1. Si yo hablara de Baeza geográficamente, me estaría refiriendo a un punto casi perdido en el mapa del mundo. Indudablemente se puede hablar de Baeza así, añadiendo incluso indicaciones geológicas referentes a su orogénesis, a las placas tectónicas en que se asienta, y mil datos científicos más. Incluso podría añadir referencias a su iniciación histórica, a los poblados que en este asiento vivieron, a su evolución temporal, recordando a los romanos, a los godos, a los árabes, y a muchos pobladores más. Pero comúnmente no quiero hablar de esa Baeza geo-histórica, sino de otra, la mía, la vertical, la que yo he vivido en las cuatro estaciones del año, desde que nací hasta ahora mismo.

Yo procuro siempre adentrarme en el paisaje íntimo de mi ciudad natal, de Baeza. Paisaje psicológico que atañe a mi modo de vivir las cosas. Me veo obligado a captar ingenuamente la realidad, proyectando mis vivencias profundas en el espacio objetivo externo; entonces  la cosa misma, Baeza, no otra inventada, me responde con un nuevo sentido o una significación inédita, de manera que el paisaje externo baezano deja de ser un objeto analizable para convertirse en un paisaje del alma, que es también Baeza. ¿Qué otra cosa, por ejemplo, podría decir, recordando mi ciudad como pueblo aún vivo? Que allí no enterré mi niñez. Ahora, cuando desde Navarra y en dirección a Baeza, dejo la llanura de La Mancha, me saludan legiones de olivos. Ellos fueron en Baeza compañeros de mi niñez, cobijo de mis juegos infantiles, durante largos períodos cortijeros. Los saludo y me responden: no desde sí mismos, sino desde mi propia alma, porque ellos habitan ya en mi alma.

Con la brisa templada en primavera
el olivo se extiende en su ramaje
vigilando las torres de Baeza
bajo el cielo opalino de la tarde.
                                              (J.C.C)

El olivo conforma por momentos el “paisaje de mi alma”, donde la tierra se enreda con el cielo, lo finito con lo infinito y mi yo con el mundo. En mi caso, hasta el mismo Dios es un visitante del paisaje de mi alma baezana.

  1. De modo que si alguien pudiera penetrar en los pliegues de mi intimidad, encontraría desde luego a Baeza, pero llena de emociones, de alegrías y tristezas, de pasión. Allí habría un paisaje de mi propia alma, un paisaje de vibraciones que se llama también Baeza, la misma.

De este paisaje íntimo y personal me inclino a prodigar palabras, como si contara una historia que sólo a mí me ha pasado, aunque probablemente también otros lleven guiones parecidos en su interior.

Es preciso hacer este tipo de relatos psicológicos. Porque no sólo los largos periplos orbitales (a la luna, al espacio exterior), están cambiando la mentalidad del hombre actual acerca de la identidad de la vivienda y de la casa que habita. Las agencias turísticas ofrecen viajes a los más remotos puntos del planeta. Cualquier lugar distanciado puede ofertarse como encantador hogar sustitutivo. El mío es un “paisaje del alma”, de mi alma baezana. Quien haya paseado por algunos sitios de Baeza, recorridos por mí, podrá decir que mi visión es la esencial, aunque no en su dimensión meramente científica, sino emocional.

  1. Tras esta aclaración se podrá comprobar que en mi apólogo recordativo de Baeza no dejaría de mostrar calles, sierras con nombre propio, objetos con nombre propio. Sí. Pero eso no es lo decisivo.

Pues lo que yo puedo contar no es un asunto de na­turaleza física, sino la moción efectiva producida en un interior lleno de imágenes, de sentimientos, al trato de mi alma con el paisaje; un paisaje suscitado en los elementos del alma al contacto con Baeza: es un paisaje del alma.

Y algo importante: la unidad de las formas que entran en mi relato se debe principalmente a las imágenes hondas que habitan en mi espíritu, sin yo saberlo; aunque están vivas. Esas imágenes recónditas me acompañan y guían mi comprensión de las cosas: imágenes eternas que otorgan significación especial a las figuras que vivimos. Una de esas figuras es la imagen del camino por recorrer; otra, es la imagen de la tierra que convoca a sementera; otra, es la imagen del árbol caído que se une a las frustraciones de nuestra alma; otra, es la imagen del horizonte que se confunde con nuestras esperanzas. Y en cada caso se presentan o afloran, ¿dónde?: en la piedra que pisas, en el polvo que tu calzado levanta, en la vista que, atenta o cansada, divisa caminos al andar.

