Miguel Angel: “La creación del hombre” (Capilla Sixtina). El primer don gracioso que el hombre recibe es el de su creación.

Introducción: algo más que justicia

El crecimiento o la mengua de la intimidad humana están en manos del propio yo personal. De hecho hay actitudes interpersonales básicas que –como el amor, la fidelidad, la esperanza, el dar, la gratitud, la vergüenza– robustecen la interioridad humana. Otras actitudes contrarias –como el odio, la infidelidad, la procacidad– la debilitan e incluso la anulan.

Viniendo a la gratitud, difícilmente se entiende hoy, especialmente entre la juventud, que alguien deba ser agradecido. La vida humana parece haberse cerrado en el contrato, en la reclamación imperativa de lo justo, en la exigencia de satisfacer derechos: ape­nas quedan ámbitos sociales para el agradecimiento. Tampoco la vida econó­mica y el consumo dirigido dejan sitio a la libre espontaneidad de la gra­titud. Parece que produce irritación la simple palabra “rogar” y mucho más “conce­der” ¿Por qué tendría alguien que darme o conce­derme  aquello que en justicia me pertenece? ¿Por qué tendría yo que recibir algo que no fuera por mereci­miento propio?

Séneca ­–un andaluz contemporáneo de Jesús de Nazareth– intentó dar res­puesta a estos interrogantes en un magnífico libro dedicado a estudiar las mu­chas gracias que se reciben y que él llama beneficios. La obra De beneficiis, dividida en siete libros, debiera estar entre las mejores que ha producido el ge­nio humano, por su rigor, por su adecuada marcha lógica, por su docu­mentada argumentación y por su equilibrado rea­lismo antropológico y moral. Nada tiene de extraño que doce siglos más tarde Santo Tomás, en la II-II de la Summa Teologiae, al exponer la virtud de la gra­ti­tud en la cuestión 106 cite 16 veces el susodicho libro de Séneca; y en la cues­tión 107, dedicada a la ingratitud, vuelva a citarlo 9 veces más. En total, Séneca es citado al menos 76 veces por Santo Tomás en sus escritos y a propósito de di­versos te­mas.

En la tarea que aquí me ocupa, no considero necesario derramar citas de Séneca y de Santo Tomás. Me limitaré a reportar algunas dentro de la evalua­ción estructural y fenomenológica de lo que, según Séneca, constituye la esen­cia de la gratitud y que Santo Tomás va resumiendo en su exposición. Referiré también algunas aclaraciones interesantes sobre el tema que se hallan en un libro del Siglo de Oro, Obras y días, elegantemente escrito por Juan Eusebio Nieremberg[1], que sigue sustancialmente la doctrina de Séneca y de Santo Tomás.

La descripción del agradecimiento permite revelar en su esencia varias no­tas que se dan en oposición complementaria o, si se quiere, en dialéctica inte­grativa.

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1. Deuda y obligación

La primera oposición dialéctica viene de la tensión entre deuda y obliga­ción.

1. La gratitud es una deuda, entendida como algo debido, de índole libre e interpersonal. Sólo el solipsista, el que se obstina en su independencia, el que quiere llegar por sí mismo y en solitario a su propio cumplimiento, sin deber nada a nadie, está incapacitado para agrade­cer. Esto nos invita a diferenciar tipos de deuda y, correlativamente, modos de pagar la deuda, o sea, de retribu­ción y recompensa. Está, por ejemplo, la deuda de justicia, pero está también la de gratitud.

En realidad, la recompensa de un beneficio puede pertenecer a tres ámbitos espirituales: al de la justicia, al de la gratitud y al de la amistad. Al orden de la justicia, cuando tiene carácter de deuda legal, como en el préstamo y en casos parecidos; la recompensa atiende entonces a la cantidad dada. Pero al orden de la gratitud y de la amistad perte­nece recompensar el beneficio en cuanto deuda moral; aunque de distinta ma­nera en cada caso. Porque en la re­compensa de la amistad hemos de tener en cuenta la causa de la misma amis­tad. Y así en la amistad causada por la utili­dad, la recompensa debe atenerse al provecho derivado del beneficio. Se trata entonces de una amistad imperfecta, porque está mediada por el interés y el lucro. En cambio, la amistad perfecta, cuya causa está por encima de la utili­dad, a la hora de recompensar debe aten­der a la voluntad libre y al afecto generoso del donador[2].

Al beneficio otorgado por grati­tud y amistad perfecta se le debe lla­mar don gracioso, regalo, algo que se recibe sin haberlo ganado. En él está presente la libertad fundamental del hombre, tanto en el modo de dar como en el modo de recibir. El don gracioso no es una mercadería que compro en un negocio, ni un premio que consigo tras largo esfuerzo, ni algo que yo pueda exigir ni pretender; sino algo extraordi­nario en que confluyen dos libertades que están en relación, sin mediar utilidad ni violencia alguna. Por eso dice Séneca: “Si la necesidad te quita el albedrío, has de saber que no recibes entonces, sino que te sometes. Ninguno queda obligado a agradecer el don que no le fue posible repudiar; si quieres saber si lo quiero, haz que me sea potesta­ti­vo no quererlo… No importa el valor de lo que se da, si no lo da quien quiere y a quien quiere”[3]. En el acto de agradecer se destaca un encuentro personal y libre. Por eso la donación ha de hacerse con respeto para quien la recibe, sin herir sus sentimientos de dignidad, evitando no sólo la indiferencia hacia él, sino también la exhibición del propio poder. El don recibido no debe servir para esclavizar ni someter, sino para liberar. La gracia del don “bendice a quien da y bendice a quien toma” (Shakespeare, El merca­der de Venecia, IV, 1).

