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Historia y narración

Léon Maxime Faivre (1856-1914): “La muerte de la princesa de Lamballe” (1908). Con un clasicismo modernizado retrata los inicios del “Terror” de la Francia revolucionaria de 1792. María Teresa de Saboya fue cruelmente asesinada: sus verdugos se encarnizaron con su cuerpo; algunos mojaron pan en su sangre, antes de decapitarla. Muchos siguen entendiendo aquellas salvajadas como signos de la libertad.

Léon Maxime Faivre (1856-1914): “La muerte de la princesa de Lamballe” (1908). Con un clasicismo modernizado retrata los inicios del “Terror” de la Francia revolucionaria de 1792. María Teresa de Saboya fue cruelmente asesinada: sus verdugos se encarnizaron con su cuerpo; algunos mojaron pan en su sangre, antes de decapitarla. Muchos siguen entendiendo aquellas salvajadas como signos de la libertad.

¿QUÉ SIGNIFICA NARRAR?

Propongo dos reflexiones sobre cuestiones epistemológicas acerca de la historia como narración, suponiendo la historia como realidad.

La primera trata de la narración formalmente histórica. Y la segunda enfoca la objetividad del conocimiento histórico.

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a)   El discurso conectivo

1. Antes de empezar una reflexión sobre la naturaleza de la narración, voy a poner ante vuestra consideración dos páginas de las Memoires d’Outre-Tombe, obra escrita por Chateaubriand[1]. En una de ellas indica el acontecimiento sórdido del 14 de julio de 1789, cuando unos exaltados penetran en la Bastilla, donde había unos pocos detenidos, pero no una guarnición militar defensiva, y ejecutan salvajemente al gobernador. Ese mismo día por la tarde Luis XVI  escribe en su Diario: “Rien á signaler”, nada que destacar. Luego, en otra página, Chateaubriand evoca la fuerza simbólica de ese acontecimiento, en el que todo un pueblo ha tomado conciencia de que el absolutismo regio ha muerto definitivamente. O sea, la toma de la Bastilla reviste el valor de un acontecimiento fundador, a cuyo través se cuenta la historia. Lo cual significa que si bien la historia contada es una narración de cosas verdaderas y no es un caos informe de hechos, el relato mismo entraña una interpretación, un acto hermenéutico referido al acontecimiento. Continuar leyendo

El genio de la historia: un libro de Gerónimo de San José (s. XVII)

Francisco de Goya: "La Verdad, el Tiempo y la Historia" (hacia 1800). La Verdad viene hacia el presente traída por un anciano que porta un reloj de arena, el Tiempo, siendo registrada por la calmosa Historia mediante la escritura. Toda la composición confluye en la parte central del cuadro, ocupada por una refulgente figura femenina, la Verdad.

Francisco de Goya: “La Verdad, el Tiempo y la Historia” (hacia 1800). La Verdad viene hacia el presente traída por un anciano que porta un reloj de arena, el Tiempo, siendo registrada por la calmosa Historia mediante la escritura. Toda la composición confluye en la parte central del cuadro, ocupada por una refulgente figura femenina, la Verdad.

La historia como narración

El término narratividad está presente no sólo en las formas comunes de la literatura (y así se habla, por ejemplo, de la narrativa del romanticismo, del realismo, del simbolismo, etc.), sino en los modos o métodos de las ciencias humanas más o menos próximas a la filosofía, como la psicología, la sociología y la psiquiatría[1].

No es mi intención iniciar una navegación en torno a las distintas islas de este archipiélago de la narratividad. Quiero anclarme en un antiguo islote casi patrimonial, titulado Genio de la historia, un libro de historiología, escrito en 1650[2] por el aragonés Gerónimo de San José Ezquerra de Rozas (1589-1669). Resaltaré algunas tesis suyas, para reflexionar sobre el alcance veritativo de la narratividad en historia, recordando algunos de los principales indicadores metódicos de una obra que, tras las huellas de Luis Vives[3], puede considerarse clásica en la materia.

En ella se dice que historia, en su más amplia y universal acepción, es “cualquier narración de algún suceso o cosa. De suerte que ora sea la narración hablada, escrita o significada […], o en otra cualquier manera, como sea finalmente narración, será, en este sentido y acepción, historia[4].  Advierto que ya en tiempos de este autor se usaba en el lenguaje castellano la palabra “suceso” –implicado en esa definición de historia– para significar el transcurso o discurso del tiempo. No habría historia sin tiempo.

Acerca de esa definición, he de adelantar en primer lugar que la narración ha venido a ser el centro de atención de muchos contemporáneos que piensan la historia. Ya Ortega lo utilizó varias veces, por ejemplo en Historia como sistema. Y más recientemente Ricoeur en Historia y relato[5], entre otros muchos. Sin saberlo,  todos ellos coinciden con el aragonés en que la historia es narración; y narrar es contar un suceso, real o imaginario, de manera oral o escrita o significada[6]. Narrar es referir de la manera que sea una sucesión de hechos que se producen a lo largo de un tiempo determinado. Continuar leyendo

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