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30 sep 2014

Quimeras que nos seducen

por Juan Cruz Cruz
Gustave Moreau (1826-1898): “La quimera”. Maestro de Matisse, Marquet y Rouault. Se mueve entre el romanticismo y el simbolismo. Aplica el arte de la acuarela con brillantez de matiz. Pero también sus óleos se aproximan a fantásticas glorificaciones y ardientes tonos carnales.

Gustave Moreau (1826-1898): “La quimera”. Maestro de Matisse, Marquet y Rouault. Se mueve entre el romanticismo y el simbolismo. Aplica el arte de la acuarela con brillantez de matiz. Pero también sus óleos se aproximan a fantásticas glorificaciones y ardientes tonos carnales.

Modificación genética

Ella era rubia  y tuvo tres novios. Decidió tener un hijo… de los tres. Consiguió el esperma de todos ellos y lo entregó a un centro de fecundación artificial para que seleccionara genéticamente  los ojos verdes del primero, la musculatura del segundo y la voz del tercero. Es un decir. Pero esta técnica de mescolanzas  ha sido llamada “modificación genética”, o sea, modificación de la línea germinal del ADN cromosómico que puede pasar a las generaciones futuras. En el Reino Unido la cosa va en serio; y ya ha penetrado ampliamente la idea de un hijo que, previa una genetic modification, tiene tres o más padres.

Ya sé, ya sé que la ciencia no está todavía a la altura de lo que algunos pretenden. Y que la naturaleza no permitirá  ensayos genéticos viciados.  Pero es que tampoco muchos científicos están a la altura de lo que la ciencia debe proporcionar, aunque cuenten con un desorbitado presupuesto económico.

Tengo la convicción de que las técnicas de reproducción asistida se han salido de madre y de padre. Ya no basta que dos personas, varón y hembra, busquen con su correspondiente carga genética dar la vida a un tercero, el hijo. Ni tampoco es suficiente que, dentro o fuera del matrimonio, haya niños a petición, mediante fecundación “in vitro” o vientres de alquiler, o que no se pregunte por el origen biológico de la masa genética. La identidad genética, base de la filiación biológica, ya no serviría: la verdadera sería la “identidad social”, la que la sociedad quiera darle al embrión en cada momento, llamando a las cosas con nombres ilógicos o meros eufemismos.

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25 sep 2014

¿Qué es la fidelidad?

por Juan Cruz Cruz
Briton Rivière (1840-1920): “Fidelidad”. Sus pinturas destacan por la participación de animales; procura reflejar emociones sociales del hombre a través de la conducta animal, en este caso del perro.  Procura conocer al animal, antes de pintar su imagen.

Briton Rivière (1840-1920): “Fidelidad”. Sus pinturas destacan por la participación de animales; refleja emociones sociales del hombre a través de la conducta animal, en este caso del perro. Procura conocer al animal, antes de pintar su imagen.

¿Puede darse la fidelidad entre los humanos?

La actitud de mantener la fe que una persona debe a otra fue llamada por los latinos fidelĭtas. Cuando alguien cumple las exigencias de la fidelidad y las del honor decimos que es “leal”. ¿Qué significa mantener la fe en alguien, tenerle fidelidad?

La más frecuente objeción contra la fidelidad estriba en afirmar que la “mutabilidad continua” del ser humano hace imposible una voluntad de no cambiar: el hombre, por su finitud, no puede hacer un propósito incondicional, ni es capaz internamente de mantener una actitud firme, de ser leal.  Y aunque tuviera una esencia perdurable, ésta no podría ser otra cosa que la libertad misma. El hombre no tiene una naturaleza fija, pues es libertad, capacidad de cambio: así se expresan todas las doctrinas de inspiración existencialista.

En esta objeción se encierra toda una antropología, una teoría del hombre, de su ser y de sus posibilidades. Viene a decir que es una limitación humana no recuperar la libertad una vez que se ha entregado. Nadie podría proponerse un compromiso definitivo, que acabaría siendo coactivo. Todo hombre tiene derecho a recomenzar. De manera que, por ejemplo, la opción por sólo una mujer sería limitadora, ya que sobreviviría sacrificando las posibilidades excluidas: arrastraría un empobrecimiento, una pérdida de contactos.

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23 sep 2014

Quevedo, poeta de la temporalidad humana

por Juan Cruz Cruz
Dali-Tiempo

Salvador Dalí (1904-1989): “Reloj evanescente”. El reloj parece derretirse con el paso del tiempo. No marca un tiempo lineal que avanza paulatinamente, sino un tiempo que por ser tal, pasa derritiéndose en su ser. El tiempo lineal que avanza carece de importancia.