La deuda más personal no es fundamentalmente la que contraigo cuando he sido ayudado en situación de necesidad, sino la que adquiero cuando se me ha elevado a un ámbito de belleza, de alegría y de excelencia.

En sentido estricto, pues, el don gracioso no es la obra mate­rial que se re­cibe, sino el acto de benevolencia que se alegra en darlo y reci­birlo, por gusto y disposición natural. “No es la obra o el don lo que importa –afirma Séneca–, sino la intención, porque el beneficio no consiste en lo que se hace o se da, sino en la disposición del espíritu del que da o del que hace. La gran di­ferencia que hay entre estas cosas, la puedes conocer en que el beneficio siem­pre es bueno, pero lo que se hace o se da con él, muchas veces no es bueno ni malo”[4].

Se comprende, pues, que la retribución proporcional pertenece a la justicia conmutativa cuando se la considera como débito legal; por ejemplo, cuando con pacto se estipula el pagar un tanto por tanto. En cambio, la gratitud tiene por objeto la retribución por la que una deuda de orden moral es pagada con espontánea libertad (sponte, dice Santo Tomás). Por eso precisamente la grati­tud agrada menos cuando es apremiada y violentada (coacta, como dice Séneca)[5]. Pues bien, como el aspecto que la gratitud considera en el beneficio es su gratuidad —y esto de­pende del afecto—, por eso en la compensación o devolución de un don gra­cioso se presta más atención al afecto íntimo del que lo hace que al efecto logrado[6].  “Hay mucha diferencia –dice Séneca– entre la materia del beneficio y el bene­ficio mismo; y con­siste en que el beneficio no es el oro ni la plata, ni nin­guna de las cosas que se estiman como de valor extre­mado; el beneficio es la volun­tad del donante… El beneficio, aunque se pierda el objeto por que se dio, per­manece siempre; es una obra bue­na que ninguna fuerza puede anular… Sin embargo, aque­llo que se ofrece a la vista no es el beneficio, sino la huella y la marca del bene­ficio”[7].

2. A la deuda corresponde una obligación, pero en este caso se trata de una obligación gustosa: la obligación del don ha de ser tan sabrosa para el receptor como el don mismo; además de que con gusto se ha de proseguir y llevar esa obligación. Quien no se quiere reconocer espiri­tualmente obligado, tampoco puede agradecer. Precisamente porque el don es una carga dichosa, el receptor mantiene la obligación de no des­obligarse[8]. Tam­bién el regalo y el don gracioso obligan, pero no lo hacen con una obligación tensa y remunerable, sino con una obligación serena, referida a un futuro cum­plimiento, abier­ta a varias posibili­dades elegibles. De ahí que el don y su gra­tuidad hayan de ser “retenidos” en el sujeto para poder ser objeto de agradeci­miento ulterior. Y precisamente “rete­ner” es una función funda­mental de la memoria, no sólo de la sensible, sino primordialmente de la me­moria espiritual, como diré después.

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2. Reconocimiento y correspondencia

La gratitud encierra también la dialéctica complementaria entre reconoci­miento y correspondencia.

1. Reconocer implica tres cosas. Primera, que uno con­fiese haber recibido la dádiva como tal. Segunda, que se exteriorice con alabanza. Tercera, que el don sea estimado como algo grande. No lo hizo así Diógenes, de quien se cuenta el siguiente lance: cuando en su presencia alabaron a quien le había otorgado una dádiva, él respondió: ¿Y por qué no me alabais a mí, que merecí recibirla? Al reconocimiento del don pertenece también juzgarlo por grande, estimando en él no tanto el don, como el ánimo y el afecto que lo propició[9]. Pero ocurre desgraciadamente que ciertos sujetos que reciben cosas de valor no las estiman en mucho, porque es ingente su ambición; la culpa, en este caso, no viene de una falta del donador, sino del egoísmo del receptor.

He dicho que el agradecimiento ha de reconocer la dádiva como tal, como don gracioso. Por eso,  importa mucho saber, dice Séneca, si el donador nos favorece por interés propio o por interés suyo y nuestro a la vez. El que sólo se pre­ocupa de sí mismo, y nos favorece porque de otro modo no puede obtener be­neficios, viene a ser como quien suministra forraje a su ganado, apostilla Santo Tomás[10]. Si, a pesar de todo, me admitió en su compañía, si pensó en los dos, soy ingrato e injusto si no me alegro de que le haya aprovechado a él lo que me aprovechó a mí. El colmo de la malicia, dice el Aquinate, es no llamar dádiva sino a lo que incomoda al que la hace; en este caso, el benefac­tor no sería tal si, cuando da, no llevara en su rostro el signo del dolor, del que­branto psicológico y somático. Quien juzgare que el don sólo es gracioso cuando es insoportable el darlo, habría llegado a una extrema perver­sidad.

