Itinerario filosófico de K. L. Reinhold

K. L. Reinhold (1758-1826). Filósofo vienés. Publicó un libro sobre "Teoría de la representación".

K. L. Reinhold (1758-1826). Filósofo vienés. Su libro más conocido es “Teoría de la representación”.

Primeros años

  1. Karl Leonhard Reinhold nació en Viena el 26 de octubre de 1757[1], en el seno de una familia modesta y profundamente religiosa. Hizo sus estudios de formación elemental entre los años 1766 y 1772. Al cumplir quince años entró en el Colegio de los Jesuítas de Santa Ana en Viena. Pero esta Orden fue suprimida un año después, el 23 de septiembre de 1773, por el Papa Clemente XIV. Karl tuvo que vol­ver a la casa de sus padres, permaneciendo allí unas semanas.

A finales de noviembre de 1773 entró en la Orden de los Barnabitas (Congregación de clé­ri­gos regulares que desde 1545 aten­día la iglesia de San Ber­nabé en Mi­lán, extendiéndose luego por otros países). En esa Orden estudió durante tres años Filo­sofía y otros tres Teolo­gía. Las bases teóricas de esta enseñanza no eran escolásticas, sino de corte leibniciano.

En 1780 fue ordenado sacerdote. Nombrado maestro de novicios y profesor en los Barnabitas, enseñó filosofía en el Co­le­gio de San Martín, en Mistelbach (1782); y en el Colegio de San Miguel, en Viena (1783). Sus materias académicas eran la lógica, la metafísica y la ética (una filosofía leibniciana); asimismo, elocuencia, matemáticas y física. Entre sus lecturas preferidas en los Barnabitas estaban algunas obras  de Descartes[2].

 

2.  Sus convicciones religiosas habían sufrido en 1783 una merma considerable[3]. En el verano de ese año conoció a Christian Friedrich Petzold, un profesor de lógica y teología que enseñaba en Leipzig y que fue maestro de Fichte (hacia 1780). Tras largas conversaciones, Petzold le invitó a que se fuera con él a Leipzig. Cosa que hizo precipitadamente el 18 de noviembre de 1783, cumplidos los 25 años de edad.

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El honor nacional y la guerra, en el siglo XVI

Max Ginsburg (1931-): Piedad en la guerra.

Max Ginsburg (1931-): Piedad en la guerra.

La violación del derecho y la guerra

La guerra es un modo expresivo de la fragilidad humana, pues, según la tradición judeocristiana, no existía en el estado de inocencia: es uno de los desórdenes más graves introducidos en la humanidad.

Entre las razones suficientes que inducen a emprender acciones bélicas hay una, la injuria al honor, ya señalada por Tucídides entre otras dos: “el temor y el interés”. O sea, no siempre la búsqueda del poder tiene su aguijón en el miedo o en la consecución de la seguridad o de ventajas materiales, porque hay otra razón igualmente desencadenante: “un prestigio mayor, respeto, deferencia, en resumen, honor”.

En los maestros del Siglo de Oro se aceptó claramente la doctrina de que la “gloria” del príncipe, su “fama” o su “honor” pueden ser puestos en balanza para justificar la guerra misma. Lo decisivo es que la “iniuria” al honor es la violación clara de un derecho. Continuar leyendo

¿Qué es la epiqueya? Reconducción de la ley humana a la ley natural

Jacques-Louis David (1748-1825): “La muerte de Sócrates”. Con un fuerte dramatismo representa el momento en que el filósofo se dispone a beber la cicuta o veneno, después de ser culpado de corruptor de jóvenes. Es notoria la iluminación que se centra en el personaje principal. Sócrates expresa la necesidad de remontar la letra de la ley para alcanzar su más auténtico sentido humano y natural.