Ser y tiempo

La vida del hombre que se teje en el tiempo va de un pasado hacia un futuro. El presente es evanescente y se diluye al pasar. El futuro del presente es el pasado. Pues bien, aunque la existencia humana no coincidiera con el tiempo mismo, su discurrir mundano existe en el tiempo. Y pasa con el tiempo. Este hecho, subrayado por los pensadores de todos los tiempos, hizo que modernamente Heidegger (en Sein und Zeit) afirmara que el existente humano es un ser-para-la-muerte (Sein zum Tode). Para este pensador alemán, la muerte no sólo es el “final” externo de ese ser, sino también su “fin” interno: la interior vida del hombre es un correr anticipado hacia la muerte. Y no caben más esperanzas que las del morir. O sea, no hay esperanza, sino “angustia” producida por el estrechamiento que el “fin” mortal provoca día a día en el hombre.

El moderno existencialismo (Heidegger, Sartre) ha insistido en esta situación angustiosa del ser humano. Y desde ella interpreta Heidegger todas las tradicionales categorías filosóficas.

Mucho antes, don Francisco de Quevedo (1580-1625)  interpretó también la vida humana con unos tintes tan sombríos que parecen arrancados de una obra existencialista contemporáea.

Ahora bien, esta poesía de la temporalidad humana es, a su vez, sólo una cara del ámbito poético de Quevedo, quien abre en otros poemas jirones de trascendencia y esperanza. Aquí sólo hablaré de los primeros, entresacados de su  Parnaso Español. Luego, al final, haré una reflexión más filosófica o metafísica sobre el instante, realidad del tiempo quevediano.

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11 sep 2014

El mentiroso

por Juan Cruz Cruz
Intriga, 1911

James Ensor (1860-1949): “Intriga”. Pinta a los falsos, a los mentirosos que ocultan con una máscara la verdad de quiénes son. Muestra figuras grotescas y alegorías fantásticas en coloridas y enigmáticas escenas. Impactan sus formas, sus colores brillantes y el efectismo psicológico de las máscaras. Participó en los movimientos de vanguardia de comienzos del siglo XX e influyó en el expresionismo y en el surrealismo.

Decir lo falso, decir lo verdadero

Se ha escrito, en tono despectivo hacia los políticos, que una mentira muchas veces repetida acaba por ser tenida como una verdad. Pero esta práctica no se debe sólo a los políticos. Lo cierto es que, como decía Kant, existe “una peligrosa inclinación del corazón humano a sofisticar y sutilizar, es decir, a dar tantas vueltas a una situación que al fin parezca que lo más cómodo es también lo objetivamente justificado”.  Y si no nos damos pronto cuenta de esta trampa que nos tiende nuestra propia finitud y fragilidad, rehuiremos pensar hasta el final las cuestiones que se nos plantean, máxime si nos son incómodas, prefiriendo vivir bajo la mala fe y con una relación ambigua hacia nosotros mismos: en eso estriba un efecto negativo de la mendacidad. Según nuestro diccionario, mendacidad (del latín mendacĭtas) es el hábito o la costumbre de mentir. No es, por lo tanto, un acto pasajero, sino una actitud permanente. El hombre mendaz es el que tiene costumbre de mentir; y lo dicho por el mendaz es engañoso, aparente, fingido, falso. Por el contrario, la esencia de la veracidad consiste en el comportamiento claro y decidido del hombre consigo mismo para decir lo que las cosas realmente son.

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26 jun 2014

Radiografía espiritual del odio

por Juan Cruz Cruz
Artemisia: Judit mata a Holofernes

Artemisia Lomi Gentileschi (1593-1654): “Judith decapitando a Holofernes”. Es una pintura inspirada en el claroscuro de Caravaggio; impresiona por la violencia de la escena que representa, como un deseo de venganza.

El odio como deseo del mal ajeno

Dice el Diccionario que odio es “antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”. Esa definición tan condensada exige una explicación. En parte porque el odio no es simple antipatía, ni tampoco mera aversión. El odio se opone en realidad al amor, primera tendencia del ser humano. Y así como hay un amor perfecto, afirmación y donación sin retorno, también existe un amor imperfecto, en el que no se cumple algún aspecto de esa afirmación y donación. Paralelamente existe un odio perfecto y un odio imperfecto.

En cuanto a la oposición entre el odio perfecto y el amor perfecto debe indicarse que se oponen directamente, puesto que el odio perfecto desea para otro un efecto malo o un perjuicio, al igual que, en sentido contrario, la amistad quiere para el amigo un efecto bueno. Pero hay un matiz importante que no debe quedar desapercibido: y es que en el odio perfecto el efecto malo se reviste de apariencia de un bien, debido a una causa externa y en orden a mí, puesto que el daño que se hace a otro aparece como un bien para mí; sin embargo, en el amor perfecto, dado que el bien que deseo al amigo es en sí intrínsecamente un bien, no necesita de una relación externa, para que por causa de ella se convierta en un bien y en una cosa apetecible. No obstante, es cierto que el bien deseado para el amigo es también un bien para mí; pues toda amistad hacia otro comienza por el amor a uno mismo: ciertamente, yo personalmente no amaría al amigo si no viera que eso es conveniente y bueno para mí[1].