Además es propio de la gratitud reconocer con alabanza. Agradecer es elo­giar el don gra­tuito, el cual ha de ser recibido con una celebración personal. Un signo de ingratitud en algunas personas es que, a pesar de tener conciencia del don recibido, se abochornan de que salga a la luz pública. Comenta Séneca: “Algu­nos hay que no quie­ren recibir sino favores secretos; evi­tan todo testigo, todo confidente del beneficio. Sepas que estos no traen buen pensamiento. De la misma ma­nera que el bienhechor ha de extender la noticia del beneficio, tanto cuanto fuere del gusto de aquel a quien se hace, así este lo ha de pre­gonar públicamente. Deuda que te ha de avergonzar, no la contraigas. Algunos dan las gracias del bien que reciben a hurtadillas, por los rinco­nes y a la oreja; esto no es modes­tia, sino manera de negar la deuda. Desagradecido es quien da las gra­cias en ausencia de todo testigo”[11]. Por eso también concluye Séneca que la principal paga de una dádiva es deberla de buena gana; al igual que la actitud del donador ha de ser de gana y espontánea.

2. El siguiente elemento de esta segunda dialéctica es la correspondencia: no sólo hay que confesar el don y alabarlo, sino también corresponder al dona­dor. Por eso conviene que el agra­decimiento sea de voluntad; porque la satis­facción y restitución del que es agradecido no consiste tan sólo en devolver al donador lo que dio: más bien, la paga del don se mantiene en pie por un noble modo de obligación[12].

Todo esto quiere decir que la principal correspondencia es la del afecto: pues, como antes ha quedado dicho, en la paga del don no se ha de atender tanto al efecto material, cuanto al afecto, al sentimiento íntimo; la deuda es del ánimo, y esto es lo que se debe valorar. Una grande gracia que se hace suele ser desgra­ciada cuando se la in­tenta pagar por justicia: eso sería todavía ingratitud; en este caso, cuando el que ha recibido el don se desespera por no poderlo igualar con una obra magnífica, está pagando con ingratitud[13]. Realmente en la justicia se atiende a la igual­dad entre cosa y cosa, pero en la gratitud se presta atención a la igualdad entre las voluntades; es decir, lo mismo que al bien­hechor le im­pulsó su voluntad de hacer un favor al que no estaba obligado, de igual modo el favorecido debe dar como recompensa algo más de lo que reci­bió[14].

Por tanto, yerra mucho el que piensa que con sólo hechos objetivables se ha de satisfa­cer toda dádiva y merced.

Con estas últimas notas fenomenológicas –a saber, reconocimiento elo­gioso y correspondencia afectiva– se explica muy bien la gradación o jerar­quía de los actos de gratitud y de ingratitud.

Porque tiene la gratitud diversos grados por parte del sujeto humano mismo, escalonados según un orden de exigencia, de menor a mayor. Como se ha dicho, el primer y más débil grado es recompensar el don según las propias posibilidades y de acuerdo con las circunstancias de lugar y tiempo; el segundo grado, algo más elevado, es alabar ese don y dar las gra­cias; el tercero y más alto grado es re­conocer el don recibido.

Paralelamente, la ingratitud tiene diversos grados, según las exigencias esenciales que rompe, también de menor a mayor. El primero y más débil gra­do de ingrati­tud con­siste en no recompensar el don; el se­gundo, en disimular, como de­mostrando con ello que no se ha recibido don alguno; el tercero y más grave es no recono­cerlo, ya sea olvidándose de él o de cualquier otro modo. En reali­dad, lo más grave es que falte la memoria, el recuerdo, como enseguida diré.

Pero así como hay una dinámica de la gratitud, la hay también de la ingra­ti­tud; de modo que al primer grado de ingratitud (el no recompensar) corres­ponde devolver males por bienes; al segundo grado (el disimular), corresponde mofarse del don gracioso; y al tercero (el no reconocer), corresponde reputarlo incluso como daño[15].

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3. Memoria y tiempo

La tercera tensión que incluye el agradecimiento viene de la oposición o dialéctica complementaria entre memoria y tiempo.

1. En primer lugar está la memoria. Realmente la memo­ria paga gratui­tamente el don, cuando faltan otras cosas. Conforme a esta nota del recuerdo, el Aquinate indica que nadie queda excusado de la gratitud por­que no pueda dar cosa alguna, pues para cumplir el deber de mostrarse agrade­cido basta única­mente con la voluntad sostenida por la memoria. Lo que cae dentro del ámbito de la ingratitud es el olvido del don recibido: aunque no aquel olvido que pro­viene de un defecto natural in­vo­luntario, sino el derivado de la negligencia. Porque, como dice Séneca, el que se deja sorprender por el olvido demuestra bien a las claras que no pensó muchas veces en recompen­sar[16]. Por eso, la máxima ingratitud es la de quien olvida. “Hay muchas mane­ras de ingratos –dice Séneca–, como las hay de ladro­nes, como las hay de homi­cidas… Ingrato es el que habiendo re­cibido un beneficio lo niega; ingrato, el que lo disimula; ingrato, el que no lo devuelve, y más ingrato que nadie es el que lo olvida. Por­que aquellos, aunque no lo devuelvan, siquiera reconocen la deuda y en ellos queda al menos un rastro de los servicios recibidos, encerrados en su mala con­ciencia… Quien no puede ser agradecido jamás es aquel que olvidó el benefi­cio totalmente. Y ¿a cuál de los dos llamarás tú peor: aquel que perdió toda gratitud por el beneficio o aquel que del beneficio llegó a perder hasta la me­moria?”[17].