1. Para entender lo que se enuncia en este capítulo es preciso leer con aten­ción una duda que Vitoria propone, tomándola de Tomás de Aquino, acerca de si alguien puede obrar sin ajustarse a la letra de la ley[1]. Lo que desencadena esa duda se reduce a una sola cosa: a la “excepcionalidad del caso”, ya advertida por Aristóteles. Excepcionalidad que puede provocar un conflicto entre una ley inferior y otra superior, o entre la particularidad del caso concreto y la generali­dad de la ley[2]. En primer lugar, dicho conflicto puede darse entre dos leyes je­rar­­quizadas: y así, en una situación particular, las prescripciones de la ley positiva pueden entrar en conflicto con una ley superior que ordena la salva­guar­da de intereses más capitales o importantes: porque objetivamente la ley po­sitiva se convertiría en injusta si se aplicara. En segundo lugar, también puede darse conflicto debido a circunstancias excepcionales imprevistas, de ma­nera que la aplicación de la ley sería subjetivamente más dura y penosa de lo que debería ser según la intención del legislador: la sumisión a la ley positiva sería por tanto injusta.

Ante esta problemática, Vitoria reflexiona dentro de un contexto aristotélico en el que resaltan tres rasgos precisos. Continuar leyendo

Tiempo de serenidad y tiempo de frenesí

Franciso de Goya (1746- 1828): "El Quitasol". “scena costumbrista dentro del ambiente del pueblo: una jovencita vestida a la moda francesa, sentada en un ribazo, y un criado vestido de “majo” acompaña a la mujer haciéndole sombra con un quitasol. Goya hay resalta con espontaneidad, realismo y naturalidad la expresión de una serenidad alegre. El estudio lumínico situa el rostro de la dama en el centro der la composición. La matizada difusión del a luz sombreada en el rosotro del aj oven están resueltos para expresar serenidad.

Franciso de Goya (1746-1828): “El Quitasol”. Escena costumbrista: una jovencita vestida a la moda francesa está sentada en un ribazo, y un criado vestido de “majo” acompaña a la mujer haciéndole sombra con un quitasol. Goya hace resaltar con realismo y naturalidad la expresión de una serenidad alegre: procurada por la matizada difusión del la luz sombreada en el rostro de la joven.

Doble conexión del hombre con el futuro

La filosofía moderna ha insistido en que para comprender al hombre debemos contar con que su vida está determinada internamente por una referencia al tiem­po y, especialmente, al futuro. De modo que un instante singular y con­creto no es un punto cerrado, sino que está determinado por una tensión temporal: se puede decir que estamos más en el futuro que en el presente. El tiempo es fugaz, claro está: pero en su estricta realidad anida también un don precioso, una oportunidad que el hombre ha de aprove­char en todas sus actividades. La actitud profunda del hombre que encara atinadamente esa futurición y el don que la habita se llama serenidad[1].

Tra­bajamos en el presente para el futuro; cambiamos nuestras circunstancias externas de vida, y con ellas transfor­mamos también  interna­mente nuestra personalidad.

Ahora bien, ese paso de futurición es cada vez más ligero por el papel que cumple en nuestra vida laboral la técnica mo­derna, la cual hace que el tiempo se despliegue con más apremio y celeridad. Este tiempo podría considerarse como una línea horizontal que no conoce ni puntos de parada naturales ni una arti­culación rítmica en sí mismo; corre sin hacer pau­sas; su marcha excitante siempre se apresura más, y con­duce a la preci­pitación de la moderna existencia civiliza­da, que tiene un efecto agotador en el hombre. Sufrimos bajo este ago­tamiento; y pre­guntamos: ¿es inevitable este proceso? ¿Está el hombre entre­gado completamente a la temporalidad evanescente que acaba­mos de mencionar y que parece no tener otra salida, salvo la de correr sin término?

A propósito de esta línea temporal de marcha acelera­da, que parece cons­tituir para muchos contemporáneos lo específica­mente humano, pregunto: ¿no exis­ten acaso en el transcurso implaca­ble del tiempo evanescente puntos de parada naturales, incisio­nes que posibiliten una arti­culación rítmica del acontecer y que respon­dan a la verdad de nuestra vida, pues no toda ella se pierde en el devenir temporal?  Es decir, ¿existe un momento espe­cial que corte en vertical ese “tiempo asfixiante” y posibilite una apertura a dimensiones humanas que, aun corriendo hacia ade­lante, no se deshagan en el tiempo mismo? Continuar leyendo