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23 may 2014

La elección de lo peor como elección de sí mismo

por Juan Cruz Cruz
Juan Manuel Blanes (1830-1901): “Los dos caminos". Dibujo naturalista. Distribuye la luz preocupado por aislar los colores puros en medio de ocres. El paisaje es sólo el telón de fondo de una escena inquietante.

Juan Manuel Blanes (1830-1901): “Los dos caminos”. Dibujo naturalista. Distribuye la luz preocupado por aislar los colores puros en medio de ocres. El paisaje es sólo el telón de fondo de una escena inquietante.

Elección desequilibrante entre lo más bueno y lo menos bueno

Un punto problemático acerca de la libertad humana está en saber si  la voluntad puede elegir,  entre varios bienes, el bien menos bueno o el que es igual de bueno[1].

La dificultad surge cuando la voluntad elige siendo consciente de que hay un bien menor que otro, o un bien igual que otro. Pero si no es consciente, ni se percata de ello, sino que procede por ignorancia, está claro que puede elegir el que, velado en su ser, es en sí un bien menor. No obstante, esto sucede accidentalmente, y no por el arbitrio e intención de la voluntad, sino por defecto de la inteligencia que considera mentalmente que es mejor lo que en realidad es un bien menor. Por tanto, la dificultad está en saber si el sujeto que es consciente de que hay un bien menor puede formalmente elegirlo voluntariamente bajo ese motivo menor[2]: o sea, si la voluntad, una vez que le son propuestos dos bienes iguales, no sólo teóricamente y en sí mismos, sino también prácticamente y respaldados por un juicio o dictamen que los considera iguales o incluso uno de ellos menor, puede por sí sola y por el ejercicio de su libertad elegir el bien menor bajo aquel motivo menor, y bajo el dictamen o juicio que lo declara menor, y ello sin que se cambie el juicio y sin que sea propuesto un nuevo motivo, ni provoque una nueva consulta a la inteligencia[3].

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22 abr 2014

Qué significa reconocer y ningunear

por Juan Cruz Cruz
Caravaggio: Narciso

Caravaggio: “Narciso se mira en las aguas” (1600). El engreído mancebo se enamoró de su propia imagen reflejada en una fuente. Incapaz de apartarse de su imagen y de reconocer a los demás, acabó arrojándose a las aguas.

La lucha por el reconocimiento

Comienzo con una anécdota: Aquella niña lloraba desconsoladamente en medio del grupo familiar, en un acto sencillo que el abuelo aprovechó para repartir pequeños regalos. Mucho antes de que empezara la ronda la niña gimoteaba diciendo: ¿Y yo qué?…

En las no muy lejanas discusiones sobre el multiculturalismo y el feminismo, se reveló una preocupación común, a saber: que los individuos o los grupos sociales tienen que encontrar reconocimiento o respeto en su “diferencia”. Desde aquí se pasó a entender que la cualidad más humana de las relaciones sociales no sólo tiene que medirse por la distribución justa o equitativa de los bienes materiales; sino que ha de estar esencialmente conectada con el modo y la medida de reconocerse mutuamente los sujetos. A partir de estos planteamientos se fue dibujando paulatinamente el objeto de una discusión filosófica cuyo punto de partida está constituido por los contenidos dela justicia que deberían explicarse al hilo de determinadas formas de reconocimiento recíproco, de las cualidades deseables o reprobables que hay en las relaciones que los sujetos mantienen entre sí. leer más…

7 mar 2014

Metahistoria de América: lo fáctico y lo providencial

por Juan Cruz Cruz

 

Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, reciben a Cristóbal Colón tras su viaje a las Indias. Hecho inmortalizado en los azulejos de la plaza de España de Sevilla.

Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, reciben a Cristóbal Colón tras su viaje a las Indias. Hecho inmortalizado en los azulejos de la plaza de España de Sevilla.

La explicación “científica”

¿Cómo ha interpretado la historiografía el Descubrimiento de América por Colón?

Para responder a esta pregunta es preciso indicar que para muchos autores modernos fue el fruto de una deducción lógica que el navegante hizo, basado, de un lado, en el espejismo de la cosmografía medieval y, de otro lado, en testimonios que ciertos pilotos ya habrían hecho y que corrían por círculos marineros y académicos[1]. De hecho el fiscal de Su Majestad habría tenido una incierta noticia de que Colón, cuando llegó a Palos de Moguer, recibió la oferta de los servicios de Martín Pinzón, quien a su vez “había oído decir cómo navegando tras el sol por vía templada se ha­llarían grandes y ricas tierras”[2]. Nunca se supo quién podría ser ese “piloto anónimo”[3] que entró en la leyenda del Descubrimiento[4]. Se dijo, a partir de ahí, que Colón sólo habría vuelto a encontrar una ruta ya trazada[5]. En el siglo XVIII apareció la tesis, por ejemplo, con Humboldt, de que el mismo progreso humano, la fuerza teleológica de la razón, acabó tomando posesión del universo al descubrir América, sin necesidad de recurrir a poderes supraterrenales[6].

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10 feb 2014

El antiabsolutismo monárquico del Siglo de Oro

por Juan Cruz Cruz
Carlos-I

Anthony van Dyck (1599–1641): “Retrato ecuestre de Carlos I”. Representación del poder absoluto que quiso ejercer el rey inglés.

El absolutismo monárquico

Para comprender la teoría del poder civil mantenida en el siglo XVII es preciso tener presente el ardor polémico con que entonces se quiso rebatir el absolutismo monárquico de Jacobo I, para quien no había diferencia entre el poder espiritual del soberano Pontífice y el poder temporal de los reyes: ambos poderes vendrían inmediatamente de Dios a la persona que ejercía el poder. En el caso británico, esta doctrina se asocia a las figuras de Jacobo I y Carlos I. Ya en 1597 existían textos ingleses que sostenían el derecho divino de los reyes.

Para este monarca, además, por autoridad legítima se entendía sencillamente la establecida bajo una concepción dinástica y territorial. A los maestros del Siglo de Oro no les interesaban en realidad las cuestiones de hecho, sino las de derecho con sus implicaciones morales: ¿cómo puede constituirse un estado, tomando como punto de partida la naturaleza del hombre y de su fin social?

En España se clamó y escribió contra aquella postura legitimadora de índole absolutista; y se hizo desde la concepción clásica, según la cual, la autoridad tiene siempre como misión general la consecución del fin del estado, el bien común y el orden público: en el cumplimiento de esta misión se basa su legitimidad. En esa misión es decisiva la voluntad del pueblo, el cual no debía ser concebido como mera multitud inorgánica. Así se había enseñado desde Santo Tomás.

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21 ene 2014

El gozo en paraísos perdidos: nostalgia y melancolía

por Juan Cruz Cruz
Juana la Loca

Francisco Pradilla y Ortiz: “Doña Juana la Loca” (1877). Resalta uno de los momentos en que el cadáver de Felipe el Hermoso, marido de doña Juana, es trasladado por la noche de Burgos a Granada. La reina, muy enamorada de su difunto marido, llevaba un largo velo en forma de manto que la cubría de la cabeza a los pies. Ordenó que la comitiva caminara durante la noche, alegando que el único sol era don Felipe.

1. Amor y gozo

En el poema titulado Cántico espiritual San Juan de la Cruz exclama en una estrofa:

Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.

Está diciendo que una cosa es amar y otra distinta disfrutar o gozar. Pues, más allá del amor, el disfrutar añade deleite: de hecho se aman muchas cosas con tristeza y profunda aflicción. Del amor proceden el gozo y la tristeza, aunque por motivos opuestos. El gozo es causado por la presencia del amado o por el hecho de que el amado está en posesión del bien que le corresponde. Pero del amor puede venir también la tristeza, sea por la usencia del amado, sea porque el amado está privado de su propio bien.

En realidad el amor actúa mucho antes de que el deleite sea añadido a la posesión de la cosa amada. ¡Ojalá pudiésemos gozar siempre de lo que amamos! Por eso, cuando el gozo se toma como amor se convierte en un término equívoco. El gozo es un acto de la voluntad; y en él hay deleite o goce de la realidad poseída y alcanzada, si es deseada y amada con anterioridad.

La distancia que existe entre amar algo y gozarlo suele ser bastante larga y, en ocasiones dolorosa. El amor exige la consecución del objeto amado; pero si no es logrado, entonces el amante se altera y entristece, padece un “mal de amor” o, como decían los medievales, amor hereos, aegritudo amoris, enfermedad de amor. Algo de esto describía el poeta árabe Ibn Hazm –visir de Abderramán V en el Califato de Córdoba– en su libro El collar de la paloma (1023). Una ausencia de placer, una enfermedad de amor,  una tristeza y dolor, que no sería posible si antes lo amado no hubiera sido querido intensamente.

Viviendo de manera insoportable esa molesta distancia que existe entre el amor y el gozo, se forjaron personajes míticos en la literatura: así era el amor de Calisto por Melibea, el de Don Quijote por Dulcinea, el de Orlando por Angélica; y tanto otros. leer más…

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