Por la memoria espiritual el agradecer es una forma de trascender el tiempo, pues recordar es conservar el don sobre el fluir constante del tiempo; por la memoria adquiere continuidad el don conservado. Un don que está tanto en la obra sensible cuanto en la intención y en el afecto íntimo.

A propósito de la relación que Séneca establece entre gratitud y memoria es oportuno mencionar aquí el esfuerzo que modernamente hizo Heidegger por conectar, in­cluso etimoló­gica­men­te, pensar (Denken), memoria (Ge-dächtnis) y gratitud (Dank). El idioma alemán permite esa conexión. Con el respaldo de la etimo­logía, Hei­degger viene a decir que pensar es, a la vez, recordar y agra­decer (Denken ist Danken)[18]. Pero más allá de las etimolo­gías, Heidegger lleva razón en lo esen­cial y coincide en esto con Séneca. El pensar sólo puede hacerse en un acto de recogimiento que atrae hacia sí todo el ser del sujeto, su presente, su pasado y su futuro. No es la memoria, pues, el mero acto de una facultad, puesto que incluye el alma toda en la uni­dad de una presencia. Así lo apuntó también San Agustín con su concepto de la “memoria sui”. Recordar es, pues, retener: memoria tenere; y memoria, en cuanto recuerdo, es también gra­titud (Dank). Y no es que el sujeto recuerde primero y luego agradezca el don que se le manifiesta. Más bien, agradecer es ya recordar y pensar. Pues sólo agradeciendo se acuerda el alma de aquello que tiene y es.  Hay aquí una cierta recirculación nocional: pues si el pensar revierte en grati­tud es porque el agra­decer, como respuesta al don recibido, es pensar.

Sobre otras implicaciones de la tesis heideggeriana, indicaré algunas consideraciones al final.

2. En la dialéctica de memoria y tiempo es preciso aclarar también el papel del tiempo. Porque el agradecimiento es la devolución del don en tiempo oportuno. La gratitud tiene su kairós: el don se ha de devolver en ocasión, lugar y tiempo conveniente, según la facultad del receptor. Dice Séneca: “Haya en el bene­ficio sentido común; atienda al tiem­po, al lugar, a las personas, por­que una misma dádiva, según las ocasio­nes, puede ser agradable o enfadosa”[19]. Así como al otorgar una dádiva deben tenerse en cuenta tanto el afecto íntimo como el don objetivable, con los dos también hay que contar cuando se trata de compensar o devol­ver la dádiva. Y en lo que se refiere al afecto, la recompensa debe llegar en seguida. De ahí las palabras de Séneca: ¿Quieres agradecer debidamente un beneficio? Recí­belo con agrado[20]. Mas, en cuanto al don, debe esperarse un tiempo en que la recompensa sea oportuna al bienhechor; porque si, inoportu­namente, quiere uno devolver en seguida un regalo por otro, tal recompensa no parece acto vir­tuoso. Pues, conforme dice Séneca: El que desea pagar dema­siado pronto, es a disgusto deudor; y quien debe a disgusto es un ingrato[21].

Pero insisto ahora en advertir la diferencia que hay entre deudas de justi­cia y deudas de agradecimiento: las de justicia hay obligación de pagarlas lo más presto que se pueda; en las deudas de gratitud no existen prisas, y así pue­den dilatarse. Por tanto, en cuanto al tiempo de la gratitud hay esta diferencia entre el que da y el que recibe: que el donador  ha de dar presto, pero el recep­tor no ha de pagar enseguida; el donador muestra su gana en la presteza, el agradecido muestra su gana en alguna tardanza; el donador otorga de buena gana, porque dio presto, y  el receptor es bien agradecido, porque no paga en­seguida. Quien se apresura a devolver inmediatamente el don, es desagrade­cido, porque no lo debe con gusto. En cualquier caso, el ánimo grato y noble devuelve el don de mejor gana que lo recibe, pues lo debe con mayor gusto que lo deseó. A su vez, el donador no otorga algo para que le devuelvan inmedia­tamente lo que acaba de dar: si tuviera esta voluntad apresurada sería imperti­nente la donación, por­que él habría podido retener su don y no haberlo otor­gado[22].

Santo Tomás mantiene que las dádivas se han de otorgar a su debido tiem­po, pero indica también que llegado el tiempo oportuno no se deben dife­rir; y esto mismo debe observarse cuando se trata de compensar o devolver los dones recibidos[23].