Un lógico complutense: el baezano Miguel de la Trinidad

La Lógica o Dialéctica (1624): Primer tomo -del Curso Complutense-, compuesto por Miguel de la Trinidad

La Lógica o Dialéctica (1624): Primer tomo -del Curso Complutense-, compuesto por Miguel de la Trinidad

Me permito poner a disposición de mis lectores la semblanza biográfica de un intelectual baezano del siglo XVII, cuya figura es conocida por muy pocos. En cambio, su obra de Lógica (Dialéctica) es famosa. Se trata de Miguel de Arjona y Molina, nacido el año 1588. Sus padres fueron Luis de Arjona y Benita de Molina, los cuales tuvieron varios hijos.

Miguel despuntó con “gallardo entendimiento” –según dicen sus biógrafos– y con buen temple religioso. En 1605, a la edad de 17 años, y tras las huellas de San Juan de la Cruz en Baeza, entró en los Carmelitas Descalzos; realizó su noviciado en Granada, tomando el nombre de Miguel de la Santísima Trinidad.

 

Años de formación y docencia

Tras formarse en los cursos filosóficos y teológicos (1606-1612), fue nombrado profesor de varios centros de la región andaluza.

De 1615 a 1618 enseñó Artes en Baeza, dando clases principal­mente de Lógica y Ontología (Teoría de las Categorías). Y allí mis­mo, en Baeza, asumió la Cátedra de Teología desde 1618 a 1628, formando varias generaciones de jóvenes. Estuvo enseñando en los Colegios de la Orden trece años, siempre bajo la inspiración doctri­nal de Aristóteles y Santo Tomás.

Dada la notoriedad de su talento, fue llamado por sus superiores a redactar un Curso Filosófico completo, en latín, con otros profe­sores que enseñaban en la Universidad de Alcalá. La obra completa, en cuatro tomos, se llamaría “Curso Complutense”, que llegaría a tener resonancia internacional.

Miguel redactó el primer tomo (Lógica o Dialéctica), que salió de las prensas el año 1624, teniendo el autor 36 años. En los años siguientes se publicaron los tomos segundo, tercero y cuarto, cuyos autores fueron Juan de los Santos (Comentarios a la Física) y An­tonio de la Madre de Dios (Comentarios a la Psicología).

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La obra lógica de Miguel Arjona

La Lógica de Miguel, de 866 páginas (formato en cuarto menor), contenía ocho partes: viene a ser una “enciclopedia” de las cuestiones lógicas fundamentales, en disputa con las corrientes paralelas de Suárez y Escoto. Salió editada por vez primera –como he dicho– en Alcalá (1624); tuvo otra edición en Madrid (1627), otra en París (1628), otras en Frankfurt (1629, 1636) y Viena (1629), otra en Barcelona (1635), otras tres en Lyon (1637, 1651, 1668); posiblemente haya más ediciones. En general fue aceptada en Europa con gran aplauso universitario; y se implantó como texto en varias Universidades (muy sonada fue la de Salamanca) y Colegios de Órdenes Religiosas (Oratorianos, Jerónimos, Premonstratenses, Dominicos): en España fue libro de referencia, hasta la exclaus­tración de 1835. Continuar leyendo

Progreso y cristianismo social (Juan Valera IV)

Caravaggio destaca la fuerte reacción de los soldados, quienes empujan a Judas para que consume la pérfida y pública manifestación del beso traicionero. // El texto adjunto es de Juan Valera (1824-1905), “De la doctrina del progreso con relación a la doctrina cristiana”, Estudios críticos sobre literatura, política y costumbres de nuestros días. Tomo I, Madrid, Librerías de A. Durán, 1864, pp. 63-118]