En este paisaje del alma se produce una mágica sincronización de la primaria forma subjetiva, impregnada de imágenes originarias, y la forma propiamente objetiva: las dos hacen su eclosión unitaria en el árbol del paseo, en la fuente de la plaza, en el andar pausado del labrador, del carpintero, del albañil.

  1. La forma emocional y subjetiva —por ejemplo, cuando me atrapa la añoranza— sale al encuentro de la forma propiamente objetiva —el árbol del paseo que durante el otoño se obliga a dejar sus hojas caídas—. Y lo subjetivo y lo objetivo se unen en ese milagro del otoño humano que es la melancolía, y en el otoño vegetal que son las ramas desnudas. En cada vivencia de Baeza se produce ese encuentro entre mi yo y las cosas, con un estremecimiento que sólo puede darlo a la vez la verdad insondable del hombre y la trémula verdad de las cosas.

Esas imágenes a la vez hondas y cotidianas (horizonte, cielo, tierra, calle, árbol) están en la base de mi experiencia personal diaria.

Desde mi juventud comprendí que mis vivencias íntimas tenían ya una inflexión de individualidad única e irrepetible que yo no podía expresar. Y que, dentro de mis propias vivencias, se animaban las cosas de una manera determinada, de suerte que vivía una unidad autónoma y original, en torno a la cual cobraban sentido las palabras, los paseos, las miradas y la voz. Me sentía un elegido, porque mi Baeza del alma seleccionaba sus ritmos, sus cromatismos, sus temas, ante los que yo estaba pasivo, pero interiormente zarandeado.

  1. Para explicar lo que digo, voy a referirme a un estremecimiento concreto del terruño, paseando por Baeza.

Durante mi niñez he visto diariamente pasar por delante de mi ventana, en calles mal empredradas, reatas de jumentos y carros destartalados, que traían o llevaban lo necesario para labrar la tierra o portar los frutos del campo.  Atento a todo eso, empezaba entonces a modelarse en mí un paisaje del alma, donde afloraban no sólo mi tierra, sino también mis afanes.

El fuerte y sonoro vibrar de los cascos en los empedrados me invitaba a despojarme de mi habitual mirada, a que mis ojos se transfigurasen en sentidos internos para ver las cosas en su cualidad esencial: labradores que han dejado el fuego del hogar y, encarándose al agua fina de las mañanas invernales, a veces con neblina densa o aguanieve, iban comentando la necesidad de que lloviera sobre habares y olivares, pensando ya en recoger una fecunda cosecha  de trigo o de aceituna. Pero también iban recelando que la mala fortuna pudiera truncar sus esperanzas. Así lo percibió también Machado.

La gran protagonista de estas imágenes es la realidad del campo labrantío, conectado a una imagen intensa, anclada en la intimidad: la rueda de la fortuna que rigiendo la lluvia preside la cosecha de habares y olivares, como apuntaba también Machado. La liviana forma de la fortuna está unida a la inquieta espera de los labradores ante el incierto porvenir de su trabajo. A esa forma sutil pertenece la neblina y el aguanieve que han sido testigos mudos de la esperanza de las cosechas, de las ilusiones del hijo por venir, del monótono trabajo cotidiano, del desgaste del tiempo en el hogar. En el afanoso labrador queda fijada la fatiga del andar laborioso, la tenacidad de la lenta marcha a través de los surcos uniformes que se dilatan en el campo azotado por el viento. En la tierra queda la saturación de la humedad, la llamada silenciosa de la cosecha, el callado regalo del grano maduro y la misteriosa aridez del campo invernal. A través de las voces callejeras, corre la honda inquietud por la seguridad del pan, el íntimo desasosiego por la superación de la penuria, la angustia ante la llegada del parto y el temblor ante el acecho de la muerte. Todas estas imágenes pertenecen de golpe a la tierra y se guardan en el ámbito de mi corazón.

  1. En ese momento de la fría mañana baezana, mirando por los cristales, no hacía aquel joven una valoración práctica o utilitaria, ni una valoración científica. Y sin embargo, estaba convencido de que tras la vibración en el suelo de los cascos y herraduras, descendía también una especie de lluvia invernal y azarosa, unida indefectiblemente a la fortuna del comer.

¡En mis vivencias muestran los árboles y el paisaje el camino recorrido o por recorrer, la dureza y pesadez de la tierra, el resguardo melancólico de un hogar baezano!  Todo esto lo experimentaba yo directamente, sin necesidad de reflexionar ni teorizar. Y esto era lo esencial para este mozo baezano, lo esencial en sus esperanzas y sus quehaceres. Ver lo esencial. Eso es lo que a mí me enseñó la vivencia de estas formas baezanas: primero el gusto por lo elemental; y luego por el saber, la filosofía. Y estas dos cosas vibraban en unidad cuando paseaba por alguna calle antigua del barrio de la Catedral:

Una callejuela que corre angosta

a zaga de las huellas de labriegos,

donde quiebra la luz en los bardales,

bajo el vivo trinar de los vencejos

que disputan a raudas golondrinas

el azul insondable de los cielos.