Así pues, la paga del don ha de ser en su sazón: ¿Y cuándo es el momento oportuno? Cuando se guste recibirlo. El que admitió de buena gana el don gra­cioso no le ha de tornar si al devolverlo es recibido de mala gana. En realidad al donador auténtico no le interesa recibir un don que se devuelve como paga, porque para esto habría podido quedarse con él: lo que le interesa es que el receptor siga noblemente obligado.

Por eso es propio del hombre agradecido no devolver presto las dádivas, sino darse algún tiempo por obligado, esperando que todo llegue a sazón, que venga el momento oportuno en que se emplee mejor la gracia, puesto que el agradecimiento ha de ser tan desinteresado como el don.

Lo cual no quiere decir que el agradecimiento haya de ser fuera de tiempo, ni ha de faltar a su tiempo[24]. Porque la paga del agradecido ha de ser primaria­mente cuanto al afecto íntimo, que si es perfecto será inmediato y perpetuo. En cam­bio, la paga del efecto objetivable ha de guardar coyuntura, para que no tenga lugar la ta­cha que Aristóteles le puso cuando preguntando qué cosa era la que  más presto se ennegrecía, respondió que el agradecimiento.

Ahora bien, en el donador se transforma el sentido de la dialéctica de me­moria y tiempo; y es que el donador da sin interés y no ha de acordarse del don, de manera que cuando el agradecido lo de­vuelve, como ese don está olvi­dado, el que fue donador no lo recibe por paga, sino por dádiva y se siente a su vez obligado a tornarle, y así vienen a eslabo­narse nuevas obligaciones sin término[25]. Pues lo propio aquí es no hacer cuenta que ha dado, sino olvidarse del don. “Este pacto tácito es el de la gracia: que el olvido del uno compense y merezca la memoria del otro… De aquí se sigue que no se ha de quejar del ingrato, ni dejarle de hacer bien cuando otra vez se ofrezca. El liberal es el que da graciosamente, y dar graciosamente es cuándo se da no por servicios ni me­recimientos, ni con intento de obligar al que recibe, que si no se mostrare agra­decido no se muestre el que dio, que fue liberal. Basta dar con la mano el bene­ficio, no con él en el rostro. La disimulación vencerá el olvido del ingrato: no piense que por disimular su liberalidad perderá la gracia; no la busque hasta tanto que la halle, esto es, sufra tanto al ingrato hasta que le haga agrade­cido”[26].

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4. Reiteración y exceso

La cuarta tensión dialéctica que encierra el agradecimiento es la oposición complementaria entre reiteración y exceso.

1. El agradecimiento es insistencia o reiteración. Lo vo­luntario de la gra­titud está en que el receptor reciba de buena gana la merced; por lo cual es poco agradecido quien es deudor sin gusto de serlo. Pero la ac­ción de gracias no basta hacerla una sola vez, sino las veces que se ofreciere ocasión ante el donador, y algunas veces en ausencia del donador, haciendo mención del don con el mismo gusto que cuando lo recibió. En esto se palpa la diferen­cia que va del agradecido al ingrato: porque el ingrato solo se alegra con el don una vez; pero el agradecido muchas veces, cuantas lo celebra con el co­razón y la boca[27]. Además no lo olvida, ni lo disimula, cosas que sí hace el des­agradecido. La reiteración de dar gracias es exigida también por el hecho de que el transcurso del tiempo impone el peligro del olvido, un olvido que crece si no se le opone un esfuerzo tenaz y continuo de superación.

2. Por otra parte, en el agradecimiento hay también exceso o superabun­dancia: pues siempre ha de exceder el retorno a la dádiva: porque como esta fue un don libe­ral y gratuito, el retorno no equivale a tanto por tanto; y si no llegara con el exceso a hacer su paga graciosa, dando más que debe, no se pa­garía de otra manera el don. Para ser compensación análoga, aunque no igual o de justicia, es menester que como el donador dio lo que no debía, el agradecido ha de dar lo que no debe. En las deudas de justicia no se pide que el deudor de­vuel­va más de lo que debe: porque en materia de justicia el comercio y la con­mutación es de las mismas cosas; pero en el don gracioso está presente el co­mercio de corazones, es deuda de voluntades; de modo que  los dones sólo son indicio y prenda de los corazones. Y si la justicia se satisface dando cuanto se recibe y sólo lo que se debe, en cambio, en el don gracioso es menester su pro­porción en las voluntades, y no se igualan sino devolviendo lo que no se debe. Pero ha de entenderse esto, según la calidad de quien da y de quien re­cibe: por­que si dio persona muy rica y recibe un pobre, querer sobrepujar con la paga el don no sería agradecimiento, sino emulación y soberbia: pues aunque el pobre nunca devolviera nada, bastaría  el corazón y la voluntad, y en ocasio­nes el reconoci­miento. La deuda del don, o de la merced graciosa, es del ánimo y del corazón[28].

Por eso hay siempre un excedente en la gratitud. Pues lo que la compensa­ción de un favor considera en el don es la voluntad del donador. Y en esto, lo que parece más encomiable es que se haya otorgado gratuitamente una dádiva a quien no había obligación de prestar. Así pues, quien recibió una dádiva queda obligado con deuda moral a dar también algo gratis. Ahora bien: no parece que se dé nada gratis si no se sobrepasa la cantidad del don recibido; porque, cuando la compensación es menor o igual, parece que uno no da nada gratis, sino que devuelve lo que recibió. Por consiguiente, la compensación o devolu­ción tiende siempre a dar, si es posible, algo más[29].