El cristianismo no es una doctrina política y social

De cuanto va dicho en estos artículos, a los cuales  ha dado motivo el elegantísimo y elocuentísimo del Sr. Castelar, publicado en La Discusión del 24 del último diciembre, no puede ni debe deducirse que el cristianismo no haya renovado el mundo, que no haya transformado y mejorado la sociedad, que no haya hecho del matrimonio un sacramento, que no haya declarado hermanos a todos los hombres, y que no haya consagrado como virtudes la fe, la caridad y la esperanza. Ni yo niego ni ignoro todo esto, porque ni niego ni ignoro el catecismo. Lo que ignoro o niego es que el cristianismo, en el sentido estricto y determinado de la palabra, sea una doctrina política y social. Si esto concediera yo, y si esto entendiera, me haría inmediatamente defensor de la teocracia. De otro modo procedería con poca lógica. Pero justamente porque el cristianismo es doctrina moral y religiosa, y no lo es social y política, se ha establecido la división de los poderes espiritual y temporal que el Sr. Castelar menciona en su artículo, aunque para el Sr. Castelar es prueba contraproducente. Bueno será advertir, sin embargo, que aún están confundidos ambos poderes, espiritual y temporal, en no pocos Estados cristianos; y que donde el poder espiritual gobierna temporalmente, están los pueblos muy mal gobernados; y que donde el poder temporal se atribuye el gobierno de la Iglesia, la Iglesia está muy poco floreciente en ciencia y en virtudes. Así acontece en el Imperio Ruso, donde preside al santo sínodo permanente un general de caballería. Continuar leyendo

Tres conceptos de progreso (Juan Valera II)

Turner

Joseph Mallord William Turner (1775-1851) “Velocidad”. El pintor de la luz, iniciador del impresionismo. // El texto adjunto es de Juan Valera (1824-1905), “De la doctrina del progreso con relación a la doctrina cristiana”, Estudios críticos sobre literatura, política y costumbres de nuestros días. Tomo I, Madrid, Librerías de A. Durán, 1864, pp. 63-118.

Cristianismo y progresismo

Bien claramente expresé en el artículo a que nos referimos, que deseaba que el señor Castelar demostrase de una manera evidente que el cristianismo, lejos de ser contrario al progreso humano, es causa eficacísima de este progreso, que singularmente efectúan las naciones de Europa iluminadas por la luz de la fe. Al expresarme así, no ponía yo en duda la influencia benéfica del cristianismo, que ha venido a darnos el conocimiento del verdadero Dios, y a proclamar entre todas las gentes y naciones aquella ley que dice: ama a Dios sobre todas las cosas, y a tu prójimo como a ti mismo; ley en que se encierran todas las leyes y preceptos, y donde está por alta manera el germen de todo verdadero bien en este mundo y en el otro. Lo que sí ponía yo en duda era y es que este progreso de ahora esté de acuerdo con esa ley divina; y más aún, que esa ley divina nos haya sido dada con el fin de cumplir este progreso; y por último, mucho más aún, el que esa ley divina, ordenada principalmente a un fin más alto, hubiese sido para los primeros cristianos causa conocida de un progreso desconocido entonces para ellos. De aquí deducía yo que el cristianismo no era progresista, si bien el progreso y los progresistas podían ser cristianos, lo cual necesita y merece una explicación detenida. Continuar leyendo

La fe en el progreso (Juan Valera I)

Miniatura del manuscrito "Crónica de Esapaña" de Alfonso X, el Sabio.(Monasterio de El Escorial, Madrid). Los monjes copistas transmitían el saber antiguo.

Miniatura del manuscrito “Crónica de España” de Alfonso X, el Sabio.(Monasterio de El Escorial, Madrid). Los monjes copistas transmitían el saber antiguo. // El texto adjunto es de Juan Valera (1824-1905), “De la doctrina del progreso con relación a la doctrina cristiana”, Estudios críticos sobre literatura, política y costumbres de nuestros días. Tomo I, Madrid, Librerías de A. Durán, 1864, pp. 63-118.]

La idea de Dios y el progreso

Tenemos fe en el progreso. El progreso es para nosotros una creencia, no una ciencia. El progreso en que creemos está limitado por la misma condición del hombre y del mundo: y de esta suerte, ya que no se funde en la doctrina cristiana, no se opone a ella tampoco. Pero suponiéndole ilimitado, como lo supone Pelletan en sus dos famosos libros, Profesión de fe del sigo XIX y El mundo marcha, el progresismo es anti-cristiano, y es también anti-científico, pues aunque se pueda demostrar por la historia que en todo y de continuo hemos progresado hasta lo presente, aun será difícil deducir de esta premisa que progresaremos siempre en lo futuro.

