa de Jesús: “Considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos […]. Pues consideremos que este castillo tiene –como he dicho– muchas moradas, unas en lo alto, otras en bajo, otras a los lados, y en el centro y mitad de todas estas tiene la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma […]. Pues tornando a nuestro hermoso y deleitoso castillo, hemos de ver cómo podremos entrar en él. Parece que digo algún disparate; porque si este castillo es el ánima, claro está que no hay para qué entrar, pues se es él mismo; como parecería desatino decir a uno que entrase en una pieza estando ya dentro. Mas habéis de entender que va mucho de estar a estar; que hay muchas almas que se están en la ronda del castillo –que es adonde están los que le guardan– y que no se les da nada de entrar dentro ni saben qué hay en aquel tan precioso lugar ni quién está dentro ni aun qué piezas tiene”[4]. Vertido en un esquema teórico lo expresado en estas líneas de las Moradas, se concluye en síntesis que los elementos psicológicos con que se configura el «alma» están jerarquizados –hay distintos niveles– y orientados a un centro. Continuar leyendo

Persona, intimidad, interpersonalidad

René François Ghislain Magritte (1898-1967), “Amantes”. Desde su estilo surrealista provoca unas imágenes ambiguas de dos personas cuyas identidades están ocultas tras los velos que ciñen sus cabezas. Expresan la tensión entre lo interno y lo externo, la intimidad y la publicidad, en que se fraguan todas las relaciones humanas.

1. Dialéctica de la intimidad: soledad y comunicación

Si sólo en la comunicación alcanzo la mismidad, hay en esa comunicación dos cosas: el ser yo conmigo mismo y el ser con el otro[1]. Yo soy autónomo si soy independiente y no me pierdo por entero en el otro; si me perdiera, la comunicación se anularía al mismo tiempo juntamente conmigo. Inversamente: si yo comienzo por aislarme, haciéndome radicalmente autónomo, la comunicación se empobrece y vacía; incluso pierdo la intimidad, la cual se me volatiliza en un vacío puntiforme.

Por tanto, si no hay soledad no hay mismidad; siempre que entendamos que la mismidad no es idéntica al estar aislado socialmente, sino a tener la más profunda relación con el otro.

Desde luego, poseer intimidad significa estar solo, pero de modo que en la vacía soledad todavía no está la mismidad conseguida, pues la soledad auténtica y plena reside en la conciencia de estar dispuesto para una realización existencial propia que únicamente acontece en la comunicación. Continuar leyendo

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