Tanto Séneca como Santo Tomás recuerdan a este propósito el caso de la posibilidad de gratitud en un obrero. Pues cuando el obrero hace lo que a un operario se le suele exigir, eso no es otra cosa que un ser­vicio; pero cuando hace más de lo que como operario está obligado a hacer, eso es ya una dádiva. Pues desde el momento en que pasa a actuar por afecto de amigo, su trabajo comienza a llamarse don o dádiva. Por tanto, concluye el Aquinate, también se debe gratitud a los obreros que trabajan algo más de lo debido por justicia[30].

Algunas veces, cuando no se pueda retornar el don con abundancia, se su­plirá esta mengua con un exceso en el modo y en las maneras, por ejemplo, haciendo la devolución secreta o discretamente, sin que lo advierta el donador, o también poniendo solicitud en otras cosas suyas, con el cuidado que se pone en ser agradecido. Esta solicitud y cuidado debiera entrar en cuenta para igua­larse con el ánimo del donador, que hizo el bien y la merced por su gusto (aun­que el haber empezado primero vale mucho, y no fácilmente se gana la delan­tera en materia de gracias[31]).

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5. Reciprocación y religación

Por último, la gratitud encierra dialécticamente una reciprocación indefi­nida tensada en una religación trascendental.

1. El agradecimiento expresa una reciprocación indefinida: pues por haberse de pagar por el don gracioso más de lo que se debe, se viene a pro­vo­car en la gratitud  un proceso infinito y una reciprocación de deudas[32]. Porque si el que ha recibido una merced paga más de lo que debe, le quedará ya obli­gado el primer donador; y si éste paga más según el orden de la merced gra­ciosa, tornará a obligar al receptor, y de este modo correrá la obligación de uno en otro multiplicándose sin límite. El Aquinate no tiene por inconveniente que sea interminable esta deuda, que en definitiva es de amor. En ella no se cambia un rendimiento por otro rendimiento, lo preciso por lo preciso. En realidad, la deuda de gratitud se deriva del amor, y el amor es tal que cuanto más se paga más se debe, y eso no se puede exigir por ninguna fuerza coactiva y contrac­tual. Por tanto, no hay inconveniente alguno en que la deuda de grati­tud sea interminable[33].

De modo que la deuda de gratitud se deriva de una deuda de amor, de la que nadie debe querer que le absuelvan. De ahí que el hecho de que alguien cargue con tal deber de mala gana proviene de falta de amor a la persona que le ha otorgado el don[34]. Así pues, los dones que se me otorgan son “gracias” (xάριτες), tanto en el sentido de favores o regalos que se me hacen como las gracias que doy por ellos.

Esta reciprocación tuvo una larga expresión artística, desde los antiguos griegos hasta Rubens, pasando por Botticelli y Rafael. Séneca recuerda en su libro I que ya para los griegos eran tres las imágenes de las Gracias (las Χάριτες), a saber, tres doncellas abrazadas. Solía interpretarse que la una es la que da el be­neficio, la segunda la que lo recibe, la tercera la que lo devuelve; y porque se abrazan en círculo se da a entender la provocación a nueva dádiva y la continua reciprocación. Se pregunta Séneca:  “¿Por qué las Gracias son tres y por qué son hermanas, y por qué están asidas de las manos y por qué las pin­tan risue­ñas y mozas de fresca edad y vírge­nes? ¿Qué significa aquel coro que forman volviendo a replegarse en sí mismas, trabadas de manos?” Y responde: significa “que el orden del beneficio pasando de mano en mano revierte de to­das maneras al bienhechor y que se pier­de la belleza del cerco que hacen las tres si se rompe en algún momento; y en cambio conserva toda la belleza si se mantiene compacta y guarda el rit­mo debido. El lugar de honor es, no obstante, para la mayor de ellas, co­mo conviene al favorecedor prime­ro. Son risueños sus rostros como acostumbran serlo los de quienes dan o reciben beneficios. Son jóve­nes porque no debe jamás envejecer la memoria de los beneficios re­cibidos. Son vírgenes porque son incorruptibles, sin mancilla, santas para to­dos. Desdice en ellas toda atadura y toda coacción; por eso van con las  túnicas   sueltas”[35]. De estas palabras se deduce que el complemento de las gracias recibi­das es también el mágico encanto[36] que cristaliza tanto en el donador como en el re­cep­tor, una festiva fascinación que engloba al sujeto y al objeto.