De la naturaleza íntima del hombre tampoco se puede deducir la doctrina del progreso, porque no conocemos cumplidamente esa naturaleza íntima. Y en cuanto a las ideas fundamentales que hay en la mente humana, si unas sostienen la doctrina del progreso, otras le rechazan, al menos, como infinito o ilimitado.

La idea de Dios puede en cierto modo considerarse como causa de progreso, porque la idea de Dios es el término de perfección y el ideal de nuestra especie en las diferentes edades. La idea de Dios, aunque de un modo vago, está preconcebida en la mente con anterioridad a cualquiera idea, y es como fuente de todas las ideas. Pero nuestro flaco entendimiento no comprende, ni en la mente divina, la existencia de esta idea (la idea que tiene Dios de sí mismo), a no limitar la omnipotencia y la grandeza de Dios dentro de su infinita sabiduría. A no ser así, nos parece que esta no podría abarcarlas. ¿Cómo, por lo tanto, ha de comprender y desenvolver esta idea nuestra mente finita, a no ser por abstracción, negación y oposición? Si esta idea, aunque en germen, estuviese en nuestra mente de un modo positivo, su eterno desarrollo constituiría el eterno progreso; porque esta idea que en la mente de Dios concebimos desenvuelta y completa, jamás llegaría por un orden sucesivo a desenvolverse y completarse en la mente de la humanidad. Mas nosotros no acertamos a comprender lo infinito y lo perfecto sino por abstracción de lo imperfecto y finito, y aun así lo comprendemos mal, pues oponemos a esa infinidad y perfección algo que las descabala y amengua.

Estas consideraciones nos inclinan a pensar que la idea de Dios no puede ser el germen del progreso, tal como se entiende en el día, sino el germen de una aspiración infinita, que hallándose en contradicción con lo imperfecto de los medios que naturalmente tenemos para llegar a realizarla, nos induce y obliga a buscar el último fin por medios sobrenaturales. Continuar leyendo

Servicio a la persona: respeto, orden, diligencia

Pierre Eduard Frère  (1819-1886): "Sirviendo a sus hermanos".

Pierre Eduard Frère (1819-1886): “Sirviendo a sus hermanos”. Poniendo atención razonable a su labor culinaria, la mocita se dispone a repartir la comida a sus hermanos, que impacientes esperan su ración correspondiente.

En casi todos los sectores de nuestra sociedad existen actividades que, bajo el cuño público o privado, se dedican a “servicios”; por ejemplo, “servicio de salud”, “servicios inmobiliarios”, “servicios ecológicos”. Hay servicios de mantenimiento, servicios de reparto, servicio de arriendo, servicios de talleres y otros más. En todos los casos, hay alguien que “da” el servicio y otro que lo “recibe”. De manera que un servicio es, por ejemplo, la actividad entre el proveedor (con sus manzanas tangibles) y el cliente (con su deseo tangible de consumirlas). Pero el interior del acto de servicio mismo no es algo objetivable y tangible ni se puede evaluar con medidas cuantitativas. De este momento “interior” del acto servicial os quiero hablar hoy.

En el ámbito del “hogar” y, más concretamente, en las operaciones orientadas al mantenimiento y cuidado de la familia (actividades culinarias, gastronómicas, higiénicas, etc.), la prestación de un servicio implica siempre referencias externas e internas muy especiales, o sea, relaciones con personas. Precisamente sobre estas relaciones personales os quiero proponer la tesis de “no hay un buen servicio, si no existe un gran respeto a la persona, y si no hay orden ni diligencia”.

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RESPETO

El respeto en sentido general

La palabra “respeto” viene del latín respectus, que significa atención y consideración. De modo usual significa veneración, acatamiento que se hace a alguien. En una de sus acepciones también significa  temor: un temor reverencial ante lo que es grande u honorable. Continuar leyendo

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