Pasaje breve, de zócalos gastados,

ronda de enamorados y bohemios,

reclamo puro, romántico y calmoso,

que del oscuro mundo del anhelo

al fiel rigor de la verdad me llama:

a la verdad del puro pensamiento

que pide soledad cuando medito,

y me hace caminar hacia su encuentro.

                                                  (J.C.C)

  1. Yo podría decir cómo esta ciudad de Baeza, asentada en un promontorio, no muy lejos del Guadalquivir, está a la vez abierta y absorta. Os podría decir cómo el sol, que sobre Baeza brilla, ha dorado las piedras de sus torres, de sus templos y sus palacios. Esa piedra obstinada que, saliendo de la cantera, va oxidándose y tomando un color caliente, de oro viejo y opacado; y cómo, a la caída de la tarde, es una fiesta para los ojos y para el espíritu ver a esa ciudad destacar su limpia silueta sobre el azul del cielo.

Podría hablar del follaje de piedra de sus fachadas, de la rica ornamentación de sus tallas renacentistas. Podría hablar de la hechura de la Universidad, ahora Instituto, que a los visitantes y turistas se les invita a contemplar. Y recordaría que esconde un espacioso patio interior, un encanto y un consuelo. Luego que ha cesado el vocerío estudiantil, cuando están cerradas y mudas las aulas, en horas o en días de vacación, sobre todo en las tardes lentas de estío, ese patio, henchido en su silencio de rumores seculares, es algo que habla al alma de lo eterno y lo permanente.

  1. Pero desde mi niñez pude ir soñando por las calles de esta ciudad, sin temor a que me rompieran el sueño. Hay viejas calles, viejos palacios y templos, dorados por los soles de los siglos. Allí pude ir acariciando un país celestial, colgado para siempre de las estrellas.

Y hay un rincón cerca de la parte norte de la Catedral, las Ruinas románicas de San Juan, en las que no dejo de admirar aquella desolada columnata interior que se abre hoy al sol, al viento y a las lluvias. ¡Qué encanto emana de aquel ábside! ¡Y qué intensa soledad la de aquellas naves abiertas, sin techo, al cielo! Y todo ello se alza, añorando siglos que fueron, en un rincón de sosiego y de olvido del mundo.

  1. Y si volviendo de esas Ruinas llego al Paseo de las Murallas, os debo confesar que mientras viva retendré, en el cauce de las impresiones huideras, la caída de la tarde que a principios del dulce mes de septiembre he gozado tantas veces. Fue y sigue siendo como un baño en lo etéreo. Lágrimas me han subido, entonces como ahora, a los ojos: y no han sido lágrimas de pesar ni lágrimas de alegría: éranlo de vida silenciosa y oculta.

En verdad, el cuerpo se limpia y recobra con el aire sutil de aquella altura y aumenta el número de glóbulos rojos; pero el alma también se limpia y restaura con el silencio cruzado por un viento suave. ¡Qué sosegada oración allá, en la modesta cumbre de Baeza, llenando la vista con el panorama de las ocres tierras y los verdes olivos! ¡Esa cumbre de Baeza, fija en la puesta del sol! Y aunque se ha repetido hasta la saciedad que “nada hay nuevo bajo el sol”, la verdad es que, desde la pequeña cumbre baezana “todo es nuevo bajo el sol”, todo es nuevo, sí, y cada sol que se va es un sol original. Contemplando el paisaje desde esa modesta altura, no recibe uno preguntas, quejas, amonestaciones, reproches, ¡y menos, la exigencia de aquel engreído profesor que no quiere que le digan sino lo que él piensa! ¡Cómo hubiera podido yo soportar en Salamanca, en Pamplona, en Múnich, esta terca lucha de un día tras otro y un mes y otro mes y uno y otro año, si no me hubiera aparejado de cuando en cuando una escapada a esa pequeña cumbre baezana, libre, erguida sobre los campos abiertos! ¡Cómo aguantar a todos esos alumnos o doctores que me venían haciendo preguntas o disparándome puyas, si yo no me hubiese recreado en Baeza con agricultores, con hortelanos, con granjeros, con braceros, con paisanos pudientes y con los poco favorecidos.

Venir a Baeza, pasear por sus calles y sus campos, me ha permitido muchas veces desnudarme de miramientos y composturas, para ponerme el alma en mangas de camisa. No he sentido nada más revolucionario que el ponerme a bailar en una feria, en una romería baezana, sin traje de fiesta, sin vanidad académica.