2. Y en fin, en el interior de todas las notas del agradecimiento, aquí expli­cadas, circula una religación, entendida como una relación trascendental, la relación que va de lo principiado a su principio. Esta relación es de índole analógica, conec­tada al carácter so­breabundante de la gratitud, la cual, con su demasía, compa­rece en otras actitu­des radicales que se refieren a un principio de acción o de ser, como en la reli­gión que se dirige a Dios, y en la piedad que se dirige a los padres. Pues yo no puedo pagar a Dios y a los padres mis de­udas, las cuales son de causa y princi­pio. Y el caso es que el don gracioso se funda en que cada cosa mira a su prin­cipio y se convierte a él, y el donador tiene índole de princi­pio respecto de aquel que recibió el don. El que agradece reconoce siempre la superioridad del que regala. Por tanto, el receptor tiene una rela­ción trascen­dental, que se ex­presa en la obligación de volverse al donador con la retribu­ción y paga, aunque la gloria de haber comenzado esté en el do­nador y esa gloria no llega fácil­mente a igualarse, como he dicho antes. Por eso, tanto Séneca como el Aqui­nate insisten en que al devolver una dádiva se debe prestar más atención al afecto íntimo con que se hizo que a su efecto objetivable o material. Porque si consideramos el efecto del don que un hijo ha recibido de sus padres, es decir, la existencia y la vida, nada igual podrá entregarles como recompensa. En cambio, si a lo que atende­mos es a la voluntad de quien hace y recompensa el don, entonces sí puede el hijo dar a sus padres más de lo que ha recibido. Y aun en el caso de que nada pueda, para que haya gratitud basta sólo la voluntad de dar una compensa­ción[37].

Este es el momento adecuado para volvernos hacia la tesis de Heidegger, antes indicada, de que pensar es agradecer. En lo referente al aspecto psico­lógico y ontológico de la gratitud misma, queda bastante difusa esa exploración de Heidegger, porque en realidad parece dejar fuera de consideración el refe­rente personal necesario que exige la gratitud. Da la impresión de que es el sujeto mismo el que, circularmente, piensa, recuerda y agradece a la vez. Pero, ¿a quién agradece? ¿a sí mismo? ¿a su propio ser? ¿a un ser impersonal?

Ante esta duda, Séneca advertía dos cosas.

Primera, en un orden horizontal de consideración, no hay deudor sin acree­dor, como no hay hijo sin padre: el agradecer es un acto interpersonal, entre dos sujetos distintos: “Es fuerza que haya un dador –afirma Séneca– para que haya un receptor. Dar y recibir no es transferir el don de la mano derecha a la mano izquierda. Nadie es el portador de sí mismo por más que mueva y traslade su cuerpo de un lado a otro…  Y si alguno puede hacerse un beneficio a sí mismo, ese beneficio tan pronto está hecho, como agradecido… pues el que aquí recibe es el que da, uno y el mismo. Ese verbo deber no tiene lugar sino entre dos”[38]. El beneficio que uno se otorga a sí mismo por propio interés y por instinto natural no es en realidad un don gracioso. Ese deber de gratitud exige alteridad, desinterés y voluntariedad libre. Primero, alteridad: “sin otro, no existe el don –insiste Séneca–, sin otro no existe beneficio… El beneficio es una de aquellas cosas que exigen una segunda persona”[39]. Segundo, desinterés: “En el beneficio, lo meritorio, lo digno de admirar es que un hombre, por hacer un favor a otro, se olvidó de su propio interés, dispuesto a quitarse a sí mismo lo que dio a otro”.[40] Tercero, voluntariedad libre y no secuencia del instinto natural: “El ser uno benéfico consigo mismo, obedece en realidad a su propio instinto natural que le lleva al amor de sí, de donde le surge la tendencia de evitar lo que le perjudica y desear todo lo que le aprovecha. … Lo que por otro se hace, eso sí es generosidad, es clemencia, es compasión: lo que se hace por sí mismo es instinto natural. El beneficio es un acto voluntario; en cambio, favorecerse a sí mismo es un acto necesario… Es menester, primero recibir el beneficio; luego deberlo, por fin, devolverlo. … Nadie da sino a otro, ni debe sino a otro, ni devuelve sino a otro; ello no puede hacerse dentro de un mismo individuo, porque este acto exige que sean dos”[41].

La segunda indicación que hace Séneca sobre la gratitud es de orden vertical: la auténtica interpersonalidad de la gratitud es marcada por Séneca con la apelación inequívoca a un ser máximo, distinto de los individuos finitos, al que se debe gratitud radical. Dice el pensador cordobés: “Piensa, seas quien fueres, cuán gran­des beneficios nos otorgó nuestro Padre: cuántos animales más valientes que nosotros ponemos bajo el yugo; a cuántos más ligeros damos alcance, y cómo no hay ser alguno mortal puesto fuera del ámbito de nuestra fuerza. ¡Tantas virtudes como hemos recibido, tantas artes, y un alma, en fin, que al punto que quiere una cosa, luego le sale al camino; más veloz que los astros, de los cuales anticipa las órbitas que han de seguir tras muchos siglos”[42].

Sólo desde este orden interpersonal, a la vez horizontal y vertical, podremos decir, con expresiones sólo parecidas a las de Heidegger, que el supremo don es aquello que somos, la dote que somos. En virtud de la dote de seres racionales que nos ha sido dada, pensamos. ¿Cómo agradecer o pagar, verticalmente y de la manera más adecuada, la dote racional que somos? Comenzando a ejercerla, poniéndonos a pensar; la suma gratitud es el pensar, así como la irre­flexión es la más profunda ingratitud. Bajo esta perspectiva cobran las palabras de Heidegger una luz nueva. Se ve aquí otra vez que la gratitud nada tiene que ver con una relación de justicia, que paga una cosa con otra, como en un contrato; la pura gratitud consiste simplemente en pensar, bajo la presencia de lo divino, aquello que propia y exclusivamente hay que pensar. La gratitud como tal pertenece así a la esfera esencial del pensar; y pensar es, en el fondo, agradecer el don. Lo que el re­cuerdo guar­da y recoge es aquello que agradecidamente hay que pensar.

*

6. Punto y seguido

Para terminar debo sacar a relucir un cierto escrúpulo, que se refiere a lo recientemente expuesto. Pues parece cosa vergonzosa haber sido, durante tanto tiempo, derrotado y vencido en mercedes y dones. Dicho de otra ma­nera, ¿qué haré al verme imposibi­litado de devolver siquiera alguna parte de lo mucho que he recibido? De este escrú­pulo me saca Séneca en su libro V, con unas palabras que me consuelan y me ayudan a terminar estas reflexiones. Dice: “Nunca, en la competición de las buenas obras es vergonzosa la de­rrota… No todos aportan al servicio del bien el mismo brío, las mismas facul­tades, la mis­ma fortuna; … de alabar es la sola voluntad endereza­da al bien, aun cuando un corredor más ágil se nos anticipe … Aque­llo que tú crees ver­gonzoso, a saber: el ser vencido, eso no puede caber en el hombre de bien. Este no ceja­rá nunca; este jamás renunciará; hasta el postrer día de su vida esta­rá en pie y aparejado, y en este su puesto de combate morirá declaran­do haber reci­bido mucho y haber querido devolver otro tanto”[43].


[1] Juan Eusebio Nieremberg, S.I., Obras y días. Manual de Señores y Príncipes, en que se propone con su pureza y rigor la especulación y ejecución política, económica y particular de todas las virtudes,Madrid, 1629 y 1641 (cito por esta última edición).

[2] STh II-II q106 a5.

[3] Séneca, De beneficiis, II, 18.

[4] Séneca, De beneficiis, I, 6.

[5] Séneca, De beneficiis, III, 7. STh II-II q106 a1 ad2.

[6] STh II-II q106 a5.

[7] Séneca, De beneficiis, I, 5. Para Nieremberg hay que “dar más con el rostro que con la mano, más con el ánimo que con el don, gustando de dar. La deuda de la gracia no es sino la voluntad, a esa tiene obliga­ción el que recibe, no a la cantidad de la dádiva. No es estatua el mármol tosco, no es hombre el cuerpo solamente, si no le viene la forma y alma; de esta misma manera, no es beneficio el oro, ni plata, ni otra cosa material sin su forma y alma, que es el ánimo del que le hace; y como no es más prima imagen la que es mayor, ni mejor hombre el que es más grande, así no es mejor beneficio el que abulta más, sino el que tiene mejor alma, que es la voluntad de que procedió”. Op. cit., p. 271.

[8] J. E. Nieremberg, Op. cit., p. 264.

[9] J. E. Nieremberg, Op. cit., p. 263.

[10] Séneca, De beneficiis, VI, 12. STh II-II q106 a3 ad3.

[11] Séneca, De beneficiis, II, 23.

[12] J. E. Nieremberg, Op. cit., p. 263.

[13] J. E. Nieremberg, Op. cit., p. 267.

[14] STh II-II q106 a6 ad3.

[15] STh II-II q107 a2.

[16] Séneca, De beneficiis, III, 1. STh II-II q107 a1 ad2.

[17] Séneca, De beneficiis, III, 1.

[18] Martin Heidegger, Was heisst Denken, 1954, 92-99.

[19] Séneca, De beneficiis, I, 12.

[20] Séneca, De beneficiis, IV, 40.

[21] Séneca, De beneficiis, II, 35. STh II-II q106 a4.

[22] J. E. Nieremberg, Op. cit., p. 265.

[23] STh II-II q106 a4 ad3.

[24] J. E. Nieremberg, Op. cit., p. 265.

[25] J. E. Nieremberg, Op. cit., p. 268.

[26] J. E. Nieremberg, Op. cit., p. 273.

[27] J. E. Nieremberg, Op. cit., p. 264.

[28] J. E. Nieremberg, Op. cit., p. 265.

[29] Séneca, De beneficiis, III, 21. STh II-II q106 a6.

[30] STh II-II q106 a3 ad4.

[31] J. E. Nieremberg, Op. cit., p. 267.

[32] J. E. Nieremberg, Op. cit., p. 267.

[33] STh II-II q106 a6 ad2.

[34] STh II-II q107 a1 ad3.

[35] Séneca, De beneficiis, I,3.

[36] O. F. Bollnow,“Über die Dankbarkeit”,  Die Sammlung, 9 (1954) 169-177, p. 172.

[37] Séneca, De beneficiis, III, 29. STh II-II q106 a6 ad1.

[38] Séneca, De beneficiis, V, 8.

[39] Séneca, De beneficiis, V, 10.

[40] Séneca, De beneficiis, V, 11.

[41] Séneca, De beneficiis, V, 9.

[42] Séneca, De beneficiis, II, 29.

[43] Seneca, De beneficiis, V, 2.