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Metahistoria de América: lo fáctico y lo providencial

 

Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, reciben a Cristóbal Colón tras su viaje a las Indias. Hecho inmortalizado en los azulejos de la plaza de España de Sevilla.

Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, reciben a Cristóbal Colón tras su viaje a las Indias. Hecho inmortalizado en los azulejos de la plaza de España de Sevilla.

La explicación “científica”

¿Cómo ha interpretado la historiografía el Descubrimiento de América por Colón?

Para responder a esta pregunta es preciso indicar que para muchos autores modernos fue el fruto de una deducción lógica que el navegante hizo, basado, de un lado, en el espejismo de la cosmografía medieval y, de otro lado, en testimonios que ciertos pilotos ya habrían hecho y que corrían por círculos marineros y académicos[1]. De hecho el fiscal de Su Majestad habría tenido una incierta noticia de que Colón, cuando llegó a Palos de Moguer, recibió la oferta de los servicios de Martín Pinzón, quien a su vez “había oído decir cómo navegando tras el sol por vía templada se ha­llarían grandes y ricas tierras”[2]. Nunca se supo quién podría ser ese “piloto anónimo”[3] que entró en la leyenda del Descubrimiento[4]. Se dijo, a partir de ahí, que Colón sólo habría vuelto a encontrar una ruta ya trazada[5]. En el siglo XVIII apareció la tesis, por ejemplo, con Humboldt, de que el mismo progreso humano, la fuerza teleológica de la razón, acabó tomando posesión del universo al descubrir América, sin necesidad de recurrir a poderes supraterrenales[6].

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Superación de la historia alienada, según Marx

Pieter Brueghel: “El reino de Jauja” (1567). Jauja es un lugar paradisíaco, completamente utópico, donde existe comida abundante gratis, pagan por dormir y fustigan a los hombres que trabajan.

Pieter Brueghel: “El reino de Jauja” (1567). Jauja es un lugar paradisíaco, completamente utópico, donde existe comida abundante gratis, pagan por dormir y fustigan a los hombres que trabajan.

Presupuestos para la actuación individual

 

La salida de la historia alienada sólo tiene un nom­bre en Marx: “revolución”, entendida como liberación del trabajo, eliminación de las diferencias de clases y nueva organización de la sociedad.

En el marxismo se puede distinguir la causa última y la causa próxima de la revolución. Causa última es el conflicto entre el modo de producción y el modo de apropiación; ella es independiente de la voluntad in­dividual. Causa próxima es la voluntad humana, en la medida en que se hace consciente de ese conflicto, de esa lucha de clases, esforzándose luego por im­plantar un orden nuevo sobre las ruinas del antiguo.

Pero la revolución no se hace por encargo; no es una obra que dependa inmediatamente de la voluntad individual. Para que ésta pueda actuar requiere que se den tres presupuestos básicos:

1º Presupuesto económico: que el capitalismo se halle en un alto nivel económico.

2º Presupuesto político: que la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción se hayan agudizado al máximo.

3º Presupuesto social: que el proletariado industrial constituya la mayoría de la población.

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¿Qué significa simular y disimular? La difícil virtud política

 

La serpiente se asocia a la actitud de la astucia. En la figura, una antefija policroma con cabeza de Gorgona, procedente de Veyes (s. VI a. de J. C.). Se conserva en el Museo de Villa Giulia en Roma: diversas serpientes adornan y rodean el contorno de la cabeza, enroscadas a modo de cabellos.

1.  El problema de la doblez política

 

El núcleo de este artículo se refiere a la reacción que tuvieron los Maestros de la Escuela Española del Siglo de Oro ante la Razón de Estado de Maquiavelo. Y puedo adelantar ya la conclusión: existe una diferencia entre la Razón de Estado como simulación y la Razón de Estado como disimulo: la simulación, propia del maquiavelismo, es un vicio; el disimulo, propio de la política española, es una virtud.

Esto es todo. Y ahora doy comienzo a mi argumentación con una reflexión previa sobre la actitud de un Gobernante que asume la Razón de Estado.

Realmente los maestros españoles del siglo XVI reaccionaron de una manera muy cauta hacia las novedades po­líticas enseñadas por Maquiavelo, especialmente hacia su concepto de Razón de Estado. Justo Lipsio, Juan de Mariana, Pedro de Rivadeneira, Juan Márquez, Juan de Santa María, Quevedo, Gracián, Saavedra Fajardo y otros muchos, intentaron llenar de contenido ético este concepto. Especialmente escandalosa les parecía la doctrina maquiavélica de que el Gobernante ha de engañar y  mentir si así lo dictan la necesidad y la conveniencia políticas, si así lo exige la Razón de Estado.

Pero ocurre que en la práctica concreta de la política es muy difícil que el Gobernante siga un derrotero adecuado para hacer frente a las exigencias de la realidad sin salirse de los límites acotados por la ética natural, especialmente por la virtud de la prudencia. Brevemente, para estos Maestros del XVI y del XVII el Gobernante ha de ser bueno, pero no infantilmente incauto; aunque su forma de conducta no ha de  sacrificar los valores morales a los prin­cipios maquiavélicos. Los pensadores políticos españoles del barroco se afanan por dar todo el relieve y firmeza posibles a la fina línea que separa al Gobernante bueno, cauto y eficaz del monar­ca autocrático, falsario y tiránico. Me propongo hablar en esta ponencia de esa fina línea que separa la eficacia de la tiranía. En esa fina línea el Gobernante hispánico habría de gobernar con matices de embozo y disimulo. Continuar leyendo

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