En mis paseos ‒vagabundeos baezanos por campos y altozanos, por barbechos y lomas‒, acompañado muchas veces de un amigo, he dejado todo decoro, poniéndome a decir y hacer chiquilladas, zambulléndome en la infancia. ¡Sí, Baeza me ha permitido muchas veces sumergirme en la remota inocencia, allí tan lejana!

  1. Un día cualquiera, desde la cumbre silenciosa de las Murallas, teniendo enfrente Sierra Mágina y, al fondo del valle, el menesteroso Guadalquivir, se percibe una oleada de cálidos matices verdinegros. Y al pie de la sierra, los blancos pueblecillos, agazapados entre lomas y oteros, enviando al cielo limpio el humo de sus hogares, viviendo su tiempo recogidos.

Oteando las vistas que desde allí se ofrecen, el espectador sólo puede hacer dos cosas: mirar al frente y mirar abajo.

En primer lugar, mirar al frente. Y allí arriba, en la soledad del abultado Aznaitín, entre los enhiestos y duros peñascos, un silencio divino, un silencio recreador: un jirón de España que conserva en su entraña toda la recia y salvaje naturalidad del granito sobre el que descansa y sueña. Y más allá, el sol desnudo y silencioso, besando con sus rayos a la roca, también desnuda y callada.

Allí, en el mirador de las Murallas, enfrentado yo a las montañas, volvía mi vista espiritual de las cimas lejanas a las cumbres de mi alma; y de la planicie que se extendía a mis pies volvía a las llanuras de mi espíritu. El sol que allí me envolvía me iluminaba los más escondidos repliegues del corazón: mis preocupaciones familiares, mis esperanzas profesionales. Estando allí, un largo silencio me retemplaba la fibra y me hacía descubrir respuestas que antes se me escapaban.

¡Cuántas veces he vuelto a Baeza, para recogerme, envolviéndome en el cendal del silencio!   Pero no por mezquinos móviles de defensa o de ataque, no, sino buscando algunos de nuestros otros yos, de alguno de aquellos que he ido dejando en las encrucijadas del camino de la vida, cuando pudiendo haber hecho una cosa, he realizado otra bien distinta. Allí en la cima de las murallas, envuelto en el silencio, soñaba en todos los yos que habiendo podido ser, no he sido, para poder ser el que soy. Soñaba en todas las posibilidades que no he podido lograr desde mis infantiles juegos; y luego, apenas entrenado, aquellas propuestas de marchar lejos de Baeza. Y uno al fin exclama: ¡Desde luego, yo no pude hacer otra cosa!

  1. Y cuando de pie, en las murallas, bajaba luego mi vista a la llanura, se me ofrecían humildes los olivos.

El ramaje de estos verdinegros olivos de Baeza, de estos árboles solemnes que brotan de la mansa tierra, aguanta firme al viento; es apretado y denso; y es perenne. No sucumbe como cae el follaje más blando y vacilante de otros árboles frutales. El olivo parece algo férreo; ni el vendaval lo dobla o lo sacude. Lo asombroso es que también el follaje de piedra de los viejos monumentos baezanos es denso, inamovible y casi perenne. Las piedras doradas por soles de siglos de nuestra Catedral, de nuestra Universidad, de nuestro Ayuntamiento, de nuestro templo de San Pablo, y tantos más, todas esas piedras se parecen al follaje de los olivos. Y así, al contemplar los pináculos de la catedral, sueño en los olivos de las anchas tierras. Esos olivos que también sufren la quita implacable de la helada.

Con largo llanto de hielo,

a la orilla del camino

llora en Baeza su invierno

desconsolado el olivo.

                                                (J.C.C)                     

Ya mire al frente, ya mire abajo, estoy convencido de que aquellos paisajes de piedra y olivo, los que fueron la primera nata de mi alma, aquella montaña de Sierra Mágina, aquel valle o aquellas llanuras en que se amamantó mi espíritu, todo eso me acompañará hasta la muerte y forma ahora como el meollo, el tuétano del alma misma. Incluso su esqueleto.

Tengo alma vertebrada, con huesos que la mantienen en pie y mirando al cielo,  huesos que se nutren de una sustancia hecha con las visiones de la niñez, ya perdida y lejana, y del joven lleno de amor, que un día del año 1964 se comprometió contigo, Laura, a dar más vida. En nuestra historia de amor, diez vidas. Y hoy, 18 de mayo de 2022, cuando te has ido al cielo, te recuerdo más que nunca: este hechizado que tú misma has prorrogado un poco con tu